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Ensayo literario
Literatura Arácnida

por Juan Nicho
 

Pórtico Luna

"La palabra desintegra, enerva y aniquila."
Carta de Verdi al marqués de Bragagnolo

Supongo que muchos serán los que en su vida hayan perdido algo importante. En la mayoría de los casos se tratará de pérdidas resarcibles, de modo que pueda recuperarse la esencia del objeto en un lapso más o menos largo de tiempo. Al menos, uno puede autoconvencerse de ello en cierta medida y proseguir su vida con esa expectativa. El tiempo y el esfuerzo trabajarán en su apoyo, sea en forma de nuevo objeto voluntariosamente similar al extraviado o como generosa entrada del olvido en la parcela de vida en cuestión. Sabido es que la turba inconsciente de cada humano colabora activamente en mitigar los excesos visibles del sentimiento. Pero hay ocasiones en que las cosas no suceden así: aquello que imperdonablemente se perdió no puede de ningún modo rehacerse, sustituirse, reponerse. La reconstrucción es de una imposibilidad manifiesta como también lo será, lamentablemente, el recurso amable del olvido. Ocurre cuando la carga emotiva del objeto es tan grande como el trabajo que llevó a su creación. Ocurre en especial con la pérdida de manuscritos.

Puedo confesar que mi confianza en la calidad de mis escritos ha sido siempre bastante limitada, a pesar de algunos reconocimientos externos que siempre me chocaban tanto como debían animarme. Aún así, cada colección de palabras en un nuevo escrito, se me hacía, quizás por la titánica dedicación que me requería o por el escandaloso vaciamiento de mi emotividad, todo un acontecimiento en mi vida. Nada podía igualarse a ese estado post-creativo que no fueran los grandes momentos del amor, por una parte, o la cercana y angustiosa presencia de la muerte, por otra. Siendo así, se comprenderá que mi relación con los legajos que escribía adolecía de cierta contradicción, no siempre salvable, pero sobre todo cumplía con una inatacable importancia personal.

Escribir, especialmente en estos momentos de mi existencia, me daba una cierta carta de realidad, una confirmación de los sucesos del alma, que una vida confusa y atropellada parecía empezar a transparentar hasta la nada. La escritura surgía como una ineludible cita conmigo mismo en un mundo en el que las dudas empezaban a escribir su propio y desastroso guión.

En semejante situación vital fue cuando, tras dar por acabado un extraño poemario que narraba de algún modo los demonios circunstanciales de mi muerte, lo perdí. Lo perdí en la calle y, podría decirse, de un modo ignominioso.

Acababa de realizar uno de mis esperpénticos programas de radio en los que, sumido en una especie de trance, repasaba en antena las lecturas que más me habían apasionado, alternándolas con las músicas más epatantes con las que me cruzaba a diario. La falta de medios de nuestra emisora hacía que yo solo en el estudio debiera manipular la parte técnica al tiempo que ordenaba el guión y las músicas que yo mismo radiaba en riguroso directo. Ese día era el que cerraba la temporada de aquel año, dando paso a un verano que se me hacía imprevisible y algo atemorizador. Quizá la falta de perspectivas claras en mi futuro inmediato enrarecían mi presencia en el mundo, mi contacto con las personas. En todo caso, no vi a ser alguno aquella mañana, trabajada ya por el calor de un verano que prometía despoblar la emisora antes de tiempo. Realicé mi programa sin contratiempos, aunque con una persistente sensación de inutilidad agravada por el silencio, tanto del local de la radio como del teléfono que en contadas ocasiones me ponía en contacto con mi hipotética audiencia. Me marché, lo recuerdo bien, algo aturdido no sé si por el calor o por ese atronador silencio dando rienda suelta al tamborileo de mis arterias.

La calle no le prometía nada bueno a mi deambular. Una modesta bolsa cargada de libros, discos y papeles varios escoraba mi figura hacia el suelo como si quisiera refugiarse en mi sombra. Decidí acogerme, en la inauguración de mi error, a la hospitalidad de uno de los bares de la zona. Allí burlaría al calor con algo fresco al tiempo que trataría de hacer lo mismo con esa vaga ansiedad que se cultivaba despacio en mi alma. Conseguí lo primero, no así lo segundo. La vaga ansiedad que jugaba conmigo se había transformado a estas alturas en una abierta desesperación. Nada concreto la alimentaba, pero tampoco había nada en mí ni en el exterior que tratara de aliviarla. Y quién duda que la ansiedad dejada a su albedrío, en el magma calorífero donde tan bien se cultiva, cuando sabe que no obtendrá resistencia y que su presa es débil, quién duda que no se despliegue con lujuria, manipulando voluptuosa todos los mecanismos que conoce para hacerse grande, para hacerse fuerte...

De las bebidas frescas pasé a las bebidas fuertes. Es el acostumbrado recurso suicida de apagar el fuego con gasolina y al que en determinados momentos parece imposible hurtarse. Me puse cómodo. Me abroché el cinturón y aceleré.

No sé qué fue lo que me hizo husmear en los abismos de mi bolsa y como un autómata extraer solemnemente el manuscrito de mi poemario que no me había atrevido a leer en la radio. En vez de él había dado lectura a un frustrante cuento de Sylvia Plath., "La caja de los deseos", donde habla si no de la imposibilidad de los sueños, sí de su difícil encarnación en la vida. Un maravilloso y desolado canto de cisne de esa chica rara. Quizás, ahora lo pienso, algo en el cuento me había inquietado particularmente, no lo sé. El hecho es que el poemario permaneció dormido en mis libretas hasta que llegué a la octava consumición alcohólica.

Suele ocurrir con todo aquello a lo que uno da importancia: permanece oculto por un impreciso temor, una especie de desconfianza hacia los elementos con los que entra en contacto: el aire nocivo, el viento furioso, el agua disolvente, el fuego destructor, la verdad despiadada...

Mi poemario. Ya lo tenía sobre la mesa, desnudo e inerte, a merced de los charcos de bebida que infestaban la mesa, de la ceniza borracha que desvariaba por el aire desde múltiples cigarrillos. Mi bonito poemario. Mi ristra de ajos poéticos esparcida sobre la mesa para espantar a los monstruos. Empezaba a darme miedo. "Cuarto menguante" era su nombre, que no respondía a ninguna patochada colorista con que en un arrebato hippy trasnochado hubiera tratado de rejuvenecerme. Ni tan sólo se refería al curso decreciente de la luna, el momento más álgido de todas las energías decadentes, aunque sí tenía cierto aliento prestado para su tímido juego de palabras. El cuarto menguante era eso, un cuarto. Un cuarto que menguaba a medida que sus partes eran descritas y archivadas en la desolación del suceso que albergaba. Un suceso que implícitamente arropaba una muerte, elusiva y flotante, pero muerte al fin y al cabo, bien dispuesta en la cómoda palestra de la cama. El muerto, por descontado, era yo, aunque al no revelar demasiado ni siquiera su realidad material, podía uno derivar por el poema con cierta holgura, seguro de no hallarse enfangado en una fatigosa elegía de tres al cuarto. Cada poema se fijaba en un elemento del cuarto, a fin de disponer de modo clásico la escena del deceso y de la construcción poética. ése sería el cuarto del poema, el habitáculo de las palabras donde cada estrofa levantaba un ladrillo de las paredes, del túmulo que oculta siempre un muerto en su interior, siempre una realidad estropeada que ha sido inútilmente traspasada por el poema. Algo así. Cada poema: "Cama", "Mesa", "Silla", "Espejo", "Reloj", "Ventana", "Alfombra", "Vela", "Armario" y "Puerta" jalonaban el vía crucis mortecino de un cadáver expuesto al diagnóstico de los versos. No pretendía ser original. Pero era el único modo de borrar de mi mente el obsesivo recuento cotidiano de mi alrededor vivido en tantas noches de insomnio. Ni esa mesa, ni ese armario, ni el terrible espejo de cuerpo entero podían permanecer impunes ante el dolor que me inflingían cada noche. No era posible la vida en un depósito de cadáveres como aquél. Debía narrarlo para vivir. Morirme aunque cómicamente para resurgir algo aliviado del trance. La poesía, género al que no recurro más que en casos extremos, podía ayudarme.

Ahora, recluido y bien asentado en la penumbra del bar, releía el manuscrito con cierto escepticismo. No podía entender la necesidad de que tales cosas fueran escritas; es decir, no que "cuarto menguante" tuviera una realidad más que la lunar, sino que toda poesía escrita en el mundo tuviera la desfachatez de pretender ser leída por alguien. A fin de cuentas, atrás quedaba el Arte Poético como un elaborado resquicio de la Edad de Oro, sin que pareciera tener nada que ver con lo estropajoso de la poesía contemporánea, balbuceos pueriles y equivocados de un tiempo pretencioso si no deshonesto que moriría sin poetas que quisieran cantar el mal gusto de su ocaso. Sylvia Plath escribió su mejor poema accionando los resortes del horno de gas en su casa. Su cabeza recitaría atontada los mejores versos de la desdicha. Vamos, que no me hallaba de muy buen humor.

Me era difícil, supongo, congeniar los versos monstruosos y presuntamente liberadores con mi estado opresivo actual. ¿Sería que la poesía en su última función para mí habría fracasado de nuevo? ¿La caja de los deseos seguiría sin abrirse a toque mágico alguno? Poco más tarde perdí la bolsa en la calle. Del modo más absurdo y estúpido di con mis huesos en una amplia plaza de la ciudad, sumido en un embrutecido sueño. Fruto de esta indeseada letargia, observada con detenimiento por las hordas de maleantes que quisieran hacerlo, desperté en noche cerrada y bolsa perdida.

Mi cuarto menguante había menguado del todo junto a mis libros, discos y demás utensilios radiofónicos. En general, una pérdida irrisoria, de no ser por...

Nada que hacer. Mi búsqueda apresurada por contenedores y papeleras sólo dio el resultado de una humillación añadida al robo. Me empeñaba en imaginar el rostro de quien abriera mi poemario, del que no existía copia alguna, y arrancara a reír o a gritar las procacidades que mis sentidas palabras le sugiriesen. Debía ser divertido, pensaba yo entonces. Por supuesto un manuscrito perdido es un manuscrito destruido. Eso es lo que ocurre invariablemente con las cosas de valor tan restringido. Desaparecen para siempre. ¿Para siempre?

Por fortuna o por desgracia (la diferencia entre ambas es difusa) no siempre ocurre así. He contado el trivial evento de la pérdida de mi manuscrito espoleado por otro hecho que mi desgracia de ahora me trae a la memoria. Hará un tiempo, en realidad bastante tiempo, tuve la oportunidad de asistir a un suceso similar al narrado pero desde otro de sus vértices que ahora, visto lo ocurrido, me cuesta designar como el más amable. Pretendo decir que hará unos meses, en uno de mis atolondrados paseos por la ciudad, di con un bulto sospechoso abandonado en un banco. A primera vista parecía el ajuar habitual con que los mendigos equipan sus bancos preferidos, envolviendo sus bártulos con periódicos viejos y papelajos varios. Pero acercándome más pude comprobar que no era así, que se trataba de un arrugado pero inconfundible legajo de cuartillas grapadas. Algunas hojas secas habían viajado desde el árbol hasta allí dando al conjunto una apariencia confusa de retales y amasijos. Me senté justo al lado, esperando un momento en silencio como si aquello me fuera a hablar de repente o a su legítimo dueño le diera por surgir de las sombras. Nada de eso ocurrió por lo que tardé bien poco en comprobar que aquello era un manuscrito, que lo iba a leer casi de inmediato, que me sentiría atraído fatalmente por su clara caligrafía, por la oscura profundidad de sus palabras, que no me movería del banco hasta que aquel montón de frases fueran mías de algún modo y que eso no ocurriría antes de las dos horas siguientes.

El texto era desolador y hermoso. Lo formaban un conjunto de cuatro cuentos de irregular longitud y parecía que habían sido escritos de un tirón, con escasas tachaduras aunque con un trazo inseguro, tembloroso. No lograba adivinar demasiado de su autor, ni siquiera su sexo, a pesar de que ciertas redondeces en las letras pudieran sugerir vagamente una mano femenina. Leí con detenimiento los relatos, algunos dos y hasta tres veces. Uno de ellos, el último, parecía haber sido arrugado y maltratado antes de ser grapado a la colección, como si la duda sobre si desecharlo o no hubiera sido realmente poderosa. Celebré que no lo hubiera hecho, ya que me pareció el mejor, el que logró sacarme del pasmo provocado por los anteriores y arrancarme verdaderas lágrimas de amargura. No acostumbro a llorar con la literatura, con la excepción quizá de algunos excesos de los autores rusos, por lo general mantengo una ecuánime distancia con los textos, una simple protección ante lo abrumador de mis crispantes preferencias literarias. Con este cuento, el así llamado "El corazón impar", lo pasé realmente mal, acudiéndome a la mente del modo más incongruente una viejecita ahorcada de un cuento de Gorki, a Esteban, el hermoso ahogado de García Márquez, a los niños tontos de Ana María Matute y a toda una serie de personajes secundarios de películas finlandesas. Era irremediable el llanto. ¿Cómo podía haber reunido, con una trama tan clara y modesta, a tamaña reunión de fantasmas? Siguiendo la terrible sucesión de sentimientos acabé pensando en mi madre y ya no hubo quien me moviera del banco.

Con la noche llegó una de esas impredecibles lluvias del verano que rompió de un modo fulminante las nubes, descargando su equipaje de agua sobre mí. Aún amando la lluvia reaccioné violentamente al aguacero levantándome de golpe con la única y punzante intención de salvar el manuscrito de la lluvia. Se me ocurrió, cuando ya lo había ocultado bajo mis ropas y andaba hacia casa, que había salvado a esos cuentos del agua, de su perdición absoluta en el arroyo de la calle, confundidos con la mugre, deshechos. Me sentía como un Max Brod de andar por casa, hurtando los escritos de Kafka del fuego al que éste los destinaba sin remisión, sin saber muy bien si era eso lo que el inquietante autor quería realmente. Pero, con todo, Max Brod desobedeció una orden explícita y yo tan sólo postergaba la vida de unos relatos abandonados, quién sabe si por descuido o por verdadera desgana. Se me hacía difícil creer que el autor -o autora- abandonara estos fragmentos de vida esplendorosa en un miserable asiento de la calle. Era como aquellos niños recién nacidos depositados con vida en los contenedores de basura. Aullaban como lo hacían estos cuentos, clamando por una lectura de emergencia que frenara la hemorragia, por unos ojos atentos que hicieran un nudo en el cordón de sus páginas. Niños y libros. ¡Cuántos de ellos siguen su torpe e inadecuado destino y cuántos se quedan absortos en el camino, encerrando en sí una noble genialidad perdida! Al llegar a casa dejé el escrito sobre la mesa, me serví una copa y al humo de un buen cigarrillo traté de pensar con más calma. Aquellos cuentos me trastornaban. Quienquiera que los hubiera escrito sabía no sólo manejar la técnica literaria, sino también, lo que era más importante a mi parecer, el estado de ánimo del lector, estirándolo y aflojándolo como un chicle que se mascara con tortuosa fruición, extrayéndole los ácidos del sabor, machacándolo en determinados momentos y al fin explotándolo en globos impredecibles y demoledores que no dejaban respirar, ni pensar, ni organizar el dolor o la alegría.

No eran unos cuentos clásicos, a la manera de Calvino, ni hilvanados al estilo decimonónico con el que tantos malos escritores remedamos a Poe, ni desgranaban el chejoviano estilo de un Carver a la española... No podía situarse su prosa en ninguna estructura literaria, funcionaban y eso era todo, y más que eso, hacían daño. Su lectura dolía como la de aquellos seres perdidos de Dostoievski o los alcohólicos de Hlasko, resultaba de una ingenuidad aplastante y a la vez daba miedo como si Bohumil Hrabal hablara con la voz de Thomas Bernhard. También se notaba extrañamente que su autor -o autora- no había leído demasiados libros, que era, podría decirse, puro e iletrado, como si viviera en uno de los mundos que Borges inventara para los seres que nacen sin ojos. Pensé también en Sylvia Plath, y en esa caja de los deseos que estos relatos parecían abrir sin esfuerzo. Eso era, los cuentos eran sueños, o pesadillas, pero siempre construcciones etéreas en el esqueleto de la vida, profundamente enraizadas en ella, pero ausentes de sus durezas y mecanismos.

¿Qué podía hacer con ellos? ¿Cómo restituirlos a su legítimo propietario? No era fácil. Las dependencias de objetos perdidos rechazarían con toda seguridad unos papeluchos que ni siquiera ofrecían un nombre. Dejarlos al abrigo de cualquier institución literaria conllevaría un inmediato y seguro plagio por parte de cualquier escritor asentado en busca de carne fresca. Publicarlos como anónimos o enviarlos a alguna revista supondría cuando menos una violación de la intención original de su autor -o autora-. Además, no garantizaría quedar al margen de apropiaciones interesadas. Ni yo mismo, inmerso en una profunda crisis creativa, podía permanecer ajeno a las pepitas de oro que los cuentos dejaban caer entre mis dedos. ¿A quién dañaría si yo...?

No, nunca lo haría. Sabía de mi inveterado orgullo que mantenía mis escrúpulos alerta siempre de tan mediocres suplantaciones. Llevaría los cuentos a la radio, los leería uno tras otro convocando desde allí a su desconocido autor -o autora- a que contactara conmigo de algún modo. Así lo hice y la lectura de los relatos fue muy celebrada, llegando a pensarse, halagüeñamente para mí, es cierto, que se trataba ni más ni menos que de un juego literario por mi parte, en el que ponía en marcha un hipotético heterónimo mío para amenizar más el programa. Lo negué, confieso que sin excesiva firmeza, y los relatos acabaron durmiendo el sueño de los justos en uno de los cajones de mi escritorio.

De esto, como dije, harán unos cuantos meses, y si no fuera por la triste tribulación de mi poemario menguado no habría recordado más esta historia.

Desde que perdí mi manuscrito las historias que componían el extraño legajo que encontré recorren mi mente con insistencia. No dejo de pensar en ellas, como si algo las hubiera reanimado haciéndome ver que únicamente dormían, alejadas de la vida pero encendidas en su vibrante energía. Es como si mis poemas perdidos clamaran desde la lejanía pero con las palabras de los cuentos, transmutados en una especie de intercambio simpático que los revive en mi escritorio. Aún no me atrevo a abrir el cajón por miedo de hallar realmente mis poemas, protagonizando ese pequeño milagro literario. ¿Y si yo, en verdad, escribí esos relatos en un arranque de inconsciencia creativa, aturdido y loco, apartándome de ellos en una suerte de distancia necesaria para comprenderlos mejor? ¿Y si, inmerso en una profunda embriaguez, redacté esos textos sin conciencia de ello, sumido en mi peregrinaje mental, hasta que desperté con ellos en un banco, sin reconocerlos pero abierto al fin a su presencia?

Nada, nada, la literatura no te salvará, me digo. Esos relatos no son tuyos. Y quizá los poemas tampoco. Puede que nunca hayas escrito nada, y menos esa hilarante cadena de catálogo mueblístico con la que pretendías eludir tu colapso personal. Todo es posible. Lo único cierto es que has perdido algo y que también has encontrado algo. El único problema es que ambos algos difieren sustancialmente y que las palabras van y vienen a través de tu mundo deslizante donde todo es imposible y se pierde sin remedio.

En este punto, pensé, quizás haya un posible arreglo. Un acuerdo entre los distantes regueros de letras que recorren mi vida. Una forma de acercarlos al cauce seco de mi río para que lo aneguen, lo refresquen. En mi poemario había un cadáver, un ser tendido a quien los muebles a su alrededor rendían pleitesía, una fúnebre letanía objetual que cantaba un fracaso. Quizás fue una buena idea perderlo. La rebelión poética de esos muebles no celebraba la vida ni la rehacía: más bien atornillaba los clavos del ataúd, todos ellos eran un inmenso y formidable ataúd cuadricular que contenía un pez muerto. Difícil es dar vida a semejante poema. Sin embargo, siento que debo hacerlo. Y lo haré, pero con los relatos, con las estructuras móviles que las palabras han organizado para mí, diciéndome que una pérdida es un encuentro y que la música suena porque alguien la convoca.

El primer cuento se titulaba "La nodriza astral" como cierto verso de Pessoa con el que sin embargo no parecía tener relación alguna. En él una chica, digamos adolescente, dotada de inquietantes poderes retóricos y de convicción, además de una inusual capacidad de comprensión, conduce inexorablemente al suicidio a un hombre de mediana edad con grandes problemas, y lo hace con el único concurso de las palabras, cariñosas y desenvueltas, con que se dirige a él. Consigue introducir al hombre en el mundo fantástico de sus juegos fronterizos de chica rara en el que, una vez desprovistas de cuerpo, las almas hallan una vía de solución a todos sus problemas.

Era un cuento raro, opresivo, angustioso, que recordaba historias difíciles como la de Kawabata y su "Casa de las bellas durmientes" donde, no obstante, "ellas" permanecen mudas aunque igual de siniestras en su irradiación. Comprendía el aspecto letal de un cuento como "La nodriza astral" y me preguntaba cuál sería la reacción de seres débiles y expuestos tras su lectura. Aún así estaba maravillado. El cuento era un prodigio de empatía con la psicología de ambos seres y, de no ser por los siguientes relatos, me inclinaría a pensar que fue escrito por uno de los dos protagonistas.

Debía iniciar el proceso que me había propuesto y que la pérdida de mi manuscrito me reveló imperiosamente necesario. Me sentía como un naturalista con la difícil tarea de dejar en libertad a unos seres salvajes, terriblemente peligrosos, pero que no podían soportar más el cautiverio y que se hallaban ya dispuestos a reencontrarse con su anterior hábitat. ¿Pero cuál era ese hábitat suyo? ¿De dónde procedían? Yo los encontré, rabiosos y rugientes, atrapados en la red del banco, grapados, enjaulados en las barras de madera de un banco que convocaba la lluvia para librarse definitivamente de ellos. ése no era su mundo, bien lo sabía yo. Debería estrujarme la sesera para liberarlos en su verdadero lugar de residencia, en el sitio donde inequívocamente pastaran a sus anchas, libres y tranquilos, ajenos a la caza.

Estaba dispuesto a hacerlo. Me sentía investido para una importante misión de ecología literaria. Era más que importante repoblar el mundo árido y poco imaginativo en el que vivíamos con ejemplares tan robustos de creaciones como éstas. En poco tiempo el magma biológico de las historias podría regenerarse con este importante abono y así muy pronto tendríamos todos grandes sorpresas en la literatura de nuestro tiempo. Era el momento de ver marchar de mi lado a "La nodriza astral", no sin pena por supuesto, pues fue el primer relato que leí y el que me enganchó definitivamente al conjunto.

No se me pasó por la cabeza en ningún momento el copiarlos a máquina, pasarlos a ordenador, quizá por la claridad de su letra, quizá por una especie de ancestral respeto a lo desconocido. Lo ignoro. El hecho es que a menos que un improbable oyente hubiera grabado el programa en que los leí, los cuentos partirían indómitos y únicos, sin dejar prueba alguna de su existencia, totalmente desintegrados o, más bien, reintegrados a la escena que los vio nacer.

No actué guiado por un plan preciso. Ahora lo recuerdo todo como una especie de sueño, en el que me dejaba llevar por unos impulsos casi eléctricos que bien podían proceder de los mismos relatos. En un solo día recorrí la ciudad convertido en una especie de sonámbulo, dirigido hacia mis objetivos con una fatalidad tan asombrosa como certera.

En primer lugar mis pasos me dejaron a las puertas de un instituto que rápidamente reconocí como el que me vio crecer en los momentos más difíciles de mi vida. Al principio dudé, a fin de cuentas mi presencia ahora allí, ya pasados mis buenos treinta años, podía parecer algo equívoca, casi pervertida, ambigua en todo caso. Me arriesgué, pues la literatura no admite tibieces, y me introduje en las espesuras de mi pasado, donde aprendí algunas cosas que luego me costó bastante aplicar del modo correcto.

Era la hora del patio y estaba todo repleto de voces estridentes y expansivas. Cientos de jóvenes de ambos sexos pululaban enloquecidos por el recinto, paseando su inconformidad con la docente represión de su naturaleza desbocada. Los gritos eran la tónica del lugar, gritos indeterminados, como en otro idioma que el que aquí se habla, primitivos, atávicos. No era eso lo que yo buscaba.

Giré la cabeza en un hábil movimiento oteador y supe bien pronto que allí estaba el fruto de mis primeras pesquisas. Realmente parecía estar esperándome, pues se hallaba en una zona marginal del patio, en la soledad más absoluta y bajo la forma de una chica sin duda de los primeros cursos. Era una jovencilla menuda y angulosa que permanecía sentada en un pequeño promontorio de tierra en los límites del colegio, donde empezaba un agreste descampado de escombros y malas hierbas. Parecía ella misma una hierba insana que hubiera adoptado forma humana. Se movía despacio como las iguanas y daba la impresión de estar hablando sola. Era ella, la chica rara y misteriosa que podría recibir en condiciones el animal raro y misterioso que iba yo a soltar.

Una vez frente a ella, hubo de pararme a un metro de distancia ya que el suelo aparecía arado con un palo o una rama en formas enigmáticas y sin sentido. No quise pararme mucho tiempo allí, su mirada era todo menos tranquilizadora. Le alargué el cuento, ella lo cogió sin mirarlo siquiera, con los ojos fijos en los míos. Sentí que si me quedaba un minuto más allí el argumento del cuento empezaría a activarse con nosotros. Me largué a buen paso.

El segundo relato tenía un título más complejo: "Pequeño residuo de bagatelas venenosas", frase que me parecía haber leído en uno de los primeros cuentos de Beckett. En todo caso, como los otros, el relato carecía de referencia literaria alguna. Por lo visto, el título remitía al resultado, al destilado final que quedaba tras una relación amorosa dada entre dos sujetos de un modo podría decirse habitual. Para el autor -o autora- cualquier relación amorosa, por elevada que fuere, pasaba por una serie de procesos que eran fácilmente identificables y discriminables tras los cuales el material inicial de la relación habría devenido en el compuesto a que hacía referencia el título. Vendría a ser como si el amor que se realiza pasara por una serie de fases alquímicas necesarias que no desembocarían sin embargo en el hallazgo de oro sino de otro tipo de estiércol anímico quizá más importante para otros fines que permanecen secretos. De todos modos, el autor -o autora- asimila el período del enamoramiento a un proceso físico-químico de destilación en el que la fusión de elementos nobles genera un cierto desgaste que lleva, por sublimación o frotamiento, al compuesto final que, decididamente, es incompatible con los objetivos primeros de dicho enamoramiento.

En verdad es un relato desazonante. De él se concluye el indefectible colapso de toda relación amorosa en un plazo más o menos prolongado de tiempo. Pero no como una fatalidad sino como un hecho puramente científico y demostrable que no debe hacer desistir a los futuros practicantes del amor sino ponerles en guardia frente a una forma de desenvolverse la materia en la que se verán sin remedio implicados. El tono del relato es alegre, despreocupado. Es como si estuviera escrito "desde fuera", es decir, desde una instancia ajena por completo a los desvelos del amor, al tiempo que el material que emplea no puede a todas luces sino haber sido extraído de la propia experiencia. Es una sensación extraña, como de realidad insoportable explicada entre risas, en una canción. Nada indica que lo narrado pueda representar un derrumbe total de la mayor aspiración humana. Al contrario, podría deducirse que las costumbres monogámicas del amor a las que estamos acostumbrados tienen simplemente un transcurso y una caducidad evidente, como todos los devenires de la vida. Podría incluso pensarse que es un canto pagano a la libre concurrencia de estímulos amorosos, algo así como el "Antiafrodisíaco contra el amor platónico" de Ippólito Nieva, un reclamo para el cuerpo en detrimento de las volubilidades del espíritu. Pero, no sé por qué, no es esa la impresión que dan los dos personajes del cuento, inconscientemente trastornados, paseando jocosos su enamoramiento sin percibir las grietas ni los socavones que su roce diario va abriendo entre ellos. Es un cuento alegre, que alegremente narra el curso de una enfermedad, de la "melancolía erótica" como se decía en el siglo XVII, y que deja al acabar el relato la sensación de haber estado trasteando continuamente con harapos allí donde creíamos haber paseado con ropas de lujo. Una profunda sensación de vacío, de desencanto, preside el final del relato donde ambos seres se pasan de mano en mano los residuos quemados de su amor como si de algo apestado se tratara. No les quedan palabras. Es una decadencia más hiriente que la de "Una estación de amor" de Horacio Quiroga. Un horror.

Supe que debía acercarme al parque principal de la ciudad, donde las parejas pasean oscilantes su inquietud amorosa a la orilla del estanque de las barcas. Me senté en una de las mesas que el minúsculo bar dispone al borde del agua y me dediqué a observar. No tuve que esperar mucho. En una de las mesas más próximas a la mía habían caído derrengados dos ejemplares de humanos enamorados que, sin embargo, no parecían disfrutar de su mejor momento. Cumplían ese peculiar rito consistente en permanecer juntos pero infinitamente separados, mirando cada uno hacia un lado y sosteniendo la barbilla o el rostro en una mueca de eterno cansancio. Se hacía difícil de comprender el mutismo que los dominaba, las corrientes ignotas que los distanciaban al tiempo que los mantenían unidos en tan pequeño espacio geográfico. De vez en cuando alguno dejaba caer una palabra farfullada entre dientes que me parecía como las burbujas finales expulsadas a destiempo por un ahogado.


Me aproximé sereno y deposité en la mesa entre los dos el manuscrito de "Pequeños residuos..." Levantaron a duras penas la mirada como si yo fuera un reiterativo camarero que les traía de nuevo la carta. Al ver que no era así, centraron su hastiada atención en los papeles mientras yo me marchaba de allí, no sin oírles discutir desde lejos sobre quién debía leer al otro el escrito.


Me sentía mejor. Sentía que me iba quitando un peso de encima a medida que restituía los cuentos a su origen. Ahora comprendía que desde el cajón de mi escritorio el manojo de textos actuaba de forma nociva sobre mi organismo, impulsándome a agriarme el carácter, a desajustar mis expectativas. De alguna sinuosa manera, mi mente se desviaba hacia sus páginas, haciéndome la vida imposible. Ahora empezaba a vivir. Estaba cerrando el círculo.


Después de este trasiego el penúltimo cuento me las prometía más dulces, o eso creía yo. No recordaba que el motor interno del relato era la duda y que nada hay más disolvente para el ánimo que la duda erigida como patrón central de conducta. Pero mi empeño era firme y no admitía demoras en su viaje. Cada vez eran menos las hojas en mi poder y fue precisamente ahora cuando me atacaron los reparos sobre lo acertado de mis acciones. Todo en este relato provocaba sentimientos encontrados. Ya su mismo título lo insinuaba, eran dos y no uno para añadir así mayor confusión. "El súmum negativo" por una parte, y "Cien años sin lágrimas " como segunda opción. Sin embargo cada una de sus ambivalencias parecía extrañamente fundamentada y responder a motivaciones muy concretas. Yo recordaba haber oído hablar al esencialmente ambiguo Cioran sobre una etapa de juventud de su vida en Berlín como el súmum negativo de su vida, pero no podía relacionarlo en modo alguno con el texto. Por otra parte, "Cien años sin lágrimas" me remitía a un siniestro drama popular del también rumano Lucien Blaga, "Maese Manole", en donde un milenario personaje, un viejo entre sobrenatural e infrahumano que desempeña tareas domésticas, arranca repentinamente en llanto ante la inminencia de un grave suceso y después de cien años de piadoso silencio. Así lo describen al oírle: "En cien años no lloró nunca. Agua muerta de los ojos le fluye; nunca comprenderemos por qué. Lágrimas aunadas en él cien años, las llora ahora. Nunca sabremos por quién".


El cuento combinaba una trama regular, lineal, progresiva, con un ambiente casi mágico en el que cada acción adoptaba inconfundiblemente el papel de símbolo. Podría resumirse como las peripecias de un tipo que sin proponérselo acaba siempre tomando la decisión equivocada. Alguien a quien por sistema las palabras le juegan malas pasadas. De un modo extraordinariamente divertido a la vez que desesperante asistimos al camino de este hombre interrogativo desde su casa hasta el trabajo, trayecto que habitualmente cumple en treinta minutos pero que esta vez le llevará tres largas horas en las que deberá enfrentarse a mil y un enigmas cotidianos a los que responde inocente del peor de los modos posibles. A través del cuento vemos cómo las palabras despliegan cuando quieren el extenso manto de sus contrarios sentidos para perder a quien los usa, para hundirle. Así, entre bufidos como "¿Qué pretende decir con eso? ¿Así que usted insinúa que...? ¿Cómo se le ocurre? ¿Quién le ha dado a usted permiso para...?" o "¡Se está usted quedando conmigo!", con el subsiguiente "¡Esto no quedará así!", el pobre tipo avanza sorprendido entre empujones, por una vida en la que parece haber equivocado por completo su código expresivo, sus humildes y vacías palabras de cada día que sostenían una vida miserable y cansina, palabras que ahora parecían cargadas de un veneno impensable, monstruoso. Y no sólo las palabras: si cruzaba una calle era pitado por un coche lejano, si llamaba al autobús su seña era malinterpretada, si ayudaba a levantarse a alguien era reclamado por un guardia, si andaba despacio le empujaban, si corría le perseguían,...Toda una infernal conspiración parecía haberse adueñado de la ciudad y nuestro hombre cada vez se atrevía menos a moverse, cerca ya de su oficina pero paralizado por el miedo. Cada paso representaba una elección trascendental y sin retorno, y eso era algo para lo que no estaba preparado. Poco a poco se fue nublando su de costumbre monótono criterio y dejó de considerar las instrucciones de uso de la vida más triviales como evidentes, el lenguaje habitual como una forma de expresarse, y las propias funciones vitales como provistas de un sentido que a él atañía directamente regular.


Balbuceando, perdido el control de sus secreciones y líquidos internos, dando pasos irregulares, saltarines, negaba y afirmaba con la cabeza a la vez mientras trastabillaba en medio de la calle, donde el coche que le embistió pitaba de un modo que a él le recordó a algo bonito, tierno, de otros tiempos, de cuando no sabía jugar a esta vida en la que entró después, de cuando sólo tenía que cantar y la luna le sonreía con cariño.


Lloró largamente antes de pensar en si debía morir o si continuar la vida en el portal de oficinas que a tres metros escasos lo requería. Esta vez seguro de sí, entregó el alma.
Supe enseguida dónde liberar este relato tan destructivo. En el bar de debajo de mi casa acostumbraba a desayunar cada mañana un policía que tenía bastante visto. Siempre estaba solo, con la mirada algo perdida, y cuando le hablaba sonreía despistado. A veces se olvidaba la porra o la pistola en casa y todos hacíamos bromas sobre la eficacia de la ley y el orden. Hablaba poco pero cuando lo hacía tartamudeaba ligeramente y decía que no estaba seguro de nada. Me acerqué a él y le entregué el manuscrito con dulzura. Él me tenía visto de otros días en el bar y no sospechó nada malo de mí. Me miró algo cansado, con agradecimiento, que le gustaba mucho la lectura. Estuve a punto de arrepentirme. Pero se lo di y desaparecí para siempre de ese bar.


Ya sólo quedaba uno. Y no estaba seguro de que con él me acompañara el éxito. Su mismo estado, arrugado por completo y vuelto a plisar al parecer en varias ocasiones, daba la medida de su especial rareza e incombustibilidad. Albergaba negros presentimientos sobre él, me veía a mí mismo arrugándolo y planchándolo una y otra vez, portándolo hecho una pelota en mi bolsillo y extendiéndolo como un mapa imposible en cualquier mesa de bar. Así una y otra vez, sin decidirme a deshacerme de él, especie de nueva víscera asimilada a mi organismo.


Narro mi primer intento, hablo del relato: "El corazón impar", como creo haber dicho al principio de todo, era su título. Título poético y sugerente que recordaba haber leído con gusto en un poema vivo del gran Jesús Lizano. "El corazón impar"... Nunca llegaré a explicarme por qué este cuento me afectaba tanto, por qué oscuro motivo su lectura me dejaba invariablemente postrado. Era breve y su sucinta trama se recogía en pocas palabras, pero lo que suele llamarse contenido no verbal inundaba al lector en abrumadores pensamientos de tristeza.


Lo protagonizaba una vieja loca. Nadie sabía de dónde había salido, de repente se la vio vagar por las calles convertida en un personaje singular más de la ciudad, como el fantasma de la ópera y sus arias en el metro o el violinista chiflado y su amigo millonario. La música de la vieja era muy otra, era una música que buscaba el silencio, una forma de la paz. Caminaba resuelta con unas inmensas tijeras al cinto, al modo de un don Quijote femenino, pero nadie que se la cruzara la consideraba peligrosa. La Reina, era ya conocida por tal nombre, la Reina de Corazones, por un intrigante motivo. Su chifladura consistía en recoger periódicos viejos allá donde los encontrara e instalarse en cualquier banco para iniciar su trabajo. Quienes pasaban frente a ella sabían lo que hacía y lo que haría después: cómo se acercaría al transeúnte más cercano y le entregaría arrobada algunos papelajos del diario conteniendo palabras, más un recorte irregular que inconfundiblemente figuraba un corazón. De ahí su sobrenombre, aquella era su firma. Los afortunados, de común le seguían el juego ensalzando el regalo y lanzándolo a una papelera cuando ella no les viese. Eso era lo que hacía la vieja: recortaba palabras, palabras muy concretas, escogidas, que encontraba esparcidas en los diarios y las entregaba con su firma. Podría decirse, más bien, que se deshacía de ellas, y que adjuntaba ese corazón de papel como disculpa o reclamo de comprensión del escogido.


Así se desarrolla el relato hasta que el narrador, sorprendido beneficiario de varias entregas de la vieja, quiere tratar a toda costa de averiguar las causas de tan curiosa costumbre. Revisa en su escritorio las palabras recibidas junto a los corazones y trata de entender: "Florero", "Volví", "Plaza", "Revés", "Daño", "Avestruz", "Risueño", y así unas cuantas más hasta cansarse del juego. Nada podía sacarse en claro de la tirada a menos de la obvia constatación de que ninguna se repetía o de que podía tratarse de una asociación absolutamente aleatoria. Quiso el narrador saber más y asaltó en un parque a la buena mujer que esta vez, envuelta en una beatífica sonrisa se preocupaba en hacer señales en el suelo con sus pies, quizás fueran corazones, quién sabe... Su rostro denotaba una intensa actividad interior, pero no la que podemos estar acostumbrados a observar y que se plasma luego en expresiones y comentarios, sino que parecía flotar, volar alegremente en unos dominios etéreos. Las ropas no eran ya las que llevaba cuando se presentó en las calles de improviso ni la que la gente acostumbra a atribuir a los vagabundos. Era, cómo explicarlo, más colorida, moderna incluso, y sin embargo no desentonaba nada con la expresión de su rostro. Le costó al narrador arrancarle palabra alguna a la vieja que guiñaba los ojos y parecía coquetear con desmesura. Al fin, cuando el hombre extrajo de su cartera nueve de los corazones que había recibido de ella, una expresión de asombro se adueñó de su rostro y tras una pausa de reconocimiento accedió a farfullar algunas palabras. Palabras que salían de su boca con un dolor indescriptible pero que daban una idea del sentido oculto de su quehacer. El hombre supo así, o dedujo, que las palabras le habían estropeado la vida a la mujer, más bien que la habían llevado al estado ruinoso en que se la veía, vieja y quebrantada, ennegrecida y confusa ante las cosas. Decía que las palabras la ahogaban y que no le permitían reír ni llorar, la abotargaban como un anestésico. Aunque estos no eran sus entrecortados términos, así lo entendía el hombre, empezando a comprender. La vieja quería desintoxicarse, deshacerse de todas y cada una de las palabras que había pronunciado en su larga vida, entregándolas a otros humanos ya desactivadas por la protección de su corazón de papel. Poco a poco se iba sintiendo más ligera y notaba alborozada que rejuvenecía deprisa. El resto de la historia es fácil de imaginar: el mutismo feliz de la vieja a medida que desaparece incluso el mismo recuerdo de las palabras, y sólo le queda el tacto cálido y acariciador de sus manos, la risa desatada a todas horas y el llanto recogido y profundo cuando ciertas rocosidades de la vida muestran su inflexible dureza.


El narrador parece confundido cuando habla del final de la anciana. Nos remite a un impreciso recorte de la prensa de sucesos donde se habla del escabroso hallazgo de una vieja semidesnuda muerta en un banco de la calle. Sobre ella, desperdigados al buen tun-tún, multitud de corazones de papel y en el suelo inexplicables marcas que bien podrían ser letras o figuras geométricas. No se aprecia violencia sobre el cuerpo aunque se teme un acto de fúnebre gamberrismo. Se investiga. Algo así nos cuenta de ese recorte que le da noticia de la anciana convertida ya en niña, vaciada de palabras, toda corazón, y no muerta en absoluto sino no nacida, retornada triunfalmente al latido último de la nada.


Estos pensamientos, en realidad cosecha propia del narrador, parecen obsesionarle y le llevan a elucubraciones incesantes. ¿Cuáles fueron las últimas palabras que devolvió la Reina de Corazones? ¿Cuándo supo que el proceso había terminado, que no quedaba en ella rastro alguno de significantes? ¿Qué sentiría cuando la primera infancia entrara en su corazón a galope, arrastrándola vertiginosamente hacia atrás, hacia el sueño mudo de los gestos cada vez más lentos e inocentes?


Aquí el narrador parece ponerse nervioso y empieza a divagar en una parte final que resulta circular, opresiva y desolada, como si fuera imposible todo esfuerzo, y las puertas que creyera ver entreabiertas se fueran cerrando todas de golpe. ¿Qué desengaño vital despertaría en la Reina su terrible certeza sobre las palabras? ¿Quizá el haberse comido las palabras cuando debió hablar, actuando éstas dentro como un veneno? ¿O al rechazar sin quererlo una oportunidad amorosa demasiado conflictiva? ¿Llevaron a la muerte sus palabras a un hijo, disolvieron una amistad, erigieron un pleito? Ya era imposible saberlo. Se había llevado todos los secretos con ella, y el relato se acaba melancólicamente con el narrador desolado en la penumbra de su escritorio, enhebrando frases absurdas con las palabras rescatadas a la vieja, gimiendo casi por hallar una respuesta, un camino seguro y amable hacia las fuentes de la vida:


"Llevar Flores Tumba Parque"
"Radio Habla Noticias Daño"
"Subo Puente Salen Niñas"
"Color Soldado Gira Caes"
"Baile Viento Sueño Rompes"


y así interminablemente, cambiándolas de orden y poniéndolas en boca de la anciana, que tenía una voz suave y quebradiza, de cristales que entrechocan sin romperse.
Desde la primera vez que leí el cuento sentí una molesta sensación de inadecuación, una violenta reacción que sólo me explicaba por la dificultad de expresar una idea que me rondaba la mente. El cuento provocaba en el lector un intenso malestar ante cada frase leída o escuchada. Un aire de falsedad recorría todo intento expresivo, el cartón piedra de las palabras se revelaba insalvable. El lenguaje era un virus, como decía Burroughs, pero un virus altamente patógeno que desarticulaba las relaciones humanas y las hundía en un marasmo de desencuentros y malentendidos completamente vacuos. Quería revisar el relato para hallar las claves de esta intoxicación y de repente arrugaba el cuento entero dándome cuenta de mi ingenua caída en la trampa. Pero no podía destrozar un documento semejante, donde quizá se hallaran las señas de la verdadera comunicación humana o, cuando menos, de las formas de reencontrar el vocabulario propio del cuerpo, la gramática oculta de nuestra vida. Desplegaba entonces la bola arrugada que era ya el relato y volvía a observarlo con rabia. Comprendía que este movimiento había sido ya realizado por su autor –o autora- en infinitas ocasiones y a pesar mío sonreí. Me había tocado a mí lidiar con estos relatos, esquivando sus pullas como mejor pude y haciendo con ellos lo que su creador hubiera querido: transfigurarlos, reintegrarlos a su monstruosidad originaria, donde no pudieran hacer daño. Hasta ahora lo había conseguido. Los animales impresos ya vagaban por el mundo incorporados a su fiera humana. Quien los encontrara lo sabría.


Con el último cuento era todo más difícil. El relato no tenía origen porque era en sí un origen y un final, una perfecta circunferencia de muda epopeya. En ningún lugar del mundo podría asimilarse a nadie ni a nada; permanecería como una sustancia que no se disuelve ni en un líquido corrosivo. Nada que hacer.


Lo dejé en el banco donde lo encontré. Algo sobrecogido y triste permanecí ahí sentado durante un rato, haciéndome vanas cábalas sobre mi futuro. No me di cuenta de que llevaba ya un rato trazando figuras con los pies en el suelo, figuras amorfas pero que lejanamente alguien podría tomar por corazones, deformes y polvorientos, pero corazones, vísceras rotas, cuarteadas, aturdidas, impares...
Ahora me encuentro en una incómoda tesitura. Por una parte recuerdo mi poemario perdido, mi estrafalario "cuarto menguante", con una mezcla de alivio y estupor. Pienso en si tenía algún sentido versificar la conversión de un humano en un objeto como los que le rodean, si la muerte usa las palabras para alabarse o para corromper la vida. Mi cuarto había menguado ya del todo y quedaba como una beckettiana "mancha en el silencio". Mejor haberlo perdido. Espero que quien lo encuentre sepa desactivar sus pequeñas cargas de sentido. Por otra parte, la colección de relatos hallada había sido ya entregada a su destino y desde él emitiría su fuerza destructiva. Nada tenía yo que hacer ahora con ello.


Me había quedado sin palabras, como suele decirse. Atontado e inerte, balbuceando como un pez sin hallar el término correcto para definir mi situación. Posiblemente había llegado a algún tipo de enseñanza, posiblemente no. Lo único seguro que tenía era la revelación de la inutilidad de la escritura, del inmenso autoengaño de las palabras en el que tan a menudo había caído. Había conocido el poder aniquilador de las palabras y con ellas había querido salvarme de ellas mismas. Sólo había una manera de romper ese círculo y ya antes que nadie Pavese lo supo: "Todo esto da asco. No palabras. Un gesto. No escribiré más". El gesto rompía la tela de araña, devolvía el aliento a la presa, le abría de nuevo las alas.