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Ensayo literario
De un aniñado a otro

por Petronio Rafael Cevallos
 

Pórtico Luna

En el malecón de Salinas, una noche de Semana Santa, entre trago y trago, un aniñado le dice a otro:


"¿Sabes? Acabo de comprarme un tremendo solar, aquí en esta foquin Salinas. Bueno, no lo compré realmente; lo atarzané, lo conseguíregalado. Papaya. Vacamú, bro. Tú sha, primero tuve que apantallar al cholo, como el bacán que soy. Me lo comí al cuento. Ese terreno cuesta una fortuna, y lo que el cholo me pedía no era ni la quinta parte. ¿Para qué quiere un cholo, viejo y abollado, un terrenazo junto al mar? Dime, bro, ¿para qué chucha?".


Era quizá Viernes Santo o casi Sábado de Gloria. Medianoche de brisa suave, de oleaje rumoroso: caricias al borde del Pacífico Sur. Unos duermen, otros liban, otros tal vez fornican; todos arrullados por el mar. El aniñado bebe del vaso plástico y continúa:


"Estuve carreteando al cholo por más de un año. Pero el cholo emperrado me repetía que no, que si no le pagaba lo que me pedía, prefería no vender. Así estuve güiquen tras güiquen, y el cholo, terciado, que no y no, que mejor dejaba el terreno para sus hijos y sus nietos. Hasta mandé a mi mujer para que embobara al cholo. Pero no, ni el culo de mi mujer pudo engatusarlo. Entonces me arreché, shit, ningún cholo malparido va a decirme que no. Ya tú sha, donde pongo el ojo, pongo la bala. Saqué a relucir mi casta de campeón. You know what I mean? Le dije al cholo que yo era primo del presidente, y que el gobernador era mi pana de chupa. Pero el cholo como que quería y no quería. Y yo que mira, que te vas a acomodar, que yo tengo cualquier cantidad de palancas, y si tú (cholo-muerto-de-hambre) me vendes el solar, no te vas a arrepentir. Hasta que lo llevé a mi casa de Chipipe y lo atiborré de bielas. Y una vez borracho lo hice firmar. Y ya tú ves, aquí me tienes con otro horrendo terreno frente al mar, en el malecón de Salinas".


La orquesta de las olas no cesaba en su serenata a la silenciosa y desierta playa. Unos cuantos obstinados trasnochadores parloteaban, cobijados bajo el manto de la noche, repartidos en corrillos, bebiendo cerveza, puro, ron y whisky. En el grupo de los que bebían whisky, el aniñado se sirve más trago y prosigue:


"Hay que imponer la pinta, bro. Hay que fuetear la sin hueso. Estos cholos son agüevados de nacimiento. Yo me comí al cuento al cholo y ahora soy propietario de mi terreno número doce, sólo aquí en Salinas. ¿Para qué quiero otro? Mira, bro, ésta es la tierra de nadie. Aquí se vive del cuento. El negocio consiste en buscarse a los clientes, los giles que nunca faltan. Y si la gente te da chance, se te agüeva y no reclama, tú te aprovechas de uán. Hay que ser lanza, pilas, avispado, sharp, porque si no te ven la cara, te creen un tonto a la vela. Así es la vida, bro. El vivo vive del tonto y el tonto de su trabajo. La moral, la virtud, la honestidad y todos esos cuentos son para los pendejos. En este país, todo es cuestión de viveza. Y si eres blanquito, pituco y manejas bien la sin hueso, estás hecho, bro. Hecho de por vida".