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Cuento
Erupción

por Juan Diego Incardona
 

Pórtico Luna

A principios del siglo XX un hombre escritor de elevada estatura, robusta constitución, ancha frente y ojos achinados, está sentado frente a las páginas dispersas de un libro que aún no escribió. Angustiado, después de buscar vanamente, durante horas, las palabras que lo rediman, cae dormido sobre los papeles que cubren la totalidad de la mesa.

La gingivitis que lo aqueja desde hace tiempo empapa su boca de sangre. El líquido dirige su rumbo hacia los labios entreabiertos, luego encuentra sus cauces en la barbilla y se abisma en la cascada que entrega rojos a sus papeles blancos. Este hecho cambia el curso de sus sueños.

Las primeras imágenes le develan toda clase de extensiones: sus ojos se elevan y admiran a las llanuras oscuras, manchadas con infinidad de luces. Después, sus visiones descienden a las estepas polvorientas.

La sangre mana, abundante, le empapa el cuello y avanza.

El sonido explota en sus sueños: las esquirlas le incrustan gritos, bufidos, ruidos bestiales, agitaciones ajenas, aún propias. Tiene miedo, pero siente una extraña felicidad.

El hombre escritor, atrapado en algún plan ajeno, cierra los labios y construye un dique que impide el paso de los fluidos sanguinosos.

Se ve, cabalgando con innumerables jinetes, incendiando pueblos y ciudades, conquistando todas las tierras; sus ejércitos sumergen las jabalinas y las espadas en el terror.

La boca del hombre escritor está repleta. Traga, bebe sangre.

En los siglos XII y XIII los ejércitos mongoles estaban formados, casi en su totalidad, por una caballería excepcional. Podían cabalgar hasta diez días seguidos. Para alimentarse, pinchaban las venas de sus caballos y, aplicando sus bocas sobre las heridas, bebían la sangre del animal. Un cronista de aquel tiempo asegura haber visto a Gengis Khan. Lo describe como "de elevada estatura, robusta constitución, ancha frente y ojos como de gato".

El hombre escritor despierta.

Primero se mira, después, se aterra: está bañado en sangre.

Hay silencio, no hay recuerdos de ningún sueño hasta que, por fin, en un acto salvaje el hombre escritor toma los papeles y se los refriega por la boca.