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Sociedad
El poder de la Estupidez (III)

por Giancarlo Livraghi
Traducción de F.M. Herrera y M.A.R. para PórticoLuna
 

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La estupidez del poder (Tercera parte de "El poder de la estupidez")

De Giancarlo Livraghi

La esencia de la estupidología es un intento de explicar porqué las cosas no funcionan, y en qué medida es debido a la estupidez humana, que es la causa de casi todos nuestros problemas. E incluso cuando la causa no es la estupidez, las consecuencias son mucho peores porque son estúpidas nuestras reacciones y nuestros intentos de solución.

Este análisis es esencialmente diagnóstico, no terapéutico. La idea es que, si nos damos cuenta de cómo funciona la estupidez, podremos controlar un poco mejor las consecuencias. No podemos vencerla del todo, porque forma parte de la naturaleza humana. Pero sus efectos pueden ser menos graves si sabemos qué pasa, entendemos cómo funciona, de modo que así no nos coja totalmente por sorpresa.

De esto ya había hablado un poco en la primera y en la segunda parte de “El poder de la estupidez”. (Como saben todos los estupidólogos, el tema es tan complejo que en breves comentarios se puede dar sólo algunas indicaciones superficiales. Si, como parece, he logrado dar a los lectores un empujoncito para pensar en ella..., éste es el mejor resultado que me podría esperar).

La estupidez de todo ser humano es, en sí misma, un problema preocupante. Pero el cuadro cambia cuando se trata de la estupidez de personas que tienen “poder”: es decir, mandos de control sobre el destino de otras personas.

Como en las dos primeras partes, continuaré basándome en la definición de estupidez, inteligencia, etcétera según el método de Carlo Cipolla. Pero hay una diferencia sustancial cuando la relación no es “entre iguales”. Una persona, o un pequeño grupo de personas, puede influir sobre la vida y el bienestar de muchos. Esto cambia las relaciones de causa y efecto en el sistema.


“Grande” o “pequeño” poder

El poder está por doquier. Todos estamos sometidos al poder de otros y (excepto en casos de extrema esclavitud) todos ejercemos poder sobre alguien. Personalmente la idea me es desagradable, pero forma parte de la vida. Los padres tienen (o se supone que tienen) poder sobre los hijos, pero los niños tienen mucho poder sobre los padres, el cual usan a menudo despiadadamente. Podemos ser “propietarios” de perros y gatos, caballos o hamsters, elefantes o camellos, barcas o automóviles, teléfonos u ordenadores, pero a menudo estamos sometidos a su poder.

Sería demasiado complicado, para el objetivo de este análisis, entrar en el complejo terreno de la multiplicidad de las relaciones humanas. Por ello me limito a los casos más obvios de “poder”: aquellas situaciones en las que alguien tiene un papel definido de autoridad sobre un número grande (o pequeño) de personas.

En teoría, estamos todos más o menos de acuerdo en que debe haber la menos cantidad posible de poder; y en que quien tenga poder debe estar sometido al control de las otras personas. Éste es el sistema que llamamos “democracia”. O que en las organizaciones llaman reparto, motivación, colaboración, responsabilidad distribuida; por oposición a autoridad, burocracia, centralización, disciplina formal.

Pero hay muchas personas que no quieren verdadera libertad. La responsabilidad es una carga. Es más cómodo ser “secuaces”. Dejar la tarea de pensar y decidir a los gobernantes, jefes, dirigentes, “intelectuales”, gurús de todo tipo, personalidades televisivas, etcétera, y echarles la culpa a ellos si no estamos contentos.

Por otra parte, hay un tipo especial de personas que ama el poder, obtiene placer y disfrute. Y como dedican mucha energía en los considerables esfuerzos y sacrificios que se necesitan para tener mucho poder, a menudo estas personas toman la delantera.

Debemos partir de la idea de que se aplica, también en este caso, la “segunda ley” de Cipolla: hay tantos estúpidos en el poder como en el resto de la humanidad, y son más numerosos de lo que creemos. Pero hay dos cosas diferentes: la relación y el comportamiento.


El poder del poder

Las personas que están en el poder tienen más poder que las otras personas. Esta afirmación no es tan obvia como parece. Hay personas aparentemente poderosas que influyen mucho menos que otras menos visibles. En estos razonamientos debemos evitar ocuparnos de esa distinción. Independientemente de cómo el poder se obtiene y ejercita, o de las apariencias que a menudo esconden o travisten los roles, aquí se trata del poder real. Esa relación desequilibrada en la que unos tienen más influencia que otros, y en muchas situaciones pocos pueden hacer bien o mal a muchos.

Una definición fundamental en el método de Cipolla establece que los resultados de un comportamiento no deben medirse desde el punto de vista de quién hace las cosas (o no hace lo que debería), sino desde el de aquel que padece el efecto. Una clara consecuencia de este principio es un desfase en el gráfico de Cipolla. El daño (o la ventaja) es mucho más grande en base al número de personas implicadas y a la intensitdad de las consecuencias de un acto o de una decisión. Lo que en los despachos del poder aparece como un detalle más es un evento importante en la vida de las “personas corrientes”.

Si en una “relación entre iguales” una persona obtiene tanto beneficio para sí como daño inflige a otro, esa persona en la definición de Cipolla es un “bandido perfecto”, mientras la otra es un “perfecto incauto”, y el sistema, en general, permanece en equilibrio. Obviamente no es así cuando hay una diferencia de poder.

En teoría, podríamos presumir que, como el porcentaje de estúpidos es el mismo, los efectos del poder pueden ser contrarrestados. Pero cuando el poder se ocupa de un gran número de personas todo equilibrio se pierde. Es mucho más difícil escuchar, entender, medir los efectos y las percepciones. Hay un “efecto Doppler”, un desfase, que aumenta el factor de estupidez. Tdos los estudios serios sobre sistemas de poder (aunque no tienen en cuenta la estupidez) ponen en evidencia la necesidad de separar los poderes –y de formalizar los límites de poder para evitar que se traduzcan en violencia– para evitar que se instaure un “poder absoluto” (esto es, extrema estupidez). Éste es un problema lo bastante grande y serio como para estar todos alerta contra toda concentración exagerada de poder, y nos ayuda a entender por qué tantas cosas están yendo de mal en peor. Pero no es lo único.


El síndrome del poder

¿Qué hace una persona para tener poder? A veces se llega sin quererlo. A algunos se les da confianza porque uno se fía de esa persona. De ese modo el poder es a menudo otorgado a personas capaces, competentes y con un fuerte sentido de responsabilidad. Este proceso tiene bastante probabilidad de generar poder “inteligente”. Una situación en la que las personas elegidas se hacen bien a sí mismas y aun más a los otros. A veces se puede llegar al sacrificio, cuando las personas se hacen un daño a sí mismas por el bien de los demás (si esto se hace intencionalmente no siempre pone a esas personas en la categoría de los “incautos”, porque hay que tener en cuenta las ventajas morales, incluyendo la autoestima y la confianza de los otros, que pueden derivar del sacrificio consciente). Pero vemos bastantes menos ejemplos de “poder inteligente” de los que nos gustaría ver. ¿Por qué?

El motivo es que hay concurrencia. Competición por el poder. Las personas que no buscan el poder como tal, pero que se preocupan más del bien de los demás, tienen menos tiempo y energías que gastar para conquistar el poder, o también para intentar conservar el que tienen. Las personas sedientas de poder, independientemente de sus efectos sobre la sociedad, se concentran en la lucha por el poder. La mayor parte de las personas se colocan en algún punto intermedio entre los dos extremos, con muchas tonalidades y matices diferentes. Pero el elemento manipulador tiende a ser más agresivo y por eso consigue más poder.

También las personas que empiezan con las mejores intenciones pueden ser obligadas, con el tiempo, a dedicar más energías para mantener o aumentar su poder, hasta perder de vista sus objetivos iniciales.

Otro elemento, que empeora las cosas, es la megalomanía. El poder es una droga, un estupefaciente. Las personas que están en el poder son a menudo inducidas a pensar que porque están en el poder son mejores, más capaces, más inteligentes, más sabias que el resto de la humanidad. Están también rodeadas de cortesanos, secuaces y aprovechados que refuerzan continuamente esas ilusiones.

El poder es “sexy”. Esto no es sólo un modo de hablar. Hay un instinto en la naturaleza de nuestra especie que hace sexualmente atractivo a quien tiene poder (o parece tenerlo). No obstante el hecho de que las personas empeñadas en la lucha por el poder tienen, normalmente, poco tiempo y pocas energías disponibles para una vida sexual sana, o para ocuparse de emociones, afectos y sentimientos.

Las personas que tienen o buscan el poder no son más inteligentes, ni más estúpidas, que el resto. A menudo son hábiles y astutas. Pero si seguimos el método de Cipolla, que mide la estupidez y la inteligencia en base a los resultados, vemos que hay un claro desfase. Como es visible en este gráfico, donde la flecha roja es el factor “P” (poder). Aumenta el factor “sigma” en el sistema y hay un desplazamiento de “I” (inteligencia) a “E” (estupidez).






Un lector atento podría observar que la flecha no está en el centro del gráfico.
El motivo es que, por muy desequilibrao que pueda estar el sistema,
al daño general corresponde alguna ventaja para una minoría.
Entonces el recorrido no es desde el centro del área inteligente al centro de la estúpida,
sino desde el sector “Ib” (bandidos inteligentes) hacia el “Eb” (bandidos estúpidos).


Para quien esté interesado en una pequeña profundización,
en un breve alegato hay otros cuatro gráficos que representan algunas “variaciones sobre el tema”.


La tendencia hacia el poder aumenta el factor estupidez. El efecto puede ser más o menos grande según la cantidad de poder (la importancia de los hechos influidos por el poder y el número de personas que padecen las consecuencias) y la intensidad de la competición por el poder.

Ésta es la más relevante, si no la única, excepción a la “segunda ley” de Cipolla. Sigue siendo verdad que la probabilidad de que una determinada persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona. Pero el poder, como sistema, es mucho más estúpido de lo que pueda ser una “persona corriente” particular.

El problema es que el poder puede ser limitado, controlado y condicionado, pero no se puede eliminar del todo. La humanidad necesita de alguien que gobierne. Las organizaciones necesitan personas que asuman responsabilidades y esas personas necesitan un poco de poder para poder desarrollar su trabajo.

En definitiva, tenemos que convivir con el poder, y con su estupidez. Pero esto no significa que debamos aceptarlo, tolerarlo o apoyarlo. Ni fiarnos de palabras, promesas o intenciones declaradas. El poder no merece ser admirado, reverenciado y ni siquiera respetado si no demuestra inteligencia práctica en lo que nos concierne a nosotros y al mundo. No creo que haya una solución “universal” y estandarizada que pueda resolver todos los aspectos de este problema. Pero estamos a medio camino si somos conscientes de su existencia, y si no nos dejamos engañar ni seducir por el falso, y frecuentemente mentiroso, esplendor del poder.