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Ensayo literario
La edad de la inocencia

por Damego
 

Pórtico Luna

Como caricia, hermano, te llegan las señales de aquellos que comparten contigo la inocencia. Situados al margen, sobre el bordillo gris que mira con desdén las sucias aguas derramándose en las alcantarillas tras la lluvia o allá en el altiplano sobre la fina niebla que como mar anega el impreciso borde de un vacío inquietante te llegan sus señales. Tenues pero anhelantes, potente plenitud, configuran una energía alternativa que recorre y alienta las calles y los campos. No estás solo.

Sedentarios visionarios o nómadas audaces afilan sus aristas a diario contra la mugre y el olvido, contra los arrabales y el silencio, apostando su vida por defender tan sólo lo que les han negado: la inocencia.

Miraron alrededor un día, perspicaces y sabios presintieron la tragedia y por destino optaron la negación del hombre. Serán siempre unos niños. Saben que la necedad del hombre tan sólo es superable por su mezquindad. Se niegan a ser necios. Y más a ser mezquinos. Eligieron ser libres, incluso de sí mismos, de aquello que aguardaba superada la edad: la edad de la inocencia.

La edad de la inocencia no es la infancia o la juventud... La edad de la inocencia es el momento en que comprendes que te la están arrebatando, que te obligan a ser un hombre más.

Y luchas, una lucha sin sangre, una lucha sin odio. ¿A quién hundir la daga, a quién atravesar con la mirada? No existe daga alguna capaz de apuñalar la historia de la infamia ni mirada que abarque la inmensidad de la desolación humana. No existe el enemigo en esta guerra.

La única esperanza es escuchar con atención el sonido del agua corriendo por las calles en los días de lluvia y afinar la mirada sobre la fina niebla allá en el altiplano. Y sentir que te llegan con toda su energía primigenia y eterna el eco de otras voces y la luz de otras miradas que te animan a caminar y niegan la realidad del vértigo como única victoria. Hermano, no estás solo.