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Sociedad
El mundo en guerra: Informe especial 11-S (III)

por Xavi Garriga
 

Pórtico Luna

¿Todo ha terminado?

Mientras empiezo a escribir estas líneas, la radio y la televisión informan de que tropas de la alianza del norte se disponen a entrar en Kandahar, el último reducto del régimen talibán. Al parecer, el régimen integrista de Afganistán se ha deshecho como un castillo de naipes tras haber perdido el frente en Mazar i sharif. Los constantes bombardeos de apoyo a las tropas de la alianza en esa ciudad clave por ser el único nudo de comunicaciones de todo el norte del país acabaron por romper la resistencia talibán, que en lugar de estar dispuesta en profundidad se había empeñado en sostener la ciudad y en no retroceder ni un paso atrás desde el primer palmo de terreno. Una vez ha caído la ciudad, los defensores no han conseguido montar una segunda barrera defensiva en ningún punto de los trescientos cincuenta kilómetros que separan la ciudad norteña de Kabul, con lo que la retirada se ha convertido en una desbandada hasta Kandahar. De hecho, Kabul ni siquiera fue tomada por las tropas de la alianza del norte, sino que fue abandonada sin lucha por los talibanes.

En realidad, Kandahar ha sido siempre considerada por los talibanes como su verdadera capital, y en ella tenía el ya famoso Mulá Omar su centro de operaciones. No es extraño, ya que está situada a menos de cien kilómetros de la frontera con Pakistán, en una zona en que esta frontera es mucho más permeable que por la parte de Kabul, ya que la capital nominal de Afganistán está mucho más cerca de Islamabad y eso dificulta los movimientos y el tráfico de tropas y armas.

Las primeras informaciones hacían pensar en dos hipótesis de futuro inmediato. La primera era que los talibanes se harían fuertes en Kandahar y echarles de allí se convertiría en una larga y costosa operación de asedio a cargo de las tropas de la alianza del norte. La otra, más realista, aseguraba que los talibanes volverían a las montañas y se enquistarían como guerrilla opositora durante los próximos años.

Personalmente, creo que la primera hipótesis se ha caído ya a estas alturas y en cuanto a la segunda la comparto aunque con las siguientes matizaciones. A estas alturas, es un poco complicado hablar de los talibanes como un grupo compacto. Ha quedado claro que una vez más occidente no se enfrentaba al cuarto o quinto mejor ejército del mundo y que los trece años que han pasado desde la derrota del ejército soviético han cambiado bastante el mundo y actualmente el poco apoyo del que disponen los talibanes augura deserciones masivas en el régimen. De hecho, lo más probable es que la mayor parte de los talibanes se disuelva en el nuevo régimen afgano, como hicieron los soldados alemanes tras la segunda guerra mundial o los franquistas españoles tras la muerte de Franco. Por ello, la posibilidad de que la nueva guerrilla talibán se mantenga en la lucha durante los próximos meses o años es a mi modo de ver remota. El soporte talibán en Pakistán es menor a cada hora que pasa y los diferentes países vecinos de Afganistán tienen sus propios planes para el futuro del país. De hecho, es más probable que se reproduzca la situación de guerra civil que asoló el país entre 1989 y 1996 que un resurgimiento de los talibanes. Para evitar que esto suceda, una vez más es importante el papel de occidente que debe olvidarse de tratar de aplicar sus estándares de comportamiento y no forzar una serie de cambios impopulares en Afganistán. La convocatoria de la Loya Jirga es importante y el antiguo rey debería acudir al país, aunque fuera sólo para arbitrar la constitución de este consejo de tribus, hoy por hoy, el único mínimamente legitimado para dirimir el futuro del país.

En otro orden de cosas, si esta guerra ha servido para desbancar al régimen talibán y ha sostenido de paso al gobierno de Pakistán, la mala noticia para occidente es que puede haber sido la puntilla para las relaciones con Arabia Saudí. Este país, el más importante del golfo pérsico, es desde hace unos años una fuente constante de problemas para la diplomacia occidental, que debe moverse en una delgadísima línea de estrategia. Por un lado, la situación de los derechos humanos en este país es espantosa. El estatus de las mujeres es sólo equiparable al del denostado Afganistán y son numerosas las ejecuciones de disidentes políticos. Por otro lado, la necesidad estratégica de contar con las ingentes reservas petrolíferas árabes provoca que occidente haga la vista gorda ante estos abusos y también ante el hecho de que casi la totalidad de las fuentes de financiación de los movimientos terroristas islámicos provengan de Arabia Saudí. Hoy en día, la situación política en Arabia es inestable. La familia real juega el doble juego de pactar con occidente con una mano pero apoya a los grupos islamistas con la otra. Esto ocurre en parte por la visión rigorista del Islam que tienen los árabes, y en mayor parte por el temor de la familia real saudí a verse desplazada del poder por otro grupo que prometa mayor respeto por la religión y las tradiciones o directamente por una revolución islámica al estilo de la ocurrida en Irán en 1979 que acabó con el Sha. Hoy en día las posibilidades de que una de estas dos cosas ocurran es mayor de lo que la opinión pública pueda pensar y de hecho es el mayor problema estratégico al que ese enfrenta EE.UU., que ha apostado por Arabia Saudí como suministrador de petróleo. La familia Saud está muy desprestigiada en estos momentos, ya que por primera vez desde el auge de los hidrocarburos, Arabia se enfrenta a una crisis económica y la renta per cápita ha descendido enormemente en el último año. La posición de EE.UU. y occidente es difícil, ya que cuanto más visiblemente se muestre su relación con Arabia, mayores serán los problemas a los que se enfrentará la familia real saudí.

El destino final de Osama Bin Laden, todavía incierto a estas alturas, jugará un papel importante en el futuro de Arabia Saudí. ¿Todo ha terminado? No. Esto viene de lejos y todavía queda mucho conflicto por desarrollarse.