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Cuento
Ya es oficial

por Sandra Miralles
 

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Ya es oficial. Tengo 30 años. Debo 30 euros y no los tengo. O algo así. Las velas del pastel se han soplado solas y, de todas formas, yo no las había puesto ahí. La nata riquísima, eso sí. El resto lo he guardado en la nevera, al lado del medio kilo de tomates, la botella de agua y el litro de leche. Ah, y la sobrasada mallorquina. ¡Qué tristes deben ser las fiestas de cumpleaños en mi nevera!, ¡tan escasos invitados y con tan poco en común!

Así que he abierto la ventana para airear el comedor, no sea caso que algún año se quede flotando y me sobrevenga de repente. He apilado los vasos vacíos y he tirado los de plástico, caídos todos sobre el papel de regalo, creando un efecto óptico muy divertido que le ha sentado muy bien a mi basura, que también está de resaca, la pobre. Pero al menos ella es joven, apestosa y fea, pero joven. La puse ayer. Hoy ya se jubila. Joven, aunque de vida corta, dejando un cadáver putrefacto. Yo quiero morir de vieja, pero espero que mis restos sean más estéticos.

Lentamente, las evidencias de la fiesta han ido desapareciendo. A última hora una colilla insistía en quedarse a vivir enganchada al suelo del pasillo. La he desocupado sin contemplaciones. Luego he estrenado mi nueva crema hidratante de efecto luminoso. He oído como mis primeras arrugas chillaban y retrocedían. En el espejo, una mujer ojerosa, embadurnada y despeinada, me hacía muecas, pero yo he disimulado y he seguido, como si nada, apartando cosas de aquí y de allá para hacer sitio al Cero que tan escasamente me visita.

El Cero se ha sentado conmigo en el sofá, ocupando más espacio del que le he ofrecido y mirándome con desprecio mientras accionaba el mando de la tele. Ha puesto uno de esos programas que no soporto. Y entonces me he dormido, babeando levemente sobre el cojín de terciopelo. Justo cuando el sueño se ponía más interesante, va y el Cero me despierta. Ah, no, es el timbre del teléfono. Me acerco arrastrando los pies. No conozco el número, no lo cojo. Pero, traidora, la desconocida del espejo me coge desprevenida y me saca la lengua - una lengua terrible, por otra parte - como si yo le tuviera que encontrar la gracia. De nuevo, la he ignorado. Me he asomado al comedor, y sí, el Cero seguía allí, ahora estirado completamente en el sofá, como Pedro por su casa, con los pies encima de la mesita.

Me he sentado en una silla y he visto que alguien se había llevado uno de mis libros favoritos. Mi memoria estaba babeando sobre el cojín de terciopelo, pequeña y ridícula al lado del Cero, y no he querido despertarla. Me aburro. Nadie me habla, no tengo nada más que hacer que quejarme y encima debo dinero. O años, ya no lo recuerdo. Estoy a punto de chillar. De gritar o cantar, o empezar a dar brincos. Pero es que no tengo fuerzas. Bah, tampoco hubiera sido tan entretenido. El teléfono suena de nuevo. Lo dejo hacer, es como si él chillara por mí. Demasiado monótono y, aunque no tengo el cuerpo para aventuras, me apetece algo más divertido, como una excursión a la cocina en busca de algo que me encaje la mandíbula y me riegue el cerebro.

El gato es más listo que yo. El gato bosteza y se quita las pesadillas con su lengua rasposa y sus patas peludas. Camina alargando su cuerpo como si fuera un muelle negro. Y, de pronto, lo ve. El Cero ha dado un saltito, pero no se ha atrevido a salir corriendo, porque mi panterita casera lo mira con esos ojos amarillos que llevan detrás toda la carga genética de la selva en miniatura. Y claro, el Cero se acojona. Y el gato se le tira encima. Pelean. Las zarpas se clavan, los colmillos destrozan. Yo, en un rincón, animo al gato sin palabras. En pocos segundos, del Cero ni rastro. Me estiro en el sofá y mi gato acude a mi regazo con restos del Cero en su boca. Yo lo acaricio y él ronronea. Y así nos quedamos dormidos, otro rato.

Cuando despierto ya es de noche. A la Luna le han salido bolsas bajo los ojos, quizás a ella los años también la trastoquen. Busco en los armarios, en las esquinas y en los cajones. El Cero se ha ido. O eso parece. Voy a ver qué hace la desconocida del espejo. Sigue ahí, más despeinada pero menos ojerosa... y ¡oh!…¡allí está de nuevo!...¡el Cero como una aureola a modo de diadema sobre la cabecita de la extraña! Me toco la cabeza pero no llevo nada. Lo miro desafiante (la otra chica también) y le digo:

Insiste, si quieres. El año que viene habrás desaparecido, y hasta los 40, nada.

Eso lo amedrenta un poco.