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Sociedad
PP, S.A.

por Xavi Garriga
 

Pórtico Luna

En la noche de las elecciones generales del año 1993, Javier Arenas, el actual secretario general del Partido Popular, denunció antes las cámaras de Televisión española la posibilidad de que los resultados electorales, que daban la victoria por un estrecho margen al Partido Socialista, hubieran sido manipulados por el gobierno, formado entonces por el PSOE. Pese a que dichas palabras quedaron muy silenciadas por los medios de comunicación y se echó rápidamente mucha tierra sobre el asunto, la gravedad de las mismas era alarmante y provocó en este cronista mucha preocupación, ya que si el principal partido de la oposición no era capaz de respetar las mínimas reglas del juego democrático, la situación era de crisis.

Ahora, casi diez años después de aquella noche, y en virtud de cómo el PP ha gobernado desde que obtuvo la victoria electoral en 1996, me es mucho más fácil comprender los motivos que llevaron al señor Arenas a cometer tal barbaridad mediática. En realidad, cuando el secretario general del Partido Popular decía ante las cámaras que no podía creerse los resultados de aquella noche estaba siendo absolutamente sincero. Ni él ni todos sus socios del partido podían creer que después toda la inversión hecha en medios de comunicación y de todos los periódicos, cadenas de televisión y de radio que su organización había comprado, el resultado no fuera el esperado. En realidad, no era un político exasperado por la derrota el que hablaba aquella noche sino un empresario que se quejaba de que su inversión no había dado la rentabilidad deseada.

Esta es la palabra clave para comprender toda la política que ha llevado a cabo el PP en estos seis años: rentabilidad. No en vano su principal caballo de batalla, bien aireado por sus medios de comunicación, ha sido tratar de conseguir el déficit cero. En términos empresariales, ese objetivo tiene mucha lógica, en términos políticos es un concepto incompatible con la esencia misma de la política y del estado. Por definición, la principal tarea del estado es la de redistribuir la renta de sus ciudadanos. Por medio de los impuestos, se asegura a los habitantes con menos recursos económicos el acceso a toda una serie de servicios que se pagan con el dinero de los habitantes con mejor situacion económica. Los servicios más importantes de entre estos son la sanidad, la educación y las infraestructuras de comunicación y suministros energéticos. Esa era la teoría del estado moderno… hasta que llegó el señor Aznar López y su modelo empresarial.

En la visión de estado del PP (que acusa sin parar a los demás partidos de no tener visión de estado), no hay lugar para los servicios deficitarios, que obligan al estado a aumentar los impuestos y gravar a las capas más ricas de la población. La solución que aportan al problema es sencilla, el estado renuncia a sus derechos (esto es, reduce los impuestos que recapta) a cambio de renunciar tambien a sus obligaciones (deja de prestar servicios a cambio de esos impuestos). La consecuencia tambien es sencilla; los servicios públicos empeoran su calidad día tras día y los ciudadanos se ven obligados a contratar servicios privados, con lo cual se acabó la teoría de la redistribución de la riqueza.

¿Crueldad? ¿Sadismo? ¿Acaso son unos malos de opereta que disfrutan con el mal ajeno? No. La política que llevan a cabo es simplemente la que mejor sirve a sus intereses y a los que les patrocinan. Todo el plantel ejecutivo del partido está formado por hijos, sobrinos o nietos de los ministros, secretarios y subsecretarios que gobernaban el país hace treinta años, cuando no les hacía falta pasar por unas elecciones para legitimarse. Las formas han cambiado, pero hay un cierto tono cuartelario que se mantiene pese al curso de los años. Como decíamos más arriba, el partido está ahora regido como una empresa que trata de conseguir el máximo beneficio para sus accionistas. Para ello, estos accionistas han elegido a un equipo ejecutivo y a la cabeza del mismo a un director general. Una vez en el poder, hay dos preocupaciones elementales para los accionistas, conseguir rentabilizar la inversión y conseguir que el proceso de rentabilización persista la mayor cantidad de tiempo posible. Para ello, deben conseguir eliminar a la competencia y hacerse con el control del mercado.

Actualmente la competencia está en crisis, así que parece que la cúpula de la compañía debería estar satisfecha. Sus perspectivas a corto plazo son inmejorables. Sin embargo, el actual director general es de los que nunca están satisfechos. No sólo quiere dominar el mercado, pretende conseguir un monopolio. Para ello, ha emprendido unas cuantas campañas, que podemos seguir estudiando bajo este prisma empresarial que estamos usando.

Uno de los principales caballos de batalla del gobierno ha sido la demonización de los nacionalistas no españoles. Evidente. Ninguna empresa importante puede permitirse que sus delegaciones más importantes se escindan y pasen a ser empresas independientes. Se pierde dinero en facturación, se pierde mercado y se ganan competidores, así que sus pretensiones son un peligro serio para la sede central de la empresa y por ello son el principal tema de debate en todas las reuniones del consejo de administración.

Otro punto interesante a estudiar es el de las relaciones exteriores de la compañía. En este apartado se ha seguido un máxima claramente empresarial, "ser orgulloso con el débil y servil con el fuerte". Siguiendo esta premisa, cuando los ejecutivos de la empresa se han enfrentado a alguna crisis internacional, siempre han terciado a favor del mercado más importante; Estados Unidos frente a Cuba, China sobre Tibet, Israel sobre Palestina, etc.

Por último, como empresarios modernos, los ejecutivos del partido-empresa quieren que el país que gobiernan adquiera prestigio internacional. Actualmente la forma más clara de adquirir ese prestigio es a través del deporte. Por ello, y siguiendo las órdenes del director general, los ejecutivos de la compañía se han lanzado a comprar por todo el mundo a deportistas que puedan hacer sonar bien alto el himno nacional. Hasta ahora la inversión en marqueting, pero, no ha logrado ser demasiado rentable. Estos días resuena todavía en algunos medios el espinoso caso del esquiador Juanito Mullegh, pero más hilarante fue todavía el que tuvo lugar hace dos años, cuando el consejo superior de deportes envió a unos juegos olímpicos para personas con deficiencias mentales a un equipo de jugadores de baloncesto formado por deportistas sin las citadas deficiencias. Ganaron, evidentemente, pero cuando el caso se destapó tuvieron que devolver las medallas. Los rumores de la oficina central aseguran que las miras de los intrépidos ejecutivos se han vuelto a un deporte en auge, el Paddle, del que dicen que el director general es un lince…