corner
Archivo/Reportajes
     
   
a
 


Inicio

 
Sociedad
Causas económicas de las guerras civiles y sus implicaciones para el diseño de políticas

por Paul Collier
Traducción de Carlos José Restrepo
 

Untitled Document

El siguiente ensayo resume una cuidadosa investigación realizada por el profesor Paul Collier, de la Universidad de Oxford, y colegas suyos para el Banco Mundial. Desde su divulgación el año pasado, el texto ha sido muy mencionado en discusiones sobre conflictos internos como el que vive Colombia, pero hasta ahora no había sido traducido al español. El ensayo cuestiona los principales paradigmas que se han venido utilizando para diagnosticar, justificar y tratar de solucionar el viejo y sangriento conflicto interno colombiano. Su lenguaje es el escueto y duro de los economistas, muy apartado del tono moralista y sentimental que se acostumbra en los tiroteos ideológicos nacionales. Al publicarlo, El Malpensante no acoge necesariamente sus conclusiones, pues al fin y al cabo ésta es una revista sin línea política definida; tan sólo afirmamos que se trata de uno de esos documentos que nuestros lectores deben conocer, y no en forma de pildoritas o extractos, sino en toda su extensión. Cada cual podrá reflexionar, polemizar y aplicar al caso colombiano lo que en el ensayo son ante todo conclusiones abstractas. Desde ya abrimos nuestras páginas a la discusión que sin duda generará el texto. Dada la gran extensión del original en inglés, le hemos hecho pequeñas ediciones, sobre todo en lo que toca al papel que desempeñan las mayorías y las minorías étnicas en los conflictos internos africanos, tema que por fortuna no se agrega a la ya dolorosa lista de los que pretenden justificar nuestra gran carnicería nacional.

POR QUÉ NO PODEMOS CREER EN EL DISCURSO

Hay una honda brecha entre las percepciones populares sobre las causas de un conflicto y los resultados de los análisis económicos más recientes. La percepción popular ve la rebelión como una protesta social motivada por un descontento extremo y auténtico. Los rebeldes son héroes que luchan contra la injusticia, animados por su patriotismo. El análisis económico ve la rebelión más bien como una forma de delincuencia organizada. O los economistas pecan por exceso de cinismo, o las percepciones populares se llaman gravemente a engaño. Antes que nada, quisiera sugerir por qué las percepciones populares podrían estar realmente equivocadas.

Las percepciones populares son moldeadas por el discurso que los propios conflictos generan. Los bandos de una guerra civil no se quedan callados: no son ratones blancos bajo la observación de los científicos. No, ellos dan explicación de sus acciones. En efecto, ambas partes de un conflicto harán un gran esfuerzo por tener buenas relaciones públicas. Las organizaciones rebeldes más grandes contratarán compañías profesionales de relaciones públicas para difundir sus comunicados, y los gobiernos a los que se oponen contratarán de manera habitual compañías de relaciones públicas rivales. Figúrese, por un momento, que usted es el cabecilla de una organización rebelde y que necesita dar una explicación de sus objetivos. ¿Cuáles serán los puntos más probables? Muy seguramente presentará una letanía de quejas contra el gobierno, por la opresión, por la inequidad y tal vez por violentar a un sector de la población que su organización dice representar. Es decir, el suyo será el lenguaje de la protesta. Presentará su rebelión como un movimiento de protesta, llevado al recurso extremo de la violencia por la gravedad extrema de las condiciones que "su" pueblo padece. Es casi seguro que el gobierno habrá respondido a su insurrección con una incompetente campaña de contrainsurgencia. "Casi seguro", porque la contrainsurgencia es sumamente difícil.

La dificultad más obvia que un gobierno enfrenta para la contrainsurgencia es lograr que su ejército pelee. La gente prefiere no correr el riesgo de que la maten. Los gobiernos ensayan diversos incentivos económicos para solucionar este problema. Por ejemplo, en un reciente conflicto africano el gobierno resolvió pagar una bonificación a sus soldados mientras se hallaran en zona de combate. Al poco tiempo de haberse establecido este incentivo, la guerra pareció propagarse en forma alarmante. En áreas que antes eran seguras, cerca de los cuarteles, los grupos rebeldes detonaron minas explosivas. Trascendió que las propias tropas del gobierno probablemente estaban plantando estas minas. Sin embargo, los problemas más graves se producen cuando el gobierno consigue persuadir a su ejército de que combata, para encontrarse luego con que no tiene medios para controlar el comportamiento de las tropas sobre el terreno. A partir de Vietnam, el resultado han sido las atrocidades. Los grupos rebeldes pueden incluso desear que el gobierno cometa atrocidades, pues éstas dan mayor pábulo al descontento. Es mediante este discurso del descontento como la mayoría de las personas entiende las causas del conflicto. Un análisis cabal de las causas de un conflicto se convierte entonces en cuestión de rastrear el origen de los descontentos y agravios de uno y otro lado en la historia de la protesta.

El economista ve el conflicto de modo bien distinto. Los economistas que han estudiado las rebeliones no tienden a considerarlas como movimientos extremos de protesta, sino como manifestaciones extremas de delincuencia organizada.

Como dice Grossman en Cleptocracia y revoluciones, "en esas insurrecciones los insurgentes no se distinguen de los bandoleros o los piratas". La rebelión es una depredación en gran escala de las actividades económicas productivas. No obstante, esta opinión está tan reñida con el discurso popular sobre el conflicto que existe la tentación de desecharla como mera fantasía. Las técnicas de la ciencia económica no socorren sus argumentos: comparado con la irresistible minuciosidad fáctica de las historiografías de la protesta, el enfoque del economista suena demasiado esotérico y tecnocrático. Así pues, antes de explicar por qué los economistas ven la rebelión como la ven, quiero mostrar por qué el discurso acerca del conflicto no se puede creer a pie juntillas.

Deponga usted por un momento la incredulidad y suponga que la mayoría de los movimientos rebeldes están muy cerca de ser variantes en gran escala de la delincuencia organizada. Su discurso sería idéntico al que tendrían si fueran movimientos de protesta. A diferencia de la delincuencia organizada, los movimientos rebeldes necesitan tener buenas relaciones públicas internacionales y necesitan estimular a sus efectivos para que maten. Necesitan buenas relaciones públicas internacionales porque la mayoría de ellos depende en parte del apoyo financiero internacional. Necesitan estimular a sus efectivos para que maten porque, a diferencia de una mafia, una organización rebelde predatoria tendrá que combatir periódicamente por su supervivencia contra las fuerzas del gobierno. Una organización rebelde sencillamente no se puede permitir que la tachen de delincuencia: no es buena publicidad y no es lo suficientemente estimulante. Las organizaciones rebeldes tienen que desarrollar un discurso del descontento para poder funcionar. El descontento es para una organización rebelde lo que la imagen es para una empresa. En ambos casos, la organización invierte recursos de publicidad para su promoción. Según ve el economista los conflictos, el descontento no resulta ser una causa de éstos, ni tampoco un subproducto fortuito de los mismos. Más bien encuentra que las organizaciones rebeldes generan deliberadamente un sentimiento de descontento. Éste puede estar fundado en motivos de queja reales, o puede hacerse brotar alborotando ciertos prejuicios. Con todo, aunque esta distinción puede tener un interés ético para el observador (¿es justa la causa?), carece de importancia práctica. Sencillamente, la organización necesita generar un sentimiento de descontento. De lo contrario, fracasará como organización y tenderá a irse disolviendo.

Es obvio que las organizaciones rebeldes o quienes las apoyan honestamente no comparten esta interpretación del conflicto: la justicia de la lucha parece ser esencial para el triunfo. La teoría económica del conflicto sostiene en cambio que la motivación de los conflictos no tiene importancia: lo que importa es que la organización se pueda sostener financieramente. Esto, y no cualquier razón objetiva de inconformidad, es lo que determina que un país presencie una guerra civil. La organización rebelde puede encontrar motivo en todo un abanico de consideraciones. Puede encontrarlo en descontentos sentidos, o simplemente puede desear el poder que confiere el volverse gobierno. Sea cual sea la razón por la que lucha la organización, sólo podrá hacerlo si ello es financieramente viable en el curso del conflicto.

Una guerra no se puede librar sólo a fuerza de odios o esperanzas. La depredación durante el conflicto puede no ser el objetivo de la organización rebelde, pero sí es el medio para financiarlo. Por depredación me refiero al uso de la fuerza para arrebatar bienes o dinero a sus legítimos dueños. La teoría económica del conflicto da por sentado que los descontentos sentidos y las ansias de poder se encuentran más o menos por parejo en todas las sociedades. Los grupos pueden abrigar inconformidades más o menos por fuera de sus circunstancias objetivas, fenómeno social conocido como "privación relativa". Hay quienes alimentan ansias de poder haciendo más o menos caso omiso de los beneficios objetivos que confiere el poder. En este caso, la factibilidad de la depredación es lo que determina los riesgos de que surja el conflicto. La depredación puede ser un lamentable imperativo en el camino a la presunta justicia o poder, pero lo decisivo son las condiciones que permiten la depredación. Si se arguye que la depredación es el motivo del conflicto o que simplemente lo posibilita, por ambas vías se llega a la misma conclusión: la rebelión no tiene relación con circunstancias objetivas de descontento, en tanto que es causada por la factibilidad de la depredación.

En la versión más cínica de esta teoría, la rebelión encuentra su motivo en la codicia, de modo que se produce cuando los rebeldes pueden beneficiarse de la guerra. En una segunda versión, los rebeldes encuentran motivo en las ansias de poder, pero la rebelión se produce únicamente cuando pueden beneficiarse de la guerra. En la versión del descontento subjetivo de la teoría de la depredación, los rebeldes encuentran motivo en agravios imaginarios o reales, pero la rebelión sólo tiene lugar cuando pueden beneficiarse de la guerra. Las tres versiones comparten dos implicaciones: los rebeldes no son necesariamente héroes que luchan por una causa valiosa, y la factibilidad de la depredación da razón del conflicto. Por tanto, las tres pueden aunarse en contraposición a la teoría del descontento objetivo del conflicto, según la cual los rebeldes son en efecto héroes que luchan por una causa valiosa, al tiempo que la intensidad del descontento objetivo da razón del surgimiento del conflicto.

En realidad no importa si los rebeldes encuentran motivo en la codicia, las ansias de poder o el descontento, por cuanto lo que da pie al conflicto es la factibilidad de la depredación. De hecho, los economistas otorgan poco crédito a las explicaciones que las personas dan de su comportamiento y prefieren trabajar basándose en la "preferencia revelada": las personas revelan gradualmente su verdadera motivación mediante sus acciones, aunque quieran ocultarse a sí mismas la dolorosa verdad. Los cabecillas rebeldes pueden llegar a creerse casi siempre su propia propaganda, pero si sus palabras son desmentidas por sus actos, entonces las palabras tienen muy poco poder de explicación.

Menos razón hay para dudar que quienes apoyan desde lejos la rebelión estén auténticamente comprometidos con la causa de la reivindicación de descontentos. Sin embargo, estos defensores bien pueden haber sido embaucados. Los cabecillas rebeldes siempre han buscado partidarios externos, "idiotas útiles" según lo expuso Lenin de modo muy diciente. Entre las personas más susceptibles al discurso del descontento se cuentan quienes con más pasión se preocupan por la opresión, la desigualdad y la injusticia. En resumen, si la rebelión se presenta como un movimiento de protesta llevado al extremo, atraerá en calidad de partidarios no combatientes al tipo de personas que por lo general apoyan los movimientos de protesta. La teoría económica del conflicto sostiene que esas personas han sido víctimas de engaño por aceptar el discurso palabra por palabra. Como tesis de las ciencias sociales, esta teoría del conflicto ilustra un caso en el que la economía moderna coincide con el viejo marxismo. Como en Marx, la causa subyacente del conflicto es económica: en este caso, la organización rebelde es depredadora de ciertos sectores de la economía. Como en Marx, la "superestructura" es un conjunto de creencias falsas. La simple diferencia es que los partidarios de los rebeldes son los poseedores de la "falsa conciencia": son llevados con engaño a creer en el discurso que los cabecillas rebeldes propagan para su propio interés.

Así pues, ¿codicia o descontento? No podemos saberlo partiendo del discurso. En ocasiones el discurso discrepa flagrantemente de la acción. Tomemos por ejemplo el conflicto hace poco resuelto en Sierra Leona. Una organización reclutó hasta unos 20.000 efectivos y se opuso al gobierno. La organización rebelde produjo la acostumbrada letanía de agravios, y sus mismas dimensiones apuntaban a un apoyo muy extendido. No obstante, Sierra Leona es un importante exportador de diamantes y había considerables indicios de que la organización rebelde estaba involucrada en gran escala en el negocio. Durante las negociaciones de paz el cabecilla rebelde recibió y aceptó la oferta de la vicepresidencia del país. Ésta, podemos suponer, sería una buena base para la reivindicación de los descontentos. Así y todo, no bastó para convencer al cabecilla de que aceptara el acuerdo de paz. Él tenía una exigencia adicional que, una vez satisfecha, condujo a un arreglo (temporal). Exigió ser nombrado ministro de Minas. Casos como éste sugieren cuando menos que algo más que el descontento puede correr bajo la superficie del discurso.

LAS EVIDENCIAS

La economía moderna cuenta con dos poderosas herramientas: la estadística y la teoría. Quienes no son economistas raras veces se dejan convencer por la mera teoría económica, así que voy a comenzar por las evidencias estadísticas. En compañía de Anke Hoeffler he analizado los parámetros que siguen los conflictos, valiéndonos de una nueva y enorme base de datos sobre las guerras civiles del período 1965-99. Una guerra civil se clasifica como un conflicto interno con por lo menos 1.000 muertes relacionadas con combates. Durante este período hubo 73 guerras civiles en el planeta, y en principio analizamos los parámetros bajo los cuales se dieron estas guerras en los 161 países de nuestra muestra. Dividimos el período en ocho subperíodos de cinco años y tratamos de predecir la aparición de una guerra en un subperíodo por las características al inicio de ésta. Como técnicas estadísticas empleamos regresiones logit y probit. En la práctica, algunas guerras ocurren en situaciones en las que prácticamente no hay más datos sobre el país. Sabemos que éste vivió una guerra, pero carecemos de suficiente información sobre otras características como para incluirlo en nuestro análisis. Esto reduce nuestra muestra a 47 guerras civiles. No obstante, basta con eso para encontrar marcadas tendencias en común. (En las páginas 46 y 47 de este artículo se incluye una lista de esas 47 guerras).

Para formarse una idea de la importancia que tienen los distintos factores de riesgo resulta útil imaginar un país base. Tomaré como tal un país cuyas características en conjunto lo ubiquen en la media de nuestra muestra. Así, por construcción, obtenemos un país extraordinariamente ordinario. Estas características le confieren un riesgo de conflicto civil de alrededor del 14% en un determinado período de cinco años.

El factor de riesgo más poderoso consiste en que aquellos países cuyos ingresos (pib) provienen de manera considerable de la exportación de bienes primarios tienen un riesgo de conflicto radicalmente mayor. El nivel más peligroso de dependencia de los bienes primarios es de un 26% del pib. En este nivel, un país ordinario en lo demás corre un riesgo de conflicto del 23%. En comparación, si careciera de exportaciones de bienes primarios (siendo igual en los otros respectos), el riesgo caería a tan sólo el 0,5%. Así pues, si carece de exportaciones primarias, un país ordinario se encuentra bastante a salvo de conflictos internos, mientras que si estas exportaciones son considerables, la sociedad es altamente peligrosa. Los bienes primarios son entonces parte principal de la historia del conflicto. ¿Qué más tiene importancia?

Tanto la geografía como la historia cuentan. La geografía importa, pues si la población se encuentra muy esparcida por el territorio, al gobierno le resulta más difícil controlarla, lo que no ocurriría si todo el mundo viviera en la misma área reducida. La geografía de la República Democrática del Congo (el antiguo Zaire) hace que a las fuerzas del gobierno les resulte extraordinariamente difícil controlarla, puesto que la población vive hacia la periferia de una inmensa área, con las tres ciudades principales situadas en los extremos occidental, sudoriental y norte del país. Si se compara, Singapur sería una pesadilla para una rebelión. En esta ciudad-Estado no hay dónde ocultarse y las fuerzas del gobierno pueden llegar a cualquier sitio del país en el espacio de una hora. Con una dispersión geográfica similar a la del Congo, nuestro país ordinario en lo demás corre un riesgo de conflicto de alrededor del 50%; mientras que con una concentración tipo Singapur el riesgo baja hasta el orden del 3%.

La historia importa, ya que si un país ha vivido una guerra civil recientemente, el riesgo de otras guerras es mucho más alto.

Inmediatamente después del cese de hostilidades hay una probabilidad de ulteriores conflictos del 40%. El riesgo cae luego alrededor de un punto porcentual por cada año de paz. No obstante, la importancia de la historia depende del tamaño de la diáspora. Por ejemplo, hay países con diásporas muy grandes hacia los Estados Unidos en relación con la población no emigrante, en tanto que otros no las tienen. Supongamos que nuestro país ordinario en lo demás ha terminado una guerra civil hace cinco años y ahora desea saber qué probabilidades hay de que haya paz en los siguientes cinco años. Si el país tiene una diáspora extraordinariamente grande en los Estados Unidos, sus probabilidades de conflicto son del 36%. Si tiene una diáspora extraordinariamente pequeña, sus posibilidades de conflicto son apenas del 6%. Así, las diásporas parecen hacer mucho más peligrosa la vida para los que se quedan en el sitio en situaciones postconflicto.

Las oportunidades económicas también importan. Los conflictos se concentran en países con poca educación. El país promedio de nuestra muestra contaba con apenas un 45% de sus varones jóvenes cursando educación secundaria. Un país con diez puntos porcentuales más de sus jóvenes en el colegio -digamos que un 55% en lugar de un 45%- recorta el riesgo de conflicto del 14% hasta alrededor del 10%. El conflicto es más probable en los países de acelerado crecimiento demográfico: por cada punto porcentual en la tasa de crecimiento demográfico se eleva el riesgo de conflicto en unos 2,5 puntos porcentuales. El conflicto también es más probable en países en decadencia económica. Por cada punto porcentual que se resta a la tasa de crecimiento de la renta per cápita, el riesgo de conflicto se eleva alrededor de un punto porcentual.

La composición étnica y religiosa del país tiene importancia. Si hay un grupo étnico dominante que abarque entre el 45% y el 90% de la población (suficiente para darle el control, pero no lo bastante para que carezca de sentido ejercer una discriminación contra la minoría), el riesgo de conflicto se duplica. Por ejemplo, vemos que en Sri Lanka los tamiles son una minoría de alrededor de un 12% de la población, y en Ruanda los tutsis componen entre el 10 y el 15% de la población. Desde luego, en Sri Lanka los tamiles son una minoría débil, mientras que en Ruanda los tutsis son una minoría fuerte que controla el gobierno. Sin embargo, es claro que en Ruanda la minoría tutsi no se atreve a entregar el poder por miedo a verse sujeta a una dominación étnica. Si bien el predomino étnico es un problema, la diversidad étnica y religiosa no hace más peligrosa a una sociedad. De hecho, la hace más segura. Un país étnica y religiosamente homogéneo es sorprendentemente peligroso: el riesgo es del 23%. En comparación, en nuestro estudio encontramos que un país con una diversidad étnica y religiosa en su máxima magnitud corre un riesgo de sólo un 3%. En ausencia del caso bastante raro del predominio, la diversidad hace mucho más seguras a las sociedades.

Por último, una buena noticia. Desde 1990 el mundo se ha encontrado considerablemente más a salvo de los conflictos civiles. La adición de una variable indicadora o dummy para el período transcurrido desde el fin de la Guerra Fría resulta estadísticamente significativa y produce un efecto bastante grande. Manteniendo constantes y en su término medio las causas de conflicto arriba mencionadas, el riesgo de conflicto en los años noventa fue apenas la mitad del de la época de la Guerra Fría. Por supuesto, otras causas de conflictos también cambiaron en la década de 1990: en promedio, los ingresos per cápita crecieron más rápido que en la década de 1980, lo que también redujo el riesgo. A pesar de eso, algunos países se hicieron aún más dependientes de las exportaciones primarias o sus economías colapsaron, con lo que se volvieron más propensos al conflicto. Para 1995, el país con el riesgo más alto de conflicto de acuerdo con nuestro análisis era Zaire, con tres probabilidades en cuatro de conflicto dentro de los siguientes cinco años. Lamentablemente, nuestro modelo predijo con demasiada exactitud lo que ocurrió.

Éstos son los parámetros estadísticos de los conflictos intestinos desde 1960. Son interesantes tanto por lo que importa como por lo que no. Claramente, algunos altos riesgos se derivan de los bienes primarios y las diásporas, y otros solían venir de la Guerra Fría. Por otra parte, llama igualmente la atención lo que no parece incidir en el riesgo de conflicto. Las desigualdades, sean de ingresos o de posesiones, no tienen efectos discernibles. Las sociedades desiguales no son más propensas al conflicto. Una carencia de derechos democráticos no parece producir efectos significativos. La diversidad étnica y religiosa, como ya señalamos, lejos de aumentar el riesgo de conflicto, de hecho lo reduce. Todos éstos son obvios sustitutos de descontentos objetivos. Las sociedades desiguales, divididas en lo étnico y con pocos derechos políticos, parecerían ser precisamente los lugares más propicios para una rebelión. Son sin duda los lugares donde más perentoria se hace la protesta. Y así y todo, esos sitios, hasta donde podemos discernir, no corren un mayor riesgo de conflictos violentos que los demás. De hecho, en virtud de su diversidad étnica son algo más seguros. La única variable indicativa de protesta que tiene incidencia se produce cuando la sociedad se caracteriza por el predominio étnico. Esto puede deberse a que no estemos midiendo adecuadamente los descontentos objetivos. Sin embargo, nos hemos esforzado honestamente por emplear todos los índices comparables de descontento objetivo de que se puede disponer, hoy por hoy numerosos. Al menos como hipótesis de trabajo, la guerra civil está mucho más estrechamente relacionada con las variables económicas y geográficas arriba mencionadas que con los descontentos objetivos.

POR QUÉ LA REBELIÓN
NO ES EQUIPARABLE A LA PROTESTA

Los economistas han estudiado la dinámica de la protesta. El primer problema con el lanzamiento de una protesta consiste en que ésta es un "bien público", lo cual quiere decir que si la protesta consigue imponer justicia, todo el mundo se beneficia, háyase molestado o no en tomar parte en ella. El bien público presenta siempre problemas ante la acción colectiva: para el individuo tiene más sentido aprovecharse gratis del esfuerzo ajeno; y si todos pretenden hacer lo mismo, entonces no pasa nada. Esto crea un problema en el caso de las protestas, ya que el gobierno podría castigar a los participantes, a menos que concurra mucha gente y los números brinden seguridad. Además, para protestar, la mayoría de las personas tendrá que perder un día de ingresos. Ésta es una de las razones para que una proporción tan elevada de manifestantes suela estar compuesta de estudiantes. La tentación de aprovecharse gratis de una rebelión en pro de más justicia es mucho más fuerte que la tentación de aprovecharse gratis de una protesta social en pro de más justicia. Una protesta social cuesta poco, arriesga poco y parte de un sentido cívico. De hecho, los manifestantes lo que hacen es forzar una elección abierta en torno a un punto específico. Pero la rebelión es un compromiso de tiempo completo, amén de peligrosa. Los economistas predecirían que el aspecto colectivo de una rebelión en pro de la justicia engendraría por lo común un obstáculo insuperable.

La contribución de Kuran en su análisis de la dinámica de la protesta social consistió en ver que el movimiento de protesta exitoso es aquel que asciende en escalada, y que esto depende de una precipitación en cascada del número de participantes, sacados cada vez más de entre los partidarios tibios. Supongamos que los posibles partidarios de un movimiento de protesta social se organizan según el grado de disposición a correr riesgos personales. Los partidarios más ardientes son los primeros en unirse a la protesta, en la etapa en que, por ser pequeña, al gobierno le resulta fácil ejercer violencia contra sus participantes. Con cada partidario adicional que se suma al movimiento, los riesgos de castigo por participación descienden. La precipitación en cascada depende de que la reducción de este riesgo induzca a un número suficiente de personas a cambiar de parecer y unirse a la protesta, de modo que el riesgo disminuya aún más e induzca a todavía más personas a cambiar de parecer. Si la precipitación en cascada funciona, basta con unas pocas personas comprometidas que enciendan la chispa inicial para que se convierta en un incendio de sabana. ¿Pueden las rebeliones que observamos equivaler a movimientos de protesta fallidos, casos en los que unos cuantos centenares de valientes encendieron la chispa sin que el fuego prendiera en el resto de la sociedad, por lo que ese núcleo de valientes hubo de convertirse en una guerrilla enfrentada al gobierno? ¿No serán los rebeldes unos héroes abandonados por la masa de cobardes y llevados por ello a cometer actos más violentos para su propia protección? Pues bien, de ser así, se observaría un curso muy definido en el desarrollo de las rebeliones.

Kuran sugiere que la precipitación en cascada es más factible en las sociedades homogéneas. En tales sociedades habrá un denso continuo de opinión. Muchas personas estarán al borde de cambiar de parecer y, por tanto, serán movidas a la acción en cuanto empiecen a descender los riesgos de castigo por parte del gobierno. En cambio, si la sociedad está dividida en muchos grupos diferentes que no ven como propios los intereses de otros grupos, en lugar de un continuo de opinión tenemos cúmulos de opinión divididos por brechas. Tan pronto la cascada llega a la primera brecha, se detiene. Una de las implicaciones de este hallazgo es que la protesta social se atascaría precisamente en las sociedades donde impera la diversidad. O sea que si las rebeliones son asunto de héroes abandonados por los cobardes, cabría esperar que aquéllos se contaran en mayor cantidad en las sociedades caracterizadas por la diversidad. Recuérdese que, de hecho, hemos observado justamente lo contrario. Las sociedades diversificadas corren un riesgo de rebelión mucho más bajo que las homogéneas.

Claro que si escarbamos con suficiente minucia en la historia encontraremos ejemplos de movimientos de protesta social abortados que se convirtieron en rebeliones. Si escarbamos en la historia podemos encontrar cualquier cosa. No obstante, la imagen de la banda rebelde como la parte más dedicada y abnegada de la población es muy difícil de conciliar con los hechos. La rebelión por lo general no se relaciona con ninguno de los descontentos objetivos -desigualdad, represión política, diversidad- que tan reiteradamente se mencionan en el discurso rebelde. Ni tampoco tiene una alta incidencia en sociedades en las que sería de esperarse que los movimientos de protesta social encarasen el mayor número de dificultades. La única excepción a todo esto es la de que en situaciones de predominio étnico -con o sin democracia- las minorías (o las mayorías) pueden alzarse en armas. En todo lo demás, el rebelde moderno parece haber sido de veras un "rebelde sin causa".

¿QUÉ CONDICIONES HACEN
QUE LAS REBELIONES PREDATORIAS
SEAN RENTABLES?

Empíricamente, el riesgo de rebelión está fuertemente ligado a tres condiciones económicas: dependencia de las exportaciones primarias, bajos ingresos promedios y bajo crecimiento del país. Explicaré por qué es así.

Las exportaciones de bienes primarios son la actividad económica más susceptible de saqueo. La economía que depende de ellas ofrece, por lo tanto, numerosas oportunidades para la rebelión depredadora. Un indicativo de la alta susceptibilidad al saqueo de las exportaciones primarias es el hecho de que sean también la actividad con mayor carga impositiva: las mismas características que hacen que a los gobiernos les sea fácil gravarlas con impuestos hacen que a los rebeldes les sea fácil saquearlas. De hecho, la depredación rebelde es simplemente una imposición tributaria ilegal. A la inversa, en algunos países el gobierno ha sido descrito como una depredación legalizada que grava fuertemente los bienes primarios con el fin de financiar a la élite gubernamental. En los peores casos, las víctimas de esta depredación no discriminan mayor cosa entre el comportamiento de la organización rebelde y el del gobierno. Esto no significa, sin embargo, que los rebeldes "no sean peores" que el gobierno. La presencia de una organización rebelde arroja a una sociedad de la paz a la guerra civil, y es muy probable que los costos de la guerra excedan a los de la depredación por parte del gobierno.

Las exportaciones de bienes primarios son especialmente vulnerables al saqueo y a la imposición tributaria debido a que su producción depende fuertemente de activos duraderos e inmuebles. Una vez cavado el pozo de una mina, es mejor explotarla aunque gran parte del lucro previsto se pierda en manos de los rebeldes. Una vez sembrados los cafetales, es mejor recoger las cosechas aunque haya que renunciar a gran parte del café. Así pues, la depredación rebelde no aniquila la actividad o la hace mudarse a otro sitio, como sucedería si la manufactura fuera el blanco. Además de eso, como el producto es exportado, hay que transportarlo al puerto. En el camino hay múltiples "puntos de estrangulación" que, si pueden controlarlos así sea esporádicamente, permiten a los rebeldes la exacción de un tributo. Podemos presumir que el gobierno controla el mejor punto de estrangulación de todos, el propio puerto. Este modo de obrar hace que el grupo rebelde tenga algo de delincuencia organizada. No obstante, es delincuencia organizada con una diferencia. El gobierno tratará de defender los puntos de estrangulación contra los ataques rebeldes: después de todo, defiende sus propios ingresos. Por ende, a diferencia de la mafia, el grupo rebelde debe esperar enfrentamientos ocasionales con las considerables fuerzas del gobierno, y en razón de ello, tiene necesidad de protegerse. En consecuencia, los grupos rebeldes necesitan ser mucho más grandes que las mafias. Lo típico es que una organización rebelde tenga entre 500 y 5.000 combatientes, mientras que las mafias cuentan con entre 20 y 500 integrantes. Como las organizaciones rebeldes tienen que ser de gran tamaño para poder enfrentarse a las fuerzas del gobierno y funcionar como depredadoras, los conflictos pueden producir una mortalidad acumulada que sobrepase los 1.000 y, por tanto, clasificar empíricamente como guerras civiles.

¿Por qué es mucho más alto el riesgo de conflicto en los países de bajos ingresos? Viene a la mente la explicación de que los pobres no tienen mucho que perder uniéndose a un grupo rebelde, por lo que a las organizaciones rebeldes les resulta barato el reclutamiento. Algo de verdad puede haber en ello, pero si el reclutamiento de jóvenes es barato para la organización rebelde, igualmente barato puede ser para el gobierno. Por lo tanto, los bajos ingresos no dan una ventaja automática a la rebelión. Sin embargo, de manera indirecta, los ingresos bajos sí dan una ventaja a los rebeldes.

En todo el mundo, la proporción de las entradas del gobierno por recolección de gravámenes aumenta a la par con los ingresos. Por ejemplo, la mayoría de los gobiernos de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos obtiene alrededor del 40% de las rentas nacionales bajo la forma de ingresos tributarios. En las economías realmente pobres, como Ghana y Uganda a comienzos de la década de 1980, los gobiernos obtenían apenas un 6% de las rentas nacionales a partir de la tributación. Esto reduce la capacidad del gobierno para los gastos de defensa y facilita de ese modo la depredación rebelde. En efecto, en las economías de bajos ingresos los gobiernos por lo general obtienen algo así como la mitad de sus entradas de la imposición de gravámenes a las exportaciones de bienes primarios (directa o indirectamente), de modo que su base de ingresos se asemeja bastante a la de los rebeldes. En niveles de ingresos superiores, los gobiernos complementan estas entradas con las resultantes de gravar otras actividades económicas.

Así pues, los países pobres tienen una alta incidencia de conflictos porque sus gobiernos no pueden defenderse. Puede haber, claro, otras razones de que la pobreza facilite la actividad de los rebeldes. La pobreza puede hacer que la desesperación o la rabia cundan entre la gente. Con todo, si este efecto fuera muy importante, sería de esperarse que los estudios mostraran que la desigualdad aumenta las probabilidades de conflicto: para un nivel dado de ingresos promedio, a más desigualdad en la distribución de los ingresos, más severa es la pobreza de los más pobres. De hecho, la desigualdad no parece afectar el riesgo de conflicto. La rebelión no parece ser la ira de los pobres.

A decir verdad, si a algo se parece la rebelión es a la ira de los ricos. Una de las maneras que los grupos rebeldes tienen de asegurarse la depredación de las exportaciones primarias consiste en lograr la secesión de las tierras donde se producen los bienes primarios. Tales intentos de secesión por parte de las regiones ricas son bastante comunes. El movimiento secesionista de Katanga en Zaire se dio en la región de las minas de cobre; el de Biafra en Nigeria, en la región petrolífera; el movimiento de secesión de la provincia de Atjeh en Indonesia es el de una región productora de petróleo con un pib per cápita tres veces por encima del promedio nacional; la exitosa secesión de Eritrea fue la de una región con ingresos per cápita dos veces más altos que los del resto de Etiopía. En la medida en que el grupo rebelde no sólo se beneficia a sí mismo con la depredación sino que lucha por una causa política, esa causa es el descontento de una minoría rica por tener que pagar impuestos a la mayoría pobre. Estas rebeliones bien pueden tener más en común con la política de Staten Island que con Robin Hood.

Tanto el crecimiento económico lento como el crecimiento demográfico rápido aumentan las posibilidades de rebelión. Ambos fomentan el reclutamiento rebelde, presumiblemente. La organización rebelde necesita crecer con bastante rapidez para poder sobrevivir frente al ejército. Por lo tanto, para un nivel de ingresos dado, si hay pocas oportunidades de empleo, pocas de educación y demasiados jóvenes en busca de trabajo, la organización rebelde enfrenta una tarea más fácil.

En conclusión, los parámetros observados de la rebelión son bastante inteligibles. Las elevadas exportaciones de bienes primarios, los bajos ingresos y el crecimiento lento componen un coctel que hace más financieramente viables las rebeliones depredadoras. En tales circunstancias los rebeldes pueden beneficiarse de la guerra.

¿POR QUÉ LA DIVERSIDAD ÉTNICA HACE
QUE UNA SOCIEDAD SEA MÁS SEGURA
Y NO MÁS PELIGROSA?

Una de las más notables realidades empíricas es el hecho de que las sociedades más variadas en términos étnicos y religiosos son significativamente más seguras que las sociedades homogéneas. Si los odios étnicos y religiosos son una causa importante de los conflictos, la pauta debería ser la opuesta, ya que en las sociedades homogéneas no habría a quién odiar. Es evidente que el conflicto no es generado por este tipo de causas. Sin embargo, menos evidente es la razón de que la diversidad haga harto más segura a una sociedad, en vez de no tener efecto alguno, simplemente.

Yo creo que la diversidad hace que una sociedad sea más segura porque hace que rebelarse sea más difícil. En primerísimo lugar, esto sucede porque la organización rebelde no es ni una mafia ni un movimiento de protesta social sino un ejército. Los ejércitos enfrentan ingentes problemas de motivación y cohesión organizacional. Para combatir efectivamente, los soldados deben vencer su instinto individual de esquivar el peligro y deben correr riesgos para ayudar a otros miembros de su equipo. La historia militar abunda en recuentos de pequeños grupos que derrotaron a otros mucho más grandes sólo porque eran mejores unidades de combate. Las tropas del gobierno también enfrentan estos problemas, pero con la ventaja de haber contado con más tiempo para manejarlos. En cambio, la organización rebelde por regla general no puede perder años preciosos para elevar su moral antes de comenzar operaciones. Tiene que reclutar partiendo de la nada y empezar a combatir rápidamente.

Un principio sencillo es el de conservar en lo posible la similitud de los reclutados entre sí. Mientras más lazos sociales haya dentro de la organización (un mismo grupo tribal o de parentesco, o al menos un mismo grupo étnico, de lengua y religión), más fácil será conformar una fuerza combatiente. Esto se aplicaría aún con mayor validez al grupo central de los oficiales. Para un gobierno, la manera más fácil de derrotar una rebelión puede ser la de comprar a parte de la oficialidad. Cuanto más "capital social" dentro del grupo, más posibilidades tiene de cohesión. Este principio implica que en las sociedades étnicamente diversas las rebeliones tienden a ser étnicamente particularizadas. Esto tiene dos corolarios importantes. El primero: mientras más se divida la sociedad en un mosaico de distintos grupos étnicos y religiosos, más difícil será reclutar una fuerza del tamaño suficiente para que la rebelión sea viable. Por ejemplo, en África el grupo etnolingüístico promedio tiene tan sólo unos 250.000 miembros, de los cuales unos 25.000 serán varones jóvenes. Así, aun antes de descontar otras divisiones por causas religiosas, una organización de 5.000 combatientes tendría que reclutar el 20% de ese grupo de edad. La diversidad social hace entonces que la empresa rebelde sea más ardua y, por ende, hace más improbable la rebelión.

El segundo corolario es que, cuando sí se produce un conflicto en las sociedades de diversidad étnica, éste asume la forma de la rebelión de un grupo étnico particular contra el gobierno. Como en cualquier ejército, a los reclutados se les animará a matar al enemigo mediante un adoctrinamiento básico sobre por qué merece la muerte el enemigo. En efecto, la sencilla teoría leninista de la organización rebelde, adoptada por muchos movimientos rebeldes, así no adopten la ideología marxista, enseña que las personas en un principio están tan oprimidas que no caen en cuenta de que están oprimidas. Tarea clave de la organización rebelde es hacer ver a la gente que es víctima de la injusticia. La teoría económica de la rebelión acepta esta proposición y le hace una simple pero razonable extensión: la organización rebelde puede inculcar un sentimiento subjetivo de injusticia, esté o no esté justificado objetivamente. La organización rebelde necesita inculcar un sentimiento de injusticia y trabajará para crearlo. De allí se sigue el odio al enemigo y el ánimo de combate.

Si la organización rebelde logra generar un descontento grupal, acaso fabricando tanto el descontento como el grupo, la guerra civil resultante se llega a definir en términos de un conflicto político. No obstante, las necesidades militares de la organización rebelde y no los descontentos objetivos son las que han creado este conflicto. Los analistas con frecuencia razonan retrospectivamente a partir del discurso político que se produce en el curso del conflicto y deducen que la guerra es la consecuencia de un conflicto político particularmente intenso, a su vez basado en motivos de descontento particularmente graves. Empero, la intensidad del descontento objetivo no predice una guerra civil. Muchas sociedades viven intensos conflictos políticos durante muchos años sin que éstos se conviertan en guerras. El conflicto político es universal, en tanto que la guerra es escasa. Yo argumento que allí donde la rebelión resulta ser financieramente viable, habrá guerras. Como parte del proceso de la guerra, la organización rebelde tiene que generar el descontento de grupo, en aras de la efectividad militar. La generación del descontento grupal politiza la guerra. En conclusión, es la guerra la que produce el conflicto político intenso, y no a la inversa.

SI LA DIVERSIDAD INCREMENTA
LA SEGURIDAD, ¿POR QUÉ ES TAN PELIGROSO
EL PREDOMINIO ÉTNICO?

La única excepción a la regla de que las sociedades homogéneas son más peligrosas que las sociedades conformadas por más de un grupo étnico, se produce cuando hay un predominio étnico. Por predominio étnico me refiero a una sociedad en la que el mayor grupo étnico individual abarca entre el 45 y el 90% de la población. No es tan difícil ver por qué estas sociedades son tan peligrosas. En una democracia, tener más del 45% de la población basta para darle un control permanente a ese grupo: lo que en ciencia política se llama una coalición ganadora estable. Cuando se tiene menos del 90% de la población puede surgir la idea de que valdría la pena explotar este poder mediante la transferencia de recursos en poder de la minoría. Si la minoría es de menos del 10% de la población, normalmente hay tan poco qué ganar con su explotación, que las ganancias pueden verse más que devoradas por los costos del sistema de transferencia.

Así pues, en las sociedades caracterizadas por el predominio étnico la mayoría puede tener tanto el poder como el interés de explotar a la minoría. La minoría puede llegar a temer la explotación permanente hasta el punto que decide ponerse en pie de lucha. Ésta es la excepción a la falta de efectos producidos por un descontento objetivo, y una explicación puede ser la de que la democracia no ofrece perspectivas de reivindicación. En las sociedades variadas que no se caracterizan por el predominio étnico, los grupos pequeños excluidos del poder pueden abrigar la esperanza de poder engancharse en un momento dado a una coalición ganadora. Ni aun los dictadores son eternos.

Así por ejemplo, en Kenia, donde ninguna tribu está cerca de ser mayoría, los quince años de gobierno del presidente Kenyatta favorecieron fuertemente a su propia tribu numerosa, los kikuyu. No obstante, Kenyatta había nombrado vicepresidente a un miembro de una tribu muy pequeña. Al morir Kenyatta, el vicepresidente, Moi, accedió a la presidencia, y desde 1978 se las ha arreglado para sostener en pie una coalición ganadora de pequeñas tribus que excluye a los kikuyu y a los luo, los dos grupos tribales más grandes. Las pequeñas tribus de la Kenia de Kenyatta tenían entonces razón en esperar una reivindicación a través del proceso político, en lugar del militar. Por el contrario, en las sociedades caracterizadas por la dominación étnica, la minoría tiene pocas esperanzas que poner en el proceso político. Así, es posible que la rebelión en las sociedades de predominio étnico sea una acción de desespero. Nótese que hay poca diferencia en el hecho de que la mayoría o la minoría sea la que detenta el poder. Incluso cuando la minoría ocupa el poder, no se atreve a confiar en la democracia debido a que no confía en la mayoría. Esto es tal vez lo que sucede con los gobiernos dominados por los tutsi en Ruanda y Burundi, y acaso hasta con el gobierno dominado por los tigré de Etiopía.

¿POR QUÉ SON TAN PELIGROSAS
LAS DIÁSPORAS?

Recordemos que, empíricamente, si un país que ha finalizado hace poco su conflicto tiene una gran diáspora asentada en los Estados Unidos, el riesgo de que el conflicto recomience se eleva bruscamente.

Este efecto no tiene mucho misterio. Las diásporas suelen abrigar afectos bastante idealizados hacia su grupo de origen y pueden cultivar los descontentos como un modo de reafirmar su continuada pertenencia a ellos. Son harto más ricas que las gentes en su país de origen y se pueden dar el lujo, por tanto, de financiar la venganza. Por encima de todo, no tienen que padecer ninguna de las atroces consecuencias de la reanudación del conflicto, puesto que ya no viven en el país. En consecuencia, son un mercado accesible para los grupos rebeldes que pregonan la venganza y se constituyen en una fuente de financiación para el conflicto renovado. También son una fuente de presión a favor de la secesión.

Por ejemplo, la secesión (pacífica) de Eslovaquia de la antigua Checoslovaquia no se inició en la propia Checoslovaquia, sino en las organizaciones de la diáspora checoslovaca en Norteamérica. Una ciudad tras otra, estas organizaciones de la diáspora se fueron divorciando. La reducción al absurdo de esta tendencia sería que las poblaciones en los Estados Unidos y la Unión Europea dividieran sus países de origen en "theme parks étnicos", mientras que ellas mismas disfrutan las ventajas de vivir en países de considerable tamaño y diversidad.

Otra fuente de financiación extranjera proviene de los gobiernos enemigos del gobierno en funciones. Durante la Guerra Fría cada superpotencia ofrecía alicientes a los países del Tercer Mundo para que se alineasen con ella. Cuando un gobierno lo hacía, se convertía en objetivo potencial de los esfuerzos de desestabilización de la otra superpotencia. Una forma de desestabilizar a los países del otro bando era la financiación de grupos rebeldes. Con la terminación de la Guerra Fría desapareció la necesidad de estas desestabilizaciones y con ello la financiación externa de organizaciones rebeldes entró en declive, lo que explica quizás la reducción del riesgo de las guerras civiles durante la década de 1990.

¿QUÉ PUEDE HACERSE, ENTONCES?

Si se acepta la explicación convencional del conflicto a partir del descontento, entonces las medidas indicadas para una intervención deben ir dirigidas a las posibles causas objetivas del descontento. Según este planteamiento, los países deben acortar las desigualdades e incrementar los derechos políticos. Estos nobles objetivos son deseables por numerosas razones, pero si el objetivo es la paz civil, según mi análisis, resultarán inefectivos.

Una política adicional, si se acepta la explicación del descontento, sería la de trazar nuevas fronteras, dividir los países e incluso trasladar poblaciones con el fin de conseguir una mayor homogeneidad étnica. Por el contrario, si se acepta que la diversidad hace más seguros a los países, entonces ésta será la vía para atizar los conflictos civiles y quizás también para atizar los conflictos internacionales.

Un ejemplo reciente de esta posibilidad podría ser la partición de Yugoslavia. En la antigua Yugoslavia había un alto grado de diversidad que aseguraba que nadie se conformase en mayoría; o sea, la sociedad no se caracterizaba por el predominio étnico. Primero Eslovenia, la región más rica de Yugoslavia, se independizó en lo que podría interpretarse como un caso de "ira de los ricos", aunque con toda seguridad hubo otras motivaciones. Luego Croacia, la segunda región más rica, se independizó también. Debido a estas dos secesiones, la Yugoslavia restante quedó caracterizada por el predominio étnico. Las guerras civiles e internacionales vinieron a continuación.

En consecuencia, las políticas derivadas del diagnóstico del descontento son inefectivas de variadas maneras, y contraproducentes si se acepta el diagnóstico de la depredación. ¿Qué políticas serían efectivas si esta interpretación alternativa del conflicto resultara ser correcta? En primer lugar, tenemos que hacer una distinción entre la prevención de conflictos y las situaciones postconflicto. Con anterioridad a un conflicto, el enfoque señalado por el análisis de la depredación es el de penetrar en los principales factores de riesgo e identificar la manera de aminorarlos. Nótese que esta aproximación es radicalmente distinta de la más tradicional, que trata de identificar los descontentos y brindarles reparación. El nuevo enfoque consiste en hacer que a las organizaciones rebeldes les resulte más difícil establecerse, y la reparación de descontentos objetivos no suele ser un método efectivo para lograr este objetivo.

Postconflicto, el problema es bien distinto. Las organizaciones rebeldes se han impuesto en el panorama político y han generado descontentos de grupo. Aunque tanto los descontentos como los grupos pueden haber sido fabricados, ahora ya existen y las políticas postconflicto tienen que contemplarlos. Por lo tanto, mientras que la prevención de conflictos no se debe construir en torno de la reducción de descontentos objetivos, la construcción de una paz sostenible en las sociedades postconflicto tendrá que tratar con los descontentos subjetivos de los bandos del conflicto.

POLÍTICAS PARA LA PREVENCIÓN
DE CONFLICTOS

Todas las sociedades son distintas. El riesgo general de conflicto de una sociedad se compone de una serie de factores de riesgo, y el balance de los factores de riesgo varía de una sociedad a otra. Así, el primer paso para la prevención de conflictos es el de descomponer el riesgo general en sus elementos constituyentes y luego hacer el mayor esfuerzo por reducir los riesgos más importantes y más susceptibles a la aplicación de políticas. Analizo en su orden los factores potenciales de riesgo.

Las economías con alrededor de una cuarta parte del pib proveniente de las exportaciones de recursos naturales corren un riesgo agudo de conflicto civil. Hay cuatro estrategias que podrían reducir el riesgo. Primero, el gobierno puede fomentar la diversificación de la economía para alejarla de la dependencia de los bienes primarios. Una mejor política económica promueve la diversificación. En un ambiente de políticas económicas realmente pobres, las únicas actividades exportadoras que sobreviven son aquellas de altos rendimientos en un sitio específico. La medición anual de políticas que hace el Banco Mundial (Evaluación de políticas nacionales e instituciones) es significativa por cuanto explica el alcance de la dependencia de los bienes primarios. Una mejora de políticas sostenida durante cinco años reduce la dependencia para el siguiente quinquenio.

En segundo lugar, el gobierno puede tratar de restar popularidad a los rebeldes que buscan el pillaje mediante la utilización transparente de los recursos generados por las exportaciones primarias para financiar la prestación efectiva de servicios básicos. Si se ve que el dinero financia la educación primaria y los centros de salud rurales, la población se mostrará más hostil hacia los rebeldes que si creyera que el dinero es enviado a bancos suizos. Con todo, la efectividad de esta política tiene sus límites. Por ejemplo, muchos de los jóvenes que combatieron del lado rebelde en Sierra Leona son tan impopulares que no se atreven a regresar a sus comunidades; aunque esta impopularidad no fue óbice para que se unieran a la rebelión. Los rebeldes buscaban deliberadamente drogadictos y niños para el reclutamiento y, por tanto, tenían una fuerza laboral inusitadamente dependiente.

En tercer lugar, la comunidad internacional puede dificultarles a los grupos rebeldes la venta de los bienes que saquean. La mayoría de los mercados de bienes internacionales son, en alguna parte de la cadena de mercado, bastante estrechos, en el sentido de que no hay muchos participantes en ellos. Si bien los bienes primarios son más difíciles de identificar que las manufacturas de marca, de todos modos presentan diferencias de calidad. Así, los mercados por lo general pueden identificar el origen del bien mediante la identificación de su calidad. Por ejemplo, en la etapa de tallado de los diamantes se puede establecer su origen con razonable exactitud; y la talla de diamantes es una actividad altamente especializada que podría someterse a cierto grado de regulación internacional. Desde luego, jamás será posible expulsar del mercado la oferta ilegal, pero debería ser posible arrinconarla hacia los bordes marginales del mercado, donde los bienes sólo pueden venderse con profundos descuentos. La depredación rebelde sería entonces menos lucrativa.

Los bajos ingresos y la decadencia económica también son factores de riesgo. No hay un remedio rápido para los bajos ingresos. No obstante, para la mayoría de las sociedades aquejadas por la pobreza ahora es posible salir de ella en el espacio de una generación. Corea del Sur consiguió acrecentar los ingresos per cápita de 300 a 10.000 dólares al año en una sola generación. La mayoría de los países muy pobres cuentan con políticas económicas pobres. El cambio de esas políticas suele ser tener un alto costo político debido a que los intereses creados pierden en el corto plazo, pero muchas sociedades han vencido resueltamente esos intereses y se han transformado. En tales situaciones la ayuda internacional ha demostrado ser efectiva para la aceleración del crecimiento. Por ejemplo, en los años noventa Uganda transformó sus políticas económicas, y con la ayuda de la comunidad donante internacional ha sostenido una tasa anual de crecimiento del 7%. En otras palabras, está en camino de hacer realidad la meta del gobierno de salir de la pobreza en el espacio de una generación. Dentro de Uganda, un grupo rebelde llamado el fla recluta adherentes mediante el ofrecimiento a los desempleados de 200.000 chelines ugandeses al mes (unos 150 dólares). El crecimiento acelerado hará que el reclutamiento sea cada vez más difícil.

Otro factor de riesgo es el predominio étnico. Si en una sociedad hay un grupo étnico lo suficientemente grande para dominar las instituciones democráticas, entonces la mera democracia no alcanza a dar seguridad a las minorías. El predominio étnico es un problema difícil. El enfoque más realista consistiría en atrincherar los derechos de las minorías en la Constitución. Esto puede lograrse, ya mediante una legislación puntual sobre los derechos de los grupos, ya mediante el reforzamiento de los derechos individuales. Si todos los individuos están a salvo de la discriminación, entonces los individuos de una minoría estarán a salvo de ella. El alcance de este enfoque depende de la credibilidad de los controles y equilibrios que el Estado esté en capacidad de erigir alrededor de los poderes del gobierno. Por lo general las instituciones no poseen la suficiente firmeza para permitir tal grado de confianza, de manera que pueden reforzarse mediante compromisos internacionales o regionales. Por ejemplo, la Unión Europea exige un trato equitativo de sus minorías a los países de Europa oriental que se le quieren unir. Letonia moderó sus políticas hacia la minoría rusa en respuesta a este requerimiento.

Si los gobiernos y la comunidad internacional pueden desactivar el riesgo proveniente de los bienes primarios, generar un crecimiento acelerado y dar garantías creíbles a las minorías, el riesgo de conflicto se reducirá considerablemente. La prevención de conflictos puede alcanzarse mediante un gran esfuerzo sobre unos pocos factores de riesgo.

POLÍTICAS PARA LA CONSTRUCCIÓN
DE PAZ POSTCONFLICTO

Todas las políticas adecuadas para la prevención de conflictos son también adecuadas para la construcción de paz postconflicto. Sin embargo, no es probable que sean suficientes. En la primera década de paz postconflicto, las sociedades enfrentan un riesgo de conflicto algo así como el doble del riesgo predicho por los factores de riesgo preconflicto. Las sociedades postconflicto corren pues un riesgo adicional considerable debido a lo ocurrido durante el conflicto.

Varios factores pueden dar cuenta de este incremento del riesgo. Una organización rebelde ha construido una capacidad militar efectiva, en parte gracias a la fabricación de un descontento de grupo, en parte gracias a la acumulación de armamento, dinero y habilidades bélicas. El pueblo se ha acostumbrado a la violencia, de modo que las normas que inhiben la violencia en la mayoría de las sociedades se habrán erosionado. Las lealtades políticas de la gente se habrán polarizado.

Muchas sociedades abrigan severos descontentos objetivos de grupo que dan pábulo a intensos conflictos políticos, sin por ello acercarse a una guerra civil. El descontento de grupo y los conflictos políticos intensos no son peligrosos en sí: constituyen de hecho la materia del quehacer político democrático. Sin embargo, en las sociedades postconflicto la guerra civil ha forjado primero un intenso conflicto político y luego lo ha conducido a través de la violencia. Si bien en la mayoría de las sociedades que abrigan descontentos de grupo no existe la tradición de conducir los conflictos políticos por medio de la violencia, en las sociedades postconflicto puede no haber una tradición de conducir los conflictos políticos por fuera de la violencia.

La organización rebelde por lo común conserva su efectividad durante el período postconflicto. Comparada con una sociedad preconflicto con los mismos factores de riesgo, la sociedad postconflicto está por tanto mucho mejor preparada para la guerra. La organización rebelde ya ha reclutado, motivado, armado y ahorrado. Por ejemplo, se dice que Savimbi, cabecilla de la organización rebelde unita, había acumulado unos cuatro mil millones de dólares en activos financieros durante la primera guerra, de parte de los cuales se valió para empezar la segunda.

La paz requiere que continúe el conflicto político intenso, pero que la opción de conducirlo militarmente se haga impracticable, o que se resuelva el propio conflicto político. Ambas opciones son difíciles. Para anular la militar se requiere la desmilitarización de la organización rebelde y su conversión en un partido político convencional. Esto es factible. Por ejemplo, renamo, una antigua organización militar rebelde de Mozambique, es hoy en día un partido político. renamo tuvo la voluntad de desmovilizarse, mientras que unita no la tuvo. Mozambique fue un éxito postconflicto, mientras que Angola fue un fracaso, en parte porque Angola tenía minas de diamante mientras que Mozambique no. Los donantes de ayuda pudieron reunir un paquete financiero de moderada magnitud para renamo, el cual hizo de la contienda política pacífica una opción atractiva. Los diamantes habían enriquecido a unita hasta el punto que los donantes no pudieron ofrecerle ninguna ayuda significativa, mientras que una reanudación de las depredaciones ofrecía ingentes recompensas. Se cree que en los dos primeros años luego del reinicio de la guerra unita obtuvo unos dos mil millones de dólares de la minería de diamantes. La enorme importancia de las donaciones de ayuda para la economía de Mozambique también puede haber ayudado a que la conservación de un sistema democrático que ofreciera a renamo una opción justa de poder fuese más creíble. El gobierno de Angola no necesitaba a los donantes y, por lo tanto, no tenía cómo asegurar a unita la preservación de los derechos democráticos en la contienda política. Incluso cuando el grupo rebelde se desmoviliza, el precedente del conflicto violento sigue fresco en la mente de las personas. Tal vez por esto el propio paso del tiempo mejora las perspectivas de paz: los hábitos del conflicto pacífico reemplazan a los del violento.

Como alternativa a continuar la contienda política pero hacer impracticable la opción militar está la de resolver el propio conflicto político. Esto requiere como mínimo que los descontentos sean atendidos, no importa que por lo general éstos no sean más graves que los de las sociedades pacíficas. Si, en efecto, el descontento de grupo ha sido fabricado a fuerza de adoctrinamiento rebelde, sería posible desinflarlo mediante gestos políticos. Si bien hay que atender objetivamente los descontentos, el propósito principal de esta atención quizás radica en su utilidad para cambiar las percepciones.

La tarea de dirimir conflictos que confunden las fronteras definidas entre la política y la violencia se dificulta, no importa que el enfoque sea el de restaurar esas fronteras o el de resolver el conflicto político. No obstante, las actitudes de la población no emigrante no parecen ser la principal razón para que las sociedades postconflicto corran un riesgo de ulteriores conflictos tanto mayor que el que acarrean sus factores de riesgo heredados. Recordemos que el principal riesgo viene de la diáspora que reside en países ricos. ¿Qué se puede hacer para reducir este riesgo? Una estrategia sería involucrar a la diáspora en el proceso de paz. Por ejemplo, en el conflicto de Irlanda del Norte es evidente que la diáspora irlandesa-americana ha desempeñado un papel protagónico en la financiación de la violencia. Las organizaciones militares rebeldes protestantes y católicas por igual han participado activamente en la recolección de fondos en Norteamérica, y un número de armas utilizadas en los tiroteos ha resultado provenir (esperemos que por vías indirectas) del departamento de policía de Boston. Cuando el ala pacifista del ira dio comienzo al proceso de paz, su cabecilla viajó a Boston, y los gobiernos británico e irlandés del sur escogieron a un senador estadounidense para que condujera las negociaciones de paz.

Una extensión de este enfoque consiste en lanzar campañas dirigidas a la diáspora en las que se recalca que la población no emigrante desea preservar la paz, en vista de los altos costos de la violencia. Las diásporas no sufragan ninguno de esos costos y, por consiguiente, hay que recordarles que otros lo hacen. Los gobiernos pueden ir harto más lejos. Las diásporas son importantes activos en potencia para el proceso de desarrollo, dueñas de habilidades útiles y conexiones de negocios. Puede asignarse a las organizaciones de la diáspora tareas específicas para el fomento de la recuperación económica, presentándoles la opción de escoger entre un papel constructivo y uno destructivo. Una política complementaria consiste en que los gobiernos de los países donde residen las diásporas establezcan límites claros a las actividades de las organizaciones de la diáspora. El apoyo político a las organizaciones rebeldes violentas es legítimo, pero el suministro de ayuda material no lo es. Por ejemplo, los esfuerzos de los Estados Unidos por impedir que países como Libia, Sudán y Afganistán acojan terroristas que han dado muerte a ciudadanos americanos tendrían mayores perspectivas de éxito si estuvieran incluidas en el contexto de una política internacional para ponerle límites a la conducta de las diásporas.

La dependencia de las exportaciones primarias resulta ser aún más importante como factor de riesgo en las sociedades postconflicto que en las preconflicto: un mismo nivel de dependencia genera un riesgo considerablemente más alto. Para mitigar los riesgos provenientes de los bienes primarios, los gobiernos postconflicto cuentan con una opción que no estaba disponible para sus antecesores: el gobierno puede decidir compartir los ingresos pacífica y legalmente con la organización rebelde. Los rebeldes no tendrán pues necesidad de combatir para obtener lo que desean. Esto explica tal vez la decisión del gobierno de Sierra Leona de incluir al cabecilla rebelde en el equipo de gobierno como ministro de Minas. Ello apunta a lograr que se interesen así más por la paz. Esta política tiene límites, sin embargo. Si para un grupo rebelde es rentable la depredación de las exportaciones de bienes primarios, una vez el gobierno lo compra para librarse de él, ésta probablemente resultará rentable para otro grupo rebelde, que entrará a reemplazarlo.

Tal como en la prevención de conflictos, el crecimiento rápido ayudará a la paz postconflicto. No obstante, en las sociedades postconflicto la tarea de alcanzar el desarrollo rápido requiere de políticas algo distintas. Tras una guerra prolongada las economías tienden a recuperarse, tan por debajo están de su potencial productivo. Por ejemplo, en los primeros cinco años de paz después de una guerra de quince años las economías crecen en promedio un 6% al año. Mozambique padeció una guerra todavía más larga y se recobró con mayor rapidez si se quiere. Una de las víctimas de la guerra civil es la confianza. Como la vida es tan incierta, la gente acorta sus horizontes temporales y se preocupa menos por labrarse una reputación de honradez. Hay quienes encuentran más rentable comportarse en forma oportunista. A medida que este comportamiento se hace más común, la sociedad desciende a un equilibrio por lo bajo en el que predominan las sospechas recíprocas y el oportunismo difundido. Esto eleva los costos de toda suerte de transacciones de negocios. Por ejemplo, en Kampala, Uganda, un fabricante de colchones los vendía a crédito y al por mayor a sus representantes, quienes viajaban al campo para venderlos al detal. Uno de ellos dijo un día que los rebeldes del norte le habían robado su consignación completa. El fabricante se vio obligado a aceptar esta coartada y dar por perdido el dinero. Por debajo de cuerda le informaron que el representante había inventado la historia, pero él no sabía qué creer. Una vez la sociedad se precipita en la baja confianza, se necesitan acciones concertadas para cambiar las expectativas; en el entretanto, muchas funciones con las que cuentan otros gobiernos simplemente no marchan. El sistema de recolección de impuestos, los tribunales, los contadores y los doctores pueden haber sido corrompidos todos por el comportamiento oportunista. Desde luego, las sociedades que han padecido una guerra civil no son las únicas que pueden experimentar un colapso de la confianza. Así y todo, en las sociedades postconflicto ésta es la norma. El gobierno puede responder a este problema mediante la generación de cambios coordinados de las expectativas, institución por institución. Por ejemplo, un enfoque bastante recurrido ha sido el de clausurar la antigua rama colectora de rentas del servicio civil e instaurar una nueva institución independiente con un nuevo reclutamiento de empleados. A cambio de mejores salarios, se les somete a controles más rigurosos para garantizar una conducta honrada. La novedad de una institución la libera hasta cierto punto del peso de las malas expectativas con que cargan las viejas instituciones.

La mezcla de la depredación de bienes primarios y de oportunismo implica que ciertas personas se beneficien de la guerra. Si bien casi todo el mundo pierde, otros tienen interés en que la guerra se reanude. Así, cuando las guerras se reanudan, no se trata por fuerza de un simple desbordamiento de odios irracionales o de hondos temores. De hecho, quienes esperan beneficiarse materialmente pueden jugar con estos odios y temores. Una manera en que un gobierno postconflicto puede defender la paz de estas manipulaciones es la de desenmascarar los intereses personales disfrazados. La sociedad en general debe darse cuenta de que a ciertos grupos les interesa un regreso al conflicto.

El corolario de este análisis sostiene que las organizaciones rebeldes, sean existentes o posibles, pueden ser vistas como agentes económicos racionales. Esto tiene una implicación esperanzadora y otra de advertencia. La esperanzadora dice que las organizaciones rebeldes son susceptibles de responder a los incentivos. Por ejemplo, si el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas anunciara sanciones que hicieran más difíciles las circunstancias económicas y militares de la rebelión, la incidencia de rebeliones descendería. La implicación de advertencia dice que la compra de los grupos rebeldes por parte del gobierno puede ser de muy poca utilidad. En los países donde las condiciones objetivas hacen que la rebelión sea financieramente viable, si un grupo se compra con dinero habrá otros dispuestos a ocupar esta "oportunidad de mercado" para la generación de descontentos.

CONCLUSIÓN

Las percepciones populares sobre el conflicto civil aceptan palabra por palabra el discurso de la organización rebelde. La guerra civil se representa como un conflicto político intenso, alimentado por descontentos cuya gravedad ha desbordado los canales políticos normales. Las rebeliones se interpretan así como movimientos de protesta social extremos cuyos cuadros son héroes abnegados que luchan contra la opresión. La verdad es que la mayoría de las rebeliones no pueden ser así. Cuando se miden de manera objetiva, los principales descontentos -desigualdad, represión política y divisiones étnicas y religiosas- no brindan mayor poder explicativo para la predicción de rebeliones. Sencillamente, esos descontentos y odios objetivos por lo común no pueden ser causa de conflictos violentos. Pueden, sí, generar conflictos políticos intensos, pero este tipo de conflictos no suelen escalar hasta el conflicto violento.

En cambio, las características económicas -dependencia de exportaciones de bienes primarios, bajos ingresos medios, crecimiento lento y grandes diásporas- son poderosos y significativos vaticinadores de las guerras civiles. Las rebeliones tienen el objetivo de la depredación de los recursos naturales o dependen en forma crítica de la depredación de los recursos naturales para la persecución de otros objetivos. Éstos, más bien que los descontentos objetivos, son los factores que la prevención de conflictos tiene que reducir si quiere tener éxito. Como hasta el presente la prevención de conflictos ha prestado una exigua atención a estas causas del conflicto, es probable que se abran perspectivas considerablemente más amplias para la aplicación de políticas (domésticas e internacionales) dirigidas a prevenir los conflictos con mayor efectividad.

Si bien los descontentos objetivos no generan conflictos violentos, los conflictos violentos generan descontentos subjetivos. Éstos no son tan sólo subproductos del conflicto, sino una actividad esencial de las organizaciones rebeldes. El triunfo militar rebelde depende de lo motivados que estén los soldados para matar al enemigo, y para esto, como en la teoría leninista clásica de las organizaciones rebeldes, se requiere adoctrinamiento. De allí que hacia el final de las guerras civiles exista un odio intragrupal fundamentado en descontentos sentidos. Se ha generado un conflicto que no distingue fronteras entre la acción política y la violencia.

La tarea para las sociedades postconflicto consiste en parte, como en las sociedades preconflicto, en reducir los factores objetivos de riesgo. No obstante, las sociedades postconflicto corren un riesgo mucho mayor que el implicado por los factores de riesgo heredados, debido a este legado de descontentos inducidos y polarizadores. Deben restablecerse las fronteras entre la contienda política y la violencia, o debe dirimirse la contienda política. Ninguna de estas dos opciones es fácil, lo que explica por qué, si ya se ha producido una guerra civil, las posibilidades de ulteriores conflictos son tan altas.