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Narración
La orilla

por Musidora
 

Pórtico Luna Los cincuenta pisos de altura carecían de importancia gracias al turboascensor. Pero no cuando éste fallaba, cosa que ocurría con poca frecuencia; el edificio quedaba atestado en sus cuatro primeras plantas y el resto fantasmalmente vacío.

Era la segunda vez que el turboascensor se estropeaba en los quince años que llevaba trabajando en las oficinas de la López & Hammer Corporation, decimosexta planta. Las cafeterías se llenaban de gente desconocida y, como en la primera vez, decidí tomarme el café de máquina en la quinta planta, en soledad.

Subí las escaleras a pie y tuve la sensación de estar haciendo algo extraordinario, como quien viaja por primera vez a Marte, como el niño que ve por primera vez el mar, o como si nunca subiera a pie las escaleras, que era la realidad.

Los pasillos gélidos aún guardaban restos de quienes los ocupaban diariamente; olores, un abrigo olvidado en una silla, una computadora encendida desde el día anterior.

Tomé mi café aguado sentada en el recibidor que actuaba como sala de espera. De los pisos anteriores llegaban voces y palabras inconexas que parecían venir de un sueño.

El aspecto de las oficinas abandonadas me recordaba a los paisajes post-nucleares de las viejas películas que solía ver mi hermano. Y de repente imaginé que la humanidad se había extinguido en manos del cruel invento de un loco suicida y que yo me había salvado gracias a…qué se yo, a un chip que me colocaron experimentalmente en el cerebro cuando nací.

Pero no podía ser la única…seguramente en la Tierra quedarían otros supervivientes y juntos tendríamos que empezar de nuevo.

Una pareja interrumpió mis pensamientos. Al parecer buscaban refugio silencioso para sus besos y aunque desaparecieron tras la puerta de una de las salas, no pude quedarme allí. La soledad no era tal si ellos se escondían de mi y yo de ellos. Así que subí otro piso, a donde ya no llegaban los ecos de los ruidos de las plantas bajas.

Mi café se terminó. Busqué un despacho desde el que pudiera ver la calle. Me descalcé. Me quité las medias, luego la chaqueta y por qué no la falda. Y terminé quedándome desnuda a merced del aire descontaminado que acondicionaba el edificio.

Era Jonás, era Gepetto dentro de una gigantesca ballena. Todos habíamos sido engullidos por el monstruo. Pero yo había conseguido llegar hasta sus ojos y desde ellos podía ver el océano asfaltado.

Me tumbé en el suelo para escuchar los latidos de la bestia. Y estirada me quedé dormida sobre la moqueta sucia.

Me despertó el sonido de los robots de limpieza. Rápidamente me vestí y bajé en el recién arreglado turboascensor. Me peiné y lavé la cara en los lavabos, esperando a que sonara la sirena de entrada.

Cuando me pude mezclar entre el resto de trabajadores para dirigirme con normalidad hacia la decimosexta planta, recordé que había soñado que nadaba en una playa desierta, sobre cuya orilla me había derramado la ballena en una de sus lágrimas.