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Sociedad
Rediseñando al Homo Sapiens

por Johnny B. Goode
 

Pórtico Luna

Hay un cuento árabe sobre el origen del hombre que cuenta que Dios hizo al hombre de arcilla y lo metió al horno a cocer, pero se le pasó el tiempo y le quedó negro. Hizo una nueva figura y la volvió a meter de nuevo al horno, pero temeroso de que se le volviera a quemar, lo sacó antes de tiempo y le salió blanco. Finalmente hizo una tercera figura y esta vez la dejó en el horno el tiempo justo y salió un hombre como él quería: ni muy negro, ni muy blanco.

El cuento sirve para explicar el origen de las tres razas que debían conocer los antiguos árabes: la negra, la blanca, y por supuesto, la árabe, que además queda identificada con el ideal racial de Dios.

Pero a mi es otro aspecto del cuento el que me parece más llamativo y al que nadie le presta atención:

¡Dios no sabe usar un microondas!

O sea, que el sumo creador es lo que hoy llamaríamos un analfabeto funcional, una persona que no sabe desenvolverse ante las situaciones más simples de la vida cotidiana.

Quiero decir, si un fulano así nos creó, ¿a qué viene tener en tanta consideración su diseño original? ¿Por qué el ser humano es intocable en su misma constitución, desdeñando toda posible mejora que podamos introducir?

Lo mismo vale para aquellos que penséis, como yo, que el hombre es el producto de millones de años de evolución, desde la ameba hasta George Bush. (¡vale! Quizás no es el mejor ejemplo.)

¿Quién ha dicho que debamos contentarnos con los pobres materiales que ha usado la naturaleza cuando tenemos a nuestra disposición la última tecnología?

Señores: ¡Despierten!

La naturaleza no tenía ningún plan para nosotros; no puso un cerebro aquí y unos pulgares oponibles allá, como si pensara "¡Ey, esto les será útil!". Nada de eso.

Todas las mejoras introducidas son producto de la casualidad. Una mutación aberrante.

De pronto un día un pez se mira las aletas y dice: "¡La hostia! ¡Me han salido cinco dedos! ¡Y sirven para caminar por el fondo del mar! ¡Estos se quedan!"

Pero no había ningún plan. Nadie cogió un lápiz y se puso a diseñar esos cinco dedos. Simplemente se les encontró una utilidad. Igual que a nuestro neocortex.

Es más, la adaptación, y no la mejora, es el fin de la evolución.

Eso quiere decir que una mutación puede resultar incorporada sólo porque resulte capaz de aumentar las probabilidades de su transmisión genética, aunque sea perjudicial para el individuo portador.

Un ejemplo: Si una mutación resultase en un aumento del atractivo sexual de un individuo pero le provocase un recorte en la esperanza de vida, podría ser que esa mutación se consolídase y fuese incorporada a la especie sólo porque aumentaría las probabilidades de procrear del portador.

Y seguiría siendo evolución.

Del mismo modo, si algún día la inteligencia fuese una desventaja para copular (crucemos los dedos), serían los individuos estúpidos e incapaces quienes transmitirían sus genes.

Y seguiría siendo evolución.

¿Hacia dónde? Es lo de menos.

Lo que de verdad importa es que hace tiempo que nos libramos de la vigilancia de la selección natural. En buena medida, porque la hemos sustituido por una selección social.

Ya he comentado en anteriores artículos como dejamos atrás la evolución biológica por la evolución cultural. No vamos a entrar en eso.

El caso es que nuestra evolución cultural nos ha llevado hasta un punto en el que podemos retomar nuestra evolución biológica donde la dejamos. Tenemos los medios para provocar deliberadamente los cambios que la naturaleza produce ciegamente. Y tenemos los medios para decidir si queremos conservarlos o incluso extenderlos a toda la especie.

Ello es debido a que ya no vivimos en un medio natural, sino en un medio social. Así que una mutación puede ser conservada si es útil a ese medio social aunque no proporcione ninguna ventaja al individuo en un medio natural.

Un ejemplo: La longevidad de un organismo se la trae floja a la selección natural. Una vez cumplida la función reproductora (o criados los hijos en el mejor de los casos) la vida o muerte del organismo es irrelevante en términos evolutivos.

Sin embargo, en un medio social, puede ser de interés la supervivencia de ciertos individuos por su experiencia, sus conocimientos o porque cumplan una función social determinada. Para el medio social es irrelevante la función reproductora de ese individuo. Lo que necesita es lo que él y solamente él le puede ofrecer.

Está claro que ese medio social intentará por todos los medios a su alcance prolongar la vida de ese organismo por los beneficios que le reporta. ¿Por qué le deben constreñir los planes de la naturaleza, que tiene sus propios objetivos egoístas?

Durante milenios hemos manipulado el medio natural hasta acomodarlo a nuestras necesidades. En un sentido más amplio del que muchos creen.

Todo el trigo que comemos está manipulado genéticamente. Es producto del hombre. Sólo que tardamos milenios en hacerlo, cruzando variantes, y ahora podemos hacerlo en unas horas dentro de un laboratorio.

Todas las razas de perro son producto de la manipulación humana. Todas descienden de los primeros lobos domesticados.

Nosotros mismos nos hemos ido reproduciendo endogámicamente, de acuerdo con patrones culturales, hasta producir unos mínimos cambios biológicos entre poblaciones.

Aún hoy día se producen mutaciones espontáneas. La mayoría las catalogamos como enfermedades. Otras, probablemente, pasan desapercibidas.

¿Por qué no provocarlas deliberadamente, esta vez sí, con el lápiz en la mano?

Y algunos dirán: "¿Y no se parece demasiado eso a la eugenesia?"

Bueno, sería así si fuera parte de un plan preconcebido y centralizado impuesto a la población. En ese caso yo sería el primero que me opondría a ello.

En su lugar, yo propondría la libre experimentación con el propio organismo. ¡Que cada cual escoja las modificaciones que desee! ¡Que invente las suyas propias! ¡Que diseñe su ADN o fabrique sus propios órganos!

Si las modificaciones son útiles ya se encargarán la moda y la cultura de su propagación. He aquí un caso en el que la evolución memética y la genética se dan la mano.

¿Quién sabe? Quizá en un futuro cercano veamos a la gente intercambiarse secuencias de ADN o programas para nanobots igual que hoy se intercambian diseños de tatuajes o archivos MP3.

En todo caso, con esta perspectiva, ¿no es más emocionante el futuro?