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Sociedad
La globalización. del terror

por Petronio Rafael Cevallos
 

Pórtico Luna

La mañana despuntaba simplemente esplendorosa --soleada, despejada, fresca. Nadie --excepto un puñado de terroristas-- hubiese imaginado que se convertiría en la más horrenda de la historia de los Estados Unidos. Este martes 11 de septiembre del 2001 --que marca el vigésimo octavo aniversario del golpe militar que derrocó y le costó la vida al presidente Salvador Allende en Chile-- el mundo no podía dar crédito a lo que veía por televisión: el derrumbamiento de las Torres Gemelas --de 110 pisos cada una--, catedrales del sistema capitalista internacional.

Poco antes de las 9:00 (EST), hora local en Nueva York, un avión pequeño se estrellaba contra una de las Torres Gemelas; y, apenas 18 minutos después, un Boeing 767 enfilaba directamente contra la segunda y destruía su parte superior. En menos de dos horas, ambos edificios se desplomarían, uno tras otro, como un castillo de naipes. A estos dos primeros atentados seguiría un tercero: un avión que también se estrellaría contra un ala del Pentágono, principal santuario militar de Occidente, ubicado en Washington D. C.

Vivo cerca del Bajo Manhattan, donde hasta esta mañana se erguían las Torres Gemelas del World Trade Center. Desde mi ventana podía ver --y aún se ve-- la inmensa humareda, elevándose hacia el firmamento neoyorquino. Junto a mi familia, desconcertados todos, mirábamos las imágenes que se repetían en la televisión. Escenas terribles, como las de personas lanzándose al vacío, canjeando una muerte segura por otra igual de segura, en vertiginosa caída libre hasta el pavimento. Mi mente, aturdida, asociaba estas imágenes con reminiscencias de los suicidas que se tiraban por las ventanas, para escapar de la quiebra, en la gran depresión de 1929; y, además, con los pavorosos hongos expansivos, producto del bombardeo atómico contra Hiroshima y Nagasaki en 1945.

Los Estados Unidos, el gran líder del mundo occidental, cuya historia se ufana de haber peleado sus numerosas guerras --fuera de la Guerra Civil-- en otros países, ahora las sentía todas juntas en carne propia, de golpe y porrazo, en todo su espanto inenarrable y en toda su terrible fuerza destructora. Fueron golpes certeros, claves, demoledores. Verdaderos mazazos cósmicos, llenos de furor telúrico, de odio sobrehumano que, sincronizada y meteóricamente, han impactado el alma y el cuerpo de esta nación. Sus símbolos más conspicuos, de poderío económico y poderío militar, han sido profanados. El primero, derrumbado hasta las cenizas; el otro, parcialmente destruido. El mensaje de estos ataques es claro, contundente, brutal.

Ha sido el más infernal de los días que me ha tocado vivir. A nadie le cabe la menor duda de que esta monstruosa agresión es una vindicación con un financiamiento opulento, larga y milimétricamente planeada y eficientemente ejecutada. Los sospechosos serán muchos, pero ¿cuántos serán los culpables? ¿Quiénes? Mis preguntas no buscan especular si se trata de un complot internacional orquestado por países y grupos fundamentalistas musulmanes, o si se trata de un autoatentado a cargo de milicias de la autoproclamada Supremacía Blanca (acantonadas en zonas rurales de este país). De ninguna manera se trata aquí de buscar --reales o potenciales-- chivos expiatorios.

Más bien busco una reflexión que le ponga algún sentido a toda esta demencia. Acaso todos tengamos algún grado de culpabilidad. Hasta ayer la violencia perpetrada a tantos otros en tantas partes del mundo, la contemplábamos impávidos en los noticieros televisivos. Hoy la violencia, sistemática y a gran escala, ha profanado nuestro propio hogar, nativo o adoptado --como en mi caso. Por el momento y en medio de la desolación que nos embarga a los habitantes de la más importante y, a partir de hoy, más trágica ciudad de la Tierra, vienen a mi mente las palabras de Darío Fo, dramaturgo italiano --premio Nobel de literatura de 1997--: "Se nos hiela el corazón cuando vemos el crecimiento del movimiento contestatario mundial, profundamente pacífico, al que el poder trata de arrastrar al campo que más le conviene, el de la violencia".

La prepotencia e irracionalidad de la llamada globalización, como un bumerán apocalíptico, ha vuelto a su punto de partida, marcando así un dantesco y fatídico círculo pernicioso. De aquí, estoy seguro, volverá a dispararse, ciega de rabia y sedienta de más sangre, una vez más repitiendo el ciclo de explotación, devastación y muerte. Que nos perdonen, si pueden, las miles de víctimas inocentes de esta barbarie ignominiosa. Que nuestros hijos se apiaden de nosotros. De aquí en adelante, nada ni nadie será igual en este desde hoy ex Hogar de los Bravos y hasta sólo esta mañana --que empezaba radiante-- Tierra de los Libres.

Nueva York, martes 11 de septiembre, 2001

© Copyright: Petronio Rafael Cevallos, 2001