corner
Archivo/Artículos
     
   
a
 


Inicio

 
Sociedad
Política para desprevenidos

por Johnny B. Goode
 

Pórtico Luna

La primera vez que oí hablar de Francis Fukuyama, el teólogo del Fin de la Historia (teólogo porque hay que tener fe para creérselo), pensé que era divertido que alguien pudiera decretar de ese modo que la humanidad ya había llegado a la cúspide de su potencial, que todo estaba hecho y que vivíamos en el mejor de los mundos posibles...

Sinceramente, siempre he tenido una pobre idea de la capacidad de imaginación del señor Fukuyama.

La última vez que oí hablar de él fue ayer, mientras efectuaba un raid sobre una conocida librería de Barcelona. Un joven de epidermis purulenta, sin duda con una seguridad en sus convicciones inversamente proporcional a su éxito entre el género femenino (es bien conocido el hecho de que la frustración sexual se encuentra en el origen del radicalismo verbenero), manifestaba su odio al señor Fukuyama.

"... ¡Odio a ese tío! No lo puedo tragar..."

Odio. No desacuerdo. U oposición. O desprecio.

Simplemente odio.

Estuve tentado de preguntarle si lo conocía en persona.

En cierto modo, ese joven no deja de ser producto de nuestro tiempo, el tiempo del fin de la historia de que hablaba Fukuyama. El tiempo del famoso pensamiento único.

Único no tanto por su imposición por los poderes como por la renuncia de sus opositores a elaborar un pensamiento alternativo.

Esa es la tragedia de la izquierda, haber renunciado a los argumentos.

Frente a la crisis tras la caída del muro, frente a los nuevos problemas del mundo, se limitan a gritar su descontento, a manifestar su odio ... como un adolescente frustrado.

El último ciclo de elecciones en Europa está mostrando un descalabro generalizado de la izquierda en el continente. En las recientes elecciones presidenciales francesas y las legislativas que le han seguido, la izquierda ha sido arrasada, tanto en su vertiente institucional como movimentista.

El panorama que se le presenta a un elector que no esté dispuesto a votar a Chirac, o a Aznar o Berlusconi, no puede ser más desolador. Puede elegir entre una socialdemocrácia descafeinada y acojonada, que enarbola la bandera de la justicia social pero no tiene el coraje o las ganas de poner en práctica una política consecuente; o una constelación de grupos, grupitos y grupúsculos, a cual más alucinante, que no tienen conciencia de la realidad en la que viven porque toda su ideología bebe de libros que alguien escribió hace 70 años, en el mejor de los casos.

Vaya elección, entre la impotencia y la eyaculación precoz.

Y mientras tanto, por la puerta de atrás se nos ha colado la alimaña indeseable.

Un espectro recorre Europa... (Una pista: No es el comunismo.)

El 18% de los votos conseguidos por Jean Marie Le Pen en las presidenciales francesas no está demasiado lejos de anteriores marcas electorales del decrépito capo de la derecha racista y nacionalista de la V República. Lo que ha convertido ese 18% en un terremoto ha sido la caída libre de los partidos tradicionales, en especial del socialista.

La misma jugada se ha repetido en Holanda donde los socialdemócratas del PvdA han pasado del gobierno al tercer puesto, por detrás de los democristianos y la sorprendente Lista Pym Fortuyn, que sin ser homologable al FN, no deja de ser un fenómeno de derecha antisistema que rechaza un conjunto de valores sobre los que se había asentado la democracia holandesa de posguerra.

Y en el Reino Unido, el Partido Nacional Británico ha sido la principal noticia de las últimas elecciones municipales al conquistar varías concejalías en localidades ya de por sí en situación explosiva.

¿Qué está pasando? ¿Por qué nadie, en ningún sitio, parece ser capaz de revertir la ola neoliberal iniciada en los ochenta con Reagan y Thatcher? ¿Por qué la derecha tradicional, conservadores, democristianos y liberales, no parecen acusar en la misma medida la irrupción de las opciones populistas como Bossi, Haider, Le Pen o Fortuyn?

Vayamos por partes.

¿Qué me pasa, doctor?

En buena parte de Europa se está produciendo algo tan simple como un cansamiento del sistema de partidos nacido tras la Segunda Guerra Mundial. Sean cuales sean los componentes de cualquier sistema de partidos, la alternancia, los gobiernos de coalición o la cohabitación tienden a difuminar las diferencias entre los mismos. Es lo que se llama tender al centro. Sólo que no es lo mismo el centro en Suecia, donde la socialdemocrácia es hegemónica y la derecha está dividida, que en Estados Unidos, donde un partido es de derechas y el otro es prácticamente facha.

Sólo en los sistemas de partidos donde uno de los mismos es excluido de la posibilidad de acceder al poder, se mantiene la distancia ideológica respecto al partido o grupo de partidos que lo detentan. Ese fue el caso de los comunistas italianos, que una vez desaparecida la Democracia Cristiana han corrido a toda hostia a la derecha.

Y ese fue el caso de Austria, donde la gran coalición entre el ÖVP y el SPÖ alimentó durante años las ansías de cambio de los ciudadanos, que se volvieron a un pequeño partido liberal pangermanista que bajo la batuta del carismático Jörg Haider se convirtió además en el refugio de la extrema derecha y demostró que está podía presentar una imagen distinta del estereotipo neonazi cabezarapada.

Como Le Pen, basaba su discurso en los peligros de la inmigración para la seguridad personal y laboral de los austríacos, pero introducía también un elemento nuevo, una furibunda crítica a la burocracia, al funcionariado partisano, colocado en función de las cuotas de reparto entre los partidos del consenso. El FPÖ se convirtió en el partido de protesta contra un régimen estancado, en el que no importaba cual fuera el resultado electoral, siempre estaban los mismos en el gobierno.

Más extraño es el caso holandés, pues su sistema de partidos es inusitadamente rico, al contar con dos grandes partidos, el socialdemócrata y el democristiano, dos pequeños partidos liberales, uno de derecha, el VVD, y otro de izquierda, D66, además de minorías como los Verdes y los ex-comunistas. Pero nuevamente, tal diversidad convierte en una necesidad los gobiernos de coalición, lo que resulta de una progresiva desaparición de los matices. Ello mezclado con una emergente preocupación por la erosión de la convivencia y la seguridad provocado por la concentración de inmigrantes en guettos , tema ignorado por los políticamente correctos políticos holandeses, permitió el fulgurante ascenso de un personaje inusual como Pym Fortuyn. Reconocido periodista conservador, gay, proisraelí, defensor del modelo holandés de despenalización de las drogas, partidario del cierre de fronteras pero con un segundo de lista negro, crítico acérrimo del Islam que reconocía acostarse con musulmanes... era un personaje difícil de catalogar. Sin embargo, su asesinato por un ecologista radical en mitad de la campaña electoral, convirtió a su opción, la Lista Pym Fortuyn, en un partido de rechazo al convencionalismo progresista que le catalogó sin reservas como ultraderechista. Los socialdemócratas del PvdA y los liberales progresistas de D66 aparecieron como los responsables de su muerte a la vez que como unos intelectuales que daban lecciones de moral progresista a quienes tenían que vivir con el problema cotidiano de la seguridad en los barrios problemáticos.

Una vieja, votante del PvdA decía: "Les he votado toda mi vida, pero cuando vienen a hacer campaña a mi barrio solo dan rosas a las del pañuelo en la cabeza. A mi no me han dado ninguna."

En Francia, el caso es aún más sangrante. Los últimos cuatro años ha habido un gobierno de cohabitación (el tercero desde los ochenta) entre un presidente de un color y un primer ministro de otro. Nuevamente, el sistema favorece el cansancio de unos y otros.

Sin embargo, el gobierno de Jospin debería haber sido mucho menos vulnerable que otros. El perfil ideológico estaba más definido, con una posición bastante más a la izquierda que la del resto de la socialdemocrácia europea y acompañado por comunistas y verdes.

Y además, los resultados de su gestión no pueden ser catalogados sino como bastante buenos, con creación de empleo, reducción de la jornada laboral, crecimiento del PIB, cuentas saneadas ...

Incomprensiblemente, los propios integrantes de su gobierno deciden no apoyarle en la primera vuelta, presentando sus propias candidaturas, y además se presentan hasta tres candidaturas de extrema izquierda, destacando la de Arlette Laguillier, de Lutte Ouvriere, que más que un partido es una secta, sin congresos, ni dirección conocida, ni sede, sólo un apartado de correos.

Y en un acto de frivolidad sin parangón, millones de franceses dispersan sus votos entre opciones sin ninguna posibilidad con la intención de apoyar a Jospin en la segunda vuelta.

¡Sorpresa! Jospin no pasa a la segunda vuelta y queda tercero tras Le Pen.

Pero es que en las legislativas repite error y se presenta de nuevo separada mientras la derecha se une en torno a la Unión por la Mayoría Presidencial.

En vez de defender una obra de gobierno, se dedicaron a defender unas identidades ideológicas que ya no significan nada.

Resultado: la república más derechista desde Thiers.

¿Y en España? Aquí no existe un fenómeno de extrema derecha comparable, pero en las últimas semanas hemos asistido a la apropiación del discurso de la seguridad y el freno a la inmigración no sólo por parte del Partido Popular, sino del PSOE o los nacionalistas catalanes de Convergencia i Unió.

Y la posibilidad de un cambio a un gobierno con políticas distintas se antoja harto difícil, en tanto que el principal partido de la oposición adopta plenamente las propuestas neoliberales, e incluso en algún asunto, como la reforma del Impuesto sobre la Renta, pasa por la derecha al gobierno, proponiendo un tipo único. ¡A la mierda la progresividad fiscal! ¿Qué será lo próximo? ¿Volver a las jornadas de doce horas o al trabajo infantil?

Así que tenemos un panorama en el que por una parte la izquierda europea no para de ceder posiciones en la guerra de trincheras ideológica contra el neoliberalismo mientras en la retaguardia, la derecha populista y xenófoba le come el terreno, arrebatándole el que era su electorado principal. El resultado es que la socialdemocrácia se está convirtiendo en una opción de clases medias e ilustradas, bienintencionada pero ineficaz como maquinaria electoral.

Como diría Fukuyama: "Nada nuevo bajo el sol."

Tómese dos pastillas y llámeme mañana.

En el pasado ya hubo una situación parecida. Una gran corriente ideológica que había moldeado el siglo vio como a la vez que sus adversarios conservadores se rearmaban ideológicamente, los sectores más progresistas le abandonaban por una nueva fuerza política.

La corriente ideológica en cuestión era el liberalismo del siglo XIX, que tras haber triunfado en todo el continente y haber modelado las instituciones democráticas a su imagen y semejanza, terminó esfumándose a principios del siglo XX ante la pujanza de el marxismo y el fascismo, rabiosamente antiliberales.

Los antaño poderosos partidos liberales quedaron reducidos a una oposición de intelectuales, refugiados en el mundo académico.

Y allí fue, en las universidades, en los libros, donde el liberalismo se reinventó a sí mismo para volver con fuerza en el último cuarto del siglo XX.

La nueva derecha adoptó el discurso neoliberal sin pudor, como el vehículo que le permitiría defenderse ideológicamente no sólo ante el marxismo, función que ya cumplía la derecha democristiana o social en sus diferentes variantes, sino ante la misma socialdemocrácia y los restos del liberalismo progresista o radical.

Por todas partes proliferaron las fundaciones y Think Tanks, dedicados a la producción de pensamiento conservador neoliberal.

Mientras, la izquierda se dedicaba a verdaderos rompecabezas metafísicos en torno al marxismo, cuando la práctica mayoritaria, y la más satisfactoria, era la socialdemócrata.

Pero claro, quedaba uno más interesante si se dedicaba a filosofar sobre el último sujeto revolucionario que a razonar los beneficios de la redistribución de rentas mediante las prestaciones sociales.

Y así nos luce el pelo.

Lo primero que deberían hacer quienes pretendan rescatar conceptos como democracia, libertad, igualdad y fraternidad es dejarse de mamonadas y volver a razonar. No basta con decir ¡Protesto! Hay que decir por qué.

Un ejemplo extraído de la realidad española.

El gobierno de José María Aznar, un señor de derechas que presume de liberal y de centrista, pretende fijar por ley la obligatoriedad de que las cuentas públicas tengan déficit cero. Un amigo mío protestaba hace poco de esta intención con el argumento de que el déficit cero era de derechas porque las prestaciones sociales son por naturaleza deficitaria.

¡Menudo regalo para el argumentario de la derecha! ¡Ni más ni menos que el déficit es de izquierda! ¿Cómo la inflación y el paro y las listas de espera en los hospitales, no?

¡Señores, el déficit no es de izquierda ni de derecha! Es que falta dinero en la caja.

Lo que pasa es que la derecha neoliberal ha hecho un uso muy hábil del tema del déficit para sus propios fines.

Recapitulemos.

Según la doctrina neoliberal, los gobiernos que aplicaban políticas keynesianas de expansión del gasto público provocaban un déficit en las cuentas públicas que cubrían recurriendo a la capacidad de ahorro privada (mediante la emisión de deuda pública) lo que restaba recursos a la inversión en las empresas privadas y suponía un freno al crecimiento de una economía competitiva y saneada.

La receta era cortar el gasto público de raíz, empezando por los programas sociales, que además desincentivaban al trabajador a ser más competitivo.

Hasta aquí la teoría. A continuación la historia tal como pasó.

En 1980, Ronald Reagan gana las elecciones presidenciales americanas con el lema "La solución no es el gobierno. El gobierno es el problema."

Acusa a los Demócratas de ser el partido del gasto y promete reducir el gobierno y cortar el gasto de raíz.

Lo que realmente pasó es que el déficit público se disparó durante la era Reagan como no había pasado con ninguna otra administración.

Reagan recortó los subsidios y la ayuda a los más pobres, pero bajó los impuestos a los más ricos y aumentó enormemente el gasto militar.

Pero los Demócratas quedaron estigmatizados como el partido del gasto y los impuestos.

Cuando Bill Clinton ganó las elecciones a George Bush Sr. en 1992, lo hizo con el sello de "Nuevo Demócrata" para distinguirse de los viejos Demócratas, el partido del gasto. La única concesión al progresismo de su plataforma electoral fue la reforma de la sanidad encabezada por Hillary Rodhan Clinton, un timidísimo intento de establecer un seguro sanitario universal que fue torpedeado por la mayoría republicana del Congreso ultraconservador elegido en 1994 y que hoy parecería poco menos que maoísta.

En las mencionadas elecciones al Congreso de 1994, se produjo una ola de voto republicano que se dio en llamar la "Revolución Conservadora". Una de las propuestas estrellas de su plataforma era una enmienda constitucional para garantizar el déficit cero.

No lo consiguieron, pero los presupuesto aprobados por el Congreso torpedearon cualquier posibilidad de reforma de la sanidad en aquel momento.

El tiro les salió al final por la culata, Clinton asumió el déficit cero y durante los últimos años de mandato las cuentas públicas llegaron a tener superávit. Ello le permitió devolver la pelota a los republicanos: cuando estos propusieron utilizar el superávit para aprobar una reforma fiscal que beneficiaría a los más ricos, Clinton lo vetó porque prefería dedicar el superávit a mejorar la sanidad, la educación y las pensiones.

En el año 2000, George Bush Jr. alcanzó la presidencia de los Estados Unidos y a fecha de hoy el superávit de los años de Clinton ya es historia. El déficit ha vuelto de la mano de un presidente republicano que ha disparado el gasto militar.

Queda la cuestión de si los servicios sociales son deficitarios. Depende de qué estemos hablando.

En España las pensiones, por ejemplo, se pagan con las cotizaciones sociales obligatorias a la Seguridad Social. Hoy por hoy, hay superávit. Podrían llegar a no ser suficientes por la caída de la natalidad, pero incluso entonces, el Pacto de Toledo prevé que se cubra la diferencia con el dinero de los impuestos.

La sanidad y la educación, en cambio, si se pagan con impuestos. Y cuestan bastante dinero.

Pero la única manera de que sean deficitarios es que consuman más dinero de lo que ingresa el estado con todos los impuestos.

Hoy eso está muy lejos de ser así. El estado ingresa mucho dinero vía impuestos.

Y podría ingresar mucho más.

Ahí está la trampa, amigos. El verdadero objetivo del señor Aznar es reducir al máximo la contribución de quienes más tienen a las arcas del estado. Pero para ello ha de recortar primero las necesidades de dinero de ese estado que después de todo desea mantener como garante de la propiedad y la seguridad de sus patrocinadores.

El déficit público solo es la excusa. El pretexto.

Pero en vez de decir que no hay por qué tener déficit público siempre que tengamos un sistema impositivo justo y eficiente, la oposición se lanza al ruedo con una propuesta de reforma del impuesto de la renta totalmente regresiva.

Literalmente, ¡nos quieren robar!

¡Sacad las manos de mis bolsillos, cabrones!

En fin, eso nos lleva al tema de por qué cuando la gente empieza a darse cuenta de que los están echando fuera del juego, da la espalda a los partidos de izquierda y se echa en brazos del primer energúmeno vociferante que pasa por ahí.

¿Dónde vas, triste de ti?

Soñar es hermoso. Pero todos tenemos necesidades básicas que atender y no podemos pasarnos la vida con la cabeza en la almohada.

Karl Marx comprendió eso cuando denunció los intentos de los primeros socialistas de establecer un mundo ideal en base a buenas intenciones y nada más. El pretendió hacerlo sobre una base realista, científica, estudiando la sociedad de su tiempo, identificando al nuevo sujeto revolucionario y señalando el camino de la historia hacia la sociedad perfecta.

¡Vaya mierda de adivino!

Las predicciones de Marx no se cumplieron y allí donde se alzaron con el poder sus seguidores, la explotación del hombre por el hombre fue sustituida por la más brutal explotación del hombre por el estado.

A su modo, Francis Fukuyama no hace más que extraer las conclusiones que el propio Marx no hubiera tenido más remedio que extraer de la aplicación de su método dialéctico a la situación actual.

A su modo, Fukuyama es más marxista que quienes se siguen reclamando de esa ideología hoy en día, esperando la revolución contra toda evidencia empírica.

Sin embargo, importantes sectores se siguen identificando como comunistas, trostkistas o maoístas, con una convicción que tiene más de fe religiosa que de reposado convencimiento de un análisis y de unas recetas a aplicar.

No deja de ser curioso que todas las iniciativas innovadoras adoptadas por la izquierda social en la última década procedan de sectores extraños a ella, desde el catolicismo social al más puro neoliberalismo.

El ejemplo más tajante lo tenemos en la famosa Tasa Tobin, estandarte del movimiento antiglobalización.

El señor James Tobin se ha muerto abominando de su invento. Todo lo que el pretendía era un mecanismo para defender el capitalismo de sí mismo, evitar que la especulación pudiera perjudicar la economía real; y no acabar con las diferencias entre ricos y pobres, ¡que eso es de rojos!

Lo mismo pasa con el movimiento de la bioética, que tiene más que ver con el viejo "No podemos tocar la obra de Dios" que con la cultura racionalista de la izquierda. ( ¿Qué estupidez es eso de la "soberanía alimentaria"? ¿Significa que una lechuga es soberana? ¿Y un tomate? ¡Por favor! ).

Y que decir de los movimientos campesinos contra la apertura de los mercados europeos a los productos del tercer mundo. ¿Es justo que un litro de leche holandesa salga más barata en un mercado de Kenia que la leche local por los subsidios a la agricultura europea?

Los países del tercer mundo sólo pueden exportar sus productos primarios o su población.

Unos u otros van a terminar aquí.

Si hacemos un balance de como le ha ido a las distintas tradiciones de la izquierda podemos deprimirnos, pero ahí va:

- El anarquismo; la más antigua de las tradiciones y la primera en desaparecer como alternativa. Llego a ser muy fuerte en el sur de Europa y en algunos países latinoamericanos, como Argentina. Produjo algunas grandes obras de pensamiento y desarrolló una interesante experiencia de comunidad dentro de la sociedad, y en algunos momentos, como durante la Guerra Civil española, sus organizaciones llegaron a constituir un estado dentro del estado. Sin embargo, y pese a un rebrote lúdico-pasota a raíz de Mayo del 68, no supo adaptarse a los cambios de la sociedad y sufrió un proceso de descomposición interna que lo llevó a la sectarización y la nostalgia. En algunos sectores supervivientes se aprecia un comienzo de reaccionarismo frente al progreso. Algunos lo llaman Primitivismo. A mí me parece más un signo de senilidad.

- El comunismo; en cualquiera de sus variantes: marxista-leninista, estalinista, castrista, kimilsunguista etc etc... Ha demostrado una innata capacidad para el ejercicio de la tiranía, a la vez que una desastrosa gestión económica y medio-ambiental. Inexplicablemente, conserva bastantes seguidores en países libres y de elevado bienestar, pero como no consiguen levantar cabeza se ven obligados a sumergirse en coaliciones y movimientos de todo pelaje. Con tal de tocar pelota, lo que sea. Si algún día ganan, ya se encargaran de purgar a los compañeros de viaje indeseables.

- La socialdemocracia; práctica más que doctrina, tiene su origen en las políticas desarrolladas por los partidos socialistas (entonces aún marxistas) de centroeuropa y Escandinavia. Tuvo una expresión más radical en los gobiernos laboristas del Reino Unido tras la Segunda Guerra Mundial. El informe Beveridge y la obra de gobierno de Aneurin Bevan deberían ser de estudio obligatorio en las escuelas. A Tony Blair le deben de parecer de extrema izquierda. Puesto que nunca tuvo una verdadera ideología detrás que la respaldara, el fracaso del marxismo le afectó tanto como al comunismo, al desaparecer un horizonte al que miraba aunque fuera para mantener las distancias. Desorientada y sin discurso, el agotamiento de las políticas keynesianas tras la crisis del petróleo de 1973 le arrojó en brazos de los economistas neoliberales. Salvo en su refugio escandinavo, sus propuestas son cada vez más difíciles de distinguir de la derecha a la vez que siguen enarbolando una bandera a la que cada vez hacen menos justicia.

-El ecologismo; en principio, tengo mis reticencias a incluirlo en esta lista. A mi entender, la conservación del medio ambiente no es de derecha ni de izquierdas, al menos no entra en la clásica escala igualdad-desigualdad. Pero se acostumbra a incluirlo en este campo al considerar su actitud como contraria al capitalismo (olvidando convenientemente los desastrosos resultados medioambientales en los países comunistas). Sin embargo si que entra en la escala sobre libertad. En concreto muchas de sus propuestas suponen una cercenación de la libertad individual en nombre de la inviolabilidad de las leyes naturales. Temas como la transgénica, la clonación, o incluso el uso de las nuevas tecnologías de la información han llevado a los fundamentalistas del ecologismo político a posturas puramente reaccionarias. Tras un periodo de florecimiento, se ha estancado en una franja entorno al 5% de los votos. Insuficiente para nada más que un florero, pero sigue siendo una marca muy cotizada.

Y ante esta oferta, ¿qué puede hacer el ciudadano con una conciencia crítica?

¡Desesperarse!

Requiescat In Pace.

Admitámoslo de una puñetera vez y antes podremos volver a empezar.

¡Han ganado ellos!

¿Quienes?

¡Coño, los de siempre! A no ser que seas tan estúpido que te consideres uno de ellos.

Porque ahí es donde empezaron a ganar la partida, la "lucha final". Cuando los poderosos nos hicieron creer que nuestros intereses coincidían con los suyos; que sus capataces eran nuestros representantes; que su cuenta de resultados eran nuestra riqueza y sus actos nuestra voluntad.

En definitiva, cuando el poder nos hizo creer que estaba en nuestras manos cuando en realidad, nosotros estabamos en las suyas.

De una vez por todas, mejor que aprendamos la verdadera naturaleza del poder.

Siempre, siempre, existe el poder. En todos los sitios y en todas las épocas. Bajo todas las apariencias. Encarnado en personas, o instituciones, o en ideas. Y sea cual fuere el propósito inicial que lo vio nacer, siempre se expande, creciendo cada vez más y devorando toda parcela de libertad que no vigilemos con suficiente diligencia.

El poder es un predador insaciable.

Y el verdadero sentido de la democracia consiste no en domesticarlo para nuestros fines, sino en encerrarlo en una jaula cuyos barrotes no pueda doblegar. Ponerle obstáculos. Dividirlo. Debilitarlo. Embridarlo y estar siempre vigilantes para que no crezca por otro sitio y encuentre una manera de salir de la jaula.

Eso es lo que está pasando en Europa y otras partes del mundo en estos momentos.

Creímos que la bestia había estado dormida durante 50 años, en los cuales perdimos nuestros reflejos democráticos, el vigor y la decisión para hacer frente al poder que resurgió en forma de amorfo neocapitalismo global. Y cuando nos debatimos en la perplejidad ante un enemigo que creíamos derrotado, dejamos salir la vieja bestia de la jaula.

Eso y no otra cosa son Le Pen, Haider y compañía. Una bestia contra otra.

Y nosotros en medio. Mirando.

Frente a esta realidad, nada. Un páramo.

Si alguien quiere empezar a hacer algo al respecto, que se prepare para una larga travesía por el desierto. Hasta que las viejas ideas y las viejas organizaciones no estén enterradas, nada nuevo podrá prosperar en un suelo tan árido.

Yo estoy esperando la hora de la siembra.