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Sociedad
.y Gardel en la tumba

por Johnny B. Goode
 

Pórtico Luna

Se la han atribuido a profesores de economía, premios Nobel, presidentes e incluso a Borges. Pero yo haré lo que se hace con todas la buenas frases cuya autoría es incierta y se la endosaré a Winston Churchill. Práctica muy socorrida esta, que permite dar cierta patina de prestigio a la frase a la vez que engrosa el libro de citas de este personaje.

La frase en cuestión es:

"En el mundo hay cuatro clases de países: los ricos; los pobres; Japón, que no se entiende como es rico; y Argentina; que no se entiende como es pobre."

Bien. He ahí el origen del problema actual en el país del Río de la Plata. Que no entendieron como es que son pobres.

Hace ahora cien años, Argentina era un gran país en el que vivir. Muchos lo creyeron y allá se fueron, abandonando sus míseras existencias en Italia y España para empezar una nueva vida en un país joven y lleno de oportunidades.

Buenos Aires era entonces una de las ciudades más vanguardistas del mundo. Tan cosmopolita y pujante como Nueva York. Tan elegante y culta como París.

No es ninguna casualidad que un baile nacido en los arrabales de tan asombrosa ciudad arrasara en los salones de baile de todo el mundo. Ni que en esa misma ciudad hiciera sus primeros pinitos un personaje como Aristóteles Onassis.

Indudablemente, a cualquiera a quien le hubiésemos preguntado en 1901, nos hubiera contestado que Argentina era un país rico.

Hacía sólo un par de décadas que el país se había formado, dotándose de una estructura federal en la que convivían regiones muy heterogéneas tanto demográfica como económicamente. Desarrolló una economía exportadora centrada en el comercio de cueros, granos y carne, que vendía sobretodo al mercado británico. Ello propició un flujo de divisas que estimuló el surgimiento de una clase de comerciantes con gustos europeos a la última moda que se concentraron en Buenos Aires y contribuyeron a engrandecer la ciudad.

Y por supuesto, toda esa prosperidad atrajo a las masas desheredadas de toda Europa.

Y ahí empezó el problema.

Hacia la primera década del siglo XX, más del 30% de la población argentina era de origen extranjero. En Buenos Aires la cifra alcanzaba el 50%.

Y no sólo eso, sino que las masas inmigrantes conseguían prosperar y acceder a la propiedad, lo que llevaría a algunos políticos criollos como Guillermo Correa, a hablar de una nueva "conquista" en términos perfectamente homologables a los de un discurso de Jean Marie Le Pen.

Se extendió por toda la sociedad argentina una fortísima reacción xenófoba que se encontró con la paradoja de que si bien temía la desnaturalización por efecto del aluvión de inmigrantes, no podía prescindir de esa mano de obra en plena expansión de su economía.

La respuesta la dio el gobierno ultraconservador y extremista de José María Ramos Mejía al llegar al poder en 1908. Su propuesta era usar la escuela para "argentinizar" a los hijos de los inmigrantes, imponiendo un nacionalismo exacerbado, militarista, mitomaníaco e incluso místico (en aquella época estaba en boga la idea del patriotismo como religión civil del estado, en oposición a un catolicismo demasiado "italiano". ).

La administración de Mejía llevó a sus extremos más ridículos una política educativa uniformadora, doctrinaria y poco proclive a dejar espacios para la duda o la crítica, algo de lo que habrían de resentirse las generaciones futuras.

Como anécdota sonrojante podríamos citar el ejemplo de miopía xenófoba que narra Carlos Escudé en su ensayo "Contenido nacionalista de la enseñanza en la República Argentina 1876-1986":

"Quizás el tango sea el Único producto colectivo argentino que tuvo un fuerte impacto en otras culturas y se internacionalizó. (...) Y es ciertamente interesante recordar que Manuel Gálvez, uno de los padres fundadores del nacionalismo argentino, haya considerado que una de las más fehacientes pruebas de que la Argentina estaba sufriendo un grave proceso de desnacionalización que debía ser corregido era la difusión de ese baile "extranjerizante". Véase M. Gálvez, El Diario de Gabriel Quiroga: Opiniones sobre la Vida Argentina (Arnoldo Moen y Hno., Buenos Aires 1910, pag. 129)".

Eso sí que es tener buen ojo. ¡Sí, señor!

El caso es que como el mismo Escude señala en su magnífico ensayo, con amplío despliegue de documentos respaldando su tesis, el nacionalismo se enquistó en la enseñanza argentina, perpetuándose bajo los conservadores, los militares, los radicales o el peronismo (donde de hecho ha alcanzado sus cotas máximas de simpleza y estupidez).

Y ello ha redundado en una deformación de la conciencia ciudadana de los argentinos, volviéndola impermeable a la autocrítica, pasiva frente a los desmanes de los poderes argentinos, y crédula a las más aberrantes mentiras siempre que incluyan un halago al ego patriótico.

También fue responsable esta educación del creciente peso del ejercito en la política argentina, al exaltar el militarismo y el irredentismo territorial. Nuevamente el profesor Escudé nos sitúa sobre la pista del origen de la desgracia al recordarnos que todavía hoy se encuentra vigente un reglamento de los años 30 que estípula que los mapas escolares deben llevar el sello del Instituto Geográfico Militar y en ellos se incluye entre los territorios argentinos "las islas Malvinas, Georgias del Sur, Sandwich del Sur y la "Antártida Argentina" (es decir, todo el territorio imaginario), (...) claramente asociada al adoctrinamiento irredentista y a su funcionalidad para los intereses corporativos de los militares."

Así nos encontramos con que durante los mismos años en que Argentina brilló con más intensidad como un paraíso de prosperidad, se estaban sentando las bases de su miseria actual, al socavar el sustento mismo de la riqueza principal de un país, que es su inteligencia.

Llegó la crisis de 1929 y el modelo económico argentino empezó a tambalearse. Una economía moderna no podía seguir sosteniéndose en la agricultura y la ganadería, pero faltaba el capital para emprender la industrialización. Y la Depresión y el nacionalismo hegemónico impedían recurrir a las inversiones extranjeras.

Así que fue el estado quien acometió esa labor. Algo irreprochable si hubiera estado dirigida por personas capaces y honradas, en vez de por ineptos y corruptos que se escudaban en el patriotismo para defender sus propios intereses y ocultar su incompetencia.

Así, durante las presidencias de Hipólito Yrigoyen y Marcelo Torcuato de Alvear el estado comenzó un proceso de expansión similar al experimentado en los Estados Unidos de Roosevelt con el New Deal, pero del que pronto se adueñó el ejercito, tras el golpe de estado de 1930 y que alcanzó su cúspide bajo los gobiernos de Juan Domingo Perón.

Perón formaba parte del Grupo de Oficiales Unidos, de tendencia nacionalista y germanófila que dio un golpe de estado en 1943. Desde la Secretaria de Trabajo y Previsión, Perón emprendió una política populista tendente a ganarse el favor de los sindicatos de una industria crecida al amparo del proteccionismo durante los años 30. Con una política confesadamente inspirada en la Doctrina Social de la Iglesia y con resabios corporativistas (había admirado de cerca el modelo fascista de la Italia de Mussolini), Perón se convirtió en el verdadero hombre fuerte del gobierno militar, hasta que sus propios compañeros le destituyeron y lo confinaron, primero en una isla, y luego en el Hospital Militar.

Fue entonces cuando la red clientelista que había tejido desde la Secretaría de Trabajo y Previsión se reveló eficaz, al movilizar a la todopoderosa CGT en su apoyo.

El resto es historia. Perón fue elegido presidente y emprendió una política de autarquía económica, en defensa de las "clases productoras" que en treinta años arruinó lo que había sido un país prometedor (el más prometedor de América Latina.).

Y lo peor es que los argentinos lo amaron por ello.

Todo lo que vino después, los milicos, Alfonsín, Menem, De la Rua, hasta el actual caos que nos ha traído a Duhalde, no puede ser explicado sin la obcecación, el fanatismo, la ignorancia y la irresponsabilidad que se derivan de una educación, y una cultura, popular ya, imbuidas de un nacionalismo palurdo e irracional.

De hecho es un problema común a toda América Latina, pero en pocos sitios es tan evidente como en Argentina. Desde el siglo XIX, desde el fracaso del proyecto integrador de Simón Bolívar, las diversas repúblicas americanas han estado sometidas a unas clases dirigentes corruptas, criminales o simplemente estúpidas, que han cercenado toda oportunidad de desarrollo en aras del mantenimiento de sus privilegios en el seno de unas sociedades inmóviles y estancadas.

¿Un consejo? Es obvio. ¡Desháganse de esa panda de ladrones e incapaces! ¡Sólo son un peso muerto!

La única esperanza que se vislumbra en el horizonte, la única opción racional a decir de veras, es la integración regional. Allí está el Mercosur, quien sabe si un embrión de una futura Unión Latinoamericana, como la Comunidad Económica del Carbón y del Acero lo fue de la Unión Europea.

En éstos días se está gestando una Convención Constitucional Europea que puede ser el experimento político más importante desde la Convención que redactó la Constitución de los Estados Unidos. Algunos tenemos puestas nuestras esperanzas en que de allí salga un diseño que ampare una mayor libertad y prosperidad para todo el continente europeo sin cerrarse al resto del mundo.

Si los tercos, chauvinistas y sanguinarios europeos pueden hacerlo, ¿qué impide a América Latina intentarlo?

 

"Es indispensable fijar como condición irreductible que la moral política es la base de todos los progresos y de todas sus formas eficientes" - Hipólito Yrigoyen.