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Sociedad
Un zapato universal

por Julio Camba
 

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Extraído del libro de recopilación "Esto, lo otro y lo de más allá".

Vergara S. A., 1962

El error de los que pretenden crear un lenguaje universal consiste en suponer que, de ese modo, resolverían un problema, cuando lo que harían sería, precisamente, todo lo contrario. Roma conquista el mundo antiguo, le impone su idioma y, ya dotado de un idioma prácticamente universal, ¿qué es lo que hace con él el mundo antiguo? Pues fraccionarlo en media docena de idiomas diferentes para quitarle toda su universalidad. Está visto que el hombre no quiere idiomas universales. Si los quisiera seguiría todavía expresándose por gestos y por gruñidos, como su universalísimo antepasado de las cavernas, y no hubiese manifestado nunca la menor tendencia a expresarse en un lenguaje articulado. No. El hombre no quiere idiomas universales, y, cuando alguno de los que tiene a su disposición empieza a universalizarse demasiado, le cambia aquí el acento, allí la sintaxis y hace con él una serie de nuevos idiomas perfectamente diferenciados entre sí.

Por eso es por lo que yo no creo en el interglossa ni en ninguna de las otras creaciones filológicas, que se han lanzado últimamente a la circulación. Su adopción sería relativamente fácil, pero, así como las malas lenguas solían decir que en la Sociedad de Naciones se hablaba el francés en todos los idiomas del mundo, así el nuevo idioma internacional acabaría hablándose por los chinos, en chino; por los rusos, en ruso; por los árabes, en árabe, y así sucesivamente. La tendencia humana no es a unificar o sintetizar los idiomas, sino, por el contrario, a fraccionarlos e individualizarlos, y ya es sabido que, no sólo en cada región de un mismo país se suele hablar el idioma nacional de diferente manera, sino que también se lo habla de una manera diferente en cada tertulia de casino o de café. No hay grupo humano, por pequeño que sea, que, al cabo de algún tiempo de convivencia, no llegue a crearse, en cierto modo, una especie de lenguaje convencional, de todo punto ininteligible muchas veces para los no iniciados, y, por otra parte, ¿quién no ha inventado de chico algún idioma para entenderse con sus amigotes sin correr el riesgo de ser comprendido pro los demás?

– Tivatimos tia tihaticer tinotivitillos tiestita titartide –le decía uno, por ejemplo, a sus compinches cuando quería invitarlos a hacer novillos.

Y es que, aun en el alborear de la vida, ya el pequeño vocabulario que habíamos adquirido nos resultaba a todos demasiado universal.

Dígase lo que se diga, los idiomas universales no tienen mayor porvenir que el que tendría, pongamos por caso, un zapato universal, esto es, un zapato de la misma forma y del mismo tamaño para todos los hombres...

Julio Camba. Periodista y escritor español. (1885-1962)