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Ensayo literario
Fe de fútbol

por Petronio Rafael Cevallos
 

Pórtico Luna

Que no quede duda, por su colorido, emoción y belleza, el campeonato mundial de fútbol es la fiesta más grande del planeta. Ni siquiera las hermosas olimpiadas, cuya naturaleza multidisciplinaria las hace mucho más eclécticas, se comparan a un "mundial". Cada cuatro años el mundo se viste a la vez de corto y de gala, concentrándose en un mes de insuperable fervor.

Hace 25 siglos los griegos sabiamente mantenían que "el hombre se acuesta para descansar, se sienta para comer y se levanta para jugar". Por tanto, no es ninguna hipérbole afirmar que cada cuatrienio la humanidad se pone en vilo para ver jugar a las selecciones de 32 países, en un derroche de entrega heroica, unción nacionalista y bizarro espíritu deportivo.

No obstante, el fútbol tiene también la capacidad de extraer lo peor de un conglomerado. Basta recordar aquel tristemente célebre conflicto bélico entre El Salvador y Honduras, países vecinos (y hermanos), precipitado por un partido de fútbol entre sus respectivas selecciones. En julio de 1.969, luego de cuatro días de combate, esta "Guerra del Fútbol", como pasó a ser conocida, dejó un saldo de 3.000 muertos, 6.000 heridos y 50 millones de dólares en pérdidas. Asimismo, a partir de los ochentas, los hooligans ingleses, las barras bravas argentinas y los fanáticos alemanes, son otro lamentable y–a menudo–trágico ejemplo.

El soccer (como lo llaman en los Estados Unidos) posee un extraordinario poder de convocatoria que, según el caso, conduce a desbordados niveles de euforia o depresión. El fútbol es una gran devoción de las masas, un caudaloso desfogue de amenazadores instintos, a la par bélicos y orgiásticos, de naciones y hasta de bloques geoculturales enteros. Este singular deporte funciona como una gigantesca válvula de escape, mediante la que ominosas tensiones colectivas encuentran una especie de civilizado y muy bien orquestado desahogo.

Sólo hay que revisar el pasado mundial de Francia 98, para ver que en fútbol (y acaso no sólo en fútbol) Irán pudo derrotar a su archienemigo, los Estados Unidos; México se puso de igual a igual con los imperialistas belgas y holandeses, e hizo sufrir a los orgullosos germanos; una pequeña nación como Paraguay puso en jaque a la anfitriona y a la postre campeona Francia; Argentina tomó revancha, una vez más, de la despótica Inglaterra; la cenicienta Croacia humilló a la linajuda Alemania, y sorprendió a Holanda; y, en la final, Francia hizo bailar samba a los propios brasileños.

Pero lo más importante de todo este despliegue de energía, de talento físico y mental, es el inmenso sentido de identificación que despierta en cada pueblo. Los iberoamericanos conformamos una sola nación, culturalmente hablando. Y no es otro sino el fútbol el que siempre nos lo ha recordado, y en términos muy viscerales En el pasado "mundial", cuando jugaba México contra Alemania, todos los iberoamericanos apoyábamos a México; lo mismo sucedía en los partidos que jugaban Argentina, Brasil, Chile, España, Paraguay y Estados Unidos. (Varios de los integrantes del equipo estadounidense son de origen hispano y en este país vivimos nada menos que 30 millones de hispanohablantes. Mis hijos, nacidos y criados aquí, apoyan por igual a las selecciones de Ecuador y Estados Unidos.)

El muy próximo mundial Japón-Corea verá una cara nueva en el bloque iberoamericano: Ecuador. Es la primera vez que este país logra la clasificación. A pesar de la crisis económica que los afecta, los ecuatorianos disfrutan plenamente este logro y miran con optimismo hacia Japón-Corea. No importa que el país esté hundiéndose y que medio Ecuador haya emigrado a causa de ello. Por unos días del mes de junio, los ecuatorianos serán más ecuatorianos, y apoyarán incondicionalmente a sus paladines de pantalones cortos; puesto que los jugadores y el entrenador de la selección ecuatoriana son considerados verdaderos héroes nacionales.

Curiosamente, Argentina, nación que también está siendo devorada por la peor crisis de su historia, terminó la clasificación a la cabeza del grupo sudamericano y es una de las escuadras más poderosas que competirá, con insuperables opciones al título máximo, en Japón-Corea. La misma Argentina campeonó por primera ocasión en el mundial de 1.978, del que fue anfitriona; al mismo tiempo que los argentinos sufrían una represiva dictadura militar y los estragos de la nefasta "Guerra Sucia". Como en el caso ecuatoriano, ¿hay aquí una análoga ecuación perversa? Es decir que, en algunos países, ¿esplendor futbolístico es igual a descalabro sociopolítico?

Una reflexión adicional: ¿De qué le vale a un país ser campeón del mundo, si una buena parte de su pueblo padece hambre, desempleo, insalubridad y otras lacras sociales? ¿Quiénes se benefician de estas condiciones lacerantes? ¿Es el fútbol una cortina de humo, escapismo de multitudes, reciclado opio de los pueblos? ¿No fueron dos argentinos, Borges y Bioy Casares, que a una sola voz declaraban que nos engañamos cada vez que gritamos un gol?

Pero, un momento, que no queremos aguar ninguna fiesta, mucho menos la que de seguro se dará en Japón-Corea, la más fervorosa y magna que para entonces la humanidad habrá visto. Reconozcamos, pues, que el balón, por su esfericidad y por el excelente manejo que le dan los atletas del balompié, bien podría constituir todo un símbolo del planeta Tierra. Por él y en él todos conformaríamos una gran nación. En efecto, el mayor triunfo de los campeonatos mundiales de fútbol es la unión de los países a través del deporte. Ejemplo, el último torneo, que nos dejó una clara y positiva lección: Con la unión todo se puede, y el espíritu de la unidad es la celebración. Como el fútbol, la vida es una fiesta, una interminable celebración que nos mantiene en vilo desde la cuna hasta la tumba.

En otras palabras, no habría que esperar cuatro años para levantarnos a celebrar un gol. Mientras el mundo siga su marcha y encare lo mejor posible los graves problemas que nos aquejan–la terrible devastación socioecológica que amenaza la supervivencia del planeta y de todas sus especies, la pobreza y las enfermedades que asolan a la inmensa mayoría de la población humana--, desmintiendo un poco a los griegos, mantengámonos en pie, unámonos, marquemos–por qué no–nuestros propios goles y celebremos–claro que sí–nuestro–individual y comunitario–"mundial" de cada día. Todos los días.