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Ensayo literario
El disidente

por Damego
 

Pórtico Luna

Pudiera parecer, a simple vista, un perdedor; pero él sabía desde hacía demasiado tiempo que no le quedaba nada que perder. Si acaso algunos sueños revueltos entre la hojarasca reseca de un otoño que negaba con terquedad la lógica rotación de las estaciones.

Su libro de familia le aseguraba mujer. Y también hijos. Era cierto. O mejor dicho, fue cierto en otra época. La mujer se tornó poco a poco esposa fiel bandera cartón piedra, ideal para paseos matutinos domingueros a brazo compartido por el parque central y cócteles nocturnos compromiso con presentación ancha sonrisa qué buena está la tía. Los hijos, ya se sabe, son quienes nos confirman definitivamente que el verbo ser nada tiene que ver con el estar.

Un trabajo cómodo, fijo y bien remunerado decidió desde temprana edad su condición burguesa. Precoz niño mimado del "Estado del Bienestar", privilegiado obrero dentro de la colmena, había bebido, sin embargo, de las amargas fuentes de saber. Sabía. Conocía todas las trampas del Poder. Incluso aquéllas que habían atrapado su vida en la noria sin sentido de la monótona rotación estacional, preludio de una muerte anunciada antes de tiempo, antes de haber vivido su propio tiempo, a su manera y no a la manera que otros tejieron a escondidas para él, espesa telaraña, desde elevados despachos urbanícolas, configuración virtual de las celdas hexagonales para el desarrollo sostenido del Sistema.

El vasto y seductor escaparate se encargaba del resto, pero a él nunca le importó dormir sobre la hierba, quizás un poco más seca y mullida con los años por eso del endurecimiento óseo y no le vayan a joder con lo del reuma. Tuvo algunos amigos que quizá perdió o tal vez se perdieron y otros que conservó porque jamás supieron que para él habían llegado a serlo. Amantes, sólo las necesarias: una pecho de luna playa desierta en el verano, corazón de chimenea para caldear las noches del invierno, y otra culo de sombra bajo la luz abrasadora del desierto, mira qué calor hace cómo rodamos juntos hasta el río por el cañaveral. Discreto. Muy discreto. Casi inexistente de tanta discreción.

Un día decidió dejarlo todo y lanzarse desde la confortable cima de la colina como un canto rodado por la ladera del sueño, batido por los rápidos del vivaz arroyuelo, para no dejar de rodar hasta alcanzar la mar, su más profundo sueño.

Los nombres de la mar son numerosos y casi siempre indescifrables. No sabemos si al fin nadó en sus aguas. La memoria colectiva es quebradiza, sobre todo para los finales felices. Esto nos da una pista, pero tras indagar afanosamente en las crónicas de la época y remover el desván encefálico de los mejores recordadores que con él compartieron el mismo espacio y tiempo, tan sólo podemos aseverar con objetividad y prudencia que a simple vista parecía un perdedor, a pesar de saber, desde mucho tiempo atrás, puede que desde siempre, que no tenía nada que perder.

Damego