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Narración
CAMINO AL DIVAN

por Ion Tichy
 

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He visitado a mi psicoanalista. Lo suyo, Tichy, es un problema sexual, me ha dicho. Sexual, que no genital. La vida sexual no es un simple efecto de los procesos, de los cuáles los órganos genitales son la sede. La libido no es un instinto, no es una actividad orientada naturalmente hacia unos fines determinados. La libido, querido Tichy, es el poder general que tiene el sujeto psicofísico de adherirse a unos medios contextuales diferentes. Es lo que hace que un hombre posea historia. Si su historia sexual da la clave de su vida es por que en su sexualidad se proyecta su manera de ser respecto del mundo, del tiempo y de los demás seres humanos.

Apreciado Tichy, la carencia de motivaciones anímicas de la que me ha hablado no es más que una anorgasmia intelectual que opera desde el momento mismo en que usted se ve incapaz de hinchar la vena a voluntad. Se ha anulado en su psyche la capacidad de producir ideas perfectamente erectas. Un cerebro fláccido es como la cámara de proteo. La expulsión placentera de conceptos es una terapia que exige un uso continuado. Si no el órgano se oxida. Vea sino el preclaro ejemplo de aquel chino que tras ingerir 2 kilogramos de cebolletas inventó la pólvora y acto seguido se voló con ella la cabeza. Magnífico exponente de la lucidez de la cultura china. Allí en cuanto inventan una cosa deciden sabiamente utilizarla para su propia autodestrucción.

En el origen de todas las neurosis encontramos unos síntomas sexuales que si se leen bien, y para eso estoy yo, simbolizan toda una actitud. Actitud de conquista, actitud de fuga…Tome el ejemplo de Kant, un eminente epistemólogo conocido por sus convecinos como el ‘reloj de Köeningsberg, por que durante los 11 años que tardó en escribir la “Crítica de la razón pura” sólo salía una vez al día y siempre exactamente a la misma hora. Yo creo que esto es un palmario ejemplo de sucedáneo onanista. Pues bien, esta bendita luminaria del occidente moderno acabó confesando que se sentía fatigado. Y expuso el firme propósito de salir por primera vez en su vida de su ciudad natal. Dijo que visitaría un prado cercano a Köeningsberg donde pensaba pasar una semana comiendo hierba. “Once años de filosofía son demasiados para mi estómago”, declaró.

Lo que vengo a decirle es que la visión científica según la cuál yo soy un momento del mundo es hipócrita y enferma. Si usted se concibe a si mismo de esta manera es por que sobreentiende otra visión, la de su conciencia, por la que un mundo se ordena entorno suyo y empieza a existir para usted. Volver a las cosas mismas es regresar a este mundo anterior al conocimiento del que el conocimiento habla siempre, y respecto del cuál toda determinación científica es abstracta y dependiente, como lo es la Geografía respecto del paisaje en el que usted aprendió por primera vez qué era un río y qué un bosque.

Lo suyo, Tichy, puede derivar en un pitiatismo agudo-crónico. No menosprecie esta posibilidad. Un shock fuerte y queda usted afónico para los restos. No me refiero a que usted rechace deliberadamente confesar lo que sabe. Es mucho más grave por que podría perder usted la voz como quien pierde un recuerdo.

Una interpretación estrictamente psicoanalista evocaría la fase oral de la sexualidad. Pero lo que se fija en su boca muda no es sólo su existencia sexual, sino también las relaciones con el otro, de las que la palabra es el vehículo. El pitiatismo es la conciencia devenida ambivalente. Y eso es antinatural, créame.

La locuacidad es consustancial al género humano. De hecho, cuando una persona se calla es por que tiene la boca llena; llena de carne, llena de esperma, llena de deseo, llena de aire…Y si usted continúa prohibiéndose drásticamente sus más íntimas apetencias, entonces la afonía sobrevenida representará un rechazo violento de la coexistencia. Es posible incluso que se niegue usted en redondo a deglutir, por que la deglución es una manera que tiene su existencia de dejarse atravesar por los acontecimientos y asimilarlos. Usted no podrá, literalmente, ‘tragar’ con su propia prohibición. Es lo que le pasó a un pescador noruego que comía tiburones crudos. Poseía la ciencia suficiente para guisar un tiburón de 63 maneras diferentes. Pero él se los comía crudos. Y todo por pereza, ya ve usted.

O imagínese que le da justamente por lo contrario y se aboca sin remisión a un pasmoso ataque de histeria. Es lo que yo llamo paroxismo mórbido. Imagíneselo, es horrible. El individuo se adentra en si mismo como en un refugio. ‘Casi’ no oye ya; ‘casi’ no ve ya; ‘casi’ se ha convertido es esta existencia espasmódica y jadeante que se debate encima de una cama.

No me pregunte por qué. No hay una explicación de la sexualidad que la reduzca a algo diferente de ella misma. Seguramente pensará usted en lo dramática que resulta la sexualidad. ¿Y sabe por qué es tan dramática la sexualidad? Pues por que empeñamos en ella toda nuestra vida personal. Nuestro cuerpo es un ‘yo natural’, una corriente de existencia dada. De tal modo es así, que no alcanzamos jamás a saber si las fuerzas que nos arrastran son las suyas o las nuestras, o si jamás son ni suyas ni nuestras.

A la esposa de un amigo mío le ocurrió una cosa graciosísima que ilustra perfectamente esta bidireccionalidad contradictoria. Resulta que está esperando ansiosa la llegada de un taxi. Rechaza la plebeya idea de caminar hasta casa. Pasan 20 minutos, media nhora, una hora. Una imperiosa urgencia le sobreviene a su ‘yo natural’. Se decide a miccionar detrás de una valla publicitaria que anuncia cunas para recién nacidos, y vaya usted a saber a qué recónditos e involuntarios resortes de nuestra mente obedece el hecho de que la historia personal de aquella señora haya tenido que tejerse en un momento dado por la simbiosis entre micción y obstetricia. El caso es que mientras la buena señora estaba descargando su vejiga un taxi libre tuvo el capricho de pasar por allí. La ambivalencia mental de la que le hablaba antes se explicitó en una lucha interna entre dos fuerzas opuestas. La señora sentía que ambas eran igualmente suyas. Se debatía entre el usufructo de un articulo de lujo y la satisfacción de una necesidad primaria. Por norma general, en este tipo de casos, ambas fuerzas se anulan, sumiendo a la persona en una pequeña parálisis a nivel práxico. Pero tampoco es raro que las dos fuerzas se sumen en una síntesis de consecuencias imprevisibles. Este fue el caso de la esposa de mi amigo, que acabó por satisfacer su necesidad primaria en el interior del artículo de lujo, trasladando de inmediato la ambivalencia mental hacia el ‘yo natural’ del taxista.

Pero métase esto en la cabeza. No es posible la superación de la sexualidad, del mismo modo que es imposible una sexualidad cerrada. Nadie está por completo salvado, ni por completo perdido. Lo que yo le propongo es que se imite a sí mismo hasta que consiga ser lo que finge. Conviértase en una masa sin mirada y casi sin pensamiento, clavada en un punto del espacio y sienta que usted ya no es del mundo, salvo por la vigilancia anónima de los sentidos.

Lo que acabo de decirle es exactamente lo que le ocurre a usted. Siga mis indicaciones. Su vida cambiará. Así que ya puede levantarse y marchar con total tranquilidad. No tenga duda de que a partir de ahora sus pasos serán firmes como el cemento, con mis palabras como certeros consejos. Simplemente obre como cree que tiene que hacerlo.

Esas fueron sus últimas palabras. Le hice caso. Me levanté y estrangulé su nuez con todas mis fuerzas. Allí quedó tendido. Su boca ya no volverá jamás a expeler su fétido aliento.

E ‘ipso facto’, tuve una explosión de amor líquido.