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Sociedad
Preguntas, preguntas, preguntas

por Juan Goytisolo
 

Pórtico Luna

Tras la visión reiterada, diez, veinte, cien veces, en el televisor de las imágenes oníricas, pero atrozmente reales de lo acaecido en Manhattan no puedo opinar sobre la magnitud del horror ni expresar mis sentimientos heridos de neoyorquino —pues Nueva York forma parte de mi vida intelectual y afectiva y la he pateado más y mejor que Madrid o Barcelona—, sino formular y formularme a mi mismo una serie interminable de preguntas.

La nueva era abierta por el ataque minuciosamente programado del martes 11 de septiembre, ¿será la mera repetición a escala mundial de una espiral de 'castigos ejemplares' y réplicas suicidas en la que nadie, absolutamente nadie, podrá sentirse a salvo o conducirá a una reflexión global sobre nuestra civilización y sus lacras?

La ignorancia de la clase política y del ciudadano medio estadounidense tocante a los problemas del mundo allende sus fronteras, ¿cederá paso a un esfuerzo sostenido y coherente por entender aquellos, más allá de la distinción maniquea —perfectamente simétrica a la de los autores del repugnante atentado— entre las fuerzas del Bien y el imperio del Mal?

¿Es razonable persistir a la luz de lo ocurrido en la doctrina unilateral y voluntarista de Bush, basada en el dogma de América como única depositaria de la seguridad mundial —y no sujeta por tanto a las leyes y convenciones internacionales— en vez de buscar una acción coordinada en el ámbito político, social, económico y militar con todos los Estados democráticos enfrentados también a la amenaza de los fanáticos del ultranacionalismo y del fundamentalismo religioso?

El indispensable análisis de los extravíos perversos del nacionalismo (como los que provocaron las recientes guerras en los Balcanes) y de los credos religiosos (de todos los credos religiosos y no sólo el musulmán), ¿puede obviar la existencia de otro, tan o más amenazador, como el de la tecnociencia al servicio de las poderosas industrias armamentistas?

¿Se puede invocar, como el presidente Bush, la defensa legítima de la civilización, la libertad y la democracia contra quienes siembran el terror y la muerte cuando el mismo Bush se niega a ratificar el acuerdo para la prohibición de las mortíferas minas antipersona, fomenta la busca de nuevas formas de guerra bacteriológica y destina la parte del león de su colosal presupuesto militar a la creación del escudo antimisiles —la famosa guerra de las galaxias— que, tras la carnicería organizada y perpetrada a partir del territorio norteamericano sin que la CIA, FBI y demás organismos de seguridad se enteraran, resulta tan ilusorio como un espejismo?

La indispensable identificación y castigo de los asesinos y todos sus cómplices ¿ha de limitarse a una pura venganza, a millares de ojos por millares de ojos, o será el primer paso en el camino hacia un mundo más justo y seguro —más seguro por ser más justo—, hacia un nuevo orden internacional fundado en el respeto a los valores de la diversidad y tolerancia y la lucha contra la pobreza, la iniquidad y el racismo?

El trauma creado por la monstruosa matanza del World Trade Center, ¿va a desembocar en una militarización de nuestras sociedades —en una especie de golpe militar suave— o bien, como sería deseable, en un refuerzo de los valores cívicos destinados a poner coto al terror enfrentándose con las causas políticas, sociales y económicas que lo alimentan?

El conocimiento brutal del dolor y de la propia vulnerabilidad ¿ayudarán al gran pueblo norteamericano a comprender mejor el dolor, la frustración y el desvalimiento de los pueblos víctimas del hambre, la opresión, el subdesarrollo o de un apartheid que no osa decir su nombre?

¿Es lícito y decente aprovecharse del horror creado por los atentados a Nueva York y Washington y el consenso de todos los demócratas del mundo en actuar de forma decisiva e implacable contra sus responsables para justificar una vuelta de tuerca más en la asfixia del pueblo palestino y el aplastamiento por el muy demócrata Vladimir Putin de 'la hidra chechena'?

¿Se puede combatir eficazmente al fanatismo terrorista recurriendo a un lenguaje ofensivo y discriminatorio contra vastas comunidades humanas —musulmana, árabe, palestina, etcétera— y trazando comparaciones letales entre un patético e impotente Yasir Arafat y Osama Bin Laden?

El castigo impuesto desde hace diez años al inocente pueblo de Irak —desnutrición, miseria, alta mortalidad infantil— por los crímenes y aventuras bélicas de su dictador —un dictador al que nunca eligió, del que fue su primera víctima y que para colmo sigue en su puesto— ¿va a repetirse contra otros pueblos sospechosos de albergar terroristas en virtud de la fatal ecuación musulmán = islamista? La distinción entre vasco, abertzale y etarra ¿no debería inducirnos a afinar los conceptos con respecto al Islam y los árabes?

En la coalición de países defensores de la libertad y democracia justamente reclamada por Bush para acabar con el terror que hoy sacude a la sociedad norteamericana, ¿caben Estados supuestamente moderados —a menos que ser moderado equivalga a ser un buen socio económico— como Arabia Saudí, en donde la condición de la mujer no es mejor que en Afganistán, y cuya teocracia no sólo apoya al régimen talibán sino que difunde por el mundo, gracias a la renta petrolera y al control de los Santos Lugares del Islam, una versión fundamentalista de éste, por obra de imanes wahabíes de la índole del que se distinguió en Marbella por su manual de suaves consejos correctivos a las esposas desobedientes?

¿Se puede seguir guardando silencio y mirar al otro lado ante el brutal sistema de apartheid en Gaza y Cisjordania, la política de tierra quemada de Sharon, la humillación y acoso del pueblo palestino reducido en guetos infames sin comprender que ese estado de cosas prolonga sine die al conflicto y convierte a decenas de millones de jóvenes sin esperanza de futuro ni de vida decente en candidatos a la inmolación en criminales atentados suicidas? La mejor manera de derrotar al terrorismo anti-israelí ¿no sería la de eliminar las razones objetivas que favorecen la conversión de un joven en un kamikaze terrorista?

La palabra terrorismo aplicada a realidades muy distintas ¿no permite todo tipo de comparaciones oportunistas como las de Piqué entre ETA y los radicales palestinos y las de Putin entre aquella y los independentistas chechenos? Desmemoriados como somos, volvamos la vista atrás: ¿no recurrieron al arma del terror los nacionalistas argelinos durante su lucha por la independencia y los fundadores del Estado de Israel hasta el día en que plasmaron su proyecto de Hogar nacional judío? Pisamos arenas movedizas y todas las precauciones que tomemos en el empleo del lenguaje serán siempre pocas.

Llegado el momento de la necesaria respuesta militar a los autores y cómplices de la horrible matanza de Manhattan, ¿podemos confiar en que que aquellos han sido correctamente identificados y no se golpeará a ciegas a Estados, poblaciones y personas ajenas a los hechos?

El previsible efecto de contagio de unas imágenes de destrucción captadas en el mundo entero, ¿suscitará una emulación en el horror entre todas las redes mafiosas, grupos y grupúsculos capaces de procurarse armas letales para chantajear y destruir otras ciudades y símbolos de nuestra frágil y definitivamente vulnerable Aldea Global?

En el momento en el que la realidad del apocalipsis empequeñece los guiones de ciencia-ficción de Hollywood y sus escribas, ¿no sería oportuno evocar la visión negra y sarcástica de Karl Kraus en Los últimos días de la humanidad y programar desde ahora, para los próximos siglos o quizá décadas, una evacuación general de nuestro planeta —¡o al menos de sus clases acomodadas!— a otro astro más seguro y acogedor?