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Sociedad
¿El Imperio contra ataca? ¿Contra quién?

por Emir Sader
 

Pórtico Luna

Emir Sader es sociólogo. (Jornal do Brasil - 12/09/2001)


Sesenta años después de la transmisión radial con la que Orson Wells asustó a los norteamericanos al darles la impresión de que estaban siendo invadidos por un enemigo externo que estaba destruyendo el país, los norteamericanos viven la pesadilla en carne y hueso, cuando menos lo esperaban y de la forma que menos lo esperaban.

Desde el fin de la Guerra Fría, los Estados Unidos reciclaron sus arsenales para la lucha contra el terrorismo, situado en los por ellos denominados "estados ilegales" (rogue states), contra el narcotráfico y contra los enemigos políticos remanentes de la Guerra Fría - China, Cuba. De repente, un ataque en el centro de poder del país, probablemente con aviones desviados de sus propios aeropuertos - totalmente inmunes a cualquier proyecto de escudo de defensa de misiles balísticos, causa los mayores daños producidos en los EEUU, ante el desconcierto general.

La primera pregunta es ¿quién?. Los antecedentes apuntan al fundamentalismo islámico, lo que supone una red de infiltración en los EEUU, al requerir la participación interna de círculos bien situados estratégicamente. La segunda hipótesis apuntaría a los grupos de ultra derecha del país, responsables de algunas acciones anteriores, aunque el tipo de armamento utilizado no posibilitaría acusarlos. En tercer lugar, la paranoia de los radicales cubanos en el exilio, que recientemente acusaran a Cuba de algunos accidentes naturales en las costas estadounidenses. Esta última hipótesis no puede ser tomada en serio.

Quienquiera sea el responsable, ¿cómo reaccionarán los EEUU? ¿El Imperio contraataca? Y, en este caso, como la respuesta es positiva dados los antecedentes, la principal cuestión es ¿cómo? ¿contra quién?

Las situaciones similares sirven apenas como referencia. La más importante es sin duda Pearl Harbor, el último momento en que el gobierno norteamericano consiguió cohesión interna absoluta para una acción externa de envergadura, a tal punto que tuvo como respuesta las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. Durante la Guerra Fría, el empate nuclear que la caracterizó no permitió situaciones como la actual. La URSS nunca atacó a los EEUU y éstos nunca atacaron a aquélla, circunstancia por la que los EEUU ahora deben sentir nostalgia.

Terminada la Guerra Fría, la circunstancia más próxima fue el ataque de los EEUU a Sudán y a Afganistán, acusándolos de connivencia con los ataques a las embajadas norteamericanas. Aun así, el ataque de los EEUU no fue contra locales del gobierno, porque no se caracterizó como una guerra contra esos gobiernos, a pesar de su fundamentalismo islámico. El ataque fue contra supuestos laboratorios que producirían productos químicos utilizados para artefactos explosivos.

¿Y ahora? ¿Declararle la guerra a quién? ¿A quién atacar? ¿Qué hacer luego de la escalada verbal belicista?

Un enorme blindaje interno es previsible, tal vez en detrimento del sistema antimisiles nucleares, al darse cuenta de dónde puede existir el peligro. Pero esto no basta. La derrota de Vietnam encontró al país dividido; no todos se sintieron atacados en su autoestima por la derrota ante un pequeño país asiático productor de arroz.

Este puede ser el momento en que esa autoestima necesite de una respuesta del gobierno que la recomponga. Precisamente en este momento, la imaginación de los dirigentes del Pentágono debe estar funcionando a todo vapor, buscando algo que tenga efecto -aun un efecto pobre militarmente- que pueda recomponer el ánimo de los norteamericanos.

¿Qué ocurrirá ahora en el plano internacional? El último ciclo duro de la guerra fría se dio en los años 80, con conflictos regionales - en Nicaragua, en Irán, en Angola - , cuando había todavía empate nuclear. Por primera vez, los EEUU reinan solos como superpotencia y tienen dificultades para hacer uso de su fuerza.

Puede hacerse todo con misiles nucleares, excepto sentarse encima. Ese desastre que los EEUU sufrieran puede llevar al endurecimiento de una situación internacional, fortaleciendo la tendencia ya existente en los EEUU de militarizar los conflictos. O puede llevar a una profunda reflexión que demuestre que ninguna paz es el resultado de la superioridad militar por grande que ésta sea.