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Cuento
Un día soñé

por Fred Romano
 

Pórtico Luna

Las cosas no habían transcurrido exactamente tal y como las habíamos planteado en nuestra infancia, empapada en la vergonzosa caca de nuestros padres, que habían sobrevivido a dos guerras mundiales y otras tantas atrocidades civiles. Y habían tenido que pagar el precio, en moneda de sueños pisoteados, humillados o sencillamente exterminados, y en consecuencia les había provocado una constante cagalera bajo la cual disimularon su progenitura, con el fin de protegerla de su propia deshonra. En este mundo de mierda estructurado con excelentes razones —que implicaban la muerte o alienación de centenares de miles o quizás de millones de Otros, marcados por la Otoría de la desgracia a causa de esta O mayúscula que les caracterizaba—, nosotros crecimos alimentándonos de los cadáveres de los Otros y de los despojos descompuestos de nuestros padres, sueños olvidados, pisoteados y descuartizados, que sin embargo hacían un magnífico abono. Nuestros padres quisieron creer en la "post-guerra" porque habían visto la "pre-guerra" hundirse en el olvidioso bochorno que se suele reservar a los vejestorios incontinentes. Sólo soñaban con protegernos, a nosotros sus criaturas, de los escarmientos de las utopías, contra las cuales luchaban con tanta bestialidad. Pero nosotros ya nos habíamos aficionado a su sigilosa mierda, que expulsaban tan violentamente sobre toda la superficie del fétido pantano donde crecíamos a toda prisa, como vegetales ponzoñosos, y todo el cólico de sus ilusiones ahogadas remontaba desde el fondo de la Razón —descompuesta—. Nuestros padres no lo ignoraban del todo, pero como pensaban en nuestro bien, llegaron a convencerse de que las plantas nucleares, las industrias petroquímicas, las cadenas agroalimentarias, Armstrong caminando en la Luna, la Economía como ciencia exacta y en fin y sobre todo ¡la Televisión! nos protegerían de los chismes que les habían originado. Enfangados de tal modo, nosotros las criaturas coprófagas, desarrollamos un estreñimiento sin precedentes en toda la Historia de la Humanidad. Engullíamos a bocajarro el sacro santo excremento, sin creer en nada de nada ni cagar la más mínima pelotita. Un significativo avance en la Historia de la Filosofía, otra actividad dedicada a la Putrefacción desde el ignominioso deslumbre de los textos de Heiddeger, una de las causas del perpetuo cólico de nuestros padres, quienes se habían traicionado hasta el ano, debido a la enconadura de sus remordimientos. Nuestra generación tuvo el privilegio de someter sus entrañas a la implosión. Muchos de nosotros fallecieron en el intento, sin embargo unos cuantos consiguieron adaptarse y sobrevivieron a sus esperanzas frustradas gracias a la distensión fenomenal de sus tripas, lo que nos llevó a un modo de vida medio anfibio. Sin la menor duda, se trataba de nuestra primera gran victoria sobre la vergonzosa caca de nuestros padres.

Éramos entonces impotentes hipopótamos grasientos, de cuero tan espeso que nunca sufríamos de las picaduras de los parásitos, y flotábamos la tripa llena hundidos en un trance acuático, todos los orificios a banderas desplegadas en una extática inmovilidad. Arriesgando la vida, diminutos pececitos zambullían adentro, y nosotros los hipopótamos estreñidos, les dejábamos magnánimamente picotear nuestras heces de piedra hasta en nuestros intestinos, lo cual nos aliviaba infinitamente. Vivíamos en una simbiosis con los pececitos, siendo conscientes sin embargo de nuestra obvia superioridad de volumen. Muchos de estos patéticos Otros fallecían en su desesperada angustia del trascendental deseo de mierda al cual les habíamos inducido al mojar nuestras tripas duras y llenas en el fétido pantano de la Razón. No obstante, los pececitos se reproducían tan rápidamente que no había nada que temer en torno a la continuación de tan servicial especie. Nosotros los hipopótamos habíamos llegado a considerar que la muerte rápida estaba inscrita en su extrema fragilidad y por lo tanto, no nos provocaba ni el más mínimo escrúpulo cerrar de vez en cuando nuestros anos en sus delicadas branquias. Hay que puntualizar que la población de pececitos había considerablemente aumentado. No defecábamos más y en consecuencia, toda la superficie de la marisma despuntaba, permitiendo el Milagro de la Vida, esa euforia de diminutos Otros meneando nuestra mierda en lo hueco de nuestra intimidad. No éramos entonces ni totalmente hipopótamos, ni pececitos, sino un monstruoso híbrido multicéfalo e indisociable, con todas las ventajas morales del estreñimiento, engañifas y cagadillas, con todos los estribillos humanitarios y las coplas humanistas : "¡Si! Somos iguales entre especies —aunque ocupamos más espacio—". Y en nuestra infinita liberalidad —o sea, en nuestro colón—, incluimos los Otros desfavorecidos. Lo que venía a representar otro gran triunfo sobre la vergonzosa caca de nuestros padres quienes, ahora lo sabíamos, nunca hubieran tolerado que los pececitos zambullesen en sus interiores para comerse la mierda que ellos reservaban para sus criaturas. Sin la menor duda, nuestra sociedad había evolucionado.

Yacíamos en la podrida marisma, la tripa efervescente de pececitos bulliciosos, perdidos en un éxtasis a cierra ojos, y no caímos en la cuenta de la inmensa avidez de diarrea de nuestra propia progenitura. Nuestros niños ya no querían quedarse encasquillados, la tripa pesada, en ese pantano de la Razón descompuesta, y, como nuestros padres, no querían compartir con los Otros, los pececitos. Nuestros hijos tan sólo aspiraban a cubrir de mierda toda la superficie del pantano, porque ya habían sobrevivido a Three Miles Island, Tchernobyl, al Amococadiz y a Seveso, Toulouse, Bhopal y a la Encefalopatía Espongiforme Transmisible, al Sida, y a las escuelas de amianto, las universidades radioactivas, en breve a todas las gozosas consecuencias de la "post-guerra", y los críos habían aprendido, aunque mucho de ellos fallecieron, diezmados por enfermedades inéditas, aparecidas en el momento oportuno como solución milagrosa a la sobrepoblación. Nuestros niños no querían dar nada que sea a los pececitos. Como sus reservas de grasa se fundían, querían acabarlas, puestos de largo y defecando a lo grande, cagándolo todo: OPAs y stock options, microondas y rentabilidad, Silvester Stallone y extasy, House Music y desodorante antibacteriológico, MTV, DVD, y http en rosarios, resumido todo lo que se consumía y se podía cagar enseguida, algo así como una mezcla explosiva de romanticismo laxativo y suicidio colectivo. Mientras tanto, nosotros los hipopótamos hinchados a tope de "post-guerra", fuimos designados como "Otros" y arrinconados. Con lo cual nos aproximamos más aún a los pececitos. Con el fin de comunicarnos, habíamos ideado un nuevo lenguaje, muy práctico y sencillo, sin la más mínima sintaxis, y que no admitía más de un binomio de palabras: "sí" o "no", "verdadero" o "falso", "blanco" o "negro", "0" ó "1". Un lenguaje para partidarios del mínimo esfuerzo, que permitía hasta comunicar con los pececitos, con el fin de inducirles a seguir intoxicándose de nuestros suntuosos despojos, lo cual, hay que reconocerlo, nos aliviaba infinitamente.

Sin embargo las cosas no se desarrollaron exactamente tal y como las habíamos planteado, ni siquiera imaginado. El lenguaje bobo para pececitos se salió bruscamente a la suya, organizándose como le venía en gana, en un mundo que se nombró virtual, y cuya única virtud consistía en hacer más real aún nuestro universo de mierda, que se reducía también a un tandén: "dentro" o "fuera". Bramábamos saboreando la exquisita delicia, esa gran orgía matemática de binomios multiplicándose en un infinito juego de espejos, tentador abismo adonde traspasamos lo esencial de nuestras actividades. En este espacio que no existía, copulábamos entre culturas, eran actos sumamente lentos y voluptuosos que nos chupaban toda la sabia en esa gran orgía binaria, esa eyaculación incesante de la inexistencia, odiosa parodia de conciencia que interpretábamos, nosotros les hipopótamos más civilizados de la Historia de la Humanidad, volqueados en la monumental indecencia de nuestras ideas preconcebidas...

Mi teléfono móvil suena sin parar en la habitación oscura. Abro los ojos con dificultad, abrumada por el absurdo sueño. Manuel duerme a mi lado. ¿Qué hora será? Cuando por fin cojo la llamada, Luis Miguel me lanza, febril:

—¿ Lo has visto?
—¿Qué?
—¡No me digas! ¿No tienes tele?
—No. Pero ¿qué pasa? Estaba durmiendo la siesta y creo que tenía una pesadilla.
—Has dado en el clavo, pesadilla es. Dos aviones acaban de estrellarse en las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York y las han derrumbado. Un tercer avión ha hecho añicos del Pentágono en Washington. Hablan de atentados terroristas. ¿Puedes venir en la radio para hablarlo?
—... vale...

Me quedé en la habitación oscura un largo rato chupando silencio, hasta entender que era el momento de despertarse.

Fred Romano
Barcelona 11-10-2001

FROMANO@teleline.es