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Sociedad
Nueva York: un estudio de contrastes

por Petronio Rafael Cevallos
 

Pórtico Luna

La Ciudad de Nueva York --como monstruo de ciudad, como pesadilla de ecologistas, como séptimo cielo de connoiseurs y dilettantes, como santuario de excesos-- plantea un dilema de lógica versátil y de monótona irracionalidad. Pero ojo, que los afilados cuernos de este predicamento no dejan ninguna escapatoria. Son como los cuernos de un miura o de un venado que no puede entrar o salir por la puerta sin golpearse la inmensa cornamenta. Recuerdo la canción cuyas líneas en inglés podrían traducirse así al español: "Si te quedas atrapado entre la luna y la Ciudad de Nueva York, lo mejor que puedes hacer es enamorarte". Como en el drama existencial de Sartre o como en el infierno de Dante, en Nueva York no hay salida, sólo entrada. Tampoco hay términos medios, sólo extremos.

Ciudad por antonomasia, Nueva York es la París del tercer milenio. Aunque con un nombre más prestado y más ambiguo, que obliga al cuestionamiento: ¿Desde cuándo es nueva esta vieja y decadente metrópoli y hasta cuándo será "York" esta ciudad cada vez más llena de inmigrantes; especialmente de inmigrantes que hablan español?

Nueva York no es nada nueva y la mayoría de los neoyorquinos no son de aquí. Originariamente Manhattan, más tarde Nueva Amsterdam y ahora Nueva York o la Gran Manzana (prohibida o de qué paraíso perdido o recobrado) o Capital del Mundo (como si el "Mundo" entero ya hubiese sucumbido a la mortífera plaga llamada "globalización" y ya fuera incurablemente "capitalista"), esta vieja Nueva York es, ciertamente, pese a Wall Street, una de las grandes capitales del Tercer Mundo.

No obstante, el clima --meteorológico y sociológico-- de Nueva York es el verdadero factor democratizante, el que a todos nos hace iguales. Por su caprichosa meteorología y por su letal sociología, en Nueva York cualquiera se muere de un mal aire, de un atentado o de una bala perdida; de un resbalón en el hielo o a causa de la alienación. Aquí, más que en ningún otro lugar, la vida tiene un precio y no vale nada. Promediando: La vida cuesta mucho y vale verdaderamente poco en Nueva York.

Con inviernos generalmente de muy bajas temperaturas, a menudo bajo cero, y con prolíficas nevadas, pertinaces chubascos e intempestivas granizadas; y con veranos voraces de calor y promiscuidad: temperaturas y humedad infernales, Nueva York goza de dos estaciones marcadas por sus extremos opuestos: el frío gélido del invierno y el calor avérnico del verano. Lo demás, que es muy poco --en lo que se refiere a otoño o primavera-- resulta tan fugaz como la sonrisa de un taxista neoyorquino --luego de haber recibido una generosa propina.

Definitivamente, ésta es una ciudad de puertas adentro. Ciudad de grandes hoteles (y moteles), museos, teatros y hasta el mítico Madison Square Garden y el menos célebre Jacob Javitts Center son cerrados a las inclemencias del tiempo, aunque no de la población. Aquí, en la Nueva Ciudad Gótica, no hay escapatoria. Usted, fiel lector, encara, día a día, dos implacables alternativas: el tiempo y la gente. No sabría decirle cuál de las dos es menos nociva.

Ciudad de contrastantes extremos o extremados contrastes en todo. Empezando por sus sucesivos nombres que van desde el indígena y telúrico hasta el advenedizo y cosmopolita. Asiento de mercaderes y artistas, de financistas y vagabundos, de universidades y ghettos, de rascacielos y tugurios. Aquí hay de todo y para todos, porque en el umbral del tercer milenio todos los caminos conducen a Nueva York. Y todos quieren caminar esos caminos, no importa lo que les cueste.

Una vez aquí, "en este lado del paraíso" (parafraseando el título de la célebre novela de Scott Fitzgerald), empieza una nueva vida, simplemente porque en Nueva York se vuelve a nacer. Los nómadas --como yo-- sientan cabeza; los sedentarios se tornan peripatéticos; los tontos aumentan sus posibilidades de volverse inteligentes; los infieles, fieles... a pesar de la distancia; y los bonitos se vuelven feos... pero con suerte.

Nueva York es una caja --o jarra, como argumenta Robert Graves-- de Pandora. Por ejemplo, un conocido mío, cuyo nombre me reservo, médico de profesión, graduado en su país, acá se volvió taxista. Otro, arquitecto, se convirtió en de-todo-un-poco: albañil, bohemio, escritor, "periodista", "poeta" y hasta bisexual. Una muchacha, seria y recatada, se tornó en la versión post-moderna de "Mesalina loca". Una cincuentona, fielmente casada (por un cuarto de siglo), se hizo puta de veinticinco... dólares. Un hombre, casado y con hijos, de la noche a la mañana, se transformó en mujer --soltera y sin compromiso.

No cabe duda de que ésta es la vez la mejor y peor ciudad del mundo. Torre de Babel, Babilonia, Sodoma, Gomorra, Roma, Tenochtitlán, Liverpool, Marsella, Hong Kong, Guayaquil y todas las ciudades --incluidas Ciudad Gótica, Biblián, Pasto, San Juan y Puerto Plata-- del mundo palpitan en los cinco condados --Brooklyn, el Bronx, Queens, Manhattan y Staten Island-- que conforman esta amada/odiada, benigna/maligna, cursi/sublime, divina/diabólica, hermosa/horrible, pero siempre nuestra, la única que nos queda, a los que buscamos lo sublime o, por lo menos, lo diferente.

Porque en Nueva York, no solamente estamos, sino que somos. Y somos todos los que estamos. Aquí, "entre la luna y la Ciudad de Nueva York", sin otra alternativa que enamorarnos. La que no es tan calamitosa alternativa ya que podría ser peor, como aquélla que dice: "Ver Nápoles y morir". El amor es tan eficaz como la muerte. ¿No le parece?

A mí sí. I love New York. Amo Nueva York porque no es un sitio plácido ni un "estado del espíritu". Amo esta ciudad porque significa un constante desafío, un insulto colosal, una antropomórfica afrenta que obliga al esmero cotidiano. Aquí ni los vegetales vegetan, menos aún los animales. Es decir que los vegetales se animalizan y los animales se humanizan --en Nueva York. Si no lo cree, mire nomás a su alrededor: A la señorona que lleva a pasear a su chihuahua recién salido del salón de belleza, o al desamparado que extiende la mano pidiéndole una moneda.

En esta ciudad usted no podrá distinguir entre árbol y perro, entre perro y ser humano, entre ser humano y árbol, y así hasta el infinito número finito que vive y muere en esta inmensa(mente) mezquina(mente) espléndida aldea multiplicada por ceros (a diestra y siniestra). Porque Nueva York es un vasto cementerio cuyos muertos no descansan en paz. Porque si no existiera una ciudad como Nueva York, la sola idea de construirla resultaría descabellada.