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Sociedad
CRISIS DE IDENTIDAD. ¿Por qué no deberíamos preocuparnos por la inmigración Mejicana?

por Francis Fukuyama
Traducción de Jaime Paz para Pórtico Luna
 

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(Francis Fukuyama es profesor de economía política internacional en Johns Hopkins School of Advanced International Studies y autor de Nuestro Futuro Posthumano: Consecuencias de la Revolución Biotecnológica)

Hoy en día no es políticamente correcto decir que América es un país fundamentalmente protestante, o que una forma específica de religión es crítica para su éxito como una democracia.  Como hechos históricos, estas afirmaciones son indudablemente ciertas, y son las premisas de “¿Quiénes somos?”, el último libro de Samuel Huntington.  Los Estados Unidos, argumenta, es una democracia liberal basada en ciertos principios políticos universales sobre libertad e igualdad, conocidos como el Credo Americano.  Pero el éxito del país como una sociedad democrática libre y próspera no fue simplemente debido a la divinidad de estos principios o a la fuerza de las instituciones oficiales de América.  Hubo un complemento decisivo: el valor cultural que Huntington describe como “Anglo-Protestante”.  Si América hubiera sido colonizada por los católicos franceses, españoles o portugueses en lugar de los protestantes ingleses, no habrían sido los Estados Unidos que conocemos, sino algo así como Québec o Méjico.

Huntington está siguiendo la trayectoria de innumerables observadores de los Estados Unidos, desde Tocqueville y Bryce hasta Louis Hartz, Seymour Martín Lipset, y él mismo en anteriores libros como su “Políticos Americanos: La Promesa de la Discordia”, de 1981.  Todos estos autores han señalado que la naturaleza disidente, sectaria del protestantismo transplantado a Norte América fue crítica para dar forma a los valores americanos como individualismo, tolerancia, moralismo, la ética del trabajo, la propensión a la asociación voluntaria, y un sinfín de otros hábitos y costumbres informales que aumentan nuestra Constitución y sistema legal.  “¿Quiénes Somos?” es también perfectamente consecuente con el anterior best seller de Huntington, “El Choque de las Civilizaciones”, cuando afirma que la democracia liberal no es tanto un sistema universalista para organizar la vida política, sino más bien una forma de dejar atrás cierta cultura norte europea, el atractivo y la viabilidad de aquello que estará limitado en otros entornos culturales.

Huntington plantea la cuestión de que la globalización y la inmigración sean amenazas para esa tradicional identidad americana.  Desde su punto de vista, la élite americana, desde los altos ejecutivos a los profesores y periodistas, se ve a sí misma cosmopolita, y próxima al principio de diversidad como un fin en sí mismo.  Esa élite ya no se siente próxima a América y gradualmente está perdiendo contacto con la inmensa mayoría de americanos no pertenecientes a esa élite, los cuales se sienten patriotas, moralmente conservadores, y cristianos en sí, cada vez más parecidos al Cuarto Gran Despertar de principios del siglo XXI.

En ningún otro sentido las élites y los americanos ordinarios están tan separados como en la inmigración, y Huntington aborda la reciente preocupación sobre la amenaza de la inmigración mejicana muy seriamente.  Esto es por los números (casi 8 millones de personas en 2000, o el 27 por ciento del total de la población inmigrante), la concentración de inmigrantes mejicanos en unos pocos estados y ciudades del sudoeste, y la proximidad de su país de origen.  La ola ha ocurrido, además, en el momento en que las élites americanas han perdido la confianza en sus propios valores culturales y ya no van a utilizar el sistema de la escuela pública para asimilar a estos nuevos inmigrantes a la cultura aglosajona.  A Huntington le preocupa que la inmigración no controlada sembrará las semillas de una posterior reacción violenta, y probablemente incluso conducirá algún día a algo nuevo en la experiencia americana, una minoría étnica y lingüística con fuertes vínculos a un país vecino que podría hacer potencialmente una reivindicación territorial en el sudoeste.

Me alegra que un experto como Huntington haya planteado estas cuestiones, ya que merecen seria discusión y no deberían ser abandonadas a los caprichos de Pat Buchanan o peores.  Huntington plantea algunas verdaderas cuestiones sobre si la gran población inmigrante mejicana se integrará como otros grupos inmigrantes han hecho antes que ellos.  Las estadísticas más alarmantes son las que les muestran subiendo la escalera socioeconómica más lentamente en la tercera generación que otros grupos.  Está en lo cierto en que “la cultura importa” (el título de uno de sus anteriores libros), y está en lo cierto en que el apoyo desconsiderado del multiculturalismo amenaza importantes valores americanos.  Pero su libro, irónicamente, saca provecho de diferentes perspectivas del problema:  “Quiénes somos?” propone que la amenaza más seria para la cultura americana viene quizás de sus propias contradicciones internas que de los extranjeros.

Comencemos con la cuestión de quiénes son los verdaderos portadores de los valores “anglo-protestantes”.  Por su énfasis en la religión, Huntington no aborda la cuestión desde el punto de vista de un creyente que cree que los valores protestantes son importantes porque son inherentemente verdaderos, sino porque estos valores tienen buenos efectos, como la democracia y el desarrollo.  De ese modo queda claro que los valores “anglo-protestantes” pueden y de hecho han llegado, a desprenderse de sus raíces religiosas y étnicas.  En el capítulo que describe el núcleo de los valores anglo-protestantes acaba fijando la atención prácticamente por completo en la ética del trabajo: “desde el principio”, escribe, “la religión de América ha sido la religión del trabajo”.  Pero ¿quién trabaja duro en el mundo actual? Desde luego, no los europeos contemporáneos con sus seis semanas de vacaciones.  Los verdaderos protestantes son esos coreanos propietarios de tiendas de comestibles, o los empresarios indios, o los ingenieros taiwaneses, o los taxistas rusos que tienen dos o tres trabajos en el libre y relativamente no regulado mercado laboral americano.  Viví en Los Angeles durante casi una década, y recuerdo los grupos de chicanos de paso reunidos en algunos cruces a las 7 de la mañana esperando para trabajar como peones de un día.  No hay falta de ética de trabajo aquí: Esta es la razón por la que los hispanos han empujado a los americanos nativos fuera de los trabajos de habilidades básicas en cada ciudad en la que compiten cara a cara.  

Los anglo-protestantes reales, por otro lado, son un grupo complejo.  Las viejas denominaciones protestantes tradicionales -Congregacionalista, Anglicano y Presbiteriano- estuvieron en la vanguardia de todas las causas liberales como el multiculturalismo y la acción a favor de las minorías que tanto disgusta a Huntington.

Todavía existen clubs de campo WASP (White Anglo-Saxon Protestant), pero su hegemonía cultural procedente de las instituciones de élite desde Wall Street hasta la Ivy League (Grupo de ocho universidades privadas de Nueva Inglaterra), tocó a su fin hace 50 años.  Y entonces están los descendientes de los escoceses e irlandeses, herederos de lo que Walter Mead llama la tradición Jacksoniana en la política americana, quienes se han asentado en la franja que se extiende desde las Carolinas a través del Cinturón Bíblico hasta el sur de California.  Este grupo está considerado relativamente bajo entre los grupos étnicos americanos identificables, inmigrantes y nativos, en términos de ingresos, educación, y otros indicativos de estatus socioeconómicos.

Existen numerosos terrenos en los que pensar que los Estados Unidos asimilarán a los inmigrantes hispanos sencillamente porque tienen grupos étnicos más prematuros.  Lo más importante es el hecho de que son cristianos tanto católicos o, en un grado creciente, protestantes evangélicos.  Tienen valores tradicionales familiares más fuertes que sus homólogos nativos.  Esto significa que culturalmente, los inmigrantes mejicanos actuales son mucho menos distantes de la corriente “anglo” de lo que lo fueron los inmigrantes del sur de Italia o los judíos del este de Europa, de la corriente WASP a principios del siglo XX.  Sus tasas de segunda y tercera generación de matrimonios mixtos son mucho más cercanos a otros grupos europeos que a los afroamericanos. Y desde la generación de Ricardo Sánchez hacia abajo, están sirviendo honorablemente en las fuerzas de los Estados Unidos en cantidades desproporcionadas con relación a la población total.

El problema, como Alejandro Portes, catedrático de estudios de sociología e inmigración en Princeton, ha señalado, no es que los mejicanos u otros inmigrantes latinos lleguen con valores erróneos, sino más bien que estos son corrompidos por las costumbres americanas.  Muchos jóvenes hispanos son absorbidos por la cultura de las clases inferiores de las ciudades interiores americanas, la cual ha re-exportado la violencia de bandas de nuevo a Méjico y Centro América; además, los dirigentes de las clases medias han absorbido el sentido de persecución de la era de los derechos post-civiles.  Hay una fuerte división entre organizaciones como el Consejo Nacional de La Raza, o la Reserva para la Defensa de los Mejicanos Americanos y la población general de inmigrantes hispanos.  La última parte, en conjunto, tiende a ser socialmente conservadora, quiere aprender inglés e integrarse en la corriente americana, e incluso, apoyaron inicialmente las Proposiciones de California 187 (que negaba ayudas a los inmigrantes ilegales) y 227 (finalizaba con el bilingüismo en la educación pública).

“¿Quiénes somos?” curiosamente no hace recomendaciones concretas sobre política en lo que tiene que ver con niveles de inmigración, requisitos para la admisión legal, medios para hacer cumplir las normas contra la inmigración ilegal, y cuestiones semejantes.  De este modo, es muy difícil saber si Huntington apoyaría algo tan drástico como el veto a la inmigración de Europa del este de 1924.  Es difícil de creer que tal política sería políticamente viable hoy en día, dados los cambios en la tecnología, comunicaciones, economía y demografía que han estado conduciendo la migración no sólo en Estados Unidos, sino por todo el mundo.  Si este es el caso, que altos niveles de inmigración son inevitables para las sociedades desarrolladas, entonces lo que tenemos que hacer es cambiar el enfoque, de inmigración per se a una cuestión de asimilación, algo que los más conservadores partidarios de la inmigración, como John Miller, Tamar Jacoby, Ron Unz y Michael Barone han defendido por largo tiempo.

Esta va a ser un desafío enorme para los Estados Unidos, pero confío más que Huntington en que lo podemos conseguir.  De hecho, los inmigrantes hispanos ayudarán a reforzar ciertos valores culturales como la importancia de la familia y el trabajo, y el carácter cristiano de la sociedad americana.  Si se quiere ver un problema de verdad en la asimilación cultural, miremos no más allá de países europeos como Francia y España, quienes han descubierto después del 11 de Septiembre que son anfitriones de la segunda y tercera generación de musulmanes, propensos al terrorismo y a la violencia.  Reconociendo que no es realista amurallarse a sí mismos apartados de los inmigrantes, están tratando de cambiar su fuente a Latinoamérica.