corner
Archivo/Escritos
     
   
a
 


Inicio

 
Cuento
Marcha atrás

por Damego
 

Pórtico Luna

Silverio Ronda no se volvió loco aquel lunes, pero su mirada perdida en el vacío presagiaba el inicio de un viaje hacia la irremisible destrucción de su cordura.

De nada le sirvieron las huecas palabras de consuelo: "fue el destino, tú no tienes la culpa"; "qué le vamos a hacer, la vida continúa"; "tienes que reponerte, piensa en tu mujer y en tu hijo"...

Se replegó durante días en un desesperante mutismo y también durante días su único alimento fueron las terribles escenas que poblaban su mente, día y noche, sin permitir siquiera que una hora de sueño aliviara su dolor.

Como en un "videoclip" reproducido fotograma a fotograma circulaba una y otra vez por su cabeza la película sin posibilidad de ser rebobinada. No había marcha atrás. Sin embargo ahí estaba la palanca de cambios en su mano, el inconfundible sonido de la marcha atrás, el autobús escolar que comienza a moverse en el patio del colegio, una cara enganchada por la rueda trasera, ésta que pasa irremisiblemente sobre la cabeza de un niño, los gritos de los compañeros que jugaban con él unos segundos antes, a la salida del colegio, el vuelco al corazón, la apresurada bajada del vehículo, la cabeza aplastada de un niño de cinco años, la misma edad del suyo, el pánico, la desesperación, las lágrimas y finalmente la mirada perdida en el vacío.

A punto estuvo de ser procesado por un delito de homicidio involuntario, pero las peligrosas circunstancias en que la empresa de transportes realizaba la recogida de los escolares, denunciada con anterioridad a la tragedia por la Asociación de Padres del colegio, implicaba responsabilidades tanto de dicha empresa como de la propia Dirección de la escuela. Unas cuantas charlas exculpatorias y el tiempo, que siempre hace el resto, acabaron con la movilización ciudadana. Y una importante indemnización económica a la familia de la víctima zanjó el asunto y lo libró de la cárcel. Lo que no pudo evitar fue la retirada de su carnet de conducir por el periodo de un año.

Al cabo de ese año y gracias a los efectos de los fármacos que consiguieron vencer su insomnio y reducir poco a poco la profunda depresión en que se hallaba, había logrado adquirir una mínima estabilidad emocional, la cual no le libraba de padecer las repetidas pesadillas con que se despertaba algunas noches bañado en un sudor frío, como de muerto. Cabezas aplastadas, deformadas, chorreando sangre bailaban en el aire a su alrededor. Cabezas tristes, cabezas furiosas, cabezas suplicantes, cabezas desternillándose de risa le rodeaban a él y a su familia en un rito macabro que siempre terminaba con la decapitación de su propio hijo a manos de un encapuchado verdugo medieval. En ese momento despertaba.

A pesar de su notable recuperación, se había transformado en un hombre huraño que rehuía a conocidos y familiares y buscaba consuelo entre las cuatro paredes de su piso del barrio, tímidamente asomado tras los visillos de una ventana o mirando más que viendo la televisión sin disfrutar siquiera con los partidos de fútbol, aquellos que poco tiempo atrás le habían hecho vibrar en el sofá y celebrar a voz en grito los goles y triunfos de su equipo favorito.

Únicamente hablaba con su mujer, a la que miraba de forma escurridiza. No habían vuelto a hacer el amor desde entonces. Su rostro tan sólo parecía iluminarse en los raros momentos que dedicaba a jugar con su hijo. Su siquiatra le recomendó que comenzara a trabajar. Necesitaba entretenerse en algo. El tiempo haría el resto.

Silverio Ronda no sabía hacer otra cosa en este mundo más que conducir. Había conducido casi de todo: andadores, triciclos, bicicletas, carritos de helado, motos, automóviles, camiones, autobuses, excavadoras e incluso un tanque de guerra porque había prestado el servicio militar en un destacamento motorizado. Y jamás había sufrido un percance, ni siquiera un rasguño en la pintura de alguno de sus vehículos.

Los motores se habían convertido hacía tiempo en la segunda pasión de su vida. La primera había sido el fútbol. Hasta el momento del fatal accidente siempre había pensado que era un tipo con estrella, que alguien velaba por él en alguna parte, pues resultaba casi milagroso -"según están las carreteras hoy en día"- mantenerse alejado de las compañías de seguros, más aún considerando que había ejercido como profesional del volante durante los últimos quince años.

A sus treinta y cinco, Silverio Ronda estaba en edad de conseguir un nuevo empleo; pero no se sentía con fuerzas para cambiar de profesión, ni tampoco para soportar los abusos de un nuevo empresario, en el supuesto caso de que alguno le ofreciera trabajo en sus actuales circunstancias. Por otro lado, la sola contemplación de un autobús le producía ansiedad y despertaba su remordimiento. Al final decidió hipotecar su piso del barrio y comprarse un flamante camión con apenas dos años de uso. Se dedicaría al transporte de mercancías por cuenta propia.

La recomendación del siquiatra surtió efecto y le permitió, unos meses después de comenzar a trabajar, reducir a mínimos el consumo de fármacos y reconciliarse con el sueño tras una agotadora jornada al volante. El negocio además funcionaba bien, lo cual le animó a renovar su crédito hipotecario para comprarse una casa afincada en las afueras. Al lado hizo construir un cobertizo donde proteger a su flamante camión de la intemperie, fosa incluida para realizar allí pequeños trabajos de mantenimiento mecánico.

Había logrado la suficiente paz consigo mismo como para recuperar la autoestima y mirar a los demás nuevamente a los ojos, incluso había renovado las relaciones sexuales con su esposa; pero no había podido deshacerse de aquella maldita pesadilla que lo despertaba todos los martes de madrugada bañado en un sudor frío, como de muerto. Una y otra vez las cabezas bailando a su alrededor, el encapuchado verdugo medieval y la cabeza de su hijo rodando en el patíbulo tras ser decapitado.

El día que Silverio Ronda se volvió loco, no tenía nada de especial. Ni luna llena ni cometas milenarios surcando su pedazo de cielo ni conjunciones astrales estratégicas, noticias a las que se había aficionado últimamente tras sucesivas visitas a magos y pitonisas de la comarca con la intención de descifrar el significado de aquella maldita pesadilla.

El día que Silverio Ronda se volvió loco era otro lunes de pesadilla nocturna, un día normal y corriente para él. No así para su hijo, pues esa tarde había librado el colegio debido a una ligera afección intestinal.

Serían las tres de la tarde cuando Silverio Ronda llegó a casa en su camión con la intención de comer. Aún le quedaban por realizar un par de portes para un supermercado del centro de la ciudad. Los almacenes estaban situados en las afueras, a tan sólo ocho kilómetros, de modo que posiblemente terminaría la jornada laboral a tiempo de ver comenzar el partido. Jugaba la selección, que decidía en ese encuentro su paso a la semifinal de la Copa de Europa. Pensaba en esto y en la maldita pesadilla que se le avecinaba un día más y en si merecía la pena o no aparcar su camión en el cobertizo, pues aunque llovía copiosamente no iba a tardar en sacarlo de nuevo. Al final decidió que para algo lo había hecho construir y se dispuso a meterlo. Introdujo la marcha atrás y pasó las ruedas a un lado y otro de la fosa, pero antes de terminar la maniobra notó que una de las ruedas traseras había pasado por encima de algo, quizás una herramienta o tal vez el balón con que su hijo acostumbraba jugar en el garaje los días de lluvia que no tenía clase.

Al llegar la esposa de Silverio Ronda al cobertizo con otro paraguas de refuerzo, lo primero que vio fue una mancha fresca y sonrosada orillada a la fosa. Gritó el nombre de su hijo, pero al no obtener respuesta se tiró bajo el vehículo. Allí estaba, en el fondo de la fosa, con la cabeza reventada. Un poco más allá aún se movía el balón que había bajado a recoger.

A su marido lo encontró poco después, sentado en el suelo al otro lado de la cochera, con la espalda apoyada en la pared metálica y su mirada perdida nuevamente en el vacío.

El tiempo hizo el resto. Silverio Ronda no regresó jamás. Se perdió para siempre entre los pliegues de su masa encefálica, en algún laberinto de imposible salida. Tan sólo unas palabras, unas pocas y repetidas palabras lo comunicaban con el mundo. Acercando el oído, se le oía susurrar de vez en cuando: "el verdugo era yo..."