corner
Archivo/Artículos
     
   
a
 


Inicio

 
Sociedad
Pobreza y desigualdad, integrismo y violencia

por Ryszard Kapuscinski
 

El 11 de septiembre comenzó una nueva gran transformación del mundo. Por primera vez desde la terminación de la guerra fría comenzó un debate serio sobre el estado del mundo contemporáneo, un debate que abrió nuestras conciencias y que necesitábamos como el oxígeno. Hasta el 11 de septiembre, Occidente se sentía muy satisfecho con su desarrollo, aunque era un desarrollo contaminado por un virus mortal, el desigual reparto de los frutos del avance tecnológico.

En la década de los años sesenta se comparó el nivel de vida de las personas más pudientes y de las más pobres y resultó que los pobres vivían treinta veces peor que los ricos. A fines de los años noventa los más pobres ya vivían ochenta y dos veces peor que los ricos.

Las diferencias entre el rico y el pobre aumentan sin cesar. Aparecen ya al nivel de la familia, pero se reflejan también en la suerte que suelen correr los niños y las mujeres, sobre todo en tiempos de guerra. Esa suerte es mucho peor que la de los hombres. Hoy somos testigos de guerras de un nuevo tipo, desconocido hasta ahora. Ya no se enfrentan las unidades de distintos ejércitos. En los tiempos de la Primera Guerra Mundial moría solamente un civil por cada siete militares. Ahora la proporción se ha invertido y por cada soldado mueren siete u ocho civiles. Los soldados son mayoritariamente varones, mientras que las víctimas civiles, por lo regular, son mujeres y niños.

Otra diferencia visible es la que se advierte a nivel regional. En muchos países hay regiones dominantes que tratan otras regiones como si fuesen colonias. Por ejemplo, el sur de Brasil trata al norte del país como una colonia.

Al nivel mundial, las diferencias son tremendas, porque por cada veinte personas bien situadas hay ochenta que viven en la pobreza.

La miseria es uno de los principales problemas económicos y psicológicos de nuestra época. El pobre se siente rechazado y marginado, se siente en una situación sin salida. Esas sensaciones dan vida a otras, como la frustración, el odio, la envidia y la ira. Y son precisamente esos sentimientos la fuente principal de los integrismos y de la violencia. No olvidemos que hay miles de millones de personas en el mundo que viven sin techo y, para colmo, una media de veinticinco años menos que el europeo.

No asistimos, pues, a un choque entre la civilización de Occidente y la de Oriente. Somos testigos de la confrontación entre las personas que han tenido suerte y triunfaron y los que fracasaron y nada consiguieron, los que no tienen perspectivas de salir de la marginación.

Los terroristas de hoy en nada se parecen a los que conocemos por la prosa de Dostoievski. Los que describió el maestro ruso eran unos locos desesperados. Los de ahora, bien dotados técnicamente, tienen una personalidad muy distinta.

Samuel P. Huntington, un politólogo norteamericano muy destacado, analiza el mundo desde el punto de vista de una gran potencia a la que nadie puede igualar en poder. Hay que entender que actualmente Estados Unidos no tiene ni un solo adversario serio. En comparación con su poderío, todos los restantes Estados son muy débiles. Ahora bien, a pesar de ello, hay dos adversarios que pueden convertirse en enemigos muy peligrosos para Estados Unidos. Me refiero a dos civilizaciones, la china y la musulmana. No ceden ante la presión de la cultura y el estilo de vida estadounidenses, porque son ‘impenetrables’, gracias a lo cual conservan su singularidad y originalidad.

La actual reacción militar de Estados Unidos se considera una operación bélica contra el terrorismo, pero eso no es del todo cierto. La realidad es mucho más compleja. El gran problema radica en las contradicciones propias de la democracia. La lucha contra el terrorismo podría ser resuelta de manera victoriosa en un mes, introduciendo, eso sí, las normas de implacable vigilancia que inventó el estalinismo y haciéndolo a rajatabla. Si Estados Unidos implantase la censura, el control de las personas, los allanamientos y registros arbitrarios de viviendas, los campos de concentración y otras medidas similares, el terrorismo desaparecería. Pero, ¿cómo eliminarlo sin renunciar a los valores de la democracia? No se trata, pues, del problema que significan las actividades de Bin Laden, sino de cómo resolver un dilema estructural.

Si los estadounidenses dan con Bin Laden vivo, si lo juzgan de acuerdo con las leyes de Estados Unidos, siendo rico como es, alquilará a los mejores abogados y el proceso durará largos años. Es un hombre muy enfermo y no está descartado que pudiera morir antes de que el tribunal dictase su sentencia.

Hace poco, en uno de los semanarios más importantes de Estados Unidos se publicó un artículo del jefe, en los años 1994-1995, de la Sección de la Lucha contra el Terrorismo del Departamento de Estado. Su autor afirmaba que la lucha contra el terrorismo es una actividad totalmente abstracta. ‘Lo único que podemos hacer es limitar sus consecuencias, porque los sistemas democráticos carecen de mecanismos que permitan controlar de manera total la situación. Si tuviesen esos mecanismos no serían democracias. Como resultado, el conflicto durará mucho tiempo y el único que se beneficiará a largo plazo será Putin, porque Estados Unidos tiene acceso a Afganistán solamente desde el espacio controlado por Rusia’.

Efectivamente, ante Rusia se ha abierto una gran oportunidad, pero no se puede olvidar que en su área de influencia directa también hay comunidades musulmanas que pueden convertirse en graves peligros. La expansión del islam avanzó en el pasado a lo largo del cauce del río Volga partiendo a Rusia en dos, la europea y la siberiana. Si las comunidades musulmanas allí existentes se sublevan habrá nuevos y serios problemas.

Ahora bien, aunque parezca mentira, el principal enemigo de los integrismos islámicos no es Estados Unidos, sino los regímenes de los países islámicos considerados y tratados por los fundamentalistas como ‘traidores al Corán’. Por eso no somos nosotros los que debemos sentirnos particularmente espantados por lo que puedan hacernos los terroristas, sino los presidentes de los países musulmanes. El islam es una religión con muchos conflictos y divergencias internas que protagonizan los partidarios de innumerables escuelas y corrientes. La mayor de las guerras de la segunda mitad del siglo XX se libró entre dos Estados musulmanes muy fieles a la religión, como son Irán e Irak. Tampoco podemos olvidar que muchos jefes de Estado musulmanes murieron a manos de los terroristas del integrismo islámico, por ejemplo, en Argelia y Egipto.

El islam puede dividirse de distintas maneras, pero, en líneas generales, se puede hablar de un ‘islam del río’ y un ‘islam del desierto’. El ‘islam del desierto’ es el violento, el agresivo, el combativo, nacido entre los nómadas que, armados con lanzas, recorrían a camello las arenas desérticas. Es un islam despiadado, primitivo y cerrado. El ‘islam del río’ es la cara abierta y democrática, el islam de los bazares, es decir, democrático, porque el regateo propio de la compra y venta exige una actitud democrática, dispuesta a llegar a compromisos.

Hoy todas las consignas belicosas son negativas, porque, independientemente de que estemos gozando de la paz, estamos sentados sobre un barril de pólvora. Eso significa que podremos triunfar solamente si actuamos con calma, buena voluntad y un espíritu dialogante. No olvidemos que ya somos seis mil millones de personas las que poblamos el planeta llamado Tierra, no olvidemos que cada año la población aumenta en ochenta millones y no olvidemos que setenta y cinco de esos millones son pobres.

Esa enorme masa humana que es la humanidad carece de poder. Todas las comunidades tienen órganos de poder propios, pero la humanidad en su conjunto, no. No hay autoridad central alguna, no hay mecanismos centrales de control. Si esa enorme masa decidiese alguna vez romper todos los diques, nadie podría contenerla. Por eso es tan importante lo que hoy se dice y cómo se dice.

Los mil trescientos millones de musulmanes que hay en el mundo constituyen el 15 por ciento de toda la humanidad. El islam es la religión más dinámica. Cada año atrae a nuevas masas humanas en todos los continentes del planeta. Veinte millones de norteamericanos son musulmanes. Aunque tienen pasaportes estadounidenses en sus bolsillos rezan cinco veces al día, como les ordena su Dios. En Europa también tenemos otros veinte millones de musulmanes que al mismo tiempo son europeos. Hace años podíamos definir nuestra civilización como ‘cristiana’, pero ahora ya tenemos que definirla como ‘cristiano-musulmana’.

El problema de la liquidación del terrorismo equivale a la destrucción del fenómeno terrorista. Las organizaciones terroristas surgieron en el islam de la lucha contra las Cruzadas. Se trata, pues, de una tradición de novecientos años. ¿Pueden los bombardeos destruir esas organizaciones si forman parte del tejido social islámico?

Desde hace miles de años, Afganistán es un espacio en el que se cruzan los caminos de los invasores y los caminos de quienes mantienen los contactos entre los pueblos de la región. Cada una de las invasiones que pasó por esa tierra dejó en ella sus huellas. Por eso viven en Afganistán representantes de muchas culturas. Se trata, pues, de una comunidad muy desintegrada por la diversidad de las tradiciones y aún más atomizada por las guerras que se libran allí ininterrumpidamente desde hace más de sesenta años. Hoy, uno de los principales enemigos de los afganos son las minas, que producen miles de mutilados y ciegos, que, incapacitados para hacer algo, mueren de hambre. Dicen los expertos que en Afganistán siguen enterradas treinta millones de minas.

La hospitalidad, cordialidad y simpatía, el sentido de la hermandad y de los valores colectivos son rasgos característicos de las comunidades del Tercer Mundo: al pobre hay que ayudarle, al hambriento hay que darle de comer, al caminante hay que darle cobijo. Se trata de valores que a nosotros, siempre corriendo de manera febril, nos podrían ser muy útiles.

Recibo de Estados Unidos un número creciente de llamadas telefónicas y cartas de compañeros y amigos. Son señales tristes, porque quienes las envían me dicen que se encuentran en un estado de ánimo hasta ahora desconocido: la depresión. Yo les respondo que toda la historia de mi pueblo, el polaco, es una historia de invasiones y agresiones.

De Los Ángeles me llegó una carta de un escritor muy prometedor. Me dice que después del 11 de septiembre no ve sentido alguno a seguir escribiendo. No ve sentido alguno a nada.