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Fin del mundo: Mil y una formas de morir

por Víctor Arenas
 

Pórtico Luna

En caso de que finalmente seamos incapaces de destruir el planeta por nosotros mismos, la naturaleza nos tiene reservada una variada galería de fines cósmicos que se ocuparán de hacer desaparecer la vida de la faz de la Tierra. Sólo es cuestión de esperar y ver cuál de ellos llega antes.

El Hombre es un ser enfermizamente antropocéntrico. Tanto es así que el "Fin del Mundo", para él, no implica la destrucción del planeta o del Universo, sino la simple aniquilación de su civilización.

Si así hubiera que definirlo, nuestro hogar habría experimentado ya, a lo largo de su historia, numerosos episodios equivalentes al Fin del Mundo. Paradójicamente, fue uno de estos desastres el que acabó con los dinosaurios hace 65 millones de años, dejando vía libre a nuestros antepasados y confabulándose para hacer posibles las condiciones que traerían la preeminencia primero de los mamíferos y después del ser humano como el más inteligente de los primates.

Por supuesto, desde este punto de vista, la Humanidad podría tener que enfrentarse algún día a nuevas calamidades no tan favorables a sus intereses. El único problema es que su evolución como bestia tecnológica ha modificado el índice de probabilidades: por un lado, los descubrimientos científicos y su uso en aplicaciones harto dudosas han multiplicado las oportunidades de que el ambiente se convierta en un lugar inhabitable (calentamiento global, guerra nuclear...); por otro, la misma tecnología podría ser empleada para luchar contra los factores que intentan acabar con nuestra presencia en este planeta.

Bajo esta perspectiva, sería difícil saber hacia qué lado de la balanza se inclinará la cuestión... si no fuera porque es la propia tecnología, haciéndonos conocer mejor el Universo, la que está poniendo de manifiesto que existen más peligros de los que creíamos, hallándose algunos demasiado alejados de nuestras posibilidades de intervención.

Son amenazas serias, palpables, que si bien en algunos casos actúan en escalas de tiempo tan amplias que hacen que nuestra generación ni siquiera los tenga en cuenta, en cambio hay otros que pueden hacerse realidad en cualquier momento y casi sin avisar.

El Fin del Mundo, pues, tiene múltiples protagonistas y fechas de caducidad (algunas desconocidas y otras perfectamente previsibles). De su identificación y oportuno tratamiento depende nuestro futuro.

Llevados por la confianza hacia la razón humana, que no ha de permitir su autodestrucción, aquí vamos a examinar aquellos potenciales candidatos a causar la desaparición del Hombre cuyo origen es exclusivamente cósmico, natural. Algunos podrían significar nuestra eliminación prematura (como el choque de un gran asteroide) y quizá puedan ser combatidos; otros, en cambio, son absolutamente inevitables (el propio final del Universo), sin que nuestra afición por jugar a dioses pueda hacer nada frente a ellos.

En todo caso, basta echar un vistazo a todos para darnos cuenta de que la Tierra, como cuna de la Humanidad, es un lugar mucho más frágil y desprotegido de lo que suponíamos. Al fin y al cabo, nuestra especie (en el más amplio de los términos) sólo puede considerarse como tal durante el último millón de años, una cifra que no es sino una ínfima fracción de la historia del planeta (4.500 millones de años) o del Universo (unos 12 ó 13.000 millones de años). Demasiado poco tiempo como para haber tenido la oportunidad de experimentar los verdaderos peligros que acechan ahí fuera...

IMPACTOS
El choque de la Tierra contra un asteroide o cometa errante es quizá el episodio catastrófico más conocido. Esto no es extraño, puesto que ya ha ocurrido en el pasado, siendo uno de los más frecuentes en la Historia.

Nuestro mundo y el resto de los planetas evolucionan en órbitas estables y tranquilas alrededor nuestra estrella, pero el Sistema Solar contiene también una considerable población de residuos procedentes de su época de formación que en ocasiones pululan demasiado cerca de nosotros.

Los más peligrosos componentes de esta facción son aquellos que cruzan la órbita de la Tierra. El primero se descubrió hace 60 años y desde entonces no han dejado de aparecer nuevos candidatos para protagonizar un encuentro mortal. En realidad, no son muchos, ya que la mayor parte de los objetos que podían haber chocado contra la Tierra ya lo han hecho durante la larga historia del sistema planetario (como prueba la craterizada faz de la Luna).

Ahora bien, aunque nuestra casa ha "barrido" su órbita de escombros, dejándola casi libre, siempre existe la posibilidad de que cuerpos exteriores sean perturbados por la gravedad de otros planetas y que sus nuevas trayectorias los lleven hasta aquí.

Hoy en día sabemos que los impactos cósmicos han afectado a la historia geológica de la Tierra (uno de ellos, gigantesco, probablemente dio lugar a la Luna) y a la aparición de la vida (los cometas han traído agua a la superficie terrestre, y quizá los elementos orgánicos necesarios para ella). Pero si los impactos pudieron ser una vez beneficiosos para la evolución del planeta, ahora serían catastróficos para la supervivencia de nuestra especie. El estudio profundo de los efectos que podrían desencadenar ha disparado todas las luces de alarma.

Los objetos más pequeños (apenas unos kilogramos) suelen quemarse en la atmósfera y no llegan a tocar el suelo. Sin embargo, cuando su diámetro supera los 10 metros, se les puede empezar a considerar peligrosos. Un cuerpo en esta categoría desarrollaría una fuerza explosiva equivalente a 100 kilotones de TNT, mientras que un objeto de 100 metros de diámetro alcanzaría los 100 megatones, al nivel de las mayores bombas termonucleares. El evento de Tunguska, por ejemplo, desarrolló unos 12 megatones y tenía unos 60 metros de diámetro. No llegó a impactar contra el suelo debido a su baja densidad, pero devastó una amplia zona. En una región habitada hubiera derribado los edificios a unos 20 kilómetros a la redonda.

Para causar un cráter son necesarios asteroides metálicos o rocosos de más de 100 metros de diámetro. Creemos que éstos llegan a la Tierra una vez cada 5.000 años (como media), produciendo cráteres de unos 3 kilómetros de ancho.

Cuando el objeto tiene entre 1 y 5 kilómetros de diámetro, las consecuencias se vuelven desastrosas, ya que puede ocasionar cráteres diez veces su diámetro. Por fortuna, se presentan sólo una vez cada 300.000 años. Además de producir una gran destrucción a nivel local, uno de estos mensajeros de la muerte lanzaría una gran cantidad de polvo a la atmósfera, oscureciéndola e impidiendo el crecimiento de los cultivos a nivel mundial.

Más allá de los 5 kilómetros de diámetro, el impacto generaría una ola de calor que recorrería todo el planeta. La oscuridad duraría varios meses y supondría el caos. La temperatura descendería varias decenas de grados y, además, el nitrógeno de la atmósfera, quemado por la ola de calor, ocasionaría una lluvia ácida que impregnaría toda la superficie. Más adelante, con la atmósfera más transparente, sería el vapor de agua y el dióxido de carbono emitido por los incendios lo que produciría un efecto invernadero que invertiría la tendencia y elevaría las temperaturas hasta varias decenas de grados por encima de lo habitual. Es muy probable que la vida compleja no pueda soportar una presión ambiental de este tipo durante décadas.

El umbral de la destrucción total no es bien conocido. Sabemos, eso sí, que hace 65 millones de años un asteroide de unos 10 kilómetros de diámetro ocasionó la extinción de la mitad de las especies vivas (incluyendo los dinosaurios). No esperamos que ello ocurra con una periodicidad superior a una vez cada 10 ó 30 millones de años.

En general, suponemos que la muerte de la población humana se produciría debido al hambre. No se sabe muy bien cómo responderían las múltiples variables de nuestra sociedad (economía, industria, comercio, estructura política...), pero cualquier desajuste traería consigo inmediatamente la interrupción de las cadenas de producción y el caos por falta de gobierno y provisiones. Probablemente baste un asteroide de unos 2 kilómetros para que su impacto implique consecuencias globales.

En 1990, el Congreso estadounidense ordenó a la NASA el inicio de un programa específico en relación a los NEO (Near Earth Objects, Objetos Cercanos a la Tierra). Aunque se acepta la ínfima probabilidad de que un cuerpo extraño choque contra la Tierra, las consecuencias de dicha colisión serían tan graves que se hace necesario identificar la naturaleza de este peligro y prepararse para combatirlo. El primer paso, por supuesto, es la búsqueda de todos los objetos que cruzan la órbita terrestre, aplicando para ello nuevas técnicas de observación y de determinación de sus trayectorias. El segundo, definir sistemas y tecnologías capaces de alterar dichas trayectorias o de destruir a quienes las siguen.

Los cálculos de los científicos estiman que los asteroides o cometas de más de 1 kilómetro de diámetro son la verdadera amenaza que hay que considerar y afrontar. Un impacto de esta naturaleza se produciría una o varias veces por cada millón de años. La Tierra ha conservado, a pesar de su compleja geología que enmascara las cicatrices demasiado antiguas, señales de unos 130 cráteres que van de 140 a 200 kilómetros de diámetro. Es decir, no estamos ante un fenómeno nuevo.

El objetivo de los programas de búsqueda está siendo la identificación sistemática de asteroides y sus órbitas, para que podamos disponer de al menos algunas décadas de margen ante una eventual ruta de impacto. Los nuevos cometas, en cambio, sólo pueden ser descubiertos con un máximo de dos años de antelación ya que proceden del exterior del Sistema Solar y no tienen órbitas definidas.

Dicen que no hay nada peor que la ignorancia. Conociendo el número de objetos que nos amenazan, sus características y sus órbitas, podremos diseñar las herramientas adecuadas para luchar contra ellos. Por ejemplo, se habla de hacer explosionar ingenios nucleares en puntos concretos de su superficie o su interior para desviar sus trayectorias. Si esta operación se realizase con la suficiente antelación, un impulso mínimo bastaría para que las diferencias, en el punto de encuentro, se convirtiesen en razonablemente seguras.

Se han organizado diversos programas de catalogación de NEOs. Podemos destacar el Spaceguard de la NASA, o los Spacewatch, PCAS, PACS y AANEAS. En la actualidad, se han catalogado algo menos de 200 asteroides potencialmente peligrosos para la Tierra. A menudo, alguno de sus nombres salta a la prensa como el candidato a un "choque seguro y rápido", pero casi siempre es necesario acabar matizando las fechas proporcionadas ante la dificultad de determinar con exactitud qué ocurrirá con un determinado asteroide en el futuro. Sus trayectorias suelen ser perturbadas, complicando la predicción a largo plazo.

En la actualidad se ha establecido un protocolo de confirmación para que este tipo de noticias no salga a la luz pública tan pronto, sino sólo después de una cuidadosa verificación por parte de observatorios y expertos alternativos. También se ha establecido la escala de Torino, una especie de escala Richter que va de 0 a 10 y que sólo considera a los asteroides de tipo 8 a 10 como potenciales candidatos a un impacto. Hasta la fecha sólo se han encontrado asteroides del tipo 0 y 1. Se espera que esto mitigue la prematura aparición de noticias catastróficas en la prensa.

NUBES MOLECULARES
La Tierra, girando alrededor del Sol junto a los demás miembros del sistema planetario, evoluciona siguiendo a su estrella a lo largo de una amplia órbita cuyo centro es el núcleo de nuestra galaxia, la Vía Láctea. Este movimiento de traslación es relativamente lento, en función del enorme perímetro galáctico, pero aun y así nos hace recorrer unos 60 años luz cada millón de años.

Es por eso que el espacio interestelar que se encuentra el Sol en su deambular no tiene siempre las mismas características. Durante los últimos 5 millones de años hemos estado atravesando una zona libre de obstáculos, en la que la densidad media era muy baja. Sin embargo, los astrónomos creen que esto acabará pronto: dentro de unos 50.000 años, el Sol y toda su corte empezarán a atravesar una nube de forma ovalada mucho más densa, llena de polvo e hidrógeno. Su densidad, de hecho, es un millón de veces superior a la del medio interestelar que ahora tenemos a nuestro alcance.

Según los estudios realizados, esta especie de "sopa de guisantes" tendrá necesariamente una influencia en la forma que adopte la heliosfera (la zona de influencia física del Sol) y en la dirección del flujo solar.

Si ello ocurre, el clima de la Tierra podría variar entonces de forma dramática. También se cree que el nuevo medio interestelar, en contacto con la atmósfera de nuestro planeta, podría modificar su química, cambiar la morfología de la magnetosfera terrestre, y permitir una mayor incidencia de los peligrosos rayos cósmicos.

Es incluso posible que las pasadas eras glaciales hayan sido debidas a la penetración del Sistema Solar en una de estas nubes moleculares. En ese caso, la civilización humana podría tener que afrontar su declive, inducida por cambios climatológicos extremos.

Por suerte, cincuenta mil años es mucho tiempo. Suficiente como para que podamos buscar otro planeta alrededor de una estrella más afortunada.

VARIABILIDAD SOLAR
Nuestro Sol es una estrella extremadamente estable. Se trata, en efecto, de una de las pocas que parecen carecer de una clara variabilidad.

Esto ha permitido que nuestro planeta haya recibido una cantidad de energía muy constante a lo largo de millones de años, siendo una de las razones por las cuales el clima terrestre es tan benévolo, tolerando la evolución de criaturas como nosotros.

Sin embargo, sabemos que la Tierra ha pasado por épocas mucho más áridas y también glaciales. Aunque no se descarta que ello sea debido a cambios orbitales o al giro del eje de rotación de la Tierra, existe alguna posibilidad de que el Sol sí sea en realidad una estrella variable, es decir, una cuyo brillo y consecuente emisión de energía aumenten o decrezcan con el paso del tiempo. En este caso, estaríamos ante un fenómeno de variabilidad de ciclo muy amplio y lento.

¿Qué significa esto para nosotros? Es difícil de estimar, pero el Sol podría entrar en una fase de mayor liberación de energía en el futuro, o por el contrario, de disminución de ésta. Si tenemos en cuenta que el clima terrestre es la suma de diversos parámetros en precario equilibrio, un cambio de esta naturaleza podría hacer que la superficie del planeta se volviese inhabitable, demasiado calurosa o fría para mantener la actual cadena alimenticia.

RAYOS CÓSMICOS Y ESTALLIDOS GAMMA
Las grandes tormentas de rayos cósmicos producidas durante el choque de dos estrellas lejanas podrían tener una intensidad suficiente como para afectar de forma decisiva a nuestra atmósfera y a los habitantes que viven en su interior.

Los astrónomos piensan que una colisión entre dos estrellas de neutrones (el núcleo desnudo de un cadáver estelar que explotó como supernova) sería un buen candidato para originar este fenómeno. Cada una de ellas tiene varias veces la masa de nuestro Sol, pero comprimida en un espacio de apenas 15 kilómetros de diámetro. Algunas estrellas de neutrones forman parte de sistemas binarios en los cuales las componentes giran la una alrededor de la otra, cada vez más cerca, hasta que acaban chocando.

Cuando ello ocurre, se forma un disco brillante durante un breve período de tiempo y se originan y expulsan potentes chorros de partículas de alta energía (rayos cósmicos). Si la Tierra se encuentra en el camino de este chorro y a menos de 3.000 años luz de distancia, puede experimentar un intenso bombardeo de más de un mes de duración.

Las partículas inundarían entonces el planeta, penetrando hasta varios kilómetros bajo tierra y a través de los océanos, destruyendo el sistema nervioso de los seres vivos y causando su muerte en pocos días. Se formarían también productos químicos que romperían la capa del ozono, abriendo la puerta a la invasión de los rayos ultravioleta procedentes de nuestro propio Sol. Muchas plantas morirían entonces y la cadena alimenticia quedaría interrumpida, afectando a otros organismos.

En un estudio detallado, los astrónomos han identificado al menos cinco pares de estrellas de neutrones en nuestra galaxia, dos de ellas a menos de 3.000 años luz. Según los cálculos, pasarán varios cientos de millones de años antes de que alguna de las parejas colisione, pero en realidad, puede haber cientos de grupos que aún no han sido catalogados. No será posible calcular sus órbitas y el tiempo que falta para el choque hasta que sean descubiertos.

Hay otro fenómeno similar que podría tener una gran influencia en la aparición y la extinción de la vida en la Tierra. Nos referimos a los estallidos de rayos gamma. Estos estallidos han sido detectados a menudo en el cielo y se producen de manera aleatoria. Su origen podría ser también el choque de dos estrellas de neutrones o de agujeros negros (el núcleo de una estrella colapsada).

La radiación gamma que desprenden es sumamente peligrosa, capaz de esterilizar zonas completas de la Galaxia y de impedir que la vida (incluida la nuestra) haya alcanzado un punto de maduración suficiente hasta hace relativamente poco. En efecto, los estallidos gamma se producen ahora de manera menos frecuente: una vez por galaxia cada pocos cientos de millones de años. En el pasado, sin embargo, este ritmo debió ser muy superior. Un estallido acaecido en el centro de la Vía Láctea podría bañarla completamente con su radiación durante unos segundos. Suficiente tiempo como para matar a todo ser vivo situado en un hemisferio de un planeta como la Tierra. Duraciones más prolongadas podrían afectar a todo el globo, aunque en el caso de la Tierra, la destrucción de la capa del ozono podría bastar para permitir la llegada de los igualmente letales rayos ultravioleta procedentes del Sol.

LA SUPERNOVA ASESINA
Cuando una estrella algo más masiva que el Sol llega al final de sus días, muere con una espantosa explosión que llamamos supernova. En el proceso, lanza sus capas exteriores hacia el espacio, dejando tan sólo un núcleo de neutrones altamente comprimidos.

La citada explosión supone una de las emisiones de energía más potentes conocidas en el Universo. Durante algunos días, una supernova puede brillar tanto como lo haría una galaxia entera compuesta por miles de millones de estrellas. En realidad, la radiación visible que llega hasta nosotros de uno de estos acontecimientos corresponde a apenas un 1 por ciento de la energía total desprendida. El resto viaja en forma de neutrinos.

Afortunadamente, una supernova es un evento raro en una galaxia.

Una de ellas suele aparecer cada 25 ó 100 años, de manera que las que descubrimos de forma habitual suelen encontrarse muy lejos de nosotros, en otras galaxias.

Si algo así ocurriera muy cerca significaría el fin de la Humanidad. La explosión generaría una gran cantidad de partículas de alta energía que al alcanzar la Tierra borrarían todo signo vital. No hay protección para un suceso de esta naturaleza debido al poder de penetración de este tipo de partículas.

Los brazos de una galaxia espiral como la Vía Láctea son el lugar más adecuado para la aparición de supernovas. El Sol se encuentra en el extremo de uno de estos brazos pero las supernovas más próximas conocidas se encuentran a más de 700 años luz de distancia, demasiado lejos para que nos hayan afectado gravemente en el pasado. No obstante, recientes investigaciones en los sedimentos oceánicos han permitido descubrir un raro isótopo radiactivo llamado hierro-60. Según los científicos, formaría parte de las cenizas de una supernova aún no catalogada que estalló a 100 años luz de distancia hace unos 5 millones de años. Si esto es así, el evento pudo ocasionar una mini-extinción en la Tierra.

Podrían existir asimismo estrellas más próximas candidatas a convertirse en supernova en el futuro, aunque ello no ocurriría hasta dentro de muchos millones de años.

LA LEYENDA DE NÉMESIS
No es habitual que una estrella evolucione en solitario (si descontamos su corte de planetas). Normalmente, dos o más de diferentes tamaños giran alrededor de un centro de masas común formando sistemas binarios, triples, etc.

El cielo está lleno de este tipo de grupos estelares. También creemos que esta configuración dificulta la posesión de sistemas planetarios estables, debido a las constantes perturbaciones a las que se ven sometidos.

El Sol posee un sistema de planetas en órbitas bastante aposentadas, siendo éste uno de los secretos que han permitido la aparición de la vida en la Tierra.

En 1983, sin embargo, surgió una corriente de opinión que sugería que el Sol también era un sistema binario. Su compañera, bautizada como Némesis, se encontraría en una órbita elíptica que tardaría 30 millones de años en recorrer, alcanzando distancias respecto al Sol de entre 20.000 y 90.000 unidades astronómicas (una u.a. es equivalente a la distancia Tierra-Sol), lo cual explicaría por qué los planetas no han sido perturbados grandemente.

No hemos encontrado ninguna estrella con estas características orbitales, así que si existe debe ser muy débil y casi indetectable.

Suponiendo que sea un cuerpo real (puede que lo hayamos catalogado ya, sin determinar su relación con el Sol), cada 30 millones de años atravesaría la nube de cometas de Oort, un enjambre que envuelve al Sistema Solar. La perturbación ocasionada provocaría entonces la inmediata caída de cometas hacia el interior del sistema planetario, aumentando dramáticamente el peligro de colisión con la Tierra.

El período de 30 millones de años no se ha elegido al azar:

el registro geológico sugiere que cada esta cantidad de años se produce una extinción masiva, coincidiendo con una supuesta plaga de impactos. La próxima deberá ocurrir dentro de unos 15 millones de años.

CONTAMINACION BIOLÓGICA
Una serie de astrónomos notables, como Fred Hoyle y Chandra Wickramasinghe, propusieron que el espacio exterior contiene microorganismos vivos, ya sea en cuerpos sólidos como asteroides y cometas, o en suspensión. Según esta teoría, algunos virus, como la gripe, tendrían un origen extraterrestre, de tal manera que la Tierra, al avanzar a través del espacio, encontraría periódicamente nuevas cepas que nos afectarían.

De hecho, se insiste a menudo en que la vida surgió en nuestro planeta de forma muy temprana, y que los ingredientes para hacerla posible vinieron del exterior. No es una propuesta ilógica puesto que la edad del Universo es obviamente superior a la del Sistema Solar. La vida pudo no surgir espontáneamente en la Tierra primigenia sino llegar del espacio, donde habría tenido más tiempo para evolucionar y surgir del medio inanimado.

Suponiendo que la vida terrestre o sus ingredientes proceden del exterior, no puede descartarse que dicho proceso aún siga en marca, 4.000 millones de años después, y que otro tipo de microorganismos, más o menos sofisticados, continúen llegando a nuestro planeta.

Aceptando esta situación, es posible que algún día la Tierra intercepte algo bastante más peligroso que la gripe, algo cuya letalidad pueda ocasionar la muerte de una especie como la nuestra, dejando quizá intactas a otras mucho menos evolucionadas.

Y si entramos en el terreno de la ciencia-ficción, hay quien pronostica que nuestra hipotética y futura visita a otros planetas o la llegada aquí de seres de otros mundos, traerá consigo suficiente contaminación biológica como para acabar con todos nosotros.

EL SOL SE HACE VIEJO
Contrastando con las apocalípticas y múltiples formas de alcanzar el fin del mundo "antes de tiempo", existe la posibilidad de que nada extraordinario suceda. En este caso, no obstante, la vida de la Tierra tampoco será eterna. Y no nos referimos al agotamiento paulatino de sus recursos sino al progresivo envejecimiento del Sol.

Como toda estrella, se trata de una esfera gaseosa (principalmente hidrógeno) cuya gran masa supone grandes presiones y temperaturas en su núcleo, tan elevadas que bastan para producir espontáneamente reacciones termonucleares. Dichas reacciones son el motor que mantiene con vida a la estrella. Esta no se colapsa bajo su propio peso (por la fuerza de gravedad) porque la actividad termonuclear interna ejerce una presión hacia el exterior, manteniendo un delicado equilibrio.

Pero para que las reacciones de fusión nuclear puedan proseguir, la estrella consume el hidrógeno que la compone, transformándolo en energía y helio. Esta fase suele prolongarse durante unos 10.000 millones de años. Una vez agotado el hidrógeno, el Sol sufrirá una serie de transformaciones que implicarán un enfriamiento general y un empequeñecimiento del núcleo. En ese punto, las capas exteriores se expandirán convirtiendo a la estrella en una gigante roja.

El Sol habrá crecido tanto que la órbita de la Tierra quedará en el interior de su atmósfera. Por tanto, el mundo tal y como lo conocemos se convertirá en un pedazo de materia chamuscada. El verdadero Fin del Mundo.

El siguiente paso será similar al anterior. La estrella empezará a quemar helio, convirtiéndolo en carbono y oxígeno, hasta alcanzar su agotamiento, momento que provocará el crecimiento del Sol hasta la fase de supergigante roja. En este punto, su tenue envoltura gaseosa superará la órbita de Marte (otra víctima de su evolución).

Incapaz de proseguir adelante, el Sol expulsará su atmósfera, produciendo una nebulosa planetaria espectacular, y dejará su núcleo desnudo. Este objeto denso se llamará enana blanca y se enfriará de forma paulatina hasta apagarse completamente. Nuestra estrella habrá muerto.

Aún falta mucho tiempo para que ello se produzca (al menos 5.000 millones de años), así que probablemente habremos tenido oportunidad de huir en busca de otro planeta en un sistema solar algo más hospitalario y joven.

EL FIN DEL UNIVERSO
El verdadero fin del Universo (y por tanto el de nuestra propia civilización, establecida en cualquier lugar, incluso después de la muy anterior desaparición del Sistema Solar) es una auténtica incógnita.

Ni siquiera sabemos exactamente cuál será su evolución futura.

Depende de muchos factores, en particular de la cantidad de masa que contenga. Si ésta es suficientemente elevada, la fuerza de gravedad vencerá el impulso inicial de la explosión primigenia (el Big Bang) y detendrá su expansión. En ese caso, la materia desandará el camino recorrido y volverá a reunirse en un punto inicial, fusionándose y abriendo la posibilidad de un nuevo Big Bang. Nosotros habremos desaparecido, consumidos en la vorágine, pero la creación de otro Universo permitirá su eventual colonización por otros seres ajenos a nosotros. ¿Cuántas veces habrá sucedido ya este proceso de creación/destrucción? ¿Qué número tenemos en la infinita cadena?

En cambio, si el Universo no posee suficiente masa para frenar su expansión, se hará cada vez menos denso y más frío. Aunque tratemos de huir de nuestro moribundo Sol, acabaremos por no encontrar a ninguna estrella joven que pueda adoptarnos y moriremos en una paraíso helado y sin energía.

Nadie se atreve aún a poner fechas a una y otra hipótesis. Lo único cierto es que el Universo es energía y que sin ella el futuro infinito es inviable. Mientras, los científicos creen haber llegado a la conclusión de que la segunda opción es la más probable: el Universo no es cíclico, sino que empezó y acabará algún día.

Y nosotros, claro está, con él...