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Novela
Ciencia Ficción: Una novela de Ion Tichy (Cap. 2: Valor de cambio)

por Ion Tichy
 

Pórtico Luna

CAPITULO 2: Valor de Cambio

 

Swindom, Vieja Inglaterra año 2062

Los vecinos de Swindom estaban muy orgullosos de que la señorita Lapislázuli hubiera elegido su villa como lugar de reposo. La vieja zorra del periodismo inglés y una de las articulistas más leídas de los últimos 50 años llevaba dos años retirada en una casa solariega en las afueras de Swindom. Durante décadas siguió la costumbre de alejarse de la City siempre que su stress se lo exigía.

En el verano de 2053 descubrió Swindom. Alquiló una casita y su estancia fue tan placentera que muy pronto intensificó sus escapadas a aquella encantadora aldea, antaño minipolis, o como se decía entonces, pequeña ciudad de povincias.

Swindom había padecido la emigración generalizada que se produjo en toda Vieja Inglaterra, inmediatamente después de la Gran Convulsión. El nuevo orden exigía inmensas ciudades que centralizaran el poder, la administración y la actividad burocrática.

En Europa cada Estado fijó puntos estratégicos en las grandes capitales y el campo se despobló. Las pequeñas ciudades perdieron poderío industrial, económico y humano. El monstruo de la urbe lo absorbía todo. Solamente los pequeños pueblitos aguantaron. En ellos el libre intercambio se producía de un modo natural, sin más leyes que las justas. Las necesidades agrícolas y ganaderas del Estado se veían satisfechas con la producción del pequeño campesinado, optimizada por un sistema distributivo innovador y por los avances en tecnología alimentaria.

Hoy día muchas de aquellas pequeñas ciudades se han recuperado como lugares de recreo y reposo. Ofrecen paz, naturaleza, vida comunal más libre que en la City y espacio, mucho espacio. Decenas de edificios que antaño fueran oficinas, fábricas o tiendas, son ahora lugares para el disfrute público. Algunos se han convertido en bellas piezas de museo arquitectónico in situ. Muchos capitalinos tienen en estas villas su segunda residencia. Swindom es una de ellas.

Louise Lapislázuli paseaba como cada tarde junto a la antigua vía de tren, que se había convertido en una ruina de metal oxidado en curiosa simbiosis paisajística con los más variados líquenes. Siguiendo su costumbre, se alejó unos 3 kilometros de la población y esperó a que anocheciera. Después desanduvo el trecho y regresó a casa. Tras una cena frugal, se puso cómoda y se sentó ante su escritorio. Extrajo de un cajón su diario personal. Y como cada noche pasó un par de horas escribiendo a mano, a la vieja usanza. Utilizaba una vieja pluma de principios del XX. Uno de los privilegios qe se había ganado como periodista y que más le gustaban era el fácil acceso a materiales tan en desuso como el papel o la tinta.

Desde que se retiró de la vida pública había estado preparando sus memorias. Se esperaba mucho de esa obra. A los dos días de ser volcada en la Red, millones de lectores se abocaron a devorar las memorias de aquella excepcional mujer, testigo de épocas pasadas y periodista de raza, que durante décadas había deleitado a varias generaciones con su punzante disección de la sociedad que le iba tocando vivir. Pero la posterior publicación de su diario personal superó con creces el éxito. Allí, la escritora se mostraba más pura, más descarnada, más auténtica. Confesiones personales se fundían caprichosamente con comentarios eruditos, aforismos cazados a vuela pluma, ejercicios inesperados de escritura automática y una buena cantidad de suculentos artículos insertados a lo largo y ancho de la obra.

Aquella noche se puso a escribir sin ninguna idea prefijada. Buscó en la cotidianeidad de aquel día ya agonizante el primer acontecimiento que le vino a la memoria. Pronto encontró motivos para la reflexión.

Al acabar, preparó la cama y se aseó. Antes de meterse en la cama repasó las anotaciones. Cogío su vieja pluma y añadió un par de líneas. Sonrió interiormente y se estiró. Un minuto después dormía como un niño.

 

Extracto del diario de Louise Lapislázuli

ABRIL 5 - 2062

"Hoy le he regalado un poema a la señora Matheson. Como yo necesitaba un saco de patatas, le he ofrecido a cambio cuatro versitos escritos en un papelucho. Le han gustado tanto que me ha dado dos sacos. Naturalmente ella ha valorado que el poemilla fuese un original.

Aún recuerdo cuando una necesitaba el sueldo de 15 días para adquirir las grabaciones de la obra completa de Francis Vincent. Si yo hubiera intentado pagar entonces aquella colección de copias con el poemita que he escrito para la señora Matheson, me hubiesen dado una paliza.

Hoy por este papelito de escaso valor me han dado dos sacos de patatas. La obra de Francis Vincent sigue siendo valiosísima, pero nadie te da nada a cambio; no es un original. Todo ese caudal de gran música cabe en una de estas maravillosas cápsulas de información. Su disfrute está al alcance de cualquier mortal. Las reproducciones son de todos; si tú la tienes, todos la tienen, y si todos la tienen, ¿quién te va a dar algo a cambio?

Otra cosa sería que Francis Vincent resucitase en mi habitación y tocara su guitarra para mí, aunque sólo fueran cuatro notas mal afinadas.¿Cuántos sacos de patatas tendría que darle a cambio de un minuto de disonancias inaguantables? Si se tratara de una sinfonía de tubos metálicos aporreados por un niño de 3 años, me costaría por lo menos un par de sacos. Ya se sabe que la musica está por las nubes. Y si yo quisiera que el mismísimo Francis Vincent en persona compusiera una pieza y me la cediera, no sé la de patatas que tendría que ofrecerle.

Bien pensado, bastaría con darle unos versos en un papelucho, o este mismo papel en el que escribo este diario personal. Tambien es un original. Sí, debería bastar, pero ¿y si lo que necesita el ciudadano Vincent son patatas? Yo no tengo patatas de sobras, de modo que lo más probable es que el egregio compositor se las pidiera a la señora Matheson. Pero como a la señora Matheson no le gusta la música del señor Vincent, el señor Vincent tendría que escribirle alguna que otra poesía a la señora Matheson, o irse a su casa sin patatas. Bueno, tambien podría componer un par de buenas piezas y regalármelas. Yo a cambio, podría darle varios papelitos, previamente emborronados con algo de literatura rosa. Con esos papelitos, el señor Vincent comería patatas de la señora Matheson hasta hartarse. Por supuesto que mi estilo literario es nefasto y que la música del señor Vincent es sublime. Sin embargo, un original, por penoso que sea, vale mucho más que la reproducción más sublime. Y por supuesto, que si fuese yo propietaria de un huerto, el señor Vincent tendría garantizado su consumo de patatas por el resto de sus días, mientras que la señora Matheson, con sus veleidades romanticóides, se moriría de hambre. Pero resulta que el huerto es de la señora Matheson, y a la señora Matheson le gustan mucho más mis horribles poemas que las excelsas melodías de Francis. Además, la señora Matheson no es tonta y, original por original, el valor lo pone ella. Así que al señor Vincent, Francis Vincent, no le quedaría más remedio que buscar entre sus admiradores alguno que tuviera un huerto.

Las reproducciones artísticas son patrimonio de la humanidad. Una reproducción registrada del concierto del mítico Albert Hall sigue conservando su valor estético, pero ha perido todo su valor adquisitivo. La copia es pública. Cualquiera puede oirla, cualquiera puede copiarla. Su propietario es la humanidad entera. Una pieza redonda de cobre y latón puede hoy valer mucho más que una vivienda de lujo en New Chelsea, pero si a la Antigua Fabrica Nacional de Moneda y Timbre se le ocurriera resucitarla y reproducirla, esa pieza perdería ipso facto todo su valor. Claro que, antes, cuando se comerciaba con dinero, o sea, con copias de latón y cobre y de papeles impresos, el Estado tenía la pillería de no fabricar copias para todos. Sobre esa trampa indigna se sostenía todo el tinglado. Costó mucho arrancar de la mente colectiva ese dios de papel moneda. Hoy ya hemos aprendido y no lo consentiríamos. En cuanto un original se entrega al disfrute público, es reproducido tantas veces como haga falta. Aquellas incongruencias de pasados siglos, estaban asumidas como tales. Ysólo una mente pervertida puede asumir sus propias contradicciones y continuar viviendo como si no pasara nada. Los niños, que aún no están suficientemente contaminados, no soportan obviar el problema que les asalta y necesitan preguntar. Pero no había respuestas convincentes. Claro que aquello era una cuestión de adultos, un auténtico e inquebrantable pacto entre adultos. Convenía un poco a muchas personas, bastante a unas cuantas y mucho a unas pocas. Luego estaba una inmensa mayoría, cuyas manos quedaban vacías tras el reparto; que ni tenían copias, ni tenían poder para exigirlas.

Y entretanto el mundo giraba y giraba. Y los adultos pactaban y pactaban. Y los niños se preguntaban porque sus padres no podían comprarle un biciclo cuando los padres del vecino podían comprarle uno cada mes. Con lo fácil que hubiera sido coger una moneda del vecino y copiarla cuantas veces se requiriese, como se hace hoy con los libros, con las canciones o con las películas. Pues no señor; el sistema se venía abajo, decían. No se podía fabricar todo el dinero que se quisiera, había unas normas, si no todo se descompensaba. Era menester un equilibrio; por un lado, la cantidad de dinero en circulación y por el otro, el valor de las cosas. Era la ley inexorable del comercio.

Hoy ya somos conscientes de que el valor de las cosas no depende de la cantidad de dinero fabricado, sino de la propia cantidad de esas mismas cosas, de la abundancia o la escasez. Las cosas, pues, necesitan del dinero para valer. En cambio, el dinero en una roca desierta en mitad del Pacífico, no vale absolutamente nada. Allí no hay cosas que cambiar. Si las hubiera tendrían un valor; mayor lo escaso, menor lo abundante. Necesitamos un valor ideal, de referencia, que permita la comparación, la medida; un medium que una los valores; el que sea, el peso de las cosas, su abundancia, el tiempo que cuesta obtenerlas, la necesidad que tenemos de ellas, el que sea. Cualquiera es mejor que el dinero. Por que todas ellas son tangibles y en cambio, el dinero es nada. Es sólo un símbolo, un símbolo materializado en un papel que en sí no vale nada, que no vale la pena perder un kilo, ni trabajar una hora más, para obtenerlos.

Al principio uno compra prudentemente y ahorra. Gasta con mesura. Y claro, hay excedente. Pero el excedente no son unos kilos de buey o unas horas menos de trabajo, sino unos fajos de papelitos que no tienen ningún valor en cuanto papelitos. Pero esos papelitos que no valen nada, tienen un significado. Significan, equivalen. Y uno los guarda. Y si uno es un adminisrador competente el excedente crecerá y crecerá. Y uno se dará perfecta cuenta de que, mientras que uno no puede descansar más que 24 horas al día, 365 días al año y 50 años en una vida; o mientras que en las posesiones de uno no caben más de cien bueyes, o mil, o un millón °qué más da!, la capacidad acumulativa de papeles es, en cambio, casi infinita. Se emitían billetes especiales que valían por todo el dinero que cabría en la casa de uno, reunidos en billetes de 10 000, incluso aunque la vaciáramos de bueyes. Y si a uno, estos billetes le seguían pareciéndo voluminosos, siempre qudaban losBancos, que eran entonces entidades muy curiosas.

En los Bancos, tal y como se concibieron durante muchísimo tiempo, podía uno almacenar más dinero del que cabe imaginar, aunque una gran parte del mismo fuese una simple cifra en una cuenta.

Claro, al final la gente empieza a querer más a esos símbolos de papel que a las cosas que significan. Ya no se trata de que con mil papeles puedas comprar una casa, sino de que por esa casa te dan mil papeles. El dinero no significa cosas; las cosas significan dinero. La felicidad consiste en tener más papeles. Los más felices son quienes tienen en el Banco la cifra mayor de papeles imaginarios; un número abstracto que representa la cantidad de papeles reales que podrías considerar tuyos.

Es una manera cómoda en apariencia, pero crea adicción. Además está mal estructurada. Tiene fisuras; como lo del desequilibrio. Y entonces hablaban de la inflación y de otra porción de cosas que no recuerdo.

Por no hablar de la incompatibilidad entre su modo de funcionar y su moral. La moral no estaba mal del todo: para ser feliz hay que tener mucho dinero. Sin embargo su aplicación práctica es imposible. ¿Que hay que tener mucho dinero? °Pues consigámoslo! ¿Que hay poco? °Pues hagamos más! ¿Que no es suficiente? °Pues hagamos más todavía! O mejor aún °hagamos todo el que podamos y repartámoslo equitativamente! °Así seremos todos felices! Hasta aquí, todo bien; sólo que para entonces el dinero no valdrá ya nada. Todos tendremos muchos papeles y ningún dinero. Y no seremos felices.

El dinero es una solución absurda porque se anula a sí mismo. Si todo el mundo tuviera el mismo dinero, el dinero valdría exáctamente lo mismo que unos gramos de papel en un chatarrero. Esto sólo funciona si unos tienen más dinero que otros, especialmente cuando hay unos pocos que tienen todavía mucho más. De hecho, cuando mejor funcionó fue cuando empezó a tolerarse que bastantes no tuvieran nada. El equilibrio, los ajustes y las ajustes y las compensaciones iban viento en popa, pero la moral...

Hoy toda reproducción artística es universal. Parece mucho más lógico. Aún cuando la costumbre haya acomodado nuestro juicio moral al respecto, objetivamente parece más lógico. Los prudentes relativistas de nuestro tiempo podrían pensar que 3 o 4 décadas no son suficientes para afirmar que aquello que es meramente coyuntural, pueda ser considerado como verdadero. Pero la uiniversalidad de las copias no es solamente una peculiaridad de nuestro siglo. Significa un paso adelante en el camino del hombre hacia la perfección. Y eso lo digo yo, que viví parte de mi vida bajo el antigo modelo.

El ser humano no avanza siempre hacia adelante, cierto. Pero es un error creer que su sino es retroceder. A veces atina; y éste es un buen ejemplo.

Yo no sé si en la sociedad actual el Arte está, o no, sobredimensionado. Pero puedo afirmar con cierta rotundidad que en cualquiera de los casos, las reproducciones no pueden restringirse. La tecnología permite copiar hasta la saciedad. Limitar el número de copias sería una postura retrógrada. En tiempos de la transición, por ejemplo, cuando aún tenía cierto sentido la falsificación de obras de arte, era muy frecuente traficar con reproducciones. Y tampoco hace tanto de eso. Claro que entonces el contrabando de cualquier cosa estaba muy generalizado. El sistema estaba acoplándose y quedaban muchos flecos por pulir.

Un porcentaje cosiderable del valor de las obras residía aún en la firma. Poco a poco, estos desajustes fueron limándose. Hubo que compensar el mercado a medida que se iban poniendo en práctica las nuevas tendencias comerciales. Y así pasaba con todo.

Cuando la sociedad estaba preparada para un determinado cambio, éste se producía. Hasta que un decreto ley acabó con uno de los últimos residuos del viejo sistema. Costó bastante que la gente asumiera que la autoría de una obra literaria o de un cuadro no iba ya a modificar un ápice su valor al cambio. Luego hubo que moderar la postura de los que pensaban que un objeto sin valor de cambio era un objeto sin valor. No se atentaba contra la sublimación de la creatividad personal, sino contra su mercadeo.

Un día memorable nos despertamos con una nueva ley. Lo que hasta entonces no era más que un consejo para encauzar nuestras costumbres, se había convertido definitivamente en una orden. La propiedad intelectual, totalmente escindida de la práxis económica, quedó relegada al ámbito del espíritu, de donde jamás tuvo que haber salido. Y yo digo que eso es lo lógico. La compraventa del genio artístico es algo perverso per se; una involución. El genio artístico puede servir para alimentar la vanidad, para darle un sentido a la vida, para enamorar a un deseado o para ridiculizar al vecino, pero era innoble que sirviera para que una familia del otro confín se muriera de hambre. Y dimos un paso adelante. Firmes, unidireccionales. ¿Consecuencias? Muchas. La primera, que de la noche a la mañana desapareció el mercado negro. Sin prohibiciones, sin represión policial. Sólo con una Ley lógica, que ahogó a los traficantes en su propio sinsentido. La segunda, que las gentes abandonaron su hipocresía y dieron en consumir aquel arte que les satisfacía, sin preocupaciones de orden teórico. Ya no se hacía necesario justificar el gusto personal. Nadie ocultaba una poesía, aunque estuviera firmada por un escritor mediocre. Las firmas artísticas dejaros de ser empresas. Todo el que quería componía o escribía. Todas las obras en general carecían de valor. La obra del mediocre valía exáctamente lo mismo que la obra del genio; o sea, cero. Si te gustaba, la leías o la escuchabas, aunque fuera de un panadero; y si no te gustaba, abandonabas la lectura de Shakespeare sin el menor remordimiento. Pero nadie prohibía leer a Shakespeare. Todo el mundo podía leer a Shakespeare; de hecho, mucha gente leía a Shakespeare. Lo que resultaba absurdo era leerlo por obligación. Y todavía más, que el que quisiera leerlo no pudiese por falta de dinero.

Hace un par de décadas se puso de moda Flaubert. Mucha gente quería escribir como Flaubert, pero a todos los que querían ser como Falubert les traía sin cuidado lo que ganaba Flaubert.

Flaubert, hoy, no vendería un sólo libro que publicara. Su deseo de emocionar al lector permanece incólume, pero su capital se vería reducido a la capacidad de escribir un versito que le gustara a la dueña del huerto.

 

Apendice: Así comenzaron a devenir las cosas y así continuamos ahora. Y sigue leyéndose a Shakespeare y a Chaucer y a Cervantes y a MoliËre; y también a Zutano y a Mengano. Esta es la grandeza del sistema.

louise lapislázuli


FIN
del capítulo 2 de "Ciencia Ficción, una novela de Ion Tichy
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