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Cuento
Absurda historia para dormir en el tren

por Raquel Mateos
 

Pórtico Luna

De un tiempo a esta parte iba llevando su corazón hecho añicos en el bolsillo izquierdo de su anorak granate, en una bolsa de esparto de similar color atada con una fina cuerda de algodón de joyería verde tizón. Pero cada día que pasaba, por alguna extraña razón, pesaba más y más, hasta que ya caminaba torcida hacia el lado izquierdo, y temía el real peligro de sufrir aún más dolores de espalda, ya castigada desde el día en que decidió colgarse de un enorme caparazón de tortuga transparente para llevarse de un lado a otro todos sus pesados pensamientos sin excepción y con los pies colgando a diez centímetros del suelo (no soportaba la idea de que quizás, en algún momento de adormilamiento fortuito en la parada de autobús, pudiera necesitar pasar la yemas de los dedos por encima de alguno de aquellos pensamientos mientras buscaba el abono transportes). Así que sacó un día la bolsa de esparto para comprobar cual era su verdadero contenido. Con sorpresa, vio que los añicos de su corazón habían cristalizado en pequeños cantos rodados de colores transparentes verde rojo y azul, algo aplanados al parecer por la continuada incidencia en ellos de alguna fuerte corriente de agua inexplicable. Pequeños cristales que brillaban con la grisácea luz que se colaba por las mal llamadas claraboyas de la estación de Atocha.

Entonces, sin saber bien lo que hacía, iba sacando las piedrecillas una a una y las lanzaba a las cabezas de los transeúntes y pasajeros, a todos los que más rabia le daba: viejecillas de traje de flores que se cuelan empujando como titanes de fuerza extraordinaria y pasmosa para entrar las primeras en el tren, parejas de adolescentes que se magrean gritando al mundo que se quieren más que nadie, o señores de mediana edad que dejan escapar miradas lascivas tras el periódico sin disimulo alguno, que para eso son ya las siete de la tarde. Y cuando acertaba y la víctima se daba la vuelta aturdida por el pequeño pero agudo golpecito, ella escondía rápidamente la mano y giraba la cabeza a su derecha cuando distinguía su derecha (si no, giraba la cabeza a la izquierda), haciendo que silbaba como si tal cosa, porque nunca, por más que practicase, había aprendido a silbar como es debido, conteniendo la risa al ver las caras tan raras que ponía la gente ante aquellos desaprensivos ataques de luciérnaga.

Y se divirtió largamente con aquel juego, casi casi dos eternas vueltas de tuerca, más que cuando se dedicaba a balar como las ovejas entre la multitud apegotonada en las escaleras mecánicas, mientras que pensaba que si de todas maneras había que ser rebaño, mejor vaca en la sierra por Miraflores. Y aquel juego de las piedrecitas le gustaba, más y más a medida que tenía más puntería. Pero se vio obligada a dejar aquel juego, por miedo a descalabrar de veras a alguien y tener un disgusto, ya que a medida que sacaba un canto rodado más de cristal de colores y lo lanzaba, el siguiente era más grande que el anterior, mientras que el peso del saquito de esparto cada vez era inexplicablemente mayor. Hasta el día justo después de la segunda vuelta de tuerca, rápida como su la hubiese dado el Demonio de Tasmania el de los dibujos, día en que decidió abrir la dichosa bolsa y vaciar su contenido de una vez, para encontrarse entonces con una única bola de cristal transparente perfectamente esférica del tamaño de la palma de su mano entera y de considerable peso, que levantó con cierta dificultad hacia el grisáceo cielo cubierto de Atocha para ver en ella su propio reflejo deformado en el concurrido andén.