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Sociedad
El mundo en guerra: Informe especial 11-S (I)

por Xavi Garriga
 

Pórtico Luna

El terror y el horror

El pasado día 11 de septiembre fuimos testigos del atentado terrorista más espectacular de la historia moderna. Se ha escrito mucho sobre lo ocurrido y no es la intención de este artículo ahondar en las ya mil veces vistas imágenes, sino en los efectos que este hecho puede tener en la situación mundial a corto y medio plazo. Echaremos un vistazo a los principales países y agentes implicados en el conflicto, ya como potenciales causas del mismo o como participantes en los posibles acontecimientos futuros.

A día de hoy, diecisiete de septiembre, los Estados Unidos parecen estar seguros de la culpabilidad del millonario saudí Osama Bin Laden y han lanzado un ultimátum a Afganistán para que lo entregue o se atenga a las consecuencias. Detengámonos un momento aquí y hagamos un poco de historia. En diciembre de 1979 el ejército soviético invadió Afganistán para apoyar un sangriento golpe de estado procomunista. En enero del mismo año había triunfado en Irán la revolución Islámica del Ayatollah Jomeini y Estados Unidos había perdido, con la precipitada huida del Sha, uno de sus aliados más firmes en la región. Para no perder más influencia en la zona, el departamento de estado norteamericano decidió apoyar al movimiento de resistencia a los rusos que se formó en Afganistán. Durante diez años, varios países con intereses petrolíferos en la región financiaron y armaron a los muhaidines para que hicieran frente a los soviéticos, entre ellos, Estados Unidos, Arabia Saudi, Japón, Gran Bretaña e Israel.

En febrero de 1989 los soviéticos reconocían su derrota y abandonaban Afganistán. Durante los siguientes años, las diferentes facciones de los mujaidines luchan entre ellas por el control del país; Irán, Tajikistan (aparecida tras la desintegración de la Unión Soviética) y Pakistán apoyaron a estas distintas facciones. En 1994, surge la facción taliban, entrenada por los servicios secretos pakistaníes y financiada por aportaciones provenientes de Arabia Saudí. Tras dos años más de lucha, los talibanes toman la capital y pasan a ocupar el 90% del territorio, en conflicto con la alianza norte del general Masud. Osama Bin Laden es el contacto con el que la CIA y el departamento de estado han contado para organizar el reclutamiento y la formación de los guerrilleros, llamados por la prensa estadounidense ("luchadores de la libertad"). Bin Laden proviene de una adinerada familia saudí y tiene estudios universitarios. Habla varios idiomas, entre ellos el inglés y al parecer su carisma es notable. Durante años ha servido perfectamente a los intereses de los occidentales, pero tras la guerra del golfo regresa a Arabia Saudi y se rebela contra la presencia permanente de tropas americanas en su país natal.

Durante la guerra del golfo, Estados Unidos desplegó en Arabia Saudí medio millón de hombres. Durante ocho años, desde 1980 a 1988, Irak había servido para contener a Irán y occidente había vendido armas a los dos contendientes, sin importar que la cifra de víctimas en esas guerra fuera escalofriante (Más de un millón y medio de muertos). Durante la guerra, Irak empleó armas químicas contra la minoría kurda de su territorio y más tarde contra Irán (todas ellas vendidas por empresas norteamericanas). En 1985, el departamento de estado norteamericano comprendió finalmente que Irak no podía ganar la guerra contra Irán y empezó a vender armas a los dos países, simplemente para que la contienda durase el mayor tiempo posible. Dos años después de firmar la paz con Irán, en agosto de 1990, Irak invadió Kuwait y empezó la crisis del golfo. De nuevo el monstruo se volvía contra sus creadores.

Tras la derrota de Saddam Hussein, la mayor parte de los soldados americanos regresaron a sus bases de origen, pero casi cien mil hombres permanecen todavía estacionados en el país. La familia real Saudí, encabezada por el rey Fad posee en propiedad el 80% del territorio y gobierna el país de modo feudal. Arabia Saudí es el régimen islámico más extremadamente integrista del mundo, sólo superado por el régimen talibán, aunque su poco respeto por las libertades no parece levantar demasiadas ampollas en occidente. La presencia permanente de las tropas norteamericanas en Arabia Saudí obedece principalmente al temor de que se produzca en el país una revuelta popular en contra de la oligarquía gobernante como la producida en Irán hace veinte años. Por ello, Estados Unidos no dio por acabada la guerra contra Irak ni acabó con la amenaza latente de Saddam Hussein, para disponer de una excusa sólida para tener una base permanente en la región y asegurarse un cierto control sobre el 25% de las reservas petrolíferas mundiales.

Bin Laden y su organización ("La base") tratan de expulsar a los norteamericanos de Arabia Saudi y por ello cometen actos de terrorismo contra las tropas estacionadas en la región y en otros países musulmanes. Yemen, Líbano, Kenia y ahora Estados Unidos han sufrido estos ataques. Como destaca el profesor Chomsky en un reciente artículo, los editoriales de los periódicos americanos insisten en destacar que los terroristas actúan motivados por "el odio de los valores cultivados en occidente; como la libertad, la tolerancia, la prosperidad, el pluralismo religioso y el sufragio universal" (New York Times, 16 de septiembre). Si realmente queremos comprender (no justificar) los motivos que han desembocado a este aumento del odio hacia lo occidental y lo norteamericano en oriente medio debemos buscar otras causas menos simplistas. La principal es el apoyo incondicional que Estados Unidos ha prestado desde siempre a Israel, tanto a nivel político, como económico y militar. Los crímenes de guerra cometidos por Israel en Palestina y especialmente en el Líbano durante la ocupación de este país en los años ochenta, han provocado una oleada de odio latente desde Marruecos hasta Pakistán, que se ha acrecentado en los últimos años debido a la intransigencia israelí y al fracaso de las negociaciones de paz. La tolerancia de Europa ante las atrocidades cometidas por los serbios en bosnia central contra la población musulmana entre los años 1990-1995 tampoco ha ayudado a la imagen occidental (de hecho, Irán y Afganistán fueron los únicos países que ayudaron con tropas a la resistencia bosnia durante el asedio de Sarajevo).

Por último, la forma de vida de la élite de Arabia Saudí y otros países productores de petróleo, como Kuwait o los Emiratos Arabes Unidos, también enfurece a los integristas, ya que el lujo y la decadencia en la que viven estas élites no sigue las enseñanzas islámicas. Además, el hecho de que esta queja la formule alguien como Bin Laden que al margen de su fortuna practica una forma de vida espartana, le da credibilidad y hace parecer todavía más corruptos y acomodaticios a los príncipes árabes, 'envilecidos por la forma de vida occidental'. En este caldo de cultivo no es de extrañar que surjan diferentes grupos terroristas que vean a Europa y a Estados Unidos como los causantes de todos sus males y traten de acabar con ellos. Vayamos ahora a analizar la situación actual y sus posibles consecuencias inmediatas.

Estados Unidos parece dispuesto a atacar Afganistán si este país no le entrega al terrorista. No parece probable que los talibanes entreguen a Bin Laden a un país "impío", pero tampoco parece probable que Estados Unidos se de por satisfecho con la simple entrega del terrorista, así que parece que estamos abocados a un conflicto. Para los norteamericanos no sería suficiente compensación intercambiar a un hombre por más de cinco mil víctimas (es más, sería casi humillante pensar que él solo ha podido orquestar todo el atentado del once de septiembre), así que cabe esperar que la operación militar tenga mayor envergadura y se destine a deponer al régimen talibán. Por otra parte, la situación geográfica de Afganistán es interesante desde un punto de vista económico y estratégico ya que dominando Afganistán y controlando Pakistán, las compañías petrolíferas podrían tener acceso directo a todos los recursos de Asia central y llevarlos al océano índico. De hecho, las compañías Unocal (EE.UU.) y Delta Oil (Arabia Saudí) trataron de impulsar un oleoducto que uniera Turkmenistán y Pakistán pasando por Afganistán, aunque el proyecto está actualmente en suspenso. Este control estratégico, además de reforzar la posición de Estados Unidos en la región, contribuiría a debilitar la de Irán, otro de los candidatos a trazar el oleoducto, pero del que occidente no acaba de fiarse y prefiere tener apartado.

Todas estas consideraciones parecen promover la idea de que Estados Unidos tratará de hacerse con el control de Afganistán y colocar un gobierno prooccidental. Puede tratarse de un retorno a la monarquía depuesta en 1973, de una asamblea de tribus o de un régimen propaquistaní, aunque personalmente apuesto por la primera opción. De todos modos, antes que nada deberán enfrentarse a una complicada operación militar. El principal problema que deben afrontar es el de las bases de ataque. Para invadir Afganistán necesitan contar con un país vecino en el que asentar las tropas, almacenar los suministros y dirigir las operaciones, además de contar con pasillos aéreos y usar sus servicios de información. Afganistán tiene frontera con seis países; Turkmenistán, Uzbekistán, Tajikistán, China, Pakistán e Irán. De las tres repúblicas ex-soviéticas, Turkmenistán es la que mantiene mejores relaciones con el régimen talibán, así que no es un aliado demasiado interesante a priori. Tajikistán tiene tropas rusas estacionadas de forma permanente ante la frontera afgana, pero tiene una extensa frontera con la China y es de suponer que la presencia de tropas estadounidenses crearía una nueva tensión internacional que tratará de evitarse. Uzbekistán es la mejor opción para el despliegue de tropas, y de hecho ya ha servido de base a los guerrilleros antitalibán del general Dostum. El problema de esta república es que es la que tiene la frontera más pequeña con Afganistán (menos de noventa kilómetros) y ello puede crear dificultades estratégicas. China e Irán no son opciones válidas para EE.UU. a priori, ya que la tensión con China es creciente (y además este país ya se abstuvo de votar a favor de la última resolución de la ONU para intensificar las sanciones sobre Afganistán) y la distensión con Irán todavía está en sus primeras fases. Todo ello parece abocar a los estadounidenses a utilizar Pakistán como base de operaciones. Pakistán ha sido siempre un aliado tradicional de los EE.UU. pero es un país plagado de problemas internos. La carrera armamentística con la India lo ha abocado a una deuda externa irreparable y ha sumido a su clase dirigente en la corrupción y a gran parte de la población en la miseria. Además, el país es la patria de formación de los talibanes y estos cuentan con gran apoyo popular que puede ocasionar serios conflictos internos si el gobierno pakistaní presta su apoyo a los norteamericanos.

En cualquier caso, lo más preocupante es que la población de Afganistán tiene todas las probabilidades de ver aumentado su ya enorme sufrimiento, como mínimo a corto plazo. Actualmente Afganistán es un país destruido por más de veinte años de guerra, con un número incalculable de minas esparcidas por su territorio y una gravísima sequía que ha acabado con los pocos cultivos practicables. Las cifras son inciertas, pero se calcula más de un 80% de paro y actualmente Afganistán es el país del mundo con mayor número de refugiados (unos tres millones, concentrados en su mayoría en campos de refugiados de Pakistán).

Los próximos días serán decisivos para saber qué rumbo tomará la crisis internacional, pero los motivos para ser optimistas son escasos. En Estados Unidos, los atentados del día 11 provocarán un aumento de la seguridad, tanto pública como privada, y por tanto las libertades personales se verán gravemente disminuidas. En el exterior, la política occidental no parece estar enfocada a conseguir una distensión con las regiones menos favorecidas sino a aumentar las divisiones. El terror lo hemos visto repetido mil veces en nuestras pantallas durante la última semana. El horror lleva muchos años viviendo entre nosotros y al parecer, seguirá haciéndolo muchos más.