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Ensayo literario
Fuera de plano. Imagen prohibida de la muerte

por Juan Nicho
 

Pórtico Luna

"Resulta vergonzante hoy en día hablar de la muerte y de sus desgarros, como lo era en otro tiempo hablar del sexo y de sus placeres".

Philippe Ariès, "Historia de la muerte en Occidente"

Puede que la faceta más contradictoria de los seres humanos sea la que pasa por la imposible vivencia de la muerte y por lo tanto será su expresión uno de los momentos más atractivos para los infatigables curioseadores de la vida.

Entre ellos nos mezclamos y avistamos un más que enmarañado paisaje en el que el miedo y el deseo se entrelazan con insistencia. Las posiciones en las que se sitúa cada humano son abandonadas rápidamente como si quemaran o se dieran por perdidas. Al tiempo, de este vaivén constante extraemos un jugo especialmente rico. Todo lo que a la muerte se refiere aparece siempre envuelto en la confusión, pero en una confusión que va desde la violencia con que es vivida a la frialdad absoluta, tan incongruente ésta con la enormidad que supone la muerte como lo es la violencia ante lo irreparable de la misma.

No puede negarse que las actitudes ante la muerte adquieren corrientemente un perfil estereotipado, tan deprimente en una situación en la que la elaboración de los propios sentimientos es especialmente intransferible. Nada como la muerte y las cábalas sobre ella para calibrar el grado de confianza y respeto de un sujeto consigo mismo. Sería aquello a lo que se refería Rilke con sus versos a la deseada "muerte propia", aquella que no podrá ser representada ni explicada por persona ajena o patrón ninguno.

La uniformización del pensamiento así como de las respuestas ante la vida se produce también obviamente frente a la muerte. Y es aquí donde vemos uno de sus muchos rasgos contradictorios: la ocultación cotidiana de la muerte, súmmum contemporáneo del horror a lo incontrolado de la vida, se simultanea con un obsceno esparcimiento de muertes figuradas y reales que caen derramadas por doquier ante los vivos. La "carta robada" de Poe está mejor escondida que nunca; nadie podría sospechar que se ha ocultado encima mismo de la chimenea, frente a la vista de todos pero al margen de los ojos. La muerte en nuestro mundo occidental sufre un robo de este calibre.

Pero no será aquí donde nos refiramos estrictamente a este escamoteo universal, en el que no sólo se convierte a la muerte en una complicación indeseable, en un síntoma adverso, un efecto secundario, sino que se hace ostentación de formas imposibles de la muerte o absurdas en su forma y aparición. Remitimos al lector interesado a la obra definitiva y elegantemente concisa de Philip Ariès, quien nos muestra, casi estupefacto, cómo la muerte que durante siglos permaneció domesticada, vivida entre la resignación, la familiaridad y la indiferencia, ha pasado a convertirse tras un proceso primero lento y después vertiginoso, en algo salvaje y feroz, en una instancia insoportable y aterrorizadora que es menester ocultar a toda costa; la muerte domesticada pasa a liberar su poder y sólo queda ya ocultarla, negarla, hacerse el loco ante ella. Sorprendente y esclarecedor es su estudio sobre este inesperado tabú.

Aquí y ahora, y partiendo de este planteamiento, nos atendremos tan sólo a una de las apariciones mortuorias más espectaculares e incomprensibles: la muerte en el cine, el video y la televisión como muestra esperpéntica de todo este proceso de prestidigitación cochambrosa con la muerte.

Y lo haremos utilizando como eje un libro inusual, una novela breve que opondremos primero a ciertos aspectos del mencionado trabajo de Ariès para luego desbarrar a gusto sobre la imagen en movimiento de lo que ya no tiene movimiento alguno.

 

II

"La muerte de antaño era una tragedia -a menudo cómica- en la que uno representaba el papel del que va a morir. La muerte de hoy en día es una comedia -siempre dramática- donde uno representa el papel del que no sabe que va a morirse."

Philippe Ariès, "Historia de la muerte en Occidente"

El libro en cuestión, una pequeña joya de ironía, inteligencia y ternura, "El programa estelar" y su autor, un aquí misterioso por desconocido István Örkény (1912-1979), escritor y dramaturgo húngaro, del que casi sólo sabemos que ha escrito una serie de microcuentos -a lo Monterroso pero con más gracia- pero que lleva tras de sí una copiosa y variada producción de todo tipo. La historia que nos interesa ahora es realmente atípica, de difícil clasificación, de fondo engañoso y contradictorio como contradictorio es el tema de que se ocupa. Relato sobre la muerte que, nos atreveríamos a decir, resulta pionero en su tratamiento o cuando menos novedoso, ya que se acerca a la, como dijimos, imposible vivencia de la parca a través la accidentada reconstrucción de un programa documental sobre la muerte que un audaz director novel lleva a cabo. Hasta aquí todo parece normal, incluso podría parecer insulso, una crónica gris de los sórdidos espacios de medicina o de divulgación de enfermedades purulentas. Pero nada de eso. El primer toque de atención nos llega al acabar emocionados el relato y releer la solapa del libro publicado por Argos-Vergara. Algo no funciona. O hemos leído libros diferentes o lo equívoco del tema hace que puedan de un texto narrado surgir interpretaciones tan disparejas. La intención crítica del libro, que uno quisiera ver en el modo en el que es concebida la muerte individual, en la posibilidad de elaborar determinada actitud ante ella y en cómo las distintas instancias sociales que entran en contacto con ella actúan negándola en la práctica y en la palabra, todo esto que en realidad no es más que una obvia reflexión de mínimos exigibles al mundo, una reivindicación de la propia dignidad, queda reducida en la sinopsis de la solapa a la crónica grotesca de la "absurda relación entre el afán de protagonismo a toda costa y el miedo atávico a la muerte", al disparate del "absurdo como el obtener un increíble placer por protagonizar la propia muerte"...etc.

No creo que se trate de eso. En el relato, Aron Korom, el director del documental, tras superar numerosas trabas burocráticas y tras tocar las teclas más altas, es autorizado a filmar un reportaje sobre la muerte de tres personas que voluntariamente se prestan a ello. Korom, a cambio de una suma de dinero, se dedica a cubrir las diferentes etapas de la enfermedad de sus protagonistas hasta poder filmar el momento supremo y así elaborar un documento que permita a una población aterrorizada por la muerte llegar a familiarizarse con ella de alguna manera, al observar el anodino y sublime a un tiempo clímax final. Las tres personas son seres maduros y calmos, lúcidos aunque terriblemente diferentes entre sí, como si Örkeny hubiera querido con ello mostrar la convergencia fatal de todo destino, y nada en ellos delata esa supuesta patología vouyeurista de la que se nos habla en la solapa. A ninguno le hace gracia tener que morirse pero, con un talante muy del Este, se hacen cargo de su situación y acceden gustosos a una filmación que, más que hacerles difícil y enojoso el tránsito, puede incluso procurarles inesperadas sorpresas. Amén del dinero, claro, aunque no nos hallamos aquí en el caso del ejecutado en la horca al que cita Maiakovski en un poema, que gritó antes de caer "¡Bebed cacao Van Guten!" previa contratación de una suma de dinero para su familia; y no nos encontramos en el caso ya que todos los personajes muestran por la pasta un interés claramente secundario aunque presente. Si se muestran alegres por haber sido escogidos, ¿no será por darse cuenta, puede que vagamente, de que a su muerte se le da un valor añadido al que quizás ellos mismos y su entorno otorgarían?, ¿o, teniendo las garantías de no ser utilizados ni rebajados, sientan alguna suerte de calor sea con el equipo humano que filma, sea con el imaginario televisivo que puede solidarizarse con su último esfuerzo? ¿Por qué pensar tan sólo en la burda crítica facilona que rechaza por principio toda construcción en la que la televisión entre en escena y que acaba además contribuyendo a oscurecer el nodo central del asunto, el modo de morir en nuestro mundo? ¿No será que se distrae la atención, se marea la perdiz en función de una inconsciente contribución a la edificación y el mantenimiento del tabú de la muerte?

Y es en este punto en que queremos regresar a los trabajos de Ariès, ya que algo nos dice que su obra "Historia de la muerte en Occidente", editada en 1975, fue leída y degustada por Örkeny hasta culminar en la redacción de "El programa estelar" dos años después (1977), programa que a su vez se vería obligado a representar él mismo otros dos años más tarde con su propio óbito (1979). No es descabellada tal suposición si cotejamos el argumento de la obra con el corpus de las tesis de Ariès defendidas en su libro ya clásico. De hecho, el hacer girar la trama sobre la grabación de un programa televisivo nos resulta el fruto de una intención: exponer con ironía y ternura a partes iguales una serie de realidades que sin el soporte televisivo carecerían de un nexo adecuado o al menos efectivo. Digo televisivo porque es la imagen muda y gestual la que quiere grabar en nuestros ojos, pasear las tres situaciones límites ante unas cámaras que ya no son cámaras ni son televisiones, sino que son nuestras miradas tensas en la revelación de un secreto que oscuramente deseamos desvelar.

"No tenemos ningún modelo de comportamiento para la muerte. Lo único que sabemos de ella es que está ahí, esperándonos. Pensamos en ella como en un salto a las tinieblas. Mostremos al público de televisión que la muerte es humana. Llamémosla por su nombre y demos a la gente una oportunidad de verla en imágenes, de palparla."

La verdad es que surge en uno la tentación de creer que Örkeny quiso conscientemente encarnar o dramatizar las tesis de Ariès en este libro. Nada pues más alejado de la guasa con que se pretendía presentar esta supuesta charlotada literaria: estamos hablando de un relato serio y comprometido, valiente en un hombre ya mayor y que medita sobre la muerte, quizá su muerte, a la que de antemano trata de comprender o, cuando menos, de apaciguar.

Tres son los personajes que se prestan al reportaje: uno que muere antes del inicio por culpa de las interminables dificultades burocráticas para la fiulmación y cuya historia es serenamente narrada por su viuda; el segundo, una mujer sencilla, trabajadora en un criadero de rosas y aquejada de un cáncer; el tercero, el más conflictivo, duro y estimulante a un tiempo, un amigo del director, viejo realizador y vividor, hombre de mundo ya algo gastado, con el corazón maltrecho, y que en una noche de copas se ofrece al experimento. Tres personajes.

Y tres son también los hitos que, a grandes rasgos, marca Ariès acerca de las actitudes de los humanos ante la muerte a lo largo de la historia. De un modo sorprendente, comprobaremos cómo cada una de ellas coincide con los personajes de Örkeny como si éste hubiera pretendido ejemplificar con ellos los diferentes momentos de la muerte.

Así, la actitud de las sociedades tradicionales respecto a la muerte y que siguió durante siglos hasta bien entrada la Edad Media, pasaba por la aceptación resignada de la muerte, entre la indiferencia y una absoluta familiaridad, como algo tan inevitable que no valía la pena discutir. El primer personaje de Örkeny, un erudito que sólo vive para su trabajo exclama "¿Por qué discutir con la muerte? La muerte sólo puede decir no." Y retorna a su trabajo, midiendo el tiempo que le queda para adecuar y dosificar sus esfuerzos restantes; su esposa, a la que hasta ahora había dejado más bien de lado, le ayudará, convirtiéndose así estos últimos momentos en los más auténticos para los dos: "Quizás esto me deje en mal lugar, pero la única vez que fui feliz con él fue cuando estaba muriéndose." No es de extrañar. Es precisamente el conocimiento adulto y responsable de su final próximo lo que hace replantearse algunas cosas sin cambiar el esquema fundamental de su vida. La muerte sólo supone una interrupción ya prevista de antemano, inoportuna y molesta, desde luego, pero ineludible. Por supuesto que hay dolor, pero tan sólo el justo, el asumido, no rebosa nada más de él. Así moría antes la gente: con calma, despidiéndose, en casa, y sin dejar rastro.

Poco a poco, con el sentido de individualidad, de proyecto vital y de familia, la muerte se hace más concreta y específica, más para uno sólo, más rubrica personal e intransferible de un fracaso vital completo. Da más rabia. Las despedidas y encargos finales se ritualizan y complican, pero en todo caso se producen de una manera humana y comprensiva aún para el moribundo. Toda la familia alrededor de él, escuchándole y recogiendo sus palabras, en casa y atentos dulcemente a lo que ocurra. De tal modo, el segundo personaje del reportaje húngaro, la señora Miko, abandona el hospital cuando se sabe terminal, y en casa, a pesar de unas primeras trifulcas familiares, se recoge en su lecho de muerte llegado el momento, llamando a todos, incluidos los cámaras -quienes a modo de intercambio emotivo le regalan unas imágenes de sus rosas en un concurso a través del telediario- y los situa a su alrededor para darles su último adiós y procurar muy especialmente, y como último gesto, que las diferencias familiares quedaran solucionadas tras su muerte. Y muere.

"No había nada temible, ni imponente, en aquella muerte. Un par de ojos se habían cerrado, una cabeza había caído hacia un lado, una manta había dejado de subir y bajar. Alguien que había estado allí acababa de desaparecer. La imagen se había extinguido ante los ojos cerrados de la señora Miko, a semejanza de una frase que llega a su punto final."

Y llegamos a la parte más escabrosa de la historia, resuelta de la mejor manera, y que da sentido tanto al planteamiento final indignado de Ariès como a la denuncia de fondo que contiene la obra de Örkeny. La muerte ha llegado a nuestro siglo XX produciendo un estrepitoso cambio en las mentalidades con una velocidad fulgurante en comparación con el lento proceso anterior de siglos. De hecho, se invierte la actitud ante la muerte, como si del animal doméstico de antaño se hubiera pasado a una fiera corrupia que lanza zarpazos a ciegas en una arena despiadada. El terror desbocado hacia la muerte hace que se vaya configurando un nuevo tabú que prohíbe todas las representaciones de la muerte, tanto verbales como físicas, incluyendo las demostraciones de dolor que conlleva como el luto. Naturalmente, esta falta de espontaneidad no puede sino desquiciar a la gente que ve negada la expresión de sus sentimientos enormes hacia la muerte que deben quedar reprimidos por el bien de una sociedad que no permite ser emocionalmente alterada. El poder médico ya ha sustituido a la familia y se encarga en los hospitales de controlar el flujo de la muerte de una manera discreta y anodina, sin aspavientos. Pero esta negativa a vivir la muerte es la que hace que se estire la vida hasta extremos absurdos y malsanos como veremos. Ariès comenta que "la sociedad prolonga todo lo posible la vida de los enfermos, pero no los ayuda a morir."

En el relato, J. Nagy, el vividor curiosamente reconvertido ahora en un obseso de su propio cuerpo y de sus mínimas variaciones vitales, casi como un Iván Ilitch regulando sus medicamentos, entra en la película de un modo casi emblemático, quizás se carguen aquí las tintas de la ficción para poder exponer precisamente una realidad cotidiana para miles de personas hoy en día. De un modo divertido y cómplice, J. Nagy introduce sugerencias, propone modificaciones y consejos al programa ya desde el principio: le aconseja, y ahí precisamente, en este personaje equívoco es en donde radica la mayor grandeza del relato, que abandonde las intenciones secundarias, postizas con que pretendía el director envolver el programa: que se olvide de la poesía, porque "la muerte es fea y chapucera y el arte es todo belleza y composición", de la filosofía que "es una suma de generalizaciones, así que no cabe aplicarla a la muerte", y de la ciencia, significativamente, ya que "durante la observación de un proceso pequeño y sensible, la mera presencia de instrumentos de observación distorsiona el curso de los acontecimientos", consiguiendo en realidad que, gracias a esos consejos resultara un programa técnicamente perfecto, poético y del que extraer importantes conclusiones filosóficas y científicas. Lo importante es que el enfoque realizador fuera sincero, sin trampa. En suma:

"Baja el tono de tus ambiciones. Olvídate del arte y la ciencia. Filma lo que encuentres. Haz un documental honrado. Trabaja como si fueras a mostrar a un grupo de buceadores trabajando bajo el agua en un puente. Lo único anormal es que, en tu film, los buceadores se ahogan."

Pero, y seguimos nuestro esquema, la peripecia de J. Nagy se ajusta precisamente —y a su pesar- al último modelo de la muerte que vivimos, que es el que la oculta, escamotea y niega. Nagy lo intuye, en una ilustración perfecta del sinsentido hospitalario, "Doctora, me hará usted un gran servicio si, sencillamente, me deja a solas con la muerte". Se halla en peligro inminente de ataque cardíaco y a su lado, observa a un paciente al que reaniman artificialmente una y otra vez como si lo torturaran, lo que le produce una náusea infinita. No puede obtener de los doctores la garantía de no ser reanimado por lo que intuye su futuro de tubos y sondas esparcidas por su cuerpo exhausto. Finje que su preocupación se dirije hacia el posible fracaso del programa si lo intuban, pero lo que siente y manifiesta repetidas veces es que quiere y debe decidir sobre su destino, aparte de su natural tendencia hacia la exhibición elegante y efectista. "No te preocupes, el muerto tiene siempre la última palabra", susurra a su amigo.

Y aquí es donde esta especie de crónica documental sobre actitudes se transforma en una acción directa contra la desposesión del último derecho personal por parte de la clase médica. Aquí se revela el texto como una contribución atinada y contundente a la lucha por la autodeterminación de cada uno. Es en este punto en que la televisión, habitualmente un medio al servicio de la mistificación más absoluta, se convierte sin embargo en aliada casi inocente de esta lucha.

J. Nagy llama a Korom, el director, y le sugiere que representen una muerte falsa por si más tarde es intubado y no puede filmarse la buena en condiciones. Le propone que haga como si estuviera ya al borde de la muerte, como si, por ejemplo, se hubiera tomado sesenta somníferos, trabajosamente acumulados durante los últimos días. Graban un diálogo en principio ficticio pero que es en el que J. Nagy dirá sus últimas y sentidas palabras y tras el cual conseguirá morir realmente en escena y en paz, ya que SÍ se ha tragado esas pastillas, extremo que sólo podrán comprobar los médicos -y el director-, demasiado tarde, a la mañana siguiente.

"El caso es que, mientras me preparaba para este programa, he tenido mucho tiempo para pensar en la muerte. La muerte tiene siempre los triunfos en la mano, todo el mundo lo sabe. Cada minuto que llamamos nuestro pertenece en realidad a la muerte. Lo que no sabemos es cuál escogerá. Ésa es la razón de que la temamos tanto. Pero yo me he burlado de ella. Dentro de poco me dormiré como hacía cuando dejaba el libro, apagaba la luz y cerraba los ojos. En unos minutos, pasaré una vez más por esa rutina. En otras palabras, le he dado plantón a la muerte. Por primera vez en la vida, estoy libre."

Y libre como está sigue hablando con Korom, sin tratar de quedar bien en un papel, con sinceridad, al extremo que el segundo le recrimina su falta de originalidad, su poca proyección artística, ignorante de que en realidad no está actuando sino muriéndose de veras. En un delirante diálogo final, en el que el periodista, distendido, le propone que diga unas últimas palabras más sustanciosas y el moribundo le pregunta si quiere que se tire un pedo para animar la cosa, acaba entregándose al sueño final no sin antes comentar que todo en lo que había creído hasta entonces se derrumbaba y perdía su valor. El sueño le vence y musita entre otros sonidos: "no hay nada auténtico en el mundo, salvo la muerte."

¿Qué otro modo, en su situación, de ennoblecer su final? ¿Cómo si no cerrar el círculo de su vida, reunirse a sí mismo en su postrer instante, dar sentido a toda su existencia? Con este final, al que sigue un breve comentario periodístico sobre el fracaso posterior de la proyección televisiva del documental en una suerte de desencantada conciencia de la fuerza del tabú de la muerte y de lo difícil que es romperlo en público, se cierra el libro así como los pensamientos que hemos intuido paralelos o cercanos de Philip Ariès. Es casi seguro que si Örkeny leyó, como es de imaginar, a Ariès, enfrentaría su muerte tan cercana de una manera completamente diferente. Es de esperar. O desear.

Pero la realidad supera a la ficción como todos ya sabemos.

 

III

"Este desacuerdo entre la muerte libresca, que continua siendo prolija, y la muerte real, vergonzosa y silenciada, es, por lo demás, uno de los rasgos extraños pero significativos de nuestros tiempos".

Philippe Ariès, "Historia de la muerte en Occidente"

No mucho después de la aparición de esta fantasía televisivo-mortuoria en las brumas magyares, concretamente diecisiete años más tarde (1994), es proyectado en una cadena televisiva un documental con aspectos bastante similares al ideado en la novela. Se trata de "Muerte solicitada", una producción de la cadena televisiva holandesa Ikon. Debemos esta información al espléndido "¡Zap!" de Miguel Ibáñez, libro ya de culto y de obligada referencia para todo aquel que quiera bucear en los entresijos de los medios de comunicación visual, y muy especialmente en la televisión, fetiche esperpéntico al que Miguel Ibáñez levanta sin pudor sus faldas catódicas. De "Muerte solicitada", nos cuenta que se trata de un reportaje sobre la situación y el proceso que vive un matrimonio cuyo marido padece una penosa enfermedad, la esclerosis amiotrófica, paralizante, dolorosa y de pronóstico fatal. Deciden solicitar la eutanasia y el documental recorre todo el camino seguido por ellos acompañados por un doctor que les prepara todo lo necesario y proporciona el ansiado final llegado el momento.

Como Miguel nos cuenta el reportaje es "un documento humano donde predomina la emoción más que la angustia al revés que el 99% de los casos de muerte televisiva. La angustia es un sentimiento negativo que se interioriza y que contamina; la emoción permite la catarsis." Emoción que sentimos también al leer "El programa estelar" y que reconocemos ausente en el habitual repertorio cultural. Como si se tratase de algo vergonzoso, como si pudiera alterar el orden social correcto, la emoción no puede ofrecerse más que en su forma más castrada y vacía, la que D. H. Lawrence llamara "emoción falsificada" y que se traduce en el aluvión de basura sentimentaloide y melodramática que no busca ampliar o enriquecer la fibra vital sino masturbarla con guantes de esparto. A cambio, y siguiendo la perspicaz observación de Miguel Ibáñez, la angustia sí se considera un resultado adecuado, muestra de lo "efectista" del producto o del "impacto", el "gancho" del mismo. La interiorización contaminante, a fin de cuentas, no dejará de ser más de lo mismo, un poco más de carne para la trituradora en un cerebro ya dispuesto, encaminado a hacer constantemente sitio a un miedo difuso y que esperará su momento para reventar.

Por lo visto, Canal+, (la misma cadena que programó el espacio "Epílogo", donde personajes de todo tipo se sometían a una especial entrevista, ya que sólo se emitiría una vez muerto el entrevistado), pasó el documental holandés advirtiendo antes de que el programa podría herir la sensibilidad del espectador. Decimos, con Miguel, que eso es lo que debe hacer un programa de estas características: herir la sensibilidad, zarandearla, punzarla, dar fe cada vez de su existencia como algo vivo y capaz de mostrarse comprensiva con los avatares más extremos de la vida.

Como era de esperar, en el panorama televisivo general, pocas son las cadenas que han emitido espacio alguno en el que la muerte recibiera un tratamiento cabal y maduro. Incluso en el tratamiento irónico del humor negro, en el que el barroquismo español es avezado, pocas son las muestras que encontramos: obras dramatizadas levemente cáusticas ("Que usted lo mate bien", si mal no recuerdo era el nombre de un ciclo teatral hispano), telefilms de terror no muy profundos y poca cosa más. Es de destacar que en la época de los primeros ochenta, cuando aún la televisión pública ofrecía algunas sorpresas agradables, encontrábamos algún reportaje interesante como el dramatizado "XXX" en TV-2, (1984), donde se parodiaba muy inteligentemente el lugar que ocupa la muerte en los telediarios en especial y en la vida cotidiana en general. Por otro lado, no hará mucho pudimos ver en una incipiente y todavía sorpresiva televisión local (BTV) dos documentales emitidos la noche de todos los muertos, en el primero de los cuales se nos mostraba el traslado de un pequeño cementerio rural, por parte de los habitantes del pueblillo leonés, a otro emplazamiento, regalándonos con una brillantísima sucesión de planos de los vecinos extrayendo huesos y filosofando llanamente sobre lo terreno y lo divino. Impresionante. El reportaje, como el cementerio, se llamaba "Adiós, hasta luego" (¿?). El segundo, a modo de digresiones médicas, psiquiátricas y literarias, ofrecía buenos testimonios, algunas obviedades, y de un modo espectacularmente frío y espeluznante, el testimonio profesional de una especie de embalsamador o tratante de los cadáveres antes de ser expuestos en los tanatorios. Tras escucharle y observar su cara trabajando, muchos habrán sido los que optarán por la cremación inmediata. En todo caso, inusuales muestras documentales.

Pero si la realidad supera a la ficción, observemos que hay algunas realidades que superan a la realidad misma.

 

IV

"Atreverse a hablar de la muerte, admitirla de ese modo en las relaciones sociales, no significa ya, como antaño, permanecer dentro de lo cotidiano, sino provocar una situación excepcional, exorbitante y siempre dramática."

Philippe Ariès, "Historia de la muerte en Occidente"

Cuesta trabajo en ocasiones comprender el medio en el que se desenvuelven los humanos. No siempre resulta fácil asumir los frutos últimos de sus absurdas intenciones. Sin descartar que el ser humano, desquiciando del todo su pensamiento, haya encontrado en este engendro perturbado una suerte de normalidad, vamos a asistir a las muestras más estúpidas del comportamiento de los hombres en relación a la muerte y a la forma en que ésta es suministrada o no por sus semejantes. Todo ello en relación a su exposición audiovisual y en concreto, televisiva.

No nos sustraemos a un pensamiento obsesivo que nos ronda. Descartando las muertes naturales o por enfermedad que, ya en "El programa estelar" se nos contaba, no son efectistas y por tanto poco pueden motivar al espectador, no todas las muertes violentas reciben la misma respuesta.

De un modo general estas muertes pasan por generar dos bloques que nada en común tienen entre sí y que resultan abiertamente antagónicos. Para mejor explicar nuestra tesis, los representaremos simbólicamente como muertes por asesinato y muertes por sucidio.

El asesinato es una forma básica de relación del ser humano en sociedad o, al menos, que lo define en contraposición al resto de especies que no lo ejecutan en su mismo seno. Forma parte por tanto y de una manera muy intensa de un imaginario colectivo que necesita representarla, sea para exorcizarla o por compensar otros complicados mecanismos libidinosos. Desde el asunto de Caín a las sofisticaciones hitlerianas, la cosa sólo ha variado en la forma. Cada época con sus muertes y la nuestra con la correspondiente empanada tecnológica. Truman Capote descubrió en su día ("A sangre fría") la absoluta equivalencia entre matar estrepitosamente a una familia entera y ejecutar a alguien colgándole de una horca. Esta conciencia, impensable para millones de seres, se mostraba evidente por poco que uno dejara de lado las fórmulas y convencionalismos habituales y simplemente observara, escuchara. Pero el mundo occidental en los últimos años no ha ido hacia la evidencia ni mucho menos.

Enlazando de nuevo con Philip Ariès, es esta una época en que se ha perdido la familiaridad con la muerte, lo que la ha convertido en algo terrible y amenazador. Sin embargo, la gran contradicción de la que hablábamos al principio de todo se muestra en la aparente familiaridad que se da hoy con la multidifusión de muertes ficticias en todas las formas posibles. Basta rascar un poco el barniz de estas muertes vulgarizadas para descubrir el ácido terror, el pánico de rígida mueca que nos extrañaba no hallar. Se sostiene este tabú de la muerte precisamente por la saturación de la muerte misma, por la pérdida total de su sentido y su realidad. Todas son episodios banales, inconsecuentes, casi como las muertes de los cómics, de las que nada puede aprenderse para bien morir o siquiera para saberse mortal y por tanto un apresurado habitante del planeta.

Pero algo empieza a cambiar cuando sectores ya más desquiciados de población empiezan a demandar más realismo, más transparencia en los procesos de picado de la carne humana. ¿Qué otro resultado podría esperarse de la exasperación con que se ha presentado la muerte durante tanto tiempo, la muerte que nunca dejará de ser el misterio por excelencia de la vida, su parte más ignota e impostergable? ¿Cómo no esperar que se desorbiten los ojos en busca de la verdad, pero de un modo torcido, de la verdad apariencial, física, orgánica, pero desprovista de toda comprensión? Pues así. Y no sólo en la necesidad de mayor realismo visceral en la presentación de la muerte violenta, o en el mismo y terrible comercio de snuff movies, con sus anodinas torturas sin gracia, sino en la demanda última de observar en directo las ejecuciones capitales, como hemos podido ver recientemente en los EEUU, con el caso Thimothy McBain, todo un éxito de audiencia, aunque fuera en circuito cerrado. Ya Miguel Ibáñez en su "¡Zap!" nos profetizaba estas emisiones en canal abierto: nada impediría que los ciclos de degradación del capitalismo moribundo llevaran a los reos a tostarse en la parrilla televisiva. Tan sólo, como dijo él mismo en una entrevista, "me equivoqué de lugar. La primera ejecución se transmitió en Guatemala, lo que trastocó un poco mis previsiones".

El asesinato y la muerte violenta con sus puertas abiertas, espatarradas más bien, en la tele, para satisfacción de millones de seres que saben que ellos no morirán nunca.

Por otro lado, el suicidio. Aquí las cosas ocurren de modo diferente, diametralmente opuesto. A través del visionado moderno del suicidio descubrimos algo importante.

Lo más llamativo, el escaso papel jugado por las tramas suicidas en las ficciones televisivas en comparación con los asesinatos, que sin duda son mucho menores en nuestras sociedades tecnificadas que los primeros. ¿Quizá sea eso precisamente lo que fuerce el silencio alrededor del suicidio: la extensión en todas sus formas de la conducta autodestructiva en la vida real? ¿No nos hallaremos en la forma más pura del tabú de la muerte más allá de toda mistificación y negación posible, como ocurría con los asesinatos? ¿No es dable ver en el suicidio, en la representación de una meditación habitual y reprimida, los dientes afilados de esa boca cerrada con que se pretende monologar con la muerte? ¿De dónde si no esa cortina de humo, ese tupido velo permanente a su alrededor?

Veo en el telediario el video de un integrista islámico comentando que dentro de unos minutos se sacrificará por su dios y, acto seguido, la filmación del acto suicida filmada por sus compañeros: un coche a toda velocidad explosionando contra un control israelí. La imagen casi se presenta sin comentarios.

Un ex-ministro francés acusado de corrupción convoca una rueda de prensa para defender su inocencia, cosa que hace pegándose un tiro en la boca.

Bohumil Hrabal, el gran escritor checo, se tira de la ventana del hospital pero en realidad es que estaba dando de comer a las palomas; José Agustín Goytisolo cambiaba una persiana antes de caer accidentalmente, nadie quería morir en realidad, no es concebible la muerte voluntaria... porque si fuera así...

...Nos encontraríamos con el equivalente pero contrario problema televisivo de las ejecuciones filmadas: los videos de los suicidas, la proyección de una eutanasia activa con el fin de demostrar la libertad e independencia del acto. Aquí, como en el caso del gallego Ramón Sampedro, paralizado desde hace años y solicitante de la muerte, sorprendentemente, ya nadie quiere ver esa muerte, en que todas las trabas son pocas para impedir lo que esta vez sí, es un horroroso delito. Pero por suerte a veces la vida se ríe de la ley y el video fue filmado. Y como en el caso del reportaje holandés o de la ficción húngara, puede jurarse que no es un éxito de audiencia. Como diría Hommer Simpson: "Rápido, cambia de canal que estoy empezando a pensar".

Poco ha cambiado desde que en el siglo XVIII se condenara a muerte a un suicida que trató de cortarse el cuello, se le suturaran cuidadosamente las heridas, para finalmente ahorcarle cuando ya estaba curado. Cuestión de propiedad de la vida y de administración de la muerte.

Thimothy McBain, ejecución en hora punta frente a Ramón Sampedro, oscuro deceso extractado en franja marginal. Muerte administrada versus muerte propia. Oscuros deseos versus oscuros temores. Y en todas partes la muerte con su ritual agónico en el maletín.

Puede que sepa más sobre el misterio de morir y el complicado proceso de la agonía un actor o actriz que haya interpretado los papeles de Iván Illitch, Emma Bovary, o los personajes de Schnitzler que cualquier médico, y sobre todo que cualquier espectador televisivo que ante la más mínima mención de la muerte respondería como el niño de cinco años de que habla Freud: "sí, de acuerdo, papá se ha muerto, pero ¿vendrá a cenar?"

 

V

"La muerte ha reemplazado al sexo como principal tabú. Se decía en otro tiempo a los niños que los traía la cigüeña, pero asistían a la gran escena del adiós, en la habitación y en la cabecera del moribundo."

Philippe Ariès, "Historia de la muerte en Occidente"

Conservo de cuando niño un recuerdo algo confuso. Se trata de un pensamiento recurrente que acudía a mí cada vez que veía ciertas películas en la tele. La característica común de todas ellas era que, fuese cual fuese el argumento, en todas y cada una de ellas "moría un montón de gente". Recuerdo especialmente las del Oeste. Se me hacía insidiosamente raro, como raro se me hace ahora el haber tenido tales pensamientos a tan corta edad, la manera en que la gente se moría, tan trivialmente, tan a la ligera podríamos decir, tan precipitada, apresuradamente, como en los juegos o los dibujos animados. Todo se envolvía en una especie de bruma, alguien recorría un callejón disparando a gente que caía como fruta madura de los tejados. Esta es la imagen que más me inquietaba. Lo FÁCIL que era morirse. Lo espantosamente vulgar y anodino del hecho de diñarla. Que nadie se inmutase demasiado, ni tan siquiera el afectado, que parecía despreocupado y ajeno a lo que le sucedía. Muertes muy poco elegantes, nada de "entregar el alma" ni mucho menos.

Luego estaba aquella película sobre los tiempos de la Inqusición en la que una cola inmensa de herejes iba avanzando penosamente hacia el suplicio, consistente en una máquina similar a la de los prestidigitadores, una suerte de armario con pinchos en los que era ensartado el condenado en cuestión. Lo aberrante era lo cansino e indiferente del hecho, lo oficinesco, la manera en que se producían las ejecuciones con su lentitud burocrática y su inaguantable pesadez. Trasunto quizá de las colas aburridas de judíos prestos a ser exterminados por los nazis. Muy desalentador todo. Uno quisiera imaginarse una muerte "torera, fuera de serie", como se decía en una película, una muerte a la altura de la vida que se abandona, una muerte que se tiene en cuenta, que se reconoce y sondea, a fin de autoreconocerse por última vez, de reafirmar lo que ha sido en la vida la materia que ahora se apaga y recoge velas.

Podría pensarse que esta muerte desalentadora y gris remite a la antigua familiaridad con la muerte, pero no es así. Se la pasa por alto, se la reduce al gesto de encender un cigarro, se la ignora en apariencia, pero se la teme más que nunca. Y por ello se la representa de maneras triviales, buscando desactivar su tremendo poder aniquilador. El momento más importante de nuestra vida queda así convertido en una charlotada más.

Existe un libro peculiar en el que toda esta situación es parodiada con crudeza: "Rey Muerte", de Nik Cohn. En él nos encontramos con Eddie, un tipo prometedor que se dedica a administrar la Muerte, no en el sentido garciacalviano del término sino en el literal: mata. Pero no mata exactamente, sino que hace llegar la muerte en unas condiciones artísticas y técnicas muy especiales, haciendo que la gente se halle encantada de morir con él. Desprende una especie de encanto apaciguador y aliviante, casi opiáceo. Un empresario de la televisión, el pez más gordo del medio, lo ve trabajar y decide ficharlo. Su carrera en la tele será fulgurante y recorrerán América proporcionando muertes cada vez más espectaculares. La multitud le aclama. Pero algo ocurre: la gente se desilusiona, comienzan a perder su confianza en él, se le ve ya como un vulgar carnicero. Podríamos decir que la tele lo ha echado a perder, TV killed the death star... Pero ya se sabe, el espectáculo debe continuar.

Inteligente escrito, irónico y doloroso, que da pie a pensar en las actitudes ante la muerte y en el desquiciamiento actual de las posiciones frente a ella tanto en la vida cotidiana como en su traslación a los medios. Ahí va, a modo de colofón, un diálogo extraído del libro, en el que Eddie y el productor discuten tras haber declarado el primero que se siente "acabado" del todo. Tras este texto, el capítulo también habrá acabado. El fin. Al fin.

"-He perdido mi don. Estoy completamente consumido. Mis recursos se han agotado, y me ha llegado el momento de hacer mi final.

-Pero eso no puede ser -dijo el inglés.

-¿Por qué no?

-La Muerte todavía te necesita. Si la abandonas ahora, caerá hecha pedazos, y todo lo que habéis logrado juntos será destruido.

-Está exagerando.

-Desearía estar exagerando. Pero sé cómo funcionan las imágenes. En el momento en que te alejes, te doy mi garantía de que se desatarán todos los demonios del infierno.

-¿En qué sentido?

-Tu público se hundirá en la desesperanza. A lo largo de los años te has convertido en un hábito tal, en una adicción tan profunda, que se sentirían perdidos sin ti. No tienen otra salida, otra forma de descargarse. Todas sus pasiones y ansias irían acumulándose en su interior, emponzoñándoles y haciéndoles caer enfermos. Llenos de pánico, buscarían ciegamente sustitutos.

-¿Sustitutos?

-Otros profesionales -dijo Seaton- En esas circunstancias, las cadenas de televisión no tendrían otra solución que reemplazarte, improvisar una nueva serie de artistas y acabamientos, de otra forma podría haber una explosión a escala nacional.

-Si ya me hubiera retirado, nada podría objetar -dijo Eddie serio pero magnánimo.

-Eso es típico de tu gran corazón. Pero a veces la generosidad puede ser un error. El mundo está lleno de falsedad y oportunismo. Y una vez que tú dejaras de protegerla, la auténtica Muerte seguramente perecería.

-¿Cómo es eso?

-Sería vulgarizada, pervertida, traicionada. Apuesto cien contra uno que sus nuevos practicantes no compartirían tus altos principios y la venderían sin contemplaciones. Buscando dinero fácil y una gran audiencia, se olvidarían de su verdadero sentido y la acribillarían de trucos fáciles. Si tú no estás para rescatarla, la violarán hasta despojarla de toda dignidad y honor y en menos tiempo de lo que puedas imaginarte estará reducida a un espectáculo de feria.

-Igual que antes de que llegara Rey Muerte -dijo Eddie, abatido.

-Exactamente. La invadirían matones y oportunistas, aficionados locos por la sangre, y antes de que pudiéramos darnos cuenta de qué estaba ocurriendo, ella estaría de nuevo donde comenzó todo, ahogándose en las alcantarillas."