corner
Archivo/Escritos
     
   
a
 


Inicio

 
Ensayo literario
Olón

por Petronio Rafael Cevallos
 

Pórtico Luna

Salimos vestidos con el uniforme de gabardina caqui del Colegio Rubira de Salinas. Sería la última excursión que haríamos juntos como alumnos del sexto curso de secundaria. Llevábamos mochilas, carpas, cuchillos de caza, carabinas, revólveres y provisiones para varios días de campaña.

Éramos diecinueve y parecíamos guerrilleros. Pero todo lo que esperábamos era cazar liebres y, quizás, si nos acompañaba la suerte, algún venado. A media mañana llegamos a Olón, un pintoresco villorrio pesquero en la costa norte de la península de Santa Elena, cerca de la frontera con la provincia de Manabí. De inmediato nos ocupamos de levantar el campamento junto a la playa.

A eso del mediodía una delegación de olonenses llegó a saludarnos. Por medio de uno de nuestros compañeros, el Abuelo Vera, habíamos concertado un encuentro de fútbol contra la selección de Olón. El padre del Abuelo Vera era una especie de cacique del pueblo. El Abuelo Vera se jactaba de que su familia había sido la mandamás de toda esa zona —incluyendo Manglaralto, Montañita y por supuesto Olón— desde mucho antes de la llegada de los españoles. Los olonenses nos recibirían y tratarían —nos aseguraba el Abuelo— con honores de Estado y a cuerpo de rey.

En efecto, el partido era una cuestión de honor y de conveniencia. Después del partido seríamos agasajados con cebiches, cervezas, señoritas y baile en la casona comunal. Así que, luego de un refrescante chapuzón en el Pacífico, nos fuimos a la cancha de fútbol. Carranza y Borrero, quienes odiaban el fútbol, se quedaron a cargo del campamento.

La cancha era un atentado contra la vida. Estaba cubierta de arena, conchas y piedras. Una caída en ella sería una herida segura. "No ganaremos nunca en un terreno como éste", exclamó un frustrado Llerena, nuestro improvisado director técnico.

Decidimos poner buena cara, y por lo menos no caer en ese suelo imposible. Nos daríamos por satisfechos si de aquel percance lográbamos salir sin mayores rasguños. Llerena nos impartió las últimas indicaciones. "Cuiden el balón", nos instruía, "dosifiquen la energía. No se maten de entrada. Pero sobre todo no se resbalen, porque ahí sí que se joden".

Antes de promediar los quince minutos, medio equipo sangraba de algún lado. El Cholo Mateo tenía dos sendos cortes, uno en la rodilla derecha y otro en la frente. Hubo que cambiarlo por el Gordo Becerra, un gigantón que pesaba sobre las doscientas libras.

A la media hora de juego, todo el mundo exhibía cortes y rasguños en alguna parte del cuerpo --los codos, las espinillas, las rodillas, los muslos, el rostro. Varios de mis compañeros pedían a gritos ser substituidos. Yo tenía un corte en el antebrazo izquierdo. No obstante y pese a nuestra inmensa desventaja física, el primer tiempo terminó con el marcador en blanco.

Estábamos arrepentidos de haber acordado jugar en esas condiciones. Habíamos venido en busca de un paseo placentero, no de un castigo. Estábamos fundidos. El Gordo Becerra resollaba y resoplaba como una locomotora enloquecida. "Estos cholos callutas nos van a hacer papilla", rezongó.

Efectivamente, nos sentíamos como papilla recién molida. El terreno y los rudos pescadores que conformaban el equipo contrario no eran meras cosquillas. Llerena trataba de levantarnos el ánimo: "Tienen que aguantar atrás, cuidando la pelota, no la rifen, háganla rodar, triangulen, enfríen el partido", nos decía, "los cholos tienen más fuerza que ingenio, no sean cojudos y no se pongan a correr como ellos. Tranquilos, no se ofusquen. Quiero a todo el mundo atrás, con Ixo y Mackliff adelante: búsquenlos en el contragolpe. Sorprendan a los cholos que van tirarse con todo arriba. Tú, Chocota, eres el nexo entre la defensa y el ataque. Repito: No rifen la pelota. Si los punteros están marcados, regrésenla, no abusen del pelotazo. Eviten el choque directo con los cholos, que ustedes llevan las de perder".

Para el segundo período tuvimos que jugar con diez. El Diablo Vieira no podía más y no había quién lo substituyera.

Reiniciado el juego, los cholos se nos vinieron encima como avalancha. Pasaron treinta minutos y sólo tocamos el balón tres veces. Nos defendíamos a capa y espada, como un gato panza arriba. Los olonenses estaban fuera de sí, no podían creer nuestra buena fortuna. El balón se había estrellado seis veces en el travesaño y cuatro en los parantes de nuestro marco, gracias al milagroso San Palo, el santo patrono de los guardametas.

Los cholos habían desperdiciado más de veinte clarísimas oportunidades de gol. Llerena nos gritó desde un costado que sólo quedaban diez minutos para terminar el juego: "¡Aprieten bien el ortega que ya falta poco, maricas!", se desgañitaba corriendo de arriba abajo junto a la cancha.

Súbitamente —luego de una de las incontables ofensivas contrarias—, el Chocota Palacios salió con pelota dominada. Corrió unos metros cruzando el círculo central. Siguió avanzando —tenía el campo libre— dentro del territorio enemigo. Lo acompañábamos dos: Mackliff por la derecha y yo por la izquierda. Sólo quedaban dos defensas contrarios bloqueando el paso entre la portería y nosotros. El resto de los olonenses había sido superado. Era un franco y sorpresivo contraataque.

El Chocota —mientras uno de los defensas salía a su encuentro— seguía avanzando con el esférico pegado a los pies. A la altura de las dieciocho yardas, el Chocota amagó simulando pasar la redonda a Mackliff, quien estaba ya marcado por el otro defensa.

Entretanto, yo corría libre de marca por el ala izquierda. El Chocota —haciendo una finta— giró la cintura hacia la derecha y con la misma pierna sacó un pase a ras de suelo hacia la izquierda en mi dirección. Los defensas quedaron pagando, lejos de la acción.

Con la redonda en mis pies, corrí unos pasos dentro del área. Vi al arquero salir, amenazador, agazapándose, achicando el ángulo. Con el botín izquierdo acomodé la pelota para el puntillazo final.

Pude oír a Llerena y al resto de mis compañeros que gritaban en un desesperado y caótico coro: "¡Fusílalo! ¡Colócala! ¡Remata! ¡Reviéntalo!".

Le pegué suave a una esquina del marco. Al mismo tiempo, los dos defensas ya estaban encima de mí. Me vi caer en cámara lenta mientras la pelota agónicamente atravesaba la meta contraria:

¡Goooooooooooooooooooooooooooooooool!

¿Gol? No podía creerlo. ¿Gol... mío? Aturdido, me incorporé del suelo. Tenía sangre en ambas rodillas, aunque no sentía dolor. El equipo entero me abrazó, alborozado. Llerena me dijo que había estado seguro de que no iba a errar ese gol.

Los olonenses estaban más aturdidos que yo. De ahí en adelante perdieron la brújula. Empezaron a utilizar el juego brusco y hasta desleal. Nosotros, por el contrario, nos tranquilizamos. Explotábamos la ofuscación de los olonenses.

Los últimos minutos fueron nuestros. La arrugamos, la peinamos, la rotamos para mayor desesperación de nuestros adversarios. Llegamos a estar a punto de anotar otra vez.

Un par de minutos antes del final, un lamentable incidente vino a empañar el triunfo. Sentíamos los efectos de una adrenalina desbocada. El Cabezón Ramírez se trenzó a golpes con un enfurecido olonense. Era evidente que el Cabezón estaba llevando la peor parte de los dos. Mientras algunos jugadores trataban de separarlos, un vapuleado Cabezón vociferaba:

"¡Quítenme a este cholo de encima porque si no lo mato!".