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Sociedad
Ulises, intelectual orgßnico

por Umberto Eco
Traducción de M¬ Teresa Meneses
 

Pórtico Luna

En una reciente mesa redonda, organizada con la finalidad de escuchar las opiniones de algunos estudiosos sobre diferentes problemas de nuestro tiempo, despotriqu╚ contra algunas cuestiones. Los peri█dicos, obviamente, hablaron parcialmente de ellas. Alguien me pidi█ que precisara lo que quise decir. Este es el objetivo del presente art╠culo. Asist╠ a la mesa redonda temiendo que, como sucede muy a menudo, que una entidad pol╠tica quisiera pedirle a algunos intelectuales de las ideas que dieran su opini█n sobre c█mo sacar adelante a este pa╠s. Ahora bien, no hay nada que me irrite mĚs (pero que en el fondo no me haga sonre╠r cuando por fortuna no me lo piden a m╠) que ver a los intelectuales utilizados como si fuesen un orĚculo.

Naturalmente, mi premisa era que, actualmente, por intelectual no se puede entender a cualquiera que, mĚs que con el brazo, trabaje con la cabeza. Tambi╚n trabaja con la cabeza aquel que por medio de la computadora controla las reservaciones en un hotel mientras que un escultor trabaja con el brazo. Digamos entonces que por intelectual se entiende a aquel que desarrolla una funci█n creativa, tanto en las ciencias como en las artes, y aqu╠ tambi╚n podemos incluir al agricultor que se le ha ocurrido una nueva idea sobre la rotaci█n de los cultivos. En resumen, no es necesariamente un intelectual aquel que escribe de una manera correcta un buen manual de aritm╚tica para las escuelas de educaci█n media, pero puede serlo aquel que lo escribe adaptando criterios pedag█gicos in╚ditos y mĚs eficaces.

Aclarado esto, la Grecia de los tiempos aqueos nos ofrece tres figuras de intelectual. La primera es Ulises que, por lo menos en La Il╠ada, desarrolla las funciones de intelectual orgĚnico, segÖn la vieja idea de los partidos de izquierda. Agamen█n le pregunta c█mo conquistar Troya; Ulises inventa la idea del caballo y -puesto que es orgĚnico a su grupo- no se preocupa del fin que tendrĚn los hijos de Priamo. Luego, como tantos intelectuales orgĚnicos que estĚn en crisis y entran en una comuna con su gurÖ o se meten a trabajar para Mediaset, a ╚l le da por la navegaci█n y se pone a trabajar en sus asuntos.

La segunda figura es la de Plat█n. No s█lo tiene su idea de la funci█n oracular del intelectual, sino piensa que los fil█sofos pueden enseĎar a bien gobernar. El experimento con el tirano de Siracusa no ha sido feliz y siempre es necesario cuidarse de los fil█sofos que delinean modelos concretos de buen gobierno: si tuvi╚ramos que vivir en la isla de Utop╠a, como la conceb╠a TomĚs Moro o en un falansterio de Fourier, nos encontrar╠amos mĚs a disgusto que un moscovita en los tiempos de Stalin.

La tercera figura es la de Arist█teles que, como es conocido, fue el preceptor de un hombre de gobierno como Alejandro. Por lo que sabemos, nunca le dio consejos precisos sobre lo que deber╠a hacer en sus empresas, si deshacer el nudo gordiano o desposar a Rossana. En cambio, le enseĎ█ en general lo que es la pol╠tica, la ╚tica, c█mo funciona una tragedia, cuĚntos est█magos tienen los rumiantes. Pero, admitiendo que Alejandro le haya sacado provecho a todas estas enseĎanzas, pod╠a haberlas usado en su favor incluso si Arist█teles no hubiese sido su preceptor: bastaba con que un amigo le hubiese aconsejado que se leyera bien los libros de ╚ste.

Por esto, las maneras con las que la pol╠tica puede valerse de la contribuci█n de los intelectuales s█lo son dos: si son intelectuales verdaderos, es decir, creativos, ya deber╠an haber expresado ideas interesantes, por lo tanto, el pol╠tico podr╠a limitarse a leerlas. Pero puede suceder que el pol╠tico advierta que sobre ciertos argumentos ni ╚l ni otros tienen ideas claras (no se sabe lo suficiente de ellos), entonces serĚ un buen pol╠tico si manda a realizar investigaciones nuevas sobre este argumento. Por otra parte, que el intelectual sea miembro de un partido pol╠tico, y ademĚs trabaje en la oficina de prensa de ╚ste, no tiene nada que ver con su papel espec╠fico: se trata de un ciudadano como cualquier otro que desea poner sus cualidades profesionales al servicio de su propio grupo, as╠ como si fuese un albaĎil, trabajar╠a gratis en sus horas libres para restaurar la sede del partido.

En un texto publicado por Il Corriere della Sera, muy amablemente Luciano Canfora me ha reprochado no haber citado a S█crates. Tiene raz█n, yo ten╠a en mente una cuarta funci█n del intelectual, y he hablado con mucha frecuencia de esto, pero ese d╠a no ten╠a suficiente tiempo a disposici█n. S█crates desarrolla su papel criticando la ciudad en la que vive y luego acepta haber sido condenado a muerte por enseĎar a respetar las leyes. No s╚ si es un S█crates o menos, pero el intelectual en el que pienso tambi╚n tiene otro deber, admitiendo que pertenezca a un grupo: no debe hablar contra los enemigos de su grupo (para eso estĚ la oficina de prensa), sino contra sus propios enemigos. Debe ser la conciencia cr╠tica de su grupo. Estarles dando lata. En efecto, en los casos mĚs radicales, cuando el grupo va al poder a trav╚s de una revoluci█n, el intelectual inc█modo es el primero en ser guillotinado o fusilado.

No creo que todos los intelectuales deseen llegar a este punto, pero deben aceptar la idea de que el grupo al que han decidido de alguna manera pertenecer, no los quiere demasiado. Si los quiere demasiado o los mima, entonces son peores que los intelectuales orgĚnicos, son intelectuales de r╚gimen.