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Sociedad
Ciudad y República

por Johnny B. Goode
 

Pórtico Luna

Si hay algo fuera de toda discusión es que la historia de la civilización es la historia de las ciudades. ¡Diablos! La misma palabra civilización proviene de "ciudad".

En las ciudades nació la escritura, el comercio y la política (que también proviene de "ciudad", solo que en griego.)

Las ciudades fueron las primeras formas organizadas de convivencia humana más complejas que la tribu o el clan familiar.

De Ur a Londres; de Babilonia a Tokio; de Roma a Nueva York; de Bagdad a Buenos Aires...

En todas las épocas las ciudades han sido el motor del progreso y han incubado el germen del cambio. Son la obra magna del hombre: un ambiente creado a su medida.

Y sin embargo, las ciudades gozan de una absurda mala reputación en comparación con el medio rural y sus supuestamente nobles y sencillas gentes. Ya para los autores de la Biblia, la ciudad de Babilonia representaba el colmo de la perversión y la inmoralidad. Y los adinerados patricios romanos gustaban de retirarse a villas en el campo lejos del vicio y la corrupción de Roma.

La paradoja es que la Biblia empezó a escribirse en la propia Babilonia y que lo que hacía posible la placida vida de los patricios romanos en el campo, a salvo de incursiones, robos o levantamientos de esclavos, era la fuerza de un imperio construido sobre el esfuerzo de la mayor metrópoli del mundo antiguo.

En general, los habitantes de las zonas rurales o suburbanas cultivan con esmero un cierto resentimiento hacia el habitante de la gran ciudad, normalmente más rico, o más culto, pero siempre, más arrogante.

Pero sabemos muy bien que es lo que ocurre cuando las ciudades decaen y la gente vuelve al campo. La civilización se extingue.

Ya pasó en la Edad Media. Cuando la gente abandonó las ciudades y volvió al campo, el comercio se interrumpió, el saber y la cultura desaparecieron, el estado se colapsó y los señores feudales se convirtieron en los amos de la vida de los campesinos bajo su protección...

Así que cuando oigáis que alguien habla del retorno al campo y de las virtudes y la armonía de la vida lejos de la gran ciudad... preguntadle de qué cojones está hablando.

Quién sabe, quizá tenga vocación de señor feudal... o de abad de monasterio.

En la actualidad nos encaminamos a la era de las megalópolis. Grandes conurbaciones que desbordan los límites geográficos, políticos y administrativos; articuladas en torno a las grandes infraestructuras como autopistas, ferrocarriles, aeropuertos... ; y que concentran poblaciones de decenas de millones de personas.

Oficialmente sólo se reconoce la existencia de dos megalópolis: Los Angeles-San Diego y Tokyo-Osaka-Yokohama. Pero se calcula que la lista empezara a crecer a partir de la primera década del siglo XXI y que para los años 50 ya habrá más de una decena de estas concentraciones gigantescas de humanidad; cada una de ellas con poblaciones absolutamente multirraciales y una infinidad de culturas, sub-culturas, lenguas y grupos étnicos... pero unidas por la convivencia en un mismo medio urbano que impone y necesita la participación de sus habitantes. Que los convertirá en ciudadanos.

No es difícil vislumbrar un futuro próximo en el que el mundo estará formado por una red de ciudades interconectadas con poblaciones que superaran las de muchos países actuales y capaces de entablar relaciones entre sí, de igual a igual gracias a sus infraestructuras y sistemas de comunicaciones, prescindiendo de muchos de los servicios que ahora les prestan sus estados.

Dicho de otro modo: ¿Porqué iban a seguir pagando con sus impuestos los ciudadanos de Nueva York los subsidios federales a los granjeros de Nebraska cuando podrían comprar el trigo más barato en Kenia?

Pero lo que más separará al campo de la ciudad en las próximas décadas será la erosión de conceptos como nacionalidad, raza, religión, o lengua en beneficio del de ciudadanía.

Porque es un hecho que las ciudades, sobretodo las más conectadas a esa incipiente red mundial, se están convirtiendo en un reflejo de la diversidad humana del planeta. Y es un hecho también, que para que las ciudades funcionen, necesitan la participación de sus habitantes. Así que, ¿cómo se espera que se margine de la administración de la ciudad a una fracción creciente de la población por el sólo hecho de haber nacido en otro sitio?

Ciudades como Nueva York cuentan ya con aproximadamente un 50% de población nacida no ya fuera de la ciudad, sino fuera de los Estados Unidos.

Al fin y al cabo, después de la evidencia de compartir un mismo planeta, no hay otra más rotunda que la de vivir en una misma ciudad. Y si todos los habitantes del planeta compartimos una misma atmósfera y unos mismos recursos naturales, todos los habitantes de una ciudad comparten unos espacios públicos y unos servicios esenciales: desde la recogida de basuras a la política de vivienda, pasando por el transporte, la educación, la sanidad...

Ambos, planeta y ciudad, son marco y condición de la experiencia humana. Uno nos viene dado por la naturaleza, el otro lo hemos creado.

Hace más de 2.500 años, los griegos iniciaron un experimento que acabó por darles el control de sus ciudades. La democracia nació de la ciudad.

Hoy podemos extenderla al planeta entero. Tenemos que hacerlo.

Y la ciudad será otra vez el motor del nuevo cambio.