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Narración
Natividad

por Dr. Who y los Daleks (J.M. de la Torre)
 

Pórtico Luna

Ganador del premio "Ciencia Infusa"

Walter Wincrane subió a la limusina que le esperaba en la puerta del aeropuerto flotante de Singapur. El interior era escandalosamente lujoso. Cuero negro y acabados de madera noble. Lo último en tecnologías de acceso y reproducción. Y un copioso suministro de caviar beluga y champan francés debidamente refrescado en hielo. Tenía un aspecto delicioso.

No probó bocado en todo el trayecto.

Walter estaba terriblemente tenso por el encuentro que le esperaba. Y por conocer a la persona que le había invitado a Singapur.

Por supuesto que sabía quién era esa persona. Todo el mundo sabía quién era Michael Law. Era probablemente uno de los pocos nombres inmediatamente reconocible en cualquier idioma.

Lo que no sabía era que aspecto tenía en persona. Alguna vez había oído su voz, pero nunca se mostraron imágenes suyas. Probablemente no las había.

Si eres el hombre más rico del mundo es posible que puedas desear mantenerte fuera de los focos. Y es casi seguro que puedes pagarte el anonimato.

Lo único que se sabía a ciencia cierta de Michael Law era que había revolucionado el mundo de las finanzas hacía 31 años. Se había convertido en la estrella refulgente de los mercados internacionales y no había parado de ascender. Jamás cometió un error. Jamás perdió con una inversión. Pronto se hizo evidente que los otros inversores le seguían como borregos.

Pero de repente abandonó el juego. Y justo a tiempo, al parecer. Las bolsas se hundieron una semana después de su partida. Hay quien dice que lo provocó premeditadamente. Cuando él se fue, los borregos abandonaron las bolsas en masa, y las acciones se desplomaron.

Con el dinero que había conseguido especulando, Law empezó a comprar empresas de alta tecnología a precios ridículos gracias al crack bursátil. En dos meses era propietario de un imperio mundial que abarcaba desde los videojuegos hasta la industria de defensa.

Pero el golpe maestro lo dio cuando anunció su intención de invertir en ciudades.

Muchos lo tomaron como una broma. "Tengo 40 $ en el banco. ¿Cuantas acciones de Detroit puedo comprar con eso? Antes de que Michael Law se la quede toda, quiero decir."

Sin embargo, un año después empezaba la construcción de la primera Ciudad Vertical en Singapur. El gobierno de la isla fue el único que se mostró dispuesto a permitir levantar un edificio de 1.200 metros de altura con capacidad para 100.000 familias.

Entonces las bromas se trocaron en escepticismo. "No aguantará. Se vendrá abajo por su propio peso. O lo tirará un huracán."

Pero la construcción avanzaba y las primeras fases se fueron poblando a medida que se acababan. La torre era un prodigio de la ingeniería. Veinte bloques de vivienda independientes, con sus propios ascensores, suministros de aire, agua y electricidad. Con sus propios centros comerciales, hospitales, escuelas y parques.

Y todo concentrado en un sólo kilometro cuadrado.

El edificio se completó en 15 años. Cinco menos de los previstos.

El éxito fue rotundo. Para entonces ya había otros 6 en construcción y 9 más en proyecto en todo el mundo. El proceso de construcción se aceleró al serializarse. Hoy se puede levantar una Ciudad Vertical en 9 años y más de 30 millones de personas viven en alguna de las torres de Law.

Además de la construcción y arrendamiento, el negocio estaba en el suministro de agua, electricidad, alimentos, transporte, servicios, comunicaciones, acceso a las redes, explotación de los centros comerciales y de ocio .... Toda la actividad económica de una ciudad.

El propio Michael Law se trasladó a los pisos superiores de su primera torre, en Singapur.

De eso hacía más de 10 años. Y los rumores insistían en que nunca había salido de su apartamento.

La limusina se detuvo frente a la puerta de acceso a los ascensores maglev. Walter Wincrane salió del coche y se percató entonces que estaba dentro de la estructura de la Ciudad Vertical. No se había dado cuenta de que habían penetrado en los túneles de acceso a la cimentación flotante. Y eso que el edificio era claramente visible desde cualquier punto de la isla.

Ahora se encontraba dentro de un vestíbulo enorme y frente a él se detuvo un individuo diminuto que le saludo con una inclinación de reverencia. Walter devolvió el saludo con otra inclinación de similar ángulo.

- Mi nombre es Horace Yu y el señor Law me envía para recibirle. Si me permite le acompañaré a su habitación. No se preocupe por el equipaje. Lo subirán en el montacargas.

Y girando sobre sus propios talones se dirigió a un ascensor. Walter tardó un segundo en comprender que esperaba que le siguiera.

Entraron en un ascensor esférico con los asientos ligeramente inclinados hacía arriba. En cuanto se sentaron, se inclinaron aún más, de modo que el rostro de Walter miraba ahora al techo esférico y las piernas colgaban sobre el borde del asiento. Sintió que Horace pronunciaba su nombre y lo que debía ser un número en chino.

El ascensor se presurizó y comenzó a flotar levemente hacía arriba, poco a poco fue acelerando hasta alcanzar una velocidad espantosa. Walter se agarraba con todas sus fuerzas a los brazos del asiento aunque la aceleración le mantenía pegado contra su asiento.

Poco a poco, la esfera empezó a decelerar. Por un instante, se detuvo completamente. Y entonces empezó a avanzar lateralmente.

Debía estar cambiando de tubo para desplazarse a otro sector.

Luego empezó a subir de nuevo a gran velocidad. Otra vez paró para cambiar de tubo y comenzó un tercer ascenso. Esta vez no se detuvo. Walter pensó que se pondrían en órbita.

Pero al cabo de unos minutos se detuvo y se abrieron las puertas con el característico ruido de la descompresión.

Horace se levantó y pasó por delante suyo.

- Sígame, por favor.

Walter tuvo que hacer un esfuerzo consciente para soltar los brazos de su asiento.

La vista desde su habitación era verdaderamente espectacular. Una pared entera era transparente y desde ella contemplaba el sol poniéndose sobre el mar a muchos kilómetros de distancia.

Suponía que la pared solo era transparente desde ese lado, pero aunque hubiese sido transparente desde fuera, no le preocupaba que hubiera alguien a mil metros de altura espiando por las ventanas.

Él, en cambio, si podía ver la ciudad extendiéndose hacia el sur, a los pies de la imponente torre.

Y pensó nuevamente en su anfitrión. Un par de pisos por encima estaban sus dominios, de los que no había salido en diez años y en los que nadie había penetrado.

¿Por qué quería verle a él, precisamente? ¿Qué tenía de especial Walter Wincrane para ser recibido en su sancta sanctorum por el hombre más rico y misterioso de todo el mundo?

El sólo era un excéntrico doctor en física obsesionado con la computación cuántica. Durante años nadie había tomado en serio sus ideas y se vio obligado a centrarse en insulsas investigaciones para otros físicos en los aceleradores de partículas. Sólo hacía cinco años que alguien decidió darle una oportunidad de demostrar sus teorías y le proporcionaron una cuantiosa beca en la Universidad de Nuevo México. Pero precisamente ese momento de gloria personal en su carrera se vio oscurecido por el abandono de su mujer, que se largó con un joven abogado que pasaba menos tiempo en su despacho que él en su laboratorio. En consecuencia se sumergió aún más en sus investigaciones, hasta el punto que casi no abandonaba el labo ni para dormir.

Su vida social había sido inexistente durante los últimos cuatro años, y ahora, se encontraba en Singapur invitado ni más ni menos que por Michael Law .

Decididamente la vida está llena de misterios.

Tras una relajante ducha y un cambio de ropas, Walter se dirigió al restaurante que Horace le había recomendado. Estaba en esa misma planta, en el ala oeste, y sólo tardó 13 minuto en llegar hasta él dando un paseo.

Cuando llegó, se llevó una buena sorpresa cuando el maitre se dirigió a él por su nombre y le dijo que tenía su mesa preparada. "Cosa de Horace, sin duda.", pensó inmediatamente y se dejó conducir hasta la mesa que le habían reservado.

Walter no sabía que le impresionó más, si que fuese la mejor mesa del restaurante, frente a los jardines colgantes que se deslizaban cinco pisos hacia abajo (si los de Babilonia eran la mitad de impresionantes que estos, no cabía duda que merecían contarse entre las siete maravillas del mundo.), o que a la mesa se sentasen otros cinco individuos.

- ¿Otro más? Ya somos seis. - dijo un hombre de unos cincuenta años, con la frente despejada y un asomo de barriga terriblemente tersa y esférica. A Walter le cayó inmediatamente mal.

- ¡Hola! Soy Gilles Auverne, Doctor en medicina por la Sorbonne. De París. - dijo un segundo personaje, remarcando innecesariamente el dato geográfico. Que no hubiera salido nunca de los Estados Unidos antes de este viaje no significaba que no supiera donde estaba la Sorbona, pensó Walter. Y a éste lo odió.

- ¡Bienvenido a el Orient Express! Íbamos a empezar a decidir quien mató a nuestro anfitrión cuando llegó usted. ¿No será el mayordomo, por casualidad? - bromeó un tercero con notable acento tejano.

- No. No soy el mayordomo. De hecho esperaba encontrarle a él aquí. Al señor Horace Yu, quiero decir.

- Nuestro buen amigo Horace parece que ha decidido que nos conozcamos de este modo y vayamos entablando relación mientras le esperamos. - dijo el tejano mientras esgrimía inadvertidamente un puro de colosales proporciones.

- Siéntese, por favor. Mi nombre es August Van Sciver, del CERN de Bruselas. ¿Y usted es...? - dijo el individuo que se hallaba al extremo de la mesa, enfrente mismo de Walter.

- Walter Wincrane, del Centro Nacional de Computación Cuántica de Nuevo México. Perdonen, pero... ¿a todos ustedes les ha invitado Michael Law? No sabía que tendría compañía en esta estancia...

- Si, amigo. A todos nos ha invitado el rey midas en persona. Seis científicos de diferentes partes del mundo y de diferentes disciplinas. Ninguno conocíamos a Law antes de este viaje y no sabemos porque ha insistido en que viniéramos. ¿O lo sabe usted, Walter? - inquirió el belga mientras lo penetraba con la mirada.

- Me temo que sé lo mismo que ustedes. - Respondió con desgana. - ¿Así pues, son todos ustedes científicos? - devolvió la pregunta.

- Eso parece, muchacho.- intervino el tejano mientras apagaba el puro aplastándolo contra el cenicero. - Y todos nos dedicamos a la investigación. No hay profesores cacatúas aquí sentados. Mi nombre es John Fenimore y estudio la formación de la memoria en la Universidad de Austin. El belga y el francés ya se han presentado. Este de aquí enfrente, - y señaló al individuo que primero había hablado y que Walter había decidido que le caía mal - es el Doctor Miles Vorkosigan, de Cambridge, y es un experto mundialmente reconocido en el campo de la bioelectrónica. Ya sabes, biochips y eso.

Ahora si que se quedó impresionado. ¡Tenía enfrente al Doctor Vorkosigan y no lo había reconocido! La máxima autoridad mundial en máquinas de pensar se sentaba a su misma mesa y Walter Wincrane lo cataloga de imbécil a las primeras de cambio.

- Este tío estirado, pelirrojo y lleno de pecas es Ahmed Rashid Jörgensen, del Instituto de Realidad Virtual de Oslo. Su especialidad son los atabares o no sé qué.

- AVATARES. - Corrigió Jörgensen sin parpadear ni un milímetro.

- Y finalmente, el Doctor Marcelo Cavalieri-Sforza, de la Universidad de Milán, experto en lógica borrosa y pensamiento discontinuo. Un viejo amigo mío. ¿Certo, porco siciliano?

- Certo, stronzo di merda di vaca. - respondió un hombre bajito armado con un bigote espeso y ancho que confería un aspecto inquietante a su sonrisa.

Walter pensó que constituían una selección all-stars de la investigación científica. ¿Quién más se les uniría?, ¿ Stephen Hawking ?

- Y entre tantas eminencias, ¿alguien ha vislumbrado el motivo por el que el señor Law nos ha reunido a todos y nos ha hecho venir a Singapur? - preguntó para no seguir sintiéndose estudiado.

- Yo he esbozado una pequeña teoría. - dijo Van Sciver. Todos se giraron hacia él, en silencio. Una sonrisa se esbozó en la comisura de sus labios. Estaba disfrutando cada segundo de atención. - Bieeen. Como sin duda ya habrán advertido, todos somos de disciplinas distintas pero no totalmente inconexas. Sí que tenemos algo en común. O mejor dicho, nuestro trabajo lo tiene.

Nuevamente, guardó silencio, deleitándose con el desconcierto que había creado. Walter pensó que sería un estupendo contador de historias de suspense.

- Piénsenlo detenidamente. Aquí estamos un médico, dos expertos en física cuántica, un neurólogo, un experto en realidad virtual y un neurolingüista experto en lógica borrosa. Y nos hemos reunido por la voluntad de un hombre que siempre ha demostrado una extraordinaria capacidad de anticipación. ¡Señores, creo que el señor Law nos ha traído aquí para dar vida a la primera inteligencia artificial de la historia!

¡Jo! - pensó Walter - Realmente sabía como sorprender a su auditorio.

Toda la noche estuvieron discutiendo la teoría de Van Sciver. Al principio les pareció a casi todos absolutamente descabellada. Algunos intentaron proponer una explicación menos asombrosa para la invitación que habían recibido de uno de los hombres más poderosos del mundo.

El Doctor Auverne sugirió la posibilidad de que Michael Law quisiera instaurar unos premios similares al Nobel, y que les hubiese seleccionado como integrantes del primer jurado. Algunos parecieron convencerse, pero entonces Fenimore, el tejano, destrozó su teoría con el hecho evidente de que ninguno de ellos, salvo Vorkosigan, habían alcanzado el reconocimiento público que cabía esperar de los miembros de un jurado. De hecho, eran individuos absolutamente marginados en sus respectivas disciplinas por causa de sus ideas extravagantes.

En realidad, replicó Van Sciver, eran esas ideas extravagantes las que debían haber llamado la atención de Michael Law.

Jörgensen intentó convencerlos de que el señor Law, sin duda conmovido por los que consideraba espíritus afines, había decidido donarles toda su fortuna en provecho de la ciencia.

Cosechó un buen número de risas y aplausos, pero la teoría del belga no se conmovió ni un ápice.

- Bueno ... Supongamos que su teoría es cierta... - concedió Walter. - ¿Por qué nos habría de traer hasta aquí, ocultándonos sus intenciones, en vez de simplemente ... no sé... financiar nuestro trabajo?

- ¡Walter, hijo! - dijo Fenimore. - ¿Se imagina que pasaría si se supiera que el rey Midas de Wall Street, el Rockefeller de las ciudades verticales, ha invertido su dinero en un nuevo proyecto? ¡Los espías industriales acudirían a nuestros laboratorios como una plaga de langosta!

- Probablemente nos propondrá unas condiciones de trabajo muy duras, en reclusión y total aislamiento. - añadió Van Sciver.

Bueno, por lo que a él respectaba, pensó Walter, poco podía añadir Michael Law al aislamiento que ya se había autoimpuesto.

En ese momento hizo su aparición Horace, al final de la noche, cuando ya ninguno de los comensales se acordaba de él.

- Espero que hayan disfrutado la comida y la compañía, señores.

- La comida estaba bien, gracias; pero la compañía ha sido una autentica porquería. No han parado de hablar de ciencia en toda la noche, - bromeó el tejano, haciendo gala de una fina grosería.

- En ese caso, quizá quiera agradecerles ambas a su anfitrión. El señor Law les espera en su ático.

Todos quedaron en silencio. Un segundo después, sólo Van Sciver acertó a decir:

- ¿Vamos a ver al señor Law? ¿Esta noche?

- Sí, señor Van Sciver. No estaba previsto que se reuniesen tan pronto, pero ha surgido ... una urgencia. Y el señor Law ha tenido que adelantar su encuentro con ustedes. Así que si son tan amables de seguirme...

Uno tras otro se fueron levantando y siguieron a aquel hombre bajo y de hombros estrechos a través del restaurante y luego por los pasillos hasta la espina dorsal de la ciudad vertical, donde se encontraban los ascensores. Penetraron los siete en una de aquellas esferas y se sentaron en los asientos inclinados. Una vez más, Horace Yu pronunció su nombre seguido de una cifra en chino, y la esfera se presurizó y comenzó a ascender suavemente hasta el punto más alto de la torre; el lugar desde el que se dominaba toda la ciudad; el hogar de Michael Law.

Cuando la esfera se detuvo y se abrió, se encontraban en un lugar oscuro. La luz blanca del interior de la esfera contrastaba con la negrura que se recortaba dentro del marco de la puerta.

Horace se levantó sin decir una palabra, se estiró el traje y se adentró en la oscuridad. Dio unos pasos y se giró hacia los seis científicos.

- Por favor, señores. Síganme.

Walter fue el primero en levantarse de su asiento. Luego se preguntaría si ello se debía a que era más joven que los otros o a que sentía más curiosidad, pero el resultado fue que al incorporarse tan rápido desde su asiento inclinado, salto como impulsado por un resorte hacia el dintel de la puerta. Y allí algo le detuvo. Permaneció aferrado al marco, entre la luz del interior de la esfera y la oscuridad absoluta de aquella habitación, preguntándose si Michael Law había pretendido hacer que se sintiera tan excitado y por qué.

- Bueno, muchacho. Dé el paso o apártese, pero no se quede ahí parado como una mula terca.

La recriminación de Fenimore le hizo descender del limbo y dio el paso. Unos metros más adelante, cuando su vista se hubo acostumbrado la oscuridad, pudo ver la figura de Horace, de pie frente a una enorme máquina que llenaba el centro de la habitación desde el techo hasta el suelo y que debía medir unos cinco metros de lado a lado. Parecía un árbol de grueso tronco, con poderosas raíces extendiéndose por el suelo en forma de cables y tubos, y una frondosa copa, de largas ramas y espesas hojas, que ofrecían unos frutos similares a pantallas de cristal liquido.

Los demás se fueron colocando junto a él, detrás de Horace y en semicírculo en torno suyo.

- Señor Yu, creí que nos iba a llevar ante el señor Law. - Se empezó a lamentar Auverne.

- ¡Y eso mismo ha hecho! - Contestó una voz cavernosa que les paralizó.

- Señores, - dijo Horace - acérquense. Les presento a su anfitrión y el dueño de todo lo que han visto. El señor Michael Law.

Y al decir estas palabras, la habitación se iluminó con la tenue luz de la luna cuando se polarizaron los cristales de las paredes exteriores.

Frente a ellos, como acogido en el interior de aquel árbol de maquinaria, una maquina respiraba y bombeaba sangre al cuerpo de un hombre en su interior. Un hombre de aspecto oriental, de rostro demacrado pese a que no aparentaba más de 50 años, consumido por la enfermedad, incapaz de las más elementales funciones vitales, dependiente de una máquina para su propia existencia.

Ese despojo humano era el todopoderoso Michael Law

- Les agradezco que acudieran a mi llamada, profesores. Me temo que de no haber podido celebrar hoy esta reunión hubiéramos tenido que posponerla indefinidamente. Mi estado se está deteriorando rápidamente.

- ¿U-Usted es Michael Law? Pensaba que era... americano. - Dijo el impulsivo tejano.

- Y lo soy, señor Fenimore. Nací en Cinncinnatti. Claro que mi apellido era entonces Lau. Pero hay pocos chinos en Wall Street, y de todos modos, yo no podía abandonar mi pulmón de acero para acercarme al parquet de la bolsa, así que pensé que Law era más ... persuasivo.

- ¿Ha estado siempre en este... estado? - Preguntó Van Sciver.

- Desde que tenía 16 años. Y ese es en parte el motivo de que se encuentren hoy aquí. Señores, soy la prueba fehaciente de la capacidad de superación del ser humano. Pese a mi estado, conseguí amasar una fortuna antes de los veinticinco; he acabado para siempre con las ciudades superpobladas y sucias y poseo más poder de decisión sobre las acciones humanas que el 90 % de los jefes de estado. Sólo hay una cosa que no he podido hacer:

Salir de este ataúd metálico y respirar por mí mismo.

Pero eso va a cambiar gracias a ustedes.

- ¿A nosotros? - Se sorprendió Vorkosigan.

- Sí. Especialmente a usted, doctor. Usted fue quién me dio la idea. Empecé a usar sus biochips hace veinte años, para controlar algunas de mis funciones vitales. Y después, gracias a las interfaces neuronales desarrolladas por el profesor Jörgensen, empecé a controlar mis operaciones mediante la realidad virtual. Con sus avatares incluso podía recrear una apariencia para llevar mi presencia donde fuera necesario. Entonces lo comprendí. En poco tiempo, estaba experimentando más a través de mis implantes que a través de mis propios sentidos, y toda mi actividad se desarrollaba en el ciberespacio, mientras que mi cuerpo permanecía atrapado en esta máquina odiosa. No se extrañen de que el pensamiento de abandonarlo me pareciese una liberación. Fue entonces cuando conocí sus investigaciones sobre la computación cuántica, doctores Wincrane y Van Sciver; y decidí financiarlas en secreto.

- ¿Usted financió mis investigaciones? - Preguntó Walter. Por alguna razón, Van Sciver no parecía sorprendido.

- Desde luego, doctor. Su trabajo sobre el almacenamiento cuántico de la información resulta vital para mis planes.

- ¿Qué son? - Inquirió Vorkosigan.

- Obviamente, construirse un cerebro a medida para poder dejar su cuerpo enfermo para siempre. - Contestó Van Sciver con una frialdad aterradora.

Michael Law esbozó una sonrisa desde su pulmón de acero.

- Es usted un detective impresionante, August. ¿Cómo lo ha sabido?

- Bueno, todo encaja. Walter y yo podíamos construir un ordenador muy potente, pero no un cerebro. Para eso necesitaba a Fenimore y Cavalieri-Sforza. Uno es experto en formación de la memoria y el otro en lógica borrosa, las dos bases de la mente humana. Ya ha dicho usted mismo cual fue la contribución de Vorkosigan y Jörgensen. El único que no encaja es Auverne.

- Sí. Para que me quería a mí. Yo no sé nada de ordenadores ni de la mente humana.

- ¡Ah! Usted mi buen doctor... Le necesito para que certifique mi nacimiento.

La habitación quedó en silencio. Walter miró a los otros con mirada interrogativa y la respuesta en sus ojos confirmó su pensamiento. Michael Law estaba loco.

- Pero usted ya esta nacido. - Patinó el francés, pero nadie le corrigió.

- Sí, ya nací una vez. Y lo volveré a hacer esta noche. Se preguntará porque le escogí a usted. Fue por aquel juicio, el de el bebe consciente. Usted se negó a practicar un aborto. Por su negativa murieron la madre y el niño y le llevaron a juicio. Usted basó su defensa en que en tan avanzado estado de gestación, el feto poseía consciencia y hubiera supuesto un asesinato. Y le absolvieron.

- Y que tiene eso que ver con esa locura de un cerebro artificial.

- Esta noche, señores, transferiré mi consciencia y mis recuerdos a este ordenador a mi espalda, construido gracias a la tecnología desarrollada por ustedes en paralelo, ignorante cada uno de los progresos del otro. Después, un mecanismo aplicará automáticamente la eutanasia a mi viejo cuerpo y el doctor Auverne certificará que mi consciencia vive dentro del ordenador. Necesito estar legalmente vivo para disfrutar de mi fortuna, ¿saben?

- ¡Pero eso es una locura! ¡Nadie lo creerá!

- Si certificó que un feto de seis meses y medio era consciente, puede hacer lo mismo con la máquina más inteligente que ha construido el hombre, doctor. Mis abogados se encargarán del resto.

- ¿Y después? - Pregunto en voz baja Walter. No podía evitar sentir una profunda tristeza por aquel hombre.

- ¿Después? ¡La vida, doctor Wincrane! ¡Por primera vez en años! Y trabajo. Tengo un imperio que administrar. - Y dicho esto miró con emoción a Horace Yu. - Horace, viejo amigo.

Horace Yu asintió y sus dedos volaron sobre un panel. El árbol de raíces con forma de cables y pantallas por fruto se iluminó, y el sonido de la refrigeración llenó la habitación.

- Nos vemos en mi nueva vida... padres.