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Sociedad
Corrupción de la tradición y tradición de la corrupción

por Petronio Rafael Cevallos
 

Pórtico Luna

Por más de medio milenio, América ha sido la frontera de las esperanzas para los habitantes del llamado "Viejo Mundo". A tal punto que, año tras año, el "Nuevo Mundo" se ha refrendado como una especie de dimensión o versión magnificada del legendario salvaje oeste norteamericano. El "pueblo joven", como gustaba llamarlo Ortega y Gasset, continúa siendo santuario para sendos ejércitos de esperanzados y desesperados, que no han tenido cabida en sus sociedades milenarias. América (las tres, la del Norte, la del Centro y la del Sur) aún recibe nutridas huestes de inmigrantes conducidos por el espíritu de aventura, pioneros de corazón, abridores de brechas, fundadores de pueblos, progenitores de razas nuevas, soñadores en acción.

Pero la frontera de la llamada América está en la, entre otros nombres, llamada Iberoamérica; particularmente, en países como el llamado Ecuador, donde el "Nuevo Mundo" es más nuevo, más virgen y donde aún campea la ley de la selva, bajo apariencia de legitimidad o, por lo menos, de legalidad. El Ecuador, específicamente, es un paraíso para toda suerte de aventureros, donde empresarios y politicastros de poca (y ni se hable de los de mucha) monta hacen fortunas instantáneas. Si la corrupción es un mal universal, en este país es una verdadera institución. La tradición de la corrupción o el culto a la viveza, avezada e inescrupulosa, es el rasgo más notorio o, al menos, el más publicitado de la realidad ecuatoriana.

Ahora bien, como antídoto a lo anterior, los ecuatorianos precisan de una mística propia. Y si ya la tienen, deben vivificarla y esgrimirla como un arma. De no tenerla, deben inventarla, y con urgencia. En el mundo contemporáneo, en el que la espiritualidad ha pasado a un segundo plano, el rescate de la ética --como curso, discurso y recurso supremos del espíritu humano-- resulta la mejor alternativa, acaso la última, de reivindicación. A fin de cuentas, el hombre --y todo lo que su presencia significa-- es un asunto de la ética; es decir, de mística y espiritualidad.

En efecto, renovadas indagaciones sobre la naturaleza moral del ser humano apremian al cacareado mundo postmoderno. Como por ejemplo, ¿cuáles son su valores esenciales? O, más concretamente, ¿es el hombre es un ente moral o no? Si lo es, ¿cómo debe preceptuar su conducta e interrelaciones? Si no lo es, ¿por qué razones? Y, por tanto, ¿cómo se podría establecer un ámbito --humano, social y ecológico-- más equilibrado y, hasta dónde sea posible, menos injusto?

Entiéndase, pues, como ética, la proactiva responsabilidad inquebrantablemente consecuente con el prójimo. Si el hombre aspira a sobrevivir sus tendencias autodestructivas, debe adoptar la ética como su más arma poderosa. Una ética que cultive la vida comunitaria sin menoscabo de la vida individual. Ética que consista en reconocer en cada congénere --pese a innatas, heredadas y adquiridas diferencias-- los mismos derechos que en uno.

En el Ecuador, con su sistema de desigualdades asombrosas y, por consiguiente, de abusos y privilegios superlativos, lo anterior implica una verdadera revolución, la misma que a su vez conllevará enorme resistencia. No es tarea fácil transformar la conciencia de un hombre, menos aún la de todo un pueblo. La corrupción y su culto fetichista son enfermedades endémicas que se reproducen o multiplican en un círculo pernicioso. La falta de una tradición ética tiene al Ecuador sepultado en verdaderas plagas crónicas tales como el subempleo, el desempleo, la desnutrición, la miseria mayoritaria y abrumadora, la depredación socioecológica, entre tantos otros males. La falta de ética (como la de una imprescindible enzima espiritual) se traduce en corrupción, la misma que subsiste arraigada en el alma ecuatoriana.

Para los ecuatorianos, la corrupción es la malograda herencia que resulta de la conjunción de varios desafortunados factores. Entre los primeros en preparar el terreno, se cuenta la fatídica paradoja del determinismo geográfico: Clima benigno y suelo feraz, donde casi todo se da por generación espontánea. El Ecuador es un país cuya natural exuberancia facilita la supervivencia. Asimismo, la gran población indígena ha sido históricamente fuente inagotable de una vasta fuerza laboral barata o casi gratuita. Todos estos factores --brevemente esbozados aquí-- han conducido al letargo generacional y al facilismo socioeconómico. Desde hace poco más de veinte años lo anterior se enmarca, solapa y exacerba en un sistema que es más bien una pantomima de una caricatura de democracia representativa.

De la historia, los ecuatorianos arrastran, como estigma, el atavismo del frenesí español, delirante de oro y gloria: Avaricia y megalomanía a expensas de generaciones y pueblos (indígenas) completos. De la religión, el ritualismo católico que siempre ha favorecido el culto de las apariencias, convirtiéndose en una verdadera tradición de los "trapos sucios". Dicha tradición anula toda posibilidad de autocrítica, instando a mantener una fachada pérfidamente decorosa sin importar la podredumbre que tras ella se oculte.

(La crítica y, menos aún, la autocrítica no existen en el Ecuador. Los "críticos" de toda laya, empezando por los literarios, oscilan entre el ejercicio del elogio –generalmente autoelogio– verdulero y la calumnia a mansalva.)

De hecho, la "hidalguía", ingenua o descarada, es la peregrina pretensión de incontables y "castizas" ciudades del país de la latitud cero. Éstas realmente se enorgullecen de su "hidalguía"; así lo pregonan en sus respectivos escudos de armas, en sus insignias y en sus proclamas. Tal vez han olvidado que el hidalgo era literalmente considerado un "hijo de algo", integrante del más bajo escalón de la nobleza española, quien prefería morirse de hambre a ensuciarse las manos trabajando. Esta testaruda y vanagloriosa aversión al trabajo manual ha devenido en trágicas consecuencias históricas: La ley del embudo, la ley del menor esfuerzo; en suma, en la tradición de la "hidalguía". O, dicho de otra manera, en la cleptocracia y el parasitismo que guardan las debidas apariencias, como forma de vida de las mayorías –empezando por las clases dirigentes y dominantes– ecuatorianas.

No se pretende asumir aquí plataformas moralizantes. Únicamente se ha señalado aquellos grandes males y estereotipos en los que, por mano más propia que ajena, viven atrapados los ecuatorianos. En este sentido, se ha planteado la implementación de una nueva ética (o mística, si se prefiere) como la alternativa –ideológica y pragmática– más idónea. A mediano o largo plazo, se podrá mejorar el nivel de vida de un pueblo; pero esto, siendo deseable y hasta indispensable, jamás será suficiente. Para superar el subdesarrollo económico, el Ecuador –por necesidad histórica, con urgencia y para siempre– deberá primero superar el subdesarrollo moral.

EcuaYork
Boletín de la Casa de la Cultura Ecuatoriana,
Núcleo Internacional de Nueva York, CCENINY
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