corner
Archivo/Escritos
     
   
a
 


Inicio

 
Ensayo literario
Mensaje de Navidad

por Petronio Rafael Cevallos
 

Pórtico Luna

Confinar nuestros "mejores deseos" y nuestras naturales tendencias fraternizantes y solidarias a un sólo día del año no me parece lo más sensato o aconsejable. Aunque, admito, un día de paz y regocijo al año es mejor que ninguno. No obstante, lo procedente sería extender ese día, hacerlo varios y, por qué no, tratar de convertirlo en 365 días, año tras año.

Lamentablemente, una Navidad diaria el resto de la vida tal vez no sea un buen negocio para los fabricantes, vendedores y demás comerciantes que, con el pretexto de la "Navidad", hacen su agosto en cada diciembre. Tampoco sería un buen negocio para los traficantes de esperanzas, los predicadores de fábulas que, en franca gesta manipuladora, tratan de conducirnos al escapismo y al sensiblerismo colectivos.

La celebración de la Navidad no debería ser un mero ritual consumista reducido a una vulgar aunque lucrativa fórmula de mercado. Vender y comprar no tienen nada que ver con el natalicio del llamado "Príncipe de la Paz", cuyo recuerdo se ha prostituido en beneficio de lo que él más combatió en su corta pero fecunda vida: la hipocresía y el filisteísmo.

Hasta los niños se han percatado de que el oropel "navideño" no es nada más que un ropaje mixtificante e innecesario. El verdadero significado de esta celebración llamada "Navidad" no debería limitarse a un sórdido intercambio de regalos ni a la burda repetición del rito anual que mistifica y excluye, a un solo día, la perenne e irrevocable vocación por el amor y la paz. Tampoco debería ser la explotación hasta el absurdo de las buenas intenciones y, en general, la ingenuidad de la gente.

Todos los años, milagrosamente en cada diciembre, un misterioso espíritu se apodera hasta de los individuos más duros y envilecidos. Por lo general, los buenos se vuelven más buenos y los malos se tornan menos malos. Esta admirable actitud que, como una flor prodigiosa, renace cada diciembre es el Espíritu de la Navidad. La profundidad de esta disposición trasciende lo meramente publicitario y aparente. Navidad significa nacimiento, natividad–humilde, íntima y, esencialmente–espiritual, que debe realizarse en el corazón de cada uno, no un solo día al año sino todos los días, instante tras instante.

Sólo entonces seremos capaces de aceptar que la quintaesencia del vivir humano radica en el convivir; o sea, en el vivir con alguien o, mejor aun, para alguien. La genuina felicidad consiste en un sencillo compartir con los demás; ya sea en el calor del hogar o en el tráfago cotidiano, en cualquier momento y lugar.

Es decir que para conocerse el ser humano debe verse reflejado en otro(s). Esto sólo puede darse en las interrelaciones personales, en las que necesitamos de un Mesías cada cinco minutos, año corrido. Por ello, cada relación humana es una promesa de redención del egoísmo, cada amistad es una puerta abierta a la sabiduría, cada ser que tocamos es una nueva vida que nace en nuestras manos.

Si la llegada del 25 de diciembre es capaz de despertar lo mejor de un ser humano–su generosidad, sensibilidad, inteligencia emocional--, con o sin regalos, lo razonable sería mantener vivo el Espíritu Navideño los 365 días del año, compartiéndolo con familiares, amigos, los malos amigos incluidos, además de los enemigos, sin excluir a ninguno. Después de todo, éste sería el auténtico y originario sentido crístico de esta ejemplar celebración.

¡Una feliz Navidad, entonces, por el resto de sus días (miren que los tenemos contados hasta el último segundo; y es mejor que así sea, ya que la muerte bien puede ser la Navidad definitiva), buenos y malos amigos, y–de tenerlos agazapados por allí, por supuesto también–enemigos!

 

© Copyright: Petronio Rafael Cevallos, 2001