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Sociedad
Éxtasis para la madurez

por Luis Magrinyà (Pais.es)
 

Pórtico Luna

Suplemento Babelia. El País.es 30 del 3 de 2002.

El relato del éxtasis que ofrecen los medios es un híbrido de crónica de sucesos, propaganda y seudociencia.

Frente a las parciales versiones que circulan cada vez que se habla del éxtasis, existe una rigurosa serie de relatos que trasladan el ámbito de consumo de la juventud a la edad madura. Novelas como El hechizo, de Alan Hollinghurst, o testimonios como las Confesiones de un comedor de éxtasis de mediana edad proponen un nuevo reparto de papeles en la transmisión del saber y plantean una pregunta: ¿por qué esa perspectiva queda relegada a la literatura?

En 1997 Alan Hollinghurst publicó una novela, El hechizo (Anagrama), en la que un funcionario londinense de 37 años, tan estable e idéntico a sí mismo que nadie parece acordarse de él fuera del ‘pasillo de la tercera planta de Whitehall’, es iniciado en el éxtasis (léase MDMA) por un joven de 22. Una ‘vertiginosa excitación’ seguida de ‘una calma perfecta sin limitaciones’ le hace sentir, en su primera experiencia, que ‘lo que sucedía y la felicidad eran lo mismo’ y que ‘debía recordarlo para contárselo a todo el mundo’. El hombre se enamora irremediablemente de su iniciador tanto como del mundo que éste habita, lo que acarrea en su vida una nueva alternancia, por ejemplo, entre los cuartetos de Haydn y Monster House Party 5. Su historia con el joven, previsiblemente, acaba en ruptura; pero su historia con el éxtasis persiste. El funcionario pierde al chico, pero no al camello, con lo que retiene, muy a sabiendas, una parte importante de lo que sin esperarlo ha conocido. Y al final de la novela le vemos bastante contento, con un nuevo novio, esta vez más o menos de su edad.

El hechizo es un cuadro realista sobre el acceso a la madurez en el Occidente de hoy, pero algunos dirán que no deja de ser, después de todo, una novela. Vayamos, pues, sin salirnos de la literatura, al caso real. En el número de verano de 2001, la revista literaria británica Granta publicó un texto anónimo titulado, según un noble modelo, Confesiones de un comedor de éxtasis de mediana edad. En ellas, un escritor norteamericano al borde de los cincuenta años relata su proceso de conocimiento y habituación a la sustancia, tras un largo ‘periodo de devastación personal’. Este periodo se caracteriza por distintas y graves pérdidas conyugales y profesionales, pero sobre todo por el pertinaz empeño puesto por su único hijo -un chico que a los 13 años era un brillante poeta precoz, ‘un Rimbaud en ciernes’en labrarse un historial de embriaguez, policonsumo y tráfico de drogas, robo, vandalismo ‘no especialmente imaginativo’, intentos de suicidio, enfermedades de transmisión sexual, cicatrices de 10 puntos en la cara, y un tobillo con 26 grapas, 10 tornillos y 2 placas de acero. Este hijo accidentado cumple, sin embargo, 17 años en un irreconocible estado de paz y se ofrece, inopinadamente, a sacar a su padre de lo más hondo de su desesperación. Es decir, se convierte en su camello. El padre prueba el éxtasis, descubre ‘la claridad, la lucidez’ de ‘la más íntima de las drogas’, y cree haber encontrado, como él dice, fucking gold. Desde entonces lo toma una vez al mes y recomienda a todo el mundo hacer lo mismo. En la última página, el hijo ha vuelto a escribir poesía y está a punto de ingresar en la universidad. El padre es un hombre entusiasmado.

Relatos de revelaciones seculares como éstos llevan más de veinte años documentados en la ya profusa bibliografía sobre el éxtasis; los dos que he citado son recientes pero no excepcionales, y si aquí les he cedido la mitad de este espacio ha sido principalmente por dar un poco de oportuna satisfacción al deseo (o deber) de ‘contárselo a todo el mundo’ que, explícita o implícitamente, ambos expresan y que se ve ciertamente coartado. Pues ese deseo dispone sin duda de muy pocos foros donde exponerse -y cumplirse, y resulta significativo que la literatura sea aún uno de ellos. La bibliografía especializada, es cierto, siempre está ahí, pero a la bibliografía especializada no llega sino quien está previamente interesado, y parece haber todo un rígido dispositivo para que el interés esté controlado y no se salga de sus límites. Es cierto también que, muy de vez en cuando, y siempre con motivo de algún hecho luctuoso, podemos leer en la prensa general declaraciones de algún médico prudente, quizá un editorial moderado favorable a la legalización, e incluso -aunque en segundo o tercer término, y como recabadas a desganaaportaciones de asociaciones de disminución de riesgos como Energycontrol, que con tan loable esfuerzo combate la desinformación en nuestro país. Pero el relato típico del éxtasis que aquí ofrecen los medios de comunicación no pertenece, como todos sabemos, al género científico, ni al testimonio terapéutico, ni desde luego al idilio, ni siquiera al cuadro de costumbres; es más bien un híbrido de crónica de sucesos, férrea propaganda política y seudociencia, cuyas fuentes y dramatis personae no suelen ir más allá de unos padres afligidos, un adolescente especialmente elegido por sus bravuconadas, un camello propagador de leyendas urbanas, un portavoz del Plan Nacional de Drogas y un narrador tan entregado a la campaña que se diría el portavoz del portavoz.Y hay, sin embargo, como hemos visto, otros discursos, otros relatos del éxtasis. Relatos que trasladan el ámbito de consumo de la juventud a la edad madura, y que proponen un nuevo reparto de papeles en la transmisión del saber, así como preguntas sobre a quién corresponde enseñar y qué. Relatos que, pese a su ‘autenticidad’, se ven excluidos de esa demanda de autenticidades que nuestra sociedad fomenta compulsivamente, pero sólo cuando conoce de antemano la respuesta que exige oír. Relatos cuyo valor terapéutico es desdeñado por una cultura que paradójicamente venera el testimonio y el ejemplo de la superación personal, con la condición de que ésta se alcance por medios regulados y confirme finalmente la vergüenza y la ilegitimidad de todo malestar. Relatos que no dejan de ser edificantes y, a menudo, hasta conservadores, pues postulan la reconciliación y la readaptación, y no valores asociales, lo cual lleva a plantearse qué es lo que realmente trata de conservar el conservadurismo que los persigue. Pero relatos, en fin, que, fuera del esforzado ámbito de los especialistas y los iniciados, uno sólo puede encontrar en la literatura, que ahora habrá que entender, forzosamente, ominosamente, como una especie de último reducto: no ya el lugar donde es posible contar ciertas cosas sin contemporizaciones o censuras, sino casi el único lugar donde es posible contarlas. Que la literatura conserve todavía el sentido de la hospitalidad supongo que es una buena noticia para ella. Pero sin duda es malísima para todo lo demás.