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Sociedad
Reflexiones a sangre fría

por Johnny B. Goode
 

Pórtico Luna

Este artículo fue escrito antes del inicio de las operaciones armadas contra Afghanistán. Parte de la información que contiene ha sido confirmada por los hechos; otra parte ha sido puesta en entredicho y aún queda alguna otra a la expectativa. Pero creo que su mayor valor se encuentra en el ejercicio de razonamiento que contiene. Júzgalo tú mismo.

Vayamos por partes. Quien esto escribe no tenía la más mínima gana de meterse en el campo de guadañas en que se ha convertido el terreno de la opinión escrita a raíz de los sucesos del 11 de Septiembre.

Pero entre mi prodiga colección de defectos, vicios y malas costumbres guardo una especial predilección por la manía de corregir a los demás cuando les pillo en falta sosteniendo una opinión infundada, un razonamiento ilógico, un dato erróneo o una afirmación falsa. No lo puedo evitar.

A fe que lo he intentado controlar, pero el impulso me domina. Y así, después de una semana sujetándome, he desistido y me he rendido a mis bajos instintos.

Pero como alguien, sin duda infinitamente iluminado, dijo: "La opinión es como el culo, todo el mundo tiene una."

Así que me he propuesto no caer en tamaña vulgaridad y absteniéndome de dar mis opiniones al respecto, pasaré a desgranar una serie de reflexiones, lo más asépticas que he sabido escribir, al respecto de los hechos que realmente conocemos, y usando las herramientas de la lógica y la experiencia histórica.

Procedamos.

Primero. El martes 11 de Septiembre de 2001, a las 8:45 A.M, hora de la Costa Este de los Estados Unidos, un Boeing 767 de la compañía American Airlines colisiona con la torre Norte del World Trade Center de New York.

Sólo 18 minutos después, a las 9:03 A.M., un segundo avión, esta vez de la compañía United Airlines, embiste la torre Sur.

A las 9: 45 A.M, una hora después del primer impacto, el vuelo 77 de la American Airlines se estrella contra el Pentágono. Quince minutos después, la torre Sur se desploma. Cinco más y la Casa Blanca es evacuada.

Para entonces ya saben que hay un cuarto vuelo secuestrado, el 93 de la United Airlines, que probablemente se dirija hacia allí. Bush da la orden de abatir cualquier avión sospechoso.

A las 10:10 un lado del Pentágono se derrumba. A la misma hora, el 93 de UA se estrella en Somerset, Pennsylvania.

Doce minutos después estalla un coche bomba enfrente del Departamento de Estado.

A las 10:29 A.M la segunda torre se desploma.

Total de muertos: 6.333 a la hora de escribir esto.

Segundo. El ataque del martes 11 de Septiembre es el peor que ha sufrido Estados Unidos desde la Guerra de Independencia. (En Pearl Harbour apenas hubo 2.000 muertos, militares y fuera del territorio continental.). Dejando aparte las consecuencias para el herido orgullo americano, el resultado inmediato ha sido poner en evidencia la vulnerabilidad de la primera superpotencia mundial.

Tú y yo sabemos que nadie es completamente invulnerable frente a un enemigo decidido a sacrificarse a sí mismo para conseguir sus objetivos. Pero esto nadie se lo ha dicho a los estadounidenses.

En efecto, si vives es un país que no ha sufrido ningún ataque exterior en 200 años o así; que ha resultado vencedor en dos guerras mundiales; que ha visto derrumbarse a su mayor oponente y que ha visto triunfar por todo el mundo sus empresas y su política... es bastante razonable que te sientas seguro viviendo en el corazón del imperio.

Toda esta ilusión es la que ha desaparecido junto con las Torres Gemelas. Y el primer impulso es recuperarla a toda costa.

"¿Quién es el responsable de este horror?¿Dónde está? ¿Por qué nos odia?"- se preguntan los americanos. "¡Tiene que ser castigado!"- añaden a continuación.

En respuesta a la primera pregunta, me atrevería a descartar al Dr. Maligno, al malvado Ming de Mongo o cualquier otro villano de serial.

Así que si nos ceñimos a la experiencia histórica, veremos que en los últimos tiempos, han perpetrado ataques terroristas en los Estados Unidos organizaciones de dos campos ideológicos distintos: la derecha libertaria y el islamismo.

El de la derecha libertaria es un campo difuso que va desde la extrema derecha de las Hermandades Arias a los defensores del Pose Comitatus (Poder del Condado), y suelen tener en común un profunda aversión al Gobierno Federal, bien porque les impone la convivencia con negros, judíos y católicos, o porque creen que pone en peligro las libertades fundacionales de los Estados Unidos, como el derecho a llevar armas.

El atentado más famoso cometido desde las filas de la derecha libertaria es el que destruyó un edificio federal en Oklahoma en 1995 . Su autor, Timothy McVeight dijo haberlo hecho en respuesta al asalto del FBI a la granja de los Davidianos de David Koresh en Waco, Texas, en la que murieron 168 personas.

Timothy McVeight fue ejecutado el pasado 11 de Junio, tres meses antes del atentado contra las Torres Gemelas.

Por lo que repecta al islamismo, hay que apuntar en su cuenta el primer atentado contra las Torres Gemelas en 1993. La investigación posterior condujo por primera vez hacia la pista afgana y entonces oímos por primera vez el nombre de Bin Laden. Posteriormente se le señaló como el hombre tras los atentados contra las embajadas americanas en Nairobi y Dhar-es-Salam.

Hasta donde sabemos, los terroristas de la derecha libertaria tienen predilección por las acciones individuales, como las de Unabomber o el mismo McVeight, y lo más importante: nunca han recurrido al ataque suicida.

De hecho, el suicidio es una táctica poco común en el mundo del terrorismo. Por lo general, los terroristas esperan salir vivos de un atentado. Al menos los que conocíamos hasta ahora.

Es más, el uso de suicidas para lanzar un ataque es tan raro, que hasta el 11 de Septiembre sólo se tenían registrados dos precedentes:

El primero, como ya habréis adivinado, es el de los célebres pilotos japoneses de la Segunda Guerra Mundial que dieron el nombre a esta modalidad de ataque.

Los kamikazes.

La palabra Kami Kaze significa "Viento Divino", y evoca un episodio del pasado de Japón cuando una tormenta destruyó la flota mongola que Kublai Khan envío para invadir el archipiélago. Los modernos kamikazes pretendían convertirse en un nuevo "viento divino" que expulsara la nueva flota extranjera del océano.

El segundo precedente, más cercano en el tiempo, es el de los hombres-bomba de Hamas y Yihad Islámica en Palestina.

Jóvenes procedentes de los campos de refugiados en Líbano y Jordania, que no han conocido más que la miseria, el odio y la desposesión de una tierra que no han conocido pero entorno a la cual gira todo su mundo; son entrenados en campamentos militares a la vez que reciben instrucción religiosa. Se les inculca la fe en la existencia de un paraíso en el que entraran automáticamente como mártires de la Guerra Santa contra los infieles judíos y en el que a cada uno le corresponderán siete vírgenes.

Hasta el día de hoy, sus acciones se habían limitado al interior de Israel y desde la época de grupos como Septiembre Negro, los palestinos son conscientes de la inoportunidad de llevar su lucha fuera de Oriente Medio, y más aún de causar víctimas occidentales. Y pese a toda la retórica que se está oyendo estos días sobre el apoyo incondicional de Estados Unidos a Israel, lo cierto es que los únicos avances hacia la resolución del contencioso arabe-israelí se han logrado al amparo de procesos auspiciados por Estados Unidos. Y de esto también son conscientes los palestinos.

Así que si tenemos en cuenta los datos de que disponemos, podemos, casi con toda seguridad, descartar como posibles autores del atentado del 11 de Septiembre:

  • a los extremistas de la derecha libertaria; por carecer de la organización, disciplina y determinación necesarias para llevar a cabo la acción.
  • a los kamikazes japoneses; por haber transcurrido algún tiempo desde el fin de las hostilidades entre E.E.U.U y Japón como para quedar alguien resentido.
  • a las organizaciones palestinas; por estar férreamente dirigidas y ser sus líderes demasiado inteligentes pese al fanatismo religioso.

¿Y eso qué nos deja? Pues a alguien que odia profundamente a los Estados Unidos, no solo a su gobierno, sino a lo que representa; con una fe en su causa y en la acción que va a realizar tan grande como sólo puede inspirar una doctrina religiosa; y con una estructura logística imprescindible para entrenar, reunir y financiar a los suicidas.

Tal vez haya otros candidatos, pero Bin Laden encaja. Y además ya se le tenía en el punto de mira por las acciones del pasado.

Tercero. Una acción de represalia, la que sea, es inevitable. Y me atrevo a añadir que es necesaria. Olvidad la justicia, no tiene nada que ver. Es cuestión de supervivencia.

Plantear una opción entre acción legal y acción bélica es una disyuntiva falsa. No existe tal posibilidad de una acción legal.

En el caso de que un tribunal norteamericano juzgase a Osama Bin Laden y pidiese su extradición, nos encontraríamos en la misma situación que ahora, con los talibanes denegando su entrega.

Tampoco sería posible un juicio ante el Tribunal Penal Internacional, que Afghanistán no reconoce.

Ni apelar a la ONU o el derecho internacional, puesto que los talibán han llegado a dominar el país por medio de la fuerza, y solo en ella confían.

Si se quiere capturar a Bin Laden, habrá que ir a Afghanistán, y eso solo puede significar guerra para los talibanes.

Pero, ¿se puede iniciar una guerra sin estar seguro de quién es el culpable y sabiendo que costará más vidas inocentes?

Por horrible que parezca, la respuesta es que no hay otra opción. Se trata, a toda costa, de evitar lo que yo llamo el Síndrome de Azincourt:

El 25 de Octubre de 1415, a cincuenta y cinco kilómetros al sur de Calais, y cerca del castillo de Azincourt, un ejercito de unos 10.000 hombres al mando de Enrique V de Inglaterra se enfrentó con un ejercito francés tres veces mayor. Es más, mientras que el ejercito francés estaba formado por caballeros con pesadas armaduras y caballos acorazados, los ingleses eran sobretodo infantería y arqueros.

Pero eran unos arqueros muy especiales. Con sus casi dos metros, los arqueros ingleses fueron durante mucho tiempo los soldados más altos de Europa. La razón era el arco largo, de un metro ochenta de alto, y que necesitaba una fuerza de tracción de cuarenta y cinco quilos para tensar la cuerda. Pero a cambio, podía disparar flechas de noventa centímetros a 320 metros de distancia y penetrar las armaduras de hombres y caballos.

Ese día, el ejercito de Enrique V se situó entre dos bosques a lo largo de una línea de novecientos metros, lo que obligó a los franceses a apiñarse en el centro. Entre ambos ejércitos, el terreno era un lodazal a causa de las lluvias de días anteriores. Los caballeros franceses cargaron y sus pesados caballos se hundieron en el barro. Una lluvia de flechas cayó sobre ellos, hiriendo a muchos y tirando a otros de sus monturas. Cuando los caballeros estuvieron inmovilizados en el barro por sus pesadas armaduras, Enrique V dio la orden de avanzar sobre ellos con hachas y lanzas.

Murieron más de 10.000 caballeros franceses a manos de una turba de ingleses de baja cuna. Una verdadera masacre. También fue el fin de la caballería medieval y la constatación de que un enemigo pequeño podía derrotar un ejercito superior y mejor equipado.

Pero más importante que la batalla en sí, fue el efecto que tuvo sobre la moral de ambos contendientes. Desde Azincourt, la moral de los franceses se hundió por completo e incluso renunciaron a plantar batalla en ocasiones futuras creyendo que los ingleses eran invencibles. Y los ingleses experimentaron un enaltecimiento que les llevó a una especie de creencia en la inevitabilidad de la victoria inglesa frente a cualquier enemigo por poderoso que este fuera.

Hay quien fecha en ese día el principio del camino que conduciría al Imperio Británico.

Hoy puede darse de nuevo ese fenómeno. Si se deja sin respuesta el ataque del 11 de Septiembre, los perpetradores se sentirán como los ingleses, triunfantes frente a un enemigo muy superior en número y tecnología; invencibles; convencidos de la justicia de su causa y de la inevitabilidad de su triunfo...

Y por contra, los Estados Unidos pueden sentirse como se sintieron los franceses: vulnerables frente a un enemigo que les ha golpeado más duramente de lo que nadie lo había hecho jamás y a quien no pueden derrotar con los métodos convencionales.

El Síndrome de Azincourt.

Cuarto. ¿Se pueden reducir al mínimo los perjuicios de la guerra?

Depende de donde se ponga el listón. Desde la Segunda Guerra Mundial el número de víctimas civiles en un conflicto sobrepasa el número de víctimas militares. Y todo apunta a que esta será una guerra sin frentes, en la que un terrorista puede golpear en Kabúl o en Annapolis. O en Roma. O en París. O ...

A medida que pasan los días, parece esfumarse la posibilidad de una acción masiva; una nueva Tormenta del desierto no podría ser más que un desastre si tenemos en cuenta que los Talibanes dominan un país eminentemente montañoso, en el que los muyahidines derrotaron a la Unión Soviética que no tenía ni la mitad de los problemas logísticos que ahora afrontan los americanos.

Por la misma razón tampoco sería eficaz un ataque aéreo, con bombas y misiles; a no ser que el mando estratégico tomará la decisión de, literalmente, aplanar Afghanistán. Sin duda eso acabaría con Bin Laden y los talibán... pero tiene el inconveniente de que se llevarían el país con ellos. Por no mencionar las implicaciones morales de semejante acción. No creo que los vecinos se lo tomaran muy bien. Ni los ecologistas (seguro que vive alguna especie rara de escorpión en esas montañas.).

La guerra por persona interpuesta podría ser la solución. Estados Unidos ya ha armado y subvencionado otras fuerzas insurgentes en el pasado. Sólo que en la zona nadie quiere ni oír hablar de la Alianza del Norte del difunto Ahmed Massud.

No. Parece que al final se inclinaran por acciones de guerrillas. Localizando campamentos y bases; desplazando allí unidades pequeñas pero especialmente entrenadas; y destruyendo o capturando los objetivos. Limpio, rápido y casi indoloro (pero no demasiado).

Quinto. Aún así, podemos aventurar que levantará muchas ampollas en el mundo musulmán. Y que la oposición islamista de Pakistán, o el "bunker" Iraní, intentará forzar a sus gobiernos para que no apoye, o incluso impida, la intervención americana.

A despecho de una posible ofensiva generalizada contra occidente como resultado de un fortalecimiento de la solidaridad entre los grupos fundamentalistas islámicos en todo el mundo, el mayor peligro lo encierra una posible desestabilización de Pakistán.

Desde la destitución de Bennazir Bhutto, la primera mujer que llegó a presidenta en un país islámico, Pakistán entró en un periodo convulso en el que se embarcó en una nueva escalada de confrontación con India por el eterno tema de Cachemira. Sólo que esta vez, las demostraciones de fuerza incluyeron una serie de detonaciones nucleares.

Paradójicamente, fue un militar golpista, el actual presidente, Pervez Musharraf, quien rebajó la tensión e incluso hizo un intento de negociar una salida al conflicto al reunirse hace unos meses con su homólogo indio, Vajpayee.

Pero Pakistán, uno de los tres estados (junto con Israel e Irlanda) que nacieron en el siglo XX sobre bases religiosas, ha experimentado en los últimos años un imparable aumento de la influencia de las organizaciones islamistas, que incluso recaudan dinero para los talibán a la salida de las mezquitas. La caída de Musharraf dejaría vía libre a la única oposición efectiva ahora mismo, los islamistas. Pero ahora estaríamos hablando de un régimen islamista con un arsenal nuclear y un motivo para la yihad en Cahemira.

En una guerra nuclear entre la India y Pakistán morirían no decenas de miles, sino cientos de millones de personas.

El equilibrio del terror, o el miedo a la Destrucción Mutua Asegurada ( Mutual Assured Destruction, MAD. "LOCO" en inglés.), evitó la Tercera Guerra Mundial.

Pero, ¿podemos confiar en la prudencia de quién ve un destino glorioso en el suicidio?

Sexto. Sin perjuicio de todo lo anterior, basta un somero vistazo a la intrincada maraña de organizaciones y estados que dan apoyo al terrorismo islámico para darse cuenta de que una vez empezada la guerra no se podrá acabar en dos días. Ni aún con la captura o muerte de Bin Laden o la expulsión de los talibán del gobierno de Afghanistán.

Quedarán los terroristas de otros países o los de dentro de los propios Estados Unidos. O Europa. Seguramente varios cientos o miles de hombres dispuestos a llevar la venganza hasta la última consecuencia. Una verdadera Quinta Columna.

Quedarán los regímenes corruptos e integristas, como los de Arabia Saudí, Siria o Irán, dispuestos a seguir financiando a estos grupos, cada uno por sus propios intereses.

Quedarán las heridas sangrantes de Palestina o Cachemira. O las guerras de Sudán. O la explosiva situación de Indonesia...

Y la cuestión de fondo. La miseria, el hambre y la incultura.

Siempre habrá alguien en algún lugar de este planeta que se sienta humillado e injustamente tratado. Y puede que se sienta legitimado por ello para matar.

No lo podemos evitar. Es la parte de reptil de nuestro cerebro, que no sabe más que comer, dormir, cagar, follar y matar.

Sólo podemos intentar ponernos por encima de ello potenciando todo lo que nos hace humanos: la inteligencia, la curiosidad, la ducha diaria y cierto grado de compasión por nuestros semejantes.

Y por nuestros semejantes quiero decir todo bicho que camine sobre sus patas posteriores y luzca un bonito par de pulgares oponibles en las manos.

Me da igual la religión que profesen, qué lengua hablen, qué color de piel tengan o dónde hayan nacido.