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Ensayo literario
Flor de loto

por Damego
 

Pórtico Luna

"Cómo pudiste hacerme esto a mí, yo que te hubiera seguido hasta el fin". Aprovechó la entrada de un vecino para colarse como un ladrón nocturno en el interior del portal y ahora la espera escondido en la oscuridad, en un recoveco del inmueble cercano al ascensor, con el puño izquierdo dentro del bolsillo de la cazadora y apretando en el derecho la ofrenda que ha de abrir su corazón.

El bar donde ella trabaja ya tenía bajadas las persianas metálicas cuando él pasó por la acera de enfrente y la imaginó a solas, dedicada a la limpieza del local, contoneando sus caderas, ajustadas al perfecto formato de los tejanos negros, al ritmo de la canción de Alaska que le había llegado tenue pero concisa mientras precisaba la manera de no ser visto al pasar: lo importante, por supuesto, era darle una sorpresa.

Se siente un animal herido, agazapado en la espesa oscuridad del edificio, en una situación que se le antoja cada minuto más desesperada, una situación extrema que racionalmente le animaría a salir corriendo, todavía puede hacerlo; pero tal es su determinación, lo ha meditado tanto que decide permanecer allí aguardando su próxima llegada, ha estudiado sus movimientos durante las últimas noches, desde que se enteró de su trabajo en el bar, y sabe que vendrá directamente a casa en cuanto termine de cerrar.

Rememora la noche que la conoció, en el discobar de moda esquina con Atocha, no recuerda el nombre, de espaldas, ceñidas sus caderas por aquellos vaqueros siempre negros, obsesivamente negros, moviéndolas sinuosas al ritmo que Marley dibujaba a través de los bafles. La invitó por detrás. Cuando se dio la vuelta y aceptó sonriente fundir sus cuerpos en cadencia de reggae, supo al verse en sus ojos, negros como pozos, que habría de caer hasta nadar o ahogarse en su mirada.

Cuatro años habían transcurrido desde entonces, compartiendo sus vidas en aquel ático de la calle Amadeus -"vaya nombre cabrón", murmura ahora a la vez que aprieta con decisión su puño derecho, el puño de su ofrenda- en una armonía que se acercaba mucho al concepto que él tenía de la felicidad.

Pero hacía algún tiempo se había instalado en la casa sin invitación previa una especie de asfixiante vacío que poco a poco fue llenándolo todo hasta que casi no se podía respirar. Ya no quedaba aire para los dos. Fue ella quien había decidido marcharse unos tres meses atrás.

La recuerda haciendo las maletas "por favor no te vayas, ¿hay otro hombre en tu vida? no me hagas esto, no seas tan cruel, ¿es que ya no me amas?" y cerrando la puerta suavemente al marchar, lágrimas en sus ojos de rímel catarata "es la vida, cariño, se nos murió el amor"...

Alguien llega y enciende la luz de la escalera. "¿Será ella por fin?...". asoma con cuidado la cabeza "...pero, ¡maldita sea, todo se ha ido a la mierda!" piensa tras advertir que viene acompañada.

Ella pulsa el botón del quinto piso. Él oye los chasquidos de lenguas vibratorias, el roce de las manos desenvainando pieles, risitas y susurros y aprieta más su puño, casi hasta hacerse sangre, mas llega el ascensor.

Sale de su escondite, ve el ascensor subir, se imagina a otro hombre sobando la turgencia de sus negros tejanos, negros como la noche, como pozos nocturnos donde se ahoga la luna, tira la negra flor de loto cuyo tallo apretaba férreamente en su puño sobre la jardinera de flor plastificada y se aleja tranquilo, triste como la nada, para no volver más.

 

Damego