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Sociedad
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por Johnny B. Goode
 

Pórtico Luna

Mientras escribo estas líneas, hace unas horas que se ha clausurado la última Cumbre Mundial del SIDA en Barcelona. Como suele ser habitual en este tipo de acontecimientos, se ha informado de los últimos avances en la investigación para la consecución de una vacuna y en nuevos métodos de tratamiento. Y como también viene siendo habitual, se ha reconocido que en gran parte del planeta, los enfermos aún no tienen acceso a los medicamentos que están funcionando con éxito hace años en el Primer Mundo.

Al menos hemos avanzado algo con respecto a anteriores cumbres y ya nadie sostiene que el SIDA no existe, como hacía hace unos años el Presidente de Sudáfrica, Thabo Mbeki.

Pero todavía en demasiados países no existe ninguna política de prevención. No existe la más mínima información sobre la enfermedad o se recomienda cándidamente la abstinencia. Y en muchos otros, simplemente no existen los recursos o la autoridad para poner en marcha los tratamientos.

Y dado que la epidemia está extendida por todo el mundo, y llega a alcanzar proporciones continentales, como en África, debería estar claro que hace falta un esfuerzo a nivel planetario para contenerla y erradicarla.

Pero claro, eso sería si tuviéramos conciencia de especie.

Y es sólo un ejemplo de los muchos que podría poner sobre como estamos dejando pudrirse situaciones que no son en absoluto imposibles de resolver, pero para lo que primero tenemos que cambiar el chip y arrojar por el balcón una forma de ver el mundo que ha quedado obsoleta.

Si pudiéramos observarnos a nosotros mismos, los terráqueos, fría y desapasionadamente, de la misma forma que observamos un hormiguero, ¿Qué veríamos?

Hagamos este ejercicio de visualización, pongámonos en la piel del entomólogo y adoptemos el rol de ese observador por encima del bien y del mal...

¿Listos? ¿Os habéis metido en el personaje?

Bien. Veamos, pues.

Observemos.

Tenemos un planeta rebosante de vida. El único de su sistema solar. Por lo que sabemos de astronomía, el que un planeta reúna las condiciones que lo hacen habitable es algo sumamente poco probable.

Entre las formas de vida terrestre destaca una por encima de todas. Destaca por su capacidad de organización en complejas sociedades, su asombrosa capacidad reproductiva, su adaptabilidad a cualquier entorno, su voracidad desenfrenada y su agresividad al relacionarse tanto con otras especies como con otros grupos de la suya propia.

Hablamos, claro está... ¡de las hormigas!

¿Por qué? ¿Pensabais que hablaba de otra especie?

Bien pensado, los seres humanos también se organizan en complejas sociedades; se reproducen en cantidades prodigiosas; ocupan y consumen grandes extensiones en cualquier ambiente; saquean y explotan los recursos a su alcance y ciertamente, sus relaciones entre ellos y con otras especies no dejan de ser agresivas.... ¡Uhmmm!

Bueno, quizá no esté cerrada la discusión sobre cual es la especie dominante.

¡Pero yo no perdería de vista a las hormigas!

En fin, si retomamos nuestra observación donde la habíamos dejado, podremos ver que los seres humanos se han extendido por todo el globo con evidente éxito. No hay una porción de tierra significativa que no cuente con una población humana. ¡Incluso la Antártida!

Por supuesto al extenderse por hábitats tan distintos unos de otros, los seres humanos han adoptado estrategias adaptativas diferentes que los han diferenciados a su vez entre sí.

A esto lo llamamos evolución.

En una segunda fase, estos grupos humanos no sólo hubieron de hacer frente a sus hábitats respectivos, sino también a la competencia de otros grupos humanos.

En estas confrontaciones han ganado invariablemente quienes tenían la tecnología más avanzada.

Si observamos nuevamente el planeta, vemos que grandes núcleos de población viven en estadios de desarrollo tecnológico que van desde la Edad de Piedra hasta la Era de la Información.

Esta variedad ha sido posible hasta ahora gracias a las grandes distancias, pero el planeta se nos está quedando pequeño y en el nuevo tablero de juego cada vez hay menos espacio para los jugadores lentos. O aprenden rápidamente las reglas o quedaran descalificados.

A algunos les sonará cruel, pero en eso consiste el juego de la evolución.

¡Oh, sí! Pueden elegir no jugar, pero el juego continuará sin ellos. Que se lo pregunten a los chinos, sino.

Durante la Edad Media, China era ya la más antigua civilización del mundo. En cierto modo, era la única civilización del mundo.

El Imperio Romano de Occidente había caído. El Imperio Romano de Oriente o Bizantino se hallaba en una decadencia imparable. Sus sucesores, las tribus germánicas y el Islam destruyeron o en el mejor de los casos se limitaron a copiar los hallazgos de una cultura esplendorosa.

China, en cambio, permaneció unida, sobrevivió a las invasiones e incluso llegó a civilizar a sus dominadores.

Por la época en que los europeos comenzaban a redescubrir la civilización, China había inventado el papel, la imprenta, la pólvora, la brújula, había perfeccionado la astronomía, la ciencia de hacer mapas, el arte de la guerra, y contaba con una economía próspera y un gobierno fuerte y activo.

Todo ello maravilló a Marco Polo y gracias a él muchas de esas maravillas fueron asimiladas por la cultura europea, se produjo un renacimiento de las ciencias y las artes que convirtieron a la antaño inculta y atrasada Europa en la reina del hormiguero.

¿Por qué Europa y no China?

Porque mientras los europeos dejaban atrás las certidumbres cristianas, China se encerró en sí misma, literalmente. Tras el fin de la dominación mongola, la Dinastía Ming se empeño en desterrar todo lo que oliera a extranjero. Reforzaron la muralla china y abandonaron las expediciones como la que llevó a Zeng He cerca de Madagascar casi cien años antes de que Colón descubriera América. Por supuesto, también estaba muy preocupadas por la identidad china, por lo que sometieron al país a un riguroso neo-confucianismo.

¿El resultado? A principios del siglo XX, el antaño orgulloso Imperio Medio se encontraba ocupado y humillado por las potencias industriales.

Y no es el único ejemplo. La historia está llena de casos en el que un determinado grupo humano renuncia por razones ideológicas a adoptar nuevas ideas o tecnologías con resultados nefastos a medio o largo plazo. Los japoneses durante el periodo Edo, sin ir más lejos. O los aborígenes australianos, abandonando la navegación y la pesca.

Pues bien, esta que debería ser una lección que todo párvulo habría de memorizar, es frecuentemente olvidada por los gobernantes.

Cuando George "Cara de Cuero" Bush, decide por si y ante sí, vetar la financiación de la investigación con células madre, está infligiendo un daño irreparable, no sólo al progreso científico, sino a la propia economía estadounidense y , quizá, incluso a la seguridad de los Estados Unidos.

Del mismo modo, cuando el gobierno de José Mª Aznar se escandaliza por el nacimiento de un bebe concebido mediante la fecundación de un óvulo congelado; o se prohibe la clonación, ya sea terapéutica o reproductiva, no se está haciendo otra cosa que dar pista libre a gobiernos mucho menos responsables (en todos los sentidos; el primero de ellos, ante su propia gente.) para que desarrollen estas técnicas.

Es decir, se están perdiendo oportunidades de desarrollo y bienestar por un estúpido prejuicio religioso.

Porque, ¿ a quién le puede importar si una célula procede de un embrión o de una uña, si con ella se puede regenerar un corazón? ¿Y a quién le importa si decido tener un gemelo con treinta años menos que yo?

A nadie.

En mi opinión, ningún estado debería tener poder de decisión alguno sobre lo que se puede o no investigar. ¿Se imaginan a Jorge III prohibiendo a Benjamin Franklyn investigar la electricidad? ¿Qué habría sido del pararrayos?

El político es un animal peligroso. Conviene atarlo corto o, de lo contrario, se lanzará sobre el primer tema controvertido dispuesto a legislar a diestro y siniestro.

Y si alguien decide emular a los menonitas de Pennsylvania, que no arrastre a los demás consigo. Libertad para evolucionar. Es todo lo que pido.

De lo demás ya se encargará la selección natural.