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Sociedad
Ciudadano y República

por Johnny B. Goode
 

Pórtico Luna

En el Capítulo VII de El Contrato Social, Rosseau se lamenta de la perdida de significado de la palabra ciudadano para los autores "modernos": "la mayoría toman una villa por una ciudad y un burgués por un ciudadano. No saben que las casas hacen la villa, pero que los ciudadanos hacen la ciudad."

Si hace 239 años ya no se recordaba el verdadero significado de esta palabra, qué no podría decir hoy el viejo Jean-Jacques - J.J. para los amigos - en un tiempo en el que se confunde ciudadanía con nacionalidad y soberano es una marca de brandy.

Obviamente, el termino ciudadano servía para denominar al habitante de una ciudad. Ocurre que, como ya comenté en "Ciudad y República", las ciudades prosperaron y fueron el laboratorio de interesantes experimentos sociales que dieron lugar a todas las formas de organización social que conocemos hoy.

Y como resultado de ello, algunas ciudades, las que tenían una forma de gobierno más eficaz y competitiva, sufrieron una tendencia al expansionismo militar, conquistando y dominando otras ciudades. Se formaron así los primeros imperios y reinos.

Pero entonces se dió la circunstancia de que la ciudad victoriosa se empezaba a llenar de forasteros: comerciantes y esclavos frente a los que los habitantes originales querían conservar cierta primacía, en forma de derechos o privilegios que concedía el rey o los sacerdotes.

Ese orgullo de ser el cuerpo, la sangre y el cerebro de la ciudad llegó a su cúspide con la aparición de la democracia en la Atenas de Solón y Perícles. Los ciudadanos se convirtieron en los gobernantes de su ciudad.

Los ciudadanos de otra ciudad, Roma, le dieron un nuevo impulso al concepto al otorgar la ciudadanía a millones de personas que podían incluso no haber pisado jamás Roma.

Pero la Edad Media marcó la caída del concepto de ciudadano al tiempo que triunfaba el de soberano.

En principio, el concepto de soberanía es muy simple, no entiendo por que se discute tanto. La palabra soberanía tiene la misma raíz que supremacía, y originariamente el mismo significado.

La soberanía no es un derecho; es un poder. La soberanía no se exige; se ejerce.

Cuando se calificaba a un rey o un señor feudal de soberano de un territorio, no se estaba diciendo otra cosa que tal rey o señor era el ser supremo de tal territorio, y que tenía poder sobre él y sobre todo lo que en él crecía y vivía: ya fueran cosechas, animales o personas.

Por tanto, el soberano era único. Todos los demás eran súbditos y vasallos.

Pero todo cambió con la revolución americana de 1776 y la francesa de 1789. Hasta entonces, el rey era el soberano y quienquiera que viviese en los límites de su reino era su súbdito. Un francés era francés porque su señor era el rey de Francia. Y si alguien tenía otra opinión... mejor se la guardaba.

Sin embargo, ¿qué podía pasar cuando se derrocaba a un rey? En Inglaterra, Cromwell había gobernado como dictador durante 10 años y luego volvió la monarquía; en América, las trece colonias habían conquistado su independencia y se gobernaban a sí misma por medio de representantes elegidos, pero continuaron siendo sociedades de pioneros y no variaron substancialmente sus costumbres y formas de gobierno; en Francia... la Asamblea Nacional se declaró depositaria de la soberanía y se guillotinó al rey... Y ahí es donde se lió todo.

En las colonias americanas, la independencia no supuso ningún trauma. Los colonos siempre se habían ocupado de sus propios asuntos sin preocuparse de un rey que vivía a un océano de distancia. Y eso mismo siguieron haciendo después.

Pero en Francia, el rey era el corazón del reino, la cabeza de una administración fuertemente centralizada que se hacía sentir hasta en el último rincón del país. No existía tradición alguna de autogobierno, ni era la francesa una sociedad de pioneros, sino una sociedad fuertemente estratificada y reglamentada, en la que solamente una minoría ilustrada tenía idea de conceptos como libertad, tolerancia, igualdad... Y para colmo estaba llena de intelectuales a los que les gustaba jugar con las palabras.

Los franceses se limitaron a cambiar un despotismo por otro. De la monarquía absoluta a la tiranía de la mayoría. ¿Cómo se explica nadie, aún hoy, que se pueda ser un ciudadano libre en un país en el que hay un soberano, un ser supremo, llámese Rey o Asamblea?

Si alguien ejerce su soberanía sobre mí, ¿soy pues, libre? ¿O seré un súbdito, en vez de ciudadano?

Cuando los franceses crearon el mito de la soberanía nacional tiraron por la borda la revolución y los principios de libertad, igualdad y fraternidad. Sobre ese mito se cimentaron los estados-nación del siglo XIX, algunos razonablemente liberales y la mayoría en absoluto democráticos.

Y ya en el siglo XX, ese mismo mito, desposeído de todo vestigio democrático, sirvió para justificar el establecimiento de innumerables regímenes autoritarios.

Hoy, en nuestras sociedades crecientemente cosmopolitas, cada día más multiculturales, multiétnicas, multilíngües y multirreligiosas, una proporción en aumento de la población se ve privada de derechos políticos. Son los nuevos pioneros. ¿Hasta cuándo aguantarán que se les impongan leyes y obligaciones en parlamentos en los que no están representados?

¿Yo? Yo creo en la soberanía. En la mía. Limitada a mi única y exclusiva persona.

Y no acepto sobre mí otra autoridad que el deber y la obligación que se deriva de los compromisos libremente aceptados para con mis semejantes.

Y como considero mis semejantes a todos los desgraciados dotados con un neocortex por la madre naturaleza y comparto con ellos el agua y el aire de esta bola de barro que llamamos Tierra, me niego a aceptar arbitrarias divisiones y fronteras establecidas por soberanías ilegítimas.

Yo reclamo el derecho a hollar con mi pie hasta el último palmo de tierra de este planeta.

Y del que se me ponga a tiro.

Y cualquiera que intente impedírmelo no puede ser más que un tirano y un entrometido.

¿Captáis la actitud? En eso consiste ser un ciudadano. Cualquier otra cosa no merece ser más que un súbdito.