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Sociedad
El terror legal; Tú te mueres o nosostros te matamos

por Félix Villagrasa i Hernández
 

Pórtico Luna

Cualquier organización humana que institucionaliza la autoridad de una persona o de una elite se condena a la desigualdad permanente. La oligarquía resultante, superado el objetivo funcional que al justificar su formación, dirige toda la su fuerza y poder a perpetuar las condiciones de amenaza exterior o a promover el temor a un hipotético enemigo interior. La continuidad de la pirámide político económica creada es el autentico motor interno de los acontecimientos.

Cultura, poder, riqueza e información son los elementos de anclaje para los sistemas desiguales más sofisticados, cosa que hace de la fuerza militar un instrumento secundario, y así mismo imprescindible cuando los otros factores del poder comienzan a mostrarse ineficaces.

La coerción económica es, en las sociedades materialmente más avanzadas, el método estelar del terror legal: el inadaptado, el insatisfecho crítico, la pieza desencajada o simplemente sobrante queda al margen del sistema mediante el paro o la infravaloración de su trabajo. La salida habitual es la emigración, las adicciones tóxicas, la depresión... es decir, la pérdida del crédito de vida que aboca a la despersonalización y al suicidio mental o físico.

La cultura, entendida como transmisión de valores estéticos, científicos e ideológicos, aceptados por el común de la sociedad, también constituye una herramienta de gran poder en manos de la casta dominante, y un importante filtro de selección para aquellos que quieren integrarse, defendiéndola y expandiéndola, en los estratos cercanos al vértice piramidal. Mediante las convenciones culturales se minorizan los sectores no-normalizados, abocándolos a la marginación, al fracaso, al suspenso, a la aculturación, a la desintegración como grupo, a la anihilación individual psicopatológica, a la expulsión de la Historia como testimonio consciente del tiempo. O bien, a la asimilación forzada a través de la repetición de los principios fundamentales de la cultura hegemónica. El terror legal aquí se ejerce mediante la difamación, el suspenso, el menosprecio y la humillación, que causan en el sujeto el auto odio, la esquizofrenia. Si esta lucha interiorizada no ha abocado a la autodestrucción, la víctima redimida del terror entra dentro de la cultura del rebaño oficial después de un proceso de arrepentimiento, de sometimiento y de traición a los principios abandonados.

La conformación de un ambiente material y psicológico desfavorable a la procreación de los individuos y grupos no deseables, o potencialmente inmanejables, también es cuestión destacada entre los objetivos políticos del grupo dominador. Los procedimientos menos sofisticados y drásticos recorren a la desaparición física de los sujetos a través de su muerte, del exilio forzado o a la separación del cuerpo social con el encarcelamiento. La castración también ha sido, a lo largo del tiempo, una forma chapucera de evitar la reproducción de los grupos e individuos, "fuera de onda", ya sea para cortar la transmisión del odio al dominador o para interrumpir la proliferación de individuos con características físicas, mentales o étnicas no deseadas por la opinión hegemónica. La violación sistemática de las hembras del grupo a minorizar también pertenece a estas tácticas biogénicas chapuceras. Además, refuerza el objetivo del vencedor: diluye las posibles características fisonómicas, evidencia la impotencia del macho derrotado, convierte la mujer en difusor de la fuerza moral enemiga (presencia permanente del enemigo en casa por vía del recuerdo) y, muy posiblemente, en el futuro los hijos producto de una violación ejercerán de fuerza coactiva contra el entorno derrotado, identificándose con el poderoso y haciendo de su duplicidad una correa de transmisión de los victoriosos hacia los derrotados. Se crea una clase mestiza que marcará las distancias, pero hará de cojín entre los antiguos antagonistas.

A parte de las restricciones generales a la natalidad impuestas por las tesis neomalthusianas en algunos países, por motivos económicos o por imposiciones de los países ricos ante el previsible alud migratorio de sociedades con un gran crecimiento vegetativo, la limitación del crecimiento de algunos grupos sociales concretos, por la vía de la auto restricción de la natalidad puede ser potenciada desde el poder con métodos sibilinos. El ideal de seguridad, prosperidad económica, independencia individual, el culto al ocio, al bienestar, a la libertad personal entendida como hedonismo ilimitado... la relajación de los vínculos sociales interpersonales, pero, a la vez, la sumisión acrítica al poder político económico y a las convenciones del momento, llevan a los individuos más integrados a no buscar o ejercer la paternidad si no como ritual colectivo, una vez alcanzadas las aspiraciones sociolaborales. De esta manera pareja y prole simbolizan la aceptación de las convenciones, y aseguran la transmisión. Se cualificará de "paternidad irresponsable" cualquier forma de reproducción fuera del modelo familiar tradicional, se favorecerá la eliminación de los fetos que no puedan seguir el ejemplo de padres integrados o económicamente solventes, se alargará eternamente la infancia y la adolescencia de los individuos todavía por encajar, se favorecerá su alejamiento de la toma de compromisos de pareja y paternidad mediante trabajos mal remunerados excesivamente absorbentes o formaciones académicas prolongadas y alienantes de forma que se reduzca el deseo reproductivo e imposibilite materialmente la cría de una descendencia numerosa, creando temor e incertidumbre respecto al futuro. Por otro lado, la obsesión natalista de ciertos grupos religiosos contribuye al desprestigio, por parte del pensamiento laico, de la proliferación. Todo esto forma parte de la estrategia terrorista en beneficio de la perpetuación de una oligarquía cada vez más transnacional, cohesionada y con capacidad de ejercer su influencia a nivel mundial, que ve con desconfianza el crecimiento de un estrato bien estante, formado intelectualmente, que puede cuestionar buena parte de los dogmas básicos de los sistemas desiguales en proceso de consolidación a escala mundial.

Finalmente, cuando fallan los sistemas de asignación de recursos o de dominación magicomoral de la máquina social, se reactiva el instinto básico por excelencia: la coacción física, la violencia directa, el terror en su versión más pornográfica. Los agentes armados entran en escena para neutralizar las amenazas internas o externas que hacen peligrar la pervivencia del sistema. Estos episodios reportan el recuerdo del origen violento de la mayoría de sistemas político sociales basados en la autoridad. El ciudadano, ahora sí, debidamente uniformizado mentalmente a través de los símbolos y rituales mágicos, refuerza el espíritu de pertinencia al grupo y participa como elemento orgánico, no individual, de las entrañas de la máquina, compartiendo el ejercicio de la fuerza, cosa que hasta entonces se le había mantenido vedada. El terrorismo, limitado a la elite y a sus agentes, ahora es ejercido por la masa ciudadana, debidamente encuadrada y disciplinada. En tiempos de guerra el patriotismo es eufemismo que envuelve el terror con la capa inmaculada de la gloria. El terrorista se convierte en héroe. El trabajador, en asesino. El bien y el mal saltan hechos añicos por los aires, más que nunca, en provecho y salvaguarda de la razón de Estado.