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Sociedad
De Banderas y complejos

por Carlo Frabetti
 

Pórtico Luna

Escritor y matemático

Aznar me ha llamado acomplejado y voy a ejercer el derecho de réplica. Nos lo ha llamado a mí y a muchos más, al decir que quienes no aprobamos la macrobandera de la plaza de Colón tenemos algún extraño complejo.

Reconozco que, en general, no me gustan las banderas. Creo que sólo tienen sentido como forma de señalización o cuando son la expresión de un pueblo oprimido que reclama su identidad y sus derechos. En los campos de refugiados palestinos, por ejemplo, la bandera es omnipresente. No ondea en altos mástiles: se multiplica en pintadas, pegatinas, banderolas de papel... Se manifiesta en los objetos cotidianos (en una recepción a la que asistí recientemente en Chatila, las humildes sillas plegables habían sido pintadas de rojo, blanco, verde y negro). Los palestinos necesitan aferrarse al símbolo porque les han quitado la tierra.

Lo mismo se puede decir del nacionalismo, de las preferencias sexuales, incluso de la familia. El fervor patrio sólo es aceptable ante una agresión externa (es decir, frente al imperialismo o el centralismo); de lo contrario, no es más que chauvinismo. El orgullo gay sólo se puede comprender en un clima de homofobia: si nadie cuestiona tus inclinaciones sexuales, alardear de ellas es puro exhibicionismo. Defender y ayudar a la familia, sobre todo en la adversidad, es justo y encomiable; favorecerla de forma excesiva o inadecuada se llama nepotismo.

Hacer ostentación de una bandera que nadie amenaza (máxime cuando muchos no la reconocemos como propia) y rodearla de uniformes marciales, es acercarse peligrosamente a la estética fascista (o imperialista, que viene a ser lo mismo).

Decía Einstein, poco sospechoso de radicalismo, que quienes disfrutan con las exhibiciones y desfiles militares, sólo por error han recibido un cerebro: con médula espinal habrían tenido bastante. Muchos pensamos que los ejércitos no deberían existir; pero, aun en el supuesto de que fueran necesarios, la ostentosa exhibición de un aparato técnico y humano cuya función es matar resulta, cuando menos, patética.

En "Los Estados e Imperios de la Luna", Cyrano le manifiesta su asombro a un selenita que lleva colgado del cinto un miembro viril de bronce. Este le explica que es un distintivo de nobleza, y Cyrano, sin poder contener la risa, le dice a su anfitrión que en la Tierra el distintivo de los nobles es la espada. Y el selenita exclama: "¡Oh, hombrecillo! Cuán vesánicos son los grandes de tu mundo que hacen alarde de un instrumento que representa al verdugo... Desgraciado país aquel en el que los distintivos de la generación son ignominiosos y los del exterminio honorables".

Atila era un enano, en el sentido más literal y antropométrico del término (nada que ver con el esbelto Jack Palance, que lo encarnó en el cine: el rey de los hunos medía menos de uno cuarenta). Napoleón quiso comerse Europa para ver si así daba el estirón. Hitler, Mussolini y Franco llevaban muy mal su poco imponente aspecto físico... La lista de machitos exiguos que intentaron compensar su menudencia subiéndose a la chepa de los pueblos, es interminable. De hecho, sigue abierta.

Cuando alguien que no llega al metro sesenta casa a su hija en un monasterio ciclópeo (construido por otro megalómano bajito) y cuelga una bandera de 300 metros cuadrados de un mástil de veinte toneladas, debería pensárselo dos veces antes de llamar acomplejados a los demás.