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Sociedad
El hombre que no estuvo allí

por Johnny B. Goode
 

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¿Alguna vez oyeron aquello de que se coge antes a un mentiroso que a un cojo? Pues va a ser que no.

Veintiséis años ha tardado en descubrirse la mentira que sobre su propia vida había levantado arduamente Enric Marco, hasta esta misma semana Presidente de la Asociación Amical de Mauthausen. Precisamente ahora que se celebra el 60º aniversario de la liberación de los campos, se ha descubierto que el hombre que durante los últimos años ha sido la voz y el rostro de los supervivientes españoles jamás estuvo en ninguno. En cientos de entrevistas y conferencias, Enric Marco relató con todo lujo de detalles su experiencia como prisionero de los nazis en el campo de concentración de Flossenburg.

Todo era mentira.

El historiador Benito Bermejo siempre había recelado de la historia de Marco. No sólo por las pequeñas incoherencias históricas. Su relato era demasiado perfecto. Lo contaba demasiado bien. En sus entrevistas con los otros supervivientes, Bermejo siempre había encontrado cierto pudor, cierta reticencia a revivir los momentos más dolorosos.

Cuando pudo revisar los archivos de Flossenburg no apareció ni rastro de un prisionero llamado Enric Marco. En cambio, en los archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores español sí que aparece su nombre, como integrante de una partida de voluntarios que marchó a trabajar a Alemania en 1941.

Marco había sostenido hasta ahora que tras el final de la Guerra Civil habría pasado a Francia como guerrillero anarquista y se habría alistado en la Resistencia tras la ocupación alemana, siendo capturado en Marsella por la policía de Petain y deportado como trabajador forzado a los astilleros de Kiel. Allí se habría dedicado a sabotear los motores de los torpederos hasta que fue descubierto, enviado al penal y luego al campo de concentración de Flossenburg.

Hoy sabemos que no estuvo en Flossenburg y que fue a Kiel como voluntario, no como deportado.

Pero, ¿por qué se inventaría nadie una historia como ésa?

Si seguimos el hilo de la mentira nos llevará hasta 1978, cuando un Enric Marco de 57 años aparece como secretario general de la CNT durante lo que fue su canto del cisne: en un par de turbulentos años, el sindicato anarquista resurgió de la nada, vivió unos meses de efervescencia con la celebración de las Jornadas Libertarias de 1977 y se desintegró tras el caso Scala. Es entonces cuando Enric Marco menciona por primera vez su paso por un campo de concentración, y así apareció recogido en un libro.

Puedo imaginar cómo esa primera mentira fue creciendo cada vez que alguien se interesaba por su experiencia. Y cómo Enric Marco fue enriqueciendo la historia, con anécdotas como la de la partida de ajedrez con el SS. Puedo imaginar a Enric Marco documentándose en multitud de libros para sostener su farsa. O cuando dio por primera vez su número de prisionero: el 6.448. Puedo, en definitiva, imaginar a un hombre insignificante convertido en un héroe ante las personas que escuchaban su historia, admirados ante la figura del superviviente, del hombre que pasó por la más dura prueba concebida jamás. Y por una causa.

Luego vendría la autojustificación. El autoengaño. Creer que él podía contar esa historia mejor que los auténticos supervivientes. Que él, desde su mentira, podía luchar mejor por la causa que quien habiéndolo vivido de verdad, no sabía o no tenía la entereza para narrar todo aquel sufrimiento.

Y quizá no le faltaba razón. Estos días han proliferado los testimonios de los periodistas que habían entrevistado a Marco durante los últimos años. Todos coincidían en que, de entre todos los testimonios recogidos, el de Enric Marco era el mejor.

¿Cómo no? Estaba pensado para el espectador. Lástima que pierda toda su efectividad si quien lo cuenta es sólo un narrador y no su actor principal.

Hace años ya que algunos se las traen con un concepto extraño llamado "Memoria Histórica". Al parecer, en algún momento del pasado reciente, no se sabe si voluntariamente o bajo coacción, el conjunto de la sociedad sufrió un ataque de amnesia colectiva y se produjo la pérdida de esa cosa, la Memoria Histórica. Por fortuna para nosotros, hay al parecer algunos individuos inmunes que conservan el recuerdo de los hechos tal y como realmente ocurrieron. Y por supuesto, nos lo quieren contar.

A mí me da que eso de la Memoria Histórica ni es memoria ni es histórica. No es memoria porque pretende suplantar los recuerdos personales, imponiendo una única perspectiva, igual para todos. Y no es histórica porque obvia los datos contrastables en favor de la narración, borrando las áreas grises, reduciéndolo todo a un cuento de buenos y malos.

Como hizo Enric Marco.

¿Cómo podemos condenarle a él por inventarse su pasado cuando todo el país ha hecho lo mismo? ¿Acaso no se ha borrado todo rastro del pasado franquista, como si nunca hubiera existido? ¿No se ha pretendido que toda Cataluña era antifranquista cuando aún vivían quienes recordaban el recibimiento a las tropas de Franco en la Diagonal? ¿Acaso no hicieron lo mismo insignes prohombres de la política y la cultura, y no precisamente de la derecha? ¿No hizo eso Eduardo Haro Tecglen, el retrocomunista que imparte carnets de progre desde su columna mientras echa tierra sobre los cantos a José Antonio y las fotos de su juventud junto al padre de Aznar? ¿No hizo eso Juan Luis Cebrián, el antifranquista que llegó más alto durante el franquismo, ni más ni menos que a Director de Informativos de Arias Navarro, y a pesar de ser él mismo hijo de franquista?

En Francia, eso de la Memoria Histórica lo tienen por la mano, no como aquí. Allí se decretó que toda Francia se opusiera a la ocupación nazi y todo el mundo se lo cree. Incluso eligieron a un colaboracionista como Mitterrand para Presidente de la República. Y fue un partido de izquierdas, además.

Yo sospecho que eso de la Memoria Histórica debió de ser un invento de los comunistas, que en eso de reescribir el pasado eran unos hachas, como sabe bien quien haya leído a Orwell. Y es que los comunistas franceses estaban tan ricamente en la Francia ocupada, comiendo queso y discutiendo de materialismo histórico, hasta que Hitler tiró a la basura el pacto Germano-Soviético. Entonces sí. Entonces los comunistas se echaron al monte y cuando terminó la guerra aún tenían los santos cojones de ir repartiendo legitimidades de luchador antifascista.

Algo de eso debía pensar Enric Marco en aquel año de 1978, en el que todo el mundo se quitó la chaqueta y se la puso del revés. Miles de personas que habían desempeñado un papel destacado en la dictadura se tuvieron que reciclar para los nuevos tiempos. Y los vientos soplaban favorables a la izquierda. ¡Ay! ¡Cuánto falangista se debió levantar un buen día para descubrirse socialista, o incluso comunista!

En aquel ambiente, un pasado de trabajador voluntario en la Alemania nazi no debía quedar muy bien en el curriculum de un sindicalista. Pero, ¿y un deportado a un campo de concentración? La hostia, vamos.

¿Y a quién le iba a importar? ¿Quién iba a indagar en la vida de un pobre hombre? ¿No es tan importante recuperar la Memoria Histórica? ¡Pues toma dos tazas!

Y es que lo contrario del olvido no es la Memoria Histórica. Es la Historia.