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Sociedad
El poder de la Estupidez (II)

por Giancarlo Livraghi
Traducción de F.M. Herrera y M.A.R. para PórticoLuna
 

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El poder de la estupidez. (Segunda parte)

Por GiancarloLivraghi.

¿Es “verdadera” la definición de Cipolla?

Desde que empecé a estudiar he tenido la suerte de aprender de profesores que han definido algunos principios en los que, después de muchos años, continúo creyendo.

Uno de aquellos conceptos filosóficos es que no existe ninguna verdad “absoluta”. Una teoría “verdadera” es simplemente la más adecuada a las circunstancias: aquella que explica mejor e interpreta lo que estamos estudiando.

No sé cuál es la mejor definición “absoluta” de estupidez, o si hay alguna provista de sentido. Tampoco sé cómo se podría definir eficazmente el concepto de inteligencia.

El planteamiento de Carlo Cipolla (tanto para la estupidez como para la inteligencia) me parece particularmente útil e interesante porque no se basa en una definición teórica, sino sobre resultados: una persona o un comportamiento son inteligentes o estúpidos según las consecuencias que producen. Este método tiene dos ventajas.

La primera es que define a alguien como estúpido (o inteligente, o incauto, o bandido) en base a los hechos, o, por lo menos, a nuestra comprensión y valoración de los hechos. La segunda es que concentra la atención sobre el aspecto más importante: no la estupidez en sí, sino sobre el daño que produce.

Puede haber infinitos comportamientos que son, o parecen, estúpidos, pero son inocuos. En el gráfico de Cipolla se sitúan en un área “neutra”, y ése es su lugar.

Por ejemplo reír y bromear entre amigos puede parecer “estúpido” a un extraño, pero según la teoría de Cipolla este comportamiento es a menudo clasificable como “inteligente”. De hecho lo es, al menos mientras la diversión de quien participa en el juego es mayor que el aburrimiento que puede provocar a los otros. En general, la inteligencia (ventaja práctica) de tal comportamiento se limita a un buen humor momentáneo; pero puede tener efectos más relevantes, como estimular la colaboración y hacer brotar ideas como chispas de un modo que sería imposible en circunstancias aburridas o deprimentes.

Puede haber “tonterías” notablemente inteligentes, como afirmaciones “serias” profundamente estúpidas... aparte del hecho de que pensamientos innovadores son a menudo considerados “necios” por quien no los entiende.

Estas observaciones llevan a un tema importante: la relevancia del pensamiento “no lineal” (como el de las emociones y el del humor) en todos los procesos mentales y especialmente en las innovaciones. Para profundizar en este tema necesitaría mucho más espacio del que tengo aquí. Querría sólo destacar que la separación de los hemisferios cerebrales (“derecho” o “izquierdo”) puede tener significado en experimentos clínicos pero, en mi opinión, se ha de evitar en la observación del comportamiento humano porque la estructura del pensamiento no es tan simple; y de todos modos los diversos procesos de percepción y de pensamiento trabajan siempre juntos y son mucho más comprensibles como un “todo” inescindible que como la suma de funciones separadas.

Tres corolarios

Ya durante la primera lectura del ensayo de Cipolla comenzaba a desarrollarse en mi mente algo que tomaba el nombre de “primer corolario de Livraghi”. Me preguntaba cómo podía ser el primero, puesto que tenía sólo uno. Pero la percepción inicial se reveló correcta, porque después descubrí que hay al menos tres.


Primer corolario

En cada uno de nosotros hay un factor de estupidez que es siempre mayor de lo que pensamos.

[Lo he explicado en el primer texto “Poder de la estupidez”].


Segundo corolario

Cuando la estupidez de una persona se combina con la estupidez de otras, el efecto crece de modo geométrico: es decir, por multiplicación, no por adición, de los factores individuales de estupidez.


Parece generalmente aceptada la idea de que “el total de un network (esto es, de una red o comunidad) crece al cuadrado del número de sus elementos” y es bastante obvio que el mismo criterio se puede aplicar al efecto combinado de los factores de estupidez. Esto puede ayudar a explicar el conocido hecho de que las multitudes son mucho más estúpidas que las personas individuales que las componen.

Tercer corolario

La combinación de las inteligencias de diferentes personas tiene un efecto menor que la combinación de estupidez, porque (cuarta ley de Cipolla) “las personas no estúpidas infravaloran siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas”.

La estupidez es incoherente: no tiene necesidad de pensar, organizarse o proyectar para producir efectos combinados. La transferencia y la coordinación de la inteligencia es un proceso menos simple y espontáneo.

Las personas estúpidas pueden agregarse instantáneamente a un grupo o “masa” superestúpida, mientras que las personas inteligentes funcionan como grupo sólo cuando se conocen bien y tienen experiencia en trabajar juntas. La creación de grupos bien armonizados que comparten inteligencia puede generar considerables fuerzas antiestupidez, pero (contrariamente a las agregaciones estúpidas) estas comunidades necesitan organización y mantenimiento. Y pueden perder una parte relevante de su eficacia por la infiltración de personas estúpidas o por inesperadas crisis de estupidez en personas habitualmente inteligentes.

En algunas situaciones estos riesgos pueden obviarse en parte (si es que tenerse totalmente bajo control) si se es consciente de los posibles problemas antes de que algo vaya mal y si se tiene un backup de inteligencia (es decir, una reserva de recursos inteligentes en el grupo) para rellenar los vacíos y corregir los errores antes de que el daño sea demasiado grave. Quien sabe llevar una barca de vela sabe lo que intento decir; como lo saben todas las personas que actúan en un ambiente donde las consecuencias de cada acción son directas y tangibles.
Otro elemento peligroso (como explica Carlo Cipolla) es que los sistemas de poder tienden a colocar “bandidos inteligentes” (a veces también “bandidos estúpidos”) en el vértice de la pirámide; y éstos, a su vez, tienden a favorecer y a proteger la estupidez y a tener la auténtica inteligencia lo más lejos posible. Éste es, creo, un tema que merece ser tratado aparte. [De hecho, mucho más tarde, escribí un tercer artículo titulado La estupidez del poder.]



Estupidez y biología

En un sistema biológico elemental el problema de la estupidez no existe. El proceso se basa en la producción de un número extremamente grande de mutantes “estúpidos”. Sólo algunos (los “mejor adaptados”) sobreviven, y la evolución avanza. Desde ese punto de vista, aquello que no percibimos como una catástrofe es sólo otra variación en el curso “natural” de los acontecimientos. Incendios destructivos en los bosques son considerados por los botánicos como necesarios, incluso deseables. Millones de criaturas vivientes que mueren quemadas podrían no estar de acuerdo, pero su opinión es irrelevante.

En esa perspectiva, las soluciones son simples y eficaces. Si hay un exceso de población, lo que se necesita es una epidemia (u otro instrumento de masacre de masas que no sea demasiado destructivo para el medio ambiente en general) que mate el 90 % de la humanidad. El 10 % superviviente, tras haber superado una crisis inicial de dolor y confusión, encontrará el ambiente resultante más bien agradable. Se tratará además, probablemente, de personas genéticamente parecidas entre ellas, que comparten características de aspecto y de comportamiento. Si todos tuvieran el pelo verde, los ojos rosas, y se encontraran bien en un clima húmedo y lluvioso, rápidamente llegarían a considerar “inferiores” a las personas (extinguidas) con otro color de pelo y de ojos a las que les gustaba el sol y el cielo azul. En sus libros de Historia hidrófobos nos tratarían como nosotros tratamos a los Neanderthal.

La destrucción o esterilización de nuestro planeta, por efecto de fuerzas nucleares (o químicas) de producción humana o de una colisión con un planetoide errante, sería un detalle sin importancia en la evolución del cosmos; y si sucediera antes del desarrollo de los viajes espaciales y de la colonización extraterrestre la desaparición de nuestra especie (junto al resto de la biosfera) no sería un hecho relevante ni siquiera en nuestra galaxia.

Pero en el ambiente biológico concreto gobernado por una especie determinada (en este caso la nuestra) el sistema se basa en la idea de que el ambiente puede, y debe, ser administrado, y que cada individuo de nuestra especie (y de otras especies que “protegemos”) debe vivir más tiempo, y más placenteramente, de lo que podría en un ambiente incontrolado. Esta situación requiere una particular forma de “inteligencia” organizada. Por eso la estupidez, en esta fase y condición evolutiva, es extremadamente peligrosa.

Y puesto que somos humanos, es de esto de lo que nos debemos preocupar.

La estupidez y el “milenio”

Había escrito este artículo en inglés en septiembre de 1997, cuando ya hacían furor discursos grandielocuentes y divagaciones sobre el “milenio”. Lo estoy traduciendo al italiano en el 2002, cuando de este tema ya no se habla. Pero algunas observaciones me parecen todavía bastante relevantes.
Pocas cosas eran tan fácilmente previsibles como el hecho de que el vigésimo siglo acabaría a las 0 horas, 0 minutos, 0 segundos del 1 de enero del 2001. Sin embargo, incluso sobre una cosa tan simple se ha creado una gran confusión. Incluido el hecho de que muchos han “hecho cabar el milenio” con un año de anticipación. Parece que debates igualmente insensatos tuvieron lugar hace mil años, y que también en 1899 se discutió sobre cuándo acabaría el decimonoveno siglo.

Personas sencillamente necias o ignorantes estaban convencidas de que siglo y milenio acabarían en la medianoche del 31 de diciembre de 1999. Se resistían a adaptarse a la evidencia de la aritmética. Tras algunos minutos de perplejidad decían: «Bueno, quizás tienes razón, pensándolo bien nunca ha habido un año cero».

¿ Es esto estúpido?

Según las definiciones de Cipolla, quizás no. No es para tanto, y si alguien lo ha aprovechado para celebrarlo dos veces, quizás se habrá divertido un poco más. Pero resulta preocupante el hecho de que la idiotez más obvia se repita bastante a menudo y que pueda reemplazar a la verdad.
Los vendedores de bagatelas variadas que intentaban aprovechar la ocasión se quedaron un poco abochornados. Quizás ha sido el exceso de discursos confusos, además de la ambigüedad sobre la fecha, lo que ha creado cansancio y desinterés. Se quedaron sin vender montañas de productos etiquetados “milenio”. Los productores de vino espumoso vendieron menos de lo previsto. Las agencias de viajes no sólo tuvieron resultados decepcionantes, sino que además han incurrido en alguna denuncia por ofertas “engañosas” por tener la fecha equivocada. En resumidas cuentas, la “comedia de los errores” no ha sido del todo indolora, aunque en general no ha hecho mucho daño.

Algunas otras observaciones al arespecto se pueden encontrar en un artículo del 2001: Il millennio in sordina e la bolla mezza sgonfia.


Hubo otro tema, muy discutido, cuya caducidad era realmente a finales del 1999. El millennum bug [”Efecto 2000”] de marras, del que nadie habla ya, aunque no se haya dicho que el problema esté definitivamente resuelto.

En este caso la estupidez es notable y fehaciente. El calendario gregoriano había sido definido 415 años antes. A nadie se le podía escapar el hecho de que sistemas electrónicos incapaces de manejar cuatro cifras para la fecha del año entrarían en crisis. Estos sistemas se habían concebido en los años sesenta. Pero sólo un año o dos antes de la “fecha de caducidad” alguien comenzó a preocuparse. De una fase de ceguera, en la que el problema era ignorado, se pasó a una fase de exagerada dramatización con previsiones de catástrofes que (afortunadamente) no ocurrieron. Sin entrar en detalles técnicos, algunos de los remedios adoptados dieron un breve respiro (el problema podría volverse a plantear dentro de treinta años). Pero sobre todo es inconcebible, y decididamente estúpido, que haya habido tanto descuido, durante tantos años, seguido de tan exagerado y apresurado nerviosismo. ¿Cuántos otros problemas, de los que hoy nadie se preocupa, se convertirán en charlas clamorosas cuando quizás sea demasiado tarde?

Podemos también olvidar la electrónica y hablar de otras cosas. Por ejemplo de las pensiones, especialmente en Italia. El envejecimiento de la población era una tendencia evidente desde hace medio siglo. No se requería un genio en estadística para “prever” el peso creciente en el sistema de pensiones. No sólo no se ha hecho nada para mitigar el problema, sino que se ha hecho mucho para empeorarlo, con pensiones anticipadas y otras desconsideradas “hipotecas de futuro”. Se ha empezado a pensar cuando la situación era ya gravemente comprometida, y se está todavía discutiendo sobre cómo encontrar una solución.

Además están los problemas ambientales, el crecimiento de la población especialmente donde no hay medios de subsistencia, el uso de energías fósiles…, la obstinada conservación de sistemas jerárquicos cuya ineficacia se ha demostrado ampliamente..., la insistente tendencia a la especialización y tecnificación del sistema escolar y de los métodos de formación cuando en una evolución turbulenta y compleja es necesario hacer lo contrario..., los sistemas informáticos y telemáticos, que deberían ser cada vez más simples y estables para ofrecer un recurso a los menos privilegiados, son impulsados en la direción opuesta por los gigantes del software y por otros inútiles impedimentos...

La ceguera, la miopía, la estupidez gobiernan el mundo. Este espectáculo, visto por un observador desde el espacio, podría ser muy gracioso. Pero debo confesar que no logro encontrarlo divertido.