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Narración
Caza de gatos

por Hugo Aqueveque
 

Pórtico Luna

Era el Santiago de mitad de siglo, el Santiago oprimido del general Ibañez del Campo. Horacio vivía en una casa que había construido su padre, Hernán, con sus propias manos. Por entonces, apenas pasaba de los diez años y ya era un carpintero consumado de la mueblería de su padre, que, a punta de castigos, lo había entrenado hasta convertirlo en un virtuoso precoz en el arte de dar formas a la madera. Trabajaba por las tardes en la mueblería, después de su jornada escolar; era un ritmo agobiante para un niño, pero aguantaba estoicamente, resignado además al no conocer otra forma de vida, por lo que la costumbre reprimía cualquier impulso de emancipación en su espíritu. Al final de cada semana obtenía su anhelada recompensa; ir al cine. Ni sábados ni domingos debía trabajar, lo cual le dejaba el tiempo más que suficiente para ir a las matinés, su fascinante distracción. El valor de las entradas era el miserable pago por su ardua labor en el taller; su padre argumentaba que tenía que trabajar para ganarse el plato de comida diario, además de la ropa, y que no cabía otro tipo de estipendio para un niño. Horacio se conformaba con poco, en su balanza pesaba a favor también el descanso absoluto de esos dos días, en los que podía relajarse y dormir a sus anchas y dedicarlos a sus ociosidades de chico, aunque a veces no lo eran tanto, porque de vez en cuando realizaba ocultos menesteres bastante cuestionables para alguien de su edad –y de cualquier otra.

Era en las tardes de domingo, no siempre, sólo a veces, a la hora de almuerzo, cuando su padre dormía alguna borrachera mañanera o estaba en plena ejecución de una de vermut en la fuente de soda que estaba en la plaza, y la gente encerrada en sus hogares rumiaba lo difícil de la vida diaria y el esclavizante trabajo de la semana, a esas horas cuando en las calles sólo se oía el ruido de las hojas de los árboles al resoplar el viento y algún motor de automóvil a lo lejos, Horacio salía de su casa premunido de una gran caja de cholguán de seis lados clavados a delgados ángulos de madera, construida por él mismo, con una de las hojas de cholguán corrediza –se podía quitar completamente–, y dentro de un saco: una cuerda, una corta varilla de madera y envuelto en papel periódico, algún pedazo de pescado o de carne mal oliente. La caja tenía cuatro pequeñas ruedas de caucho en lo que parecía su parte superior, que al voltearla sobre el suelo, se podía acarrear fácilmente tirando del cordel, sujeto a un gancho de metal atornillado en la madera. El diseño y el armado perfecto del artefacto dejaban entrever la genialidad de su artesano, aunque no la de sus propósitos. Horacio se posicionaba en una acera cercana a algún depósito de basura –que eran simples rumas de bolsas de desechos–, ponía la caja en el piso sin uno de sus lados, cubriendo el pedazo de carne parcialmente, la caja se apoyaba en un costado sobre la inestable varilla, amarrada ésta última a una cuerda, y al otro extremo de la cuerda se colocaba él, escondido y vigilante, no sólo oculto de sus potenciales víctimas, sino también de las miradas reprochadoras de los vecinos del lugar, a cinco o seis metros de la trampa, esperando a que cayera la presa para tirar del cordel, y atento a darle de patadas a algún perro muerto de hambre que quisiera estropear el cebo y ahuyentar a los gatos. No había que esperar mucho, los gatos abundaban y aún abundan por esos lados, y siempre tienen hambre. Al rato de comenzar la impaciente y breve vigilia se asomaba alguno, chico o grande, siempre agazapado, infructuosamente cauto, sigiloso, gris con rayas más oscuras, casi negras, semejante al sonriente de Cheshire. O negro hasta el alma como el infausto de Poe. O blanco con negro como una vaca lechera de cuento infantil. O con patas negras, inspirador de las botas de Perrault. Y amarillos con rayas con un aire a los tigres de Salgari. Y hasta híbridos de siameses y angoras de ojos muy claros. Y los escasos gatos blancos de ojos bicolores… Bajaban desde los techos y desde los entre techos, con una agilidad envidiable hasta para un primate, en completo silencio, lentamente, observándolo todo cuidadosamente alrededor, evaluando el riesgo, calculando las vías de escape, siempre sospechosos de cualquier ruido o movimiento, desconfiando hasta de sus propias sombras. Caminaban trechos cortos y se detenían, se quedaban petrificados, pegados al piso, dilatando y contrayendo las pupilas, enfocándolas como si se trataran de catalejos, y tirando hacia atrás y hacia adelante las puntiagudas orejas, moviéndolas en círculos cuan sendos radares, escuchaban y miraban para, más tranquilos, reiniciar la marcha. Pero eran imbéciles, por más que miraran la caja y el cebo, por mucho que rodearan la trampa y desconfiaran del cordel, aunque sospecharan que alguien los observaba, que los acechaban, siempre entraban, siempre caían, siempre inocentemente regalaban su preciosa libertad. Y ahí el cazador oculto tiraba del cordel y la caja caía sobre el gato, y se escuchaban los maullidos de terror del pobre animal, que presagiando su final próximo, trataba desesperado de zafarse, retorciéndose de miedo en su improvisado y frío ataud, y que por el temor incontrolable ya ni siquiera probaba el bocado de su perdición. Mientras más grande el gato, mayor era la satisfacción de Horacio. Después lo más complicado era meter al animal al saco. Finalmente, la última etapa de su sórdida labor era llevar la presa a su destino, y ese destino era la casa de Juan Chucha; ésta estaba a media cuadra de la suya.

Nunca conoció el nombre verdadero del hombre, pero todos lo llamaban así, aunque ninguno en presencia del aludido. El viejo en cuestión, de unos setenta años, era un ermitaño entusiasta, no era amigo de nadie, más bien enemigo de muchos. Vivía solo, en la casa más chica del barrio, con ventanas dobles a falta de barrotes, una de madera sobre la ventana de vidrio. En una casa con mampara como todas y verde como ninguna. El viejo era calvo casi por completo, con unos bigotes mezquinos y canos, con la cara surcada con arrugas furiosas, y una notoria y añeja cicatriz en su ceja derecha que tal vez le dio algún atractivo a su rostro helado en años más vitales, estaba a simple vista en perfecto estado de salud, pero no se le conocía actividad alguna, sin embargo, a menudo se le veía entrar a su casa, en las escasas salidas que hacía, con putas siempre diferentes. Jóvenes y viejas, gordas y flacas, indias y blancas, baratas y caras. Otras veces las putas llegaban solas. Nadie sabía de dónde sacaba el dinero, pero se sospechaba que su capital ahorrado durante su vida laboral debía ser bastante considerable.

A excepción de Horacio, los infantes del barrio le temían, pero no era un miedo corriente, ni paralizante, era un miedo morboso, cobarde, porque si el viejo los odiaba era porque le daban razón para ello, ya que la pequeña pandilla del barrio, comandada por el Fito Galloso, se dedicaba a molestarlo cuando podían. Le golpeaban las ventanas y las puertas con puños y pies, además de tirarle grandes y roncos eructos por las rendijas, vaciaban basura, mierda de perro y bosta de caballo en su mampara las pocas ocasiones en que la dejaba abierta, le gritaban insultos a la distancia vez que lo veían en la calle, y hasta un día, en su ausencia, entraron a su casa por un patio trasero colindante, y aunque no se atrevieron a buscar su pequeña fortuna para robársela, sí le vaciaron el "freezer"en compensación. El pobre viejo no tenía cómo defenderse, era demasiado lento para poder atrapar a alguno de sus escurridizos adversarios, y de todas maneras, si hubiera sido capaz de tamaña hazaña, lo único que hubiera logrado habrían sido más problemas. Pero Juan Chucha un día descubrió que, a falta de una solución a su problema, podía desquitarse; supo de la distante relación que existía entre Horacio y esa pandilla, supo que el chico los conocía, pero que era diferente y que no los frecuentaba. Horacio era un trabajador como cualquier adulto, y el Fito sólo un niño malcriado, los dos con la misma edad, pero con muy distintas realidades, y por ello, lo respetaban. Inclusive les infundía algún grado de inferioridad física e intelectual, y de eso se valió Juan Chucha para concertar cierto sucio trato con Horacio. Le pagaba muy bien, para que de vez en cuando atrajera a los pandilleros hasta el frontis de su casa –cosa bastante fácil, ya que ésta estaba en el territorio habitual de los imberbes–, y estando ahí, inventando cualquier altercado ineludible para el –previamente– elegido del viejo, se trenzase a golpes con él, en una pelea desigual, porque Horacio nunca perdía. Con Juan Chucha atisbando ocultamente entre las cortinas de su ventana, agazapado, con el corazón latiéndole agitado de la excitación, con las manos y el culo empapados en sudor, conteniéndose las ganas de gritarle a Horacio que le pegara más duro, que le pateara el cráneo, reprimiéndose a duras penas los deseos de tomar un palo y de terminar él mismo el trabajo con el desdichado en el suelo, totalmente derrotado y lloriqueando como niñito faldero. Disfrutaba enloquecido esos espectáculos, se reía a carcajadas semanas enteras recordándolo; después de las putas, eso era su placer más intenso, y lamentaba que su "socio" no hiciera esos servicios más seguido. En efecto, Horacio evitaba esa clase de labores, no porque tuviera algún cargo de consciencia ni porque le tuviera miedo a los chicos del barrio, la razón era Hernán, su padre. Le tenía prohibido –bajo amenaza de brutales golpizas– causarle el más mínimo problema con la gente de los alrededores, desde la oportunidad en que el padre del Fito –después de una paliza de Horacio a su sobreprotegido primogénito– fuera a vengarlo al boliche de la plaza con un furibundo izquierdazo en pleno ojo de Hernán, y éste, enardecido por la agresión y el burdo motivo de ella, se devolvió a la mueblería en busca de Horacio y de un revólver que guardaba en la caja de seguridad, para entrar nuevamente al boliche, donde el padre del Fito aún celebraba y brindaba la supuesta huida y castigo de su contendor con una gran caña de dulce pipeño. Y Hernán, frente a Horacio y el Fito, y frente a todos los parroquianos, curiosos por ociosidad y curiosos por ocasión, apuntó con el cañón del arma al aterrorizado rostro del ofensor, y le ordenó arrodillarse, lo obligó a suplicar perdón, lo hizo llorar e implorar por su vida y cagarse en los pantalones de terror, y por último, le reventó la cabeza con la empuñadura del arma y la punta de sus botas hasta quedar exhausto y jadeante sobre una masa inmóvil y oscura, refulgente de sangre, entre los desesperados llantos del Fito y el silencio sepulcral de los ebrios presentes. No conforme con eso, mostrando una crueldad infinita, una maldad sin razón y una sed de venganza insaciable, con sus ensangrentadas manos, con el revolver aún en su diestra, bajó el cierre de su pantalón, sacó su pene mostrándolo con orgullo y desafío, tambaleándose por la borrachera alcohólica y la embriaguez de la euforia, y comenzó a orinar al agredido. Una cascada de orina interminable, amarilla oscura y caliente, bañó todos los poros del pobre infeliz inconsciente, limpiando la sangre de la piel amoratada de la víctima y asquerosamente regando los pocos dientes que aún le quedaban en su hinchada boca abierta. Nadie hizo nada. La audiencia estaba fosilizada, era una sola pieza de carne congelada. Después fue el turno de Horacio, sin piedad Hernán lo castigó en el taller con la guesa correa de cuero de su pantalón, lo golpeó con tanta furia como la que lo nubló en el boliche, tanta que ni él ni el padre del Fito pudieron levantarse de la cama durante un mes. Desde aquel episodio, nunca más nadie se atrevió a meterse con Hernán, ni con su hijo por añadiduría, aunque Horacio, arriesgando el pellejo se metía con ellos de todas maneras, aunque no le gustaba abusar de su suerte.

Cuando llamaba a la puerta de Juan Chucha, éste siempre abría, y feliz recibía el saco con el animal atrapado, porque el viejo además del odio ciego que le profesaba a los integrantes de aquella pandilla, aborrecía a los gatos de cualquier estrato social y raza, y ése era el secreto acuerdo inicial que lo había relacionado con el joven Horacio. Le pagaba trecientos pesos por cada gato adulto que le entregara y el doble por los mininos lactantes, pero Horacio por principios jamás cobró la tarifa de seiscientos. ´¡Estuvo güena la cacería hoy cabro!…, ¿de qué color es este infeliz?ª decía el viejo, con su seca y carrasposa voz metiéndose los dedos en el bolsillo del pantalón buscando la recompensa. Horacio aceptaba las monedas o el billete arrugado con reticencia, tratando de mantener el dinero el menor tiempo posible en sus manos, le daba asco. Juan Chucha, abiertamente reconocía su odio contra los felinos ante Horacio, pero a éste eso ya no le importaba, desde un principio sabía que nada bueno hacía con ellos. Al entregárselos, el viejo siempre argumentaba sin que le preguntara ´es para matarlo yo mismo.ª Horacio nunca le hizo preguntas, no quería saber nada, se sentía mal con el asunto y prefería sólo limitarse a lo suyo sin saber el resto, sin embargo, no podía dejar de imaginarse cosas, a veces pensaba que el viejo hasta los cocinaba y se los comía de puro odio que les tenía. Por lo mismo, trataba de terminar el negocio lo antes posible para retirarse pronto, detestaba tener que hablar con él y, más aun, que lo vieran hacerlo; el anciano le inspiraba un sentimiento contradictorio que se debatía entre la repugnancia y la compasión.

Así finiquitaron un sinnúmero de transacciones, pero en cierta ocasión, el trato se alteró de manera lamentable, ocurrió solamente en una oportunidad, pero el hecho cambió sus relaciones para siempre, de tal manera que, posteriormente, las terminó. Fue cuando Horacio cazó un gato enorme, era amarillo con franjas blancas, y no sólo era el más grande que había visto, sino que reflejaba toda la fiereza de su indómita y astuta especie. En lugar de su ojo izquierdo, había un orificio negro y vacío, y los bordes de la cuenca eran de carne rosada obscura, muy seca. Su labio superior no estaba, no había labio, sólo colmillos y encías que le daban una apariencia terrorífica. Al contrario, la fractura de su cola, que dejaba colgando los últimos centímetros de ésta, era muy cómica y la cojera notoria de una de las patas traseras, la derecha, inspiraba lástima. Su pelaje, sucio y tieso, estaba esculpido por cicatrices inmemorables y manchas de quemaduras y tiña donde nunca más crecería pelo. El animal era una fiera, en su cuerpo tenía las marcas de las innumerables batallas de su difícil subsistencia, una marca por cada día vivo y una firma por cada hembra fornicada.

Horacio, ese domingo, ansioso, pensando en cobrar el doble del precio, llamó a la puerta de Juan Chucha como acostumbraba, y después de un rato de insistir, éste le abrió apurado, sudado y agitado, sin dudas tenía a una puta en pelotas metida en su casa, y excusándose de no poder recibir la carga hasta la noche, le pagó el triple de la tarifa para que hiciera el trabajo por él: Horacio debía matar al gato.

Cuando llegó a su hogar con el inmenso bulto y con la infausta y relativa misión de sacrificarlo, entró en completo silencio por la puerta principal, que su madre dejaba semi abierta afirmada a una delgada cadena hasta las ocho de la noche. El interior de la vivienda estaba silencioso, el ambiente era de cementerio, obscuro y callado. No divisó a su madre –que era la única que sabía lo de los gatos–, aunque en puntillas, dejando la caja en la mampara, se acercó al dormitorio de su padre y lo vio durmiendo la borrachera de ese día. Al volver por la caja, pasó directamente al patio por una de las tantas puertas que daban ese acceso. El patio era, y es aún, bastante amplio; de piso de tierra y aserrín, con muebles sin terminar y sin edad apilados por todas partes, con unos corrales con gallinas escandalosas, con muros corta fuego altísimos de concreto y cuatro árboles robustos. Y una escalera de madera y fierro extendida hacia el segundo piso junto a la puerta que daba a la cocina; aquella escalera, pegada al ventanal de la cocina y sin barandas, llegaba directo a la mueblería en el segundo nivel. En ese patio buscó un rincón; su rincón, que era el que utilizaba para guarecerse de la soledad y del sol en los veranos muy calientes; era sombrío y húmedo, ya que tenía construido un techo que formaba parte del piso del taller y en su pared había una toma de agua que goteaba eternamente. Ahí se sentó junto a una gran máquina torneadora averiada, desechada, con su vida útil acabada al igual que la del gato que llevaba en sus brazos. Dejó el saco frente a él, en el piso de tierra, se movía, la caja quedó a un lado, vacía. Sentía lástima por la bestia, el remordimiento le devoró los pensamientos, pensaba en el infierno que estaba viviendo el pobre animal y lo fácil que era liberarlo de esa tortura, si lo dejaba libre el viejo jamás lo sabría, eso era imposible, él no vio al gato; no había manera de que lo descubriera si lo soltaba, era ridículo sólo pensarlo. Sentía la respiración agitada del felino asustado que se confundía con la suya, la palpaba con los dedos a través del saco al retenerlo entre sus manos, percibía hasta el más mínimo latido de ese corazón aterrorizado que le erizaba los pelos, era como si el nerviosismo premonitorio de la víctima se le traspasara a él, ése era el nerviosismo de convertirse en asesino, de quitar una vida que, aunque muy inferior e insignificante, era una creación de Dios. Y ese Dios de las misas de domingo, creador y castigador, lo sentía mirándolo desde las alturas celestiales con ojos inquisidores, con el índice acusador apuntándole, amenazándolo con las penas del averno, era como ver los ojos y la mano de su padre. Qué terror sentía en la piel, qué calor había en el aire. El cuerpo le ardía por dentro, sentía que el aire le quemaba los pulmones y que la sangre le hervía en las venas. El olor a muerte le daba asco; ´déjaloª se decía a si mismo, ´no cuesta nada, es sólo un pobre animal asustado.ª Pero no sabía de dónde venía ese impulso poderoso que lo empujaba como un remolino a mancharse las manos con sangre, a hacer algo perverso, algo prohibido, a desafiar sus propios principios y convertirse en lo que más odiaba. No podía dejar de ser sádico, de probar el gusto de la crueldad tan abundante a su alrededor, sabía que ese sacrificio sangriento lo iba a ver en sueños mucho tiempo; en pesadillas sin término. Un gesto sencillo, una acción piadosa, sólo había que abrir la bolsa y el gato hacía el resto huyendo del lugar, y de esa manera se libraba del miedo a ser descubierto y castigado, se libraba del peso de su consciencia, que era lo que más lo atormentaba. Qué fácil era sacarlo del infierno; librar a esa pequeña e inocente bestia de esa tortura estaba en sus manos, sólo bastaba dejarlo ir. Ese mismo poder era el que tenía su padre sobre él, qué sencillo era que lo dejara ser un niño como todos, como el Fito Galloso y todos sus amigos. Qué necesidad tenía de hacerlo trabajar como esclavo todo el día si tenía los recursos más que suficientes para contratar carpinteros, qué necesidad tenía de tratarlo tan mal, de quitarle su libertad de niño y someterlo a horarios tan brutales como los de los demás obreros y sin ningún sueldo en retribución más que los insultos y los correazos públicos. Qué le impedía tratarlo como a un hijo. ¡No! Su padre prefería convertir su vida en una pesadilla; en una completa mierda. Era esa maldad, ese orgullo de viejo, esa porfía de huaso la que quería saborear, esa incapacidad de perdonar y de pedir perdón, era la tentación de ser tirano por unos minutos, de hundir a otro ser hasta lo más bajo, hundirlo hasta matarlo, era la tentación de ser peor que su mismo verdugo. No podía dejar de probarlo, no podía dejar de experimentar qué se sentía ser tan vil como su propio padre. Y con ese odio potente y los ojos nublados miró hacia el segundo piso, a la puerta inexistente de la entrada al taller, al arco de entrada de su infierno diario. Con la respiración furiosa y la frente sudada, tomó un palo que antes había sido la pata de una silla inconclusa, un palo que ahora estaba teñido de invisible y profética sangre inocente. Lo levantó en el aire en desafiante actitud, como la hoz segadora de la vida, apretando los dientes y deformando su rostro, con el pensamiento lleno de insultos y la cabeza rebalsada de ira, y lo dejó caer sobre el saco inflado, violentamente, un golpe seco, potente, con un crugido de huesos y con un alarido de muerte, para levantarlo de nuevo y volver a golpear, y para volver a sacarle aullidos de dolor a la víctima que se confundían con los jadeos propios de la euforia del victimario, y volvían los golpes, una y otra vez, cinco veces, diez veces, veinte veces, levantaban polvo de la tierra y el aserrín, produciendo una nube asfixiante entre los chasquidos húmedos y sin vida, hasta que el cansancio terminó con el terrorífico espectáculo de venganza, con Horacio de rodillas, irónicamente a gatas, ahogado con el polvo, babeando y vomitando, humillado por la vergüenza y el odio. Y los ojos rojos se le inundaron de lágrimas de impotencia y, arrepentido, lloró por largos minutos en el más completo silencio mental, ningún ruido penetraba su sofocante dolor, ni siquiera el cacareo constante de las gallinas alborotadas.

Y oculta al otro lado del patio, su madre también lloraba; ella lo veía, observaba todo lo que hacía a través de la ventana de la cocina, la ventana debajo de aquella escalera que Horacio tanto odiaba y temía, y al igual que las veces en que su padre lo castigaba cruelmente bajo cualquier excusa, ella no hizo nada por defender al pobre e inocente ser atormentado, que en esta oportunidad, y aunque se confundían, era el desafortunado gato amarillo.

Dedicado a Héctor Hugo Arias A.; pescador, contador,
mecánico, ecologista, mariscador, ingeniero, taxista,
botánico, albañil, administrador, chofer de microbús,
electricista, un carpintero genial y precoz, y por sobre todo;
padre.

Estocolmo, 27 de septiembre de 2000

Hugo Aqueveque
cuentosyrelatos@hotmail.com