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Miscelánea
La curiosa República de Gondour

por Mark Twain
Traducción de Juan Miguel de la Torre
 

Publicado en las páginas del Athlantic Monthly, en Octubre de 1875.

Tan pronto como hube aprendido a hablar un poco el idioma, pase a interesarme enormemente en la gente y el sistema de gobierno.

Encontré que la nación había intentado primero el sufragio universal puro y duro, pero había desechado esta forma porque el resultado no era satisfactorio. Ello había parecido dejar todo el poder en las manos de las clases ignorantes y no-contribuyentes; y necesariamente los puestos de responsabilidad fueron ocupados por estas clases también.

Se buscó un remedio. La gente creyó haberlo encontrado; no en la destrucción del sufragio universal, sino en su extensión. Era una idea extraña, e ingeniosa. Debes entender, la constitución da a cada hombre un voto; por lo tanto ese voto era un derecho ganado y no podía ser retirado. Pero la constitución no decía que a ciertos individuos no se les pudiera dar dos votos, ¡o diez! Así que una cláusula de enmienda fue insertada tranquilamente; una cláusula que autorizaba la extensión del sufragio en ciertos casos especificados por un estatuto. Proponer "limitar" el sufragio podría haber provocado problemas instantáneos; proponer "extenderlo" tenía un aspecto atrayente. Pero por supuesto, los periódicos pronto empezaron a sospechar; ¡y entonces dieron con ello! Se dio la circunstancia, no obstante, de que por una vez, —y por primera en la historia de la república— la propiedad, el carácter, y el intelecto fueron capaces de ejercer una influencia política; por una vez, el dinero, la virtud y la inteligencia tomaron un interés vital y conjunto en una cuestión política. Por una vez estas fuerzas fueron a las "primarias" con determinación; por una vez los mejores hombres de la nación fueron escogidos como candidatos para el parlamento cuya tarea debería ser extender el sufragio. La mitad con más peso de la prensa rápidamente unió fuerzas con el nuevo movimiento, y dejó a la otra mitad discurrir sobre la llamada "destrucción de las libertades" de las capas más bajas de la sociedad, la hasta entonces clase gobernante de la comunidad.

La victoria fue completa. La nueva ley fue redactada y aprobada. Bajo ella, todo ciudadano, aunque pobre o ignorante, poseía un voto, así que el sufragio universal todavía reinaba; pero si un hombre poseía una buena educación de escuela común y ningún dinero, tenía dos votos; una educación de escuela superior le daba cuatro; así mismo, si tenía propiedades hasta el valor de tres mil "sacos"*, ejercía un voto más; por cada cinco mil "sacos" que un hombre añadía a su propiedad, se le concedía otro voto; una educación universitaria otorgaba a un hombre nueve votos, aún sin poseer propiedad alguna. Por lo tanto, estando el aprendizaje más en boga y más fácilmente asequible que las riquezas, los hombres educados devinieron un saludable freno a los hombres ricos, en tanto que podían superarlos en votos. La educación va acompañada normalmente de rectitud, amplitud de miras, y humanidad; así, los votantes instruidos, poseyendo el equilibrio de poder, pasaron a ser los vigilantes y eficientes protectores del gran escalón inferior de la sociedad.

Se desarrolló entonces una cosa muy curiosa, una cierta "emulación", cuyo objetivo era ¡la capacidad de voto! Mientras que anteriormente un hombre era respetado solo según el dinero que poseía, su grandeza era medida ahora por el número de votos que ejercía. Un hombre con un solo voto era conspicuamente respetuoso con su vecino que poseía tres. Y si era un hombre por encima de lo común, era conspicuamente enérgico en su determinación a adquirir tres para sí mismo. Este espíritu de emulación invadió todas las clases. Los votos basados en el capital eran comúnmente llamados votos "mortales", porque podían perderse; aquellos basados en la instrucción eran llamados "inmortales", porque eran permanentes, y a causa de su carácter acostumbradamente imperecedero eran naturalmente más valorados que los de la otra clase. Digo "acostumbradamente" por la razón de que estos votos no eran absolutamente imperecederos, en tanto que la locura podía suspenderlos.

Bajo este sistema, el juego y la especulación casi cesaron en la república. Un hombre venerado como el poseedor de un gran poder de voto no podía afrontar el riesgo de perderlo por una oportunidad dudosa.

Era curioso observar las maneras y costumbres que el plan de extensión produjo. Un día, caminando por la calle con un amigo, dispensó éste una despreocupada reverencia a un transeúnte, y entonces remarcó que esa persona poseía solo un voto y probablemente nunca ganaría otro; fue más respetuoso con el próximo conocido que se encontró; me explicó que este saludo era una reverencia de cuatro votos. Intenté determinar la importancia de la gente a la que se acercó después de esto, por la naturaleza de sus reverencias, pero mi éxito fue sólo parcial, a causa del algo mayor homenaje ofrecido a los inmortales que a los mortales. Mi amigo me lo explicó. Dijo que no había ninguna ley que regulara esto, excepto la más poderosa de las leyes, la costumbre. La costumbre había creado estas reverencias variables, y con el tiempo se habían convertido en algo simple y natural. En ese momento soltó un profundísimo saludo, y dijo, "He aquí un hombre que comenzó la vida como aprendiz de zapatero, y sin educación; ahora maneja veintidós votos mortales y dos inmortales; espera aprobar un examen de escuela superior este año y sumar un par de votos más de los inmortales; un ciudadano sumamente valioso."

Y en esas mi amigo se encontró con un venerable personaje, y no sólo le hizo una mucho más elaborada reverencia, sino que también se quitó el sombrero.

Yo también me quité el mío, con un misterioso temor. Estaba empezando a ser infectado..

"¿Qué eminencia es esta?"

"Este es nuestro más ilustre astrónomo. No tiene dinero alguno, pero es temiblemente ilustrado. ¡Nueve inmortales, es su peso político! Manejaría ciento cincuenta si nuestro sistema fuera perfecto."

"¿Hay algún nivel de mera grandeza adinerada ante la que te quites el sombrero?"

"No. Nueve votos inmortales es la única autoridad ante la que nos descubrimos, esto es, en la vida civil. Muchos grandes oficiales reciben esta clase de homenaje, por supuesto."

Era común oír a la gente mencionar con admiración a hombres que habían comenzado su vida en los más bajos niveles y con el tiempo alcanzado un gran poder de voto. Era también común oír a los jóvenes planeando un futuro de tantos y cuantos votos para sí mismos. Oí hablar a sagaces mamás de ciertos jóvenes como buenos "partidos" porque poseían tal y tal número de votos. Sé de más de un caso en el que una heredera fue casada con un joven que no tenía más que un voto; siendo el razonamiento que estaba dotado de tan excelentes cualidades que con el tiempo adquiriría una buena fuerza de voto, y quizás a largo plazo podría sobrevotar a su esposa, si tenía suerte.

Los exámenes competitivos eran la regla en todas las oposiciones. Observé que las preguntas a los candidatos eran salvajes, intrincadas, y a menudo requerían un tipo de conocimientos no necesarios en la plaza solicitada.

"¿Puede un tonto o un ignorante responderlas?" pregunté a la persona con la que hablé.

"Ciertamente, no."

"Bueno, no encontrará usted ningún tonto o ignorante entre nuestros funcionarios."

Me ví bastante acorralado, pero me las compuse para decir, "Pero estas preguntas abarcan de largo un nivel más alto del necesario."

"No importa; si los candidatos pueden responderlas es evidencia lo bastante buena de que pueden responder prácticamente cualquier otra pregunta que elijas preguntarles."

Había algunas cosas en Gondour a las que uno no podía cerrar los ojos. Una era que la ignorancia y la incompetencia no tenía lugar en el gobierno. Los cerebros y la propiedad gobernaban el estado. Un candidato a un puesto público debía tener una reconocida habilidad, educación, y gran carácter, o no tenía ninguna oportunidad de elección. Si un acarreador de carbón poseía todo esto, podía tener éxito; pero el mero hecho de ser un acarreador de carbón podía impedir su elección, como en los viejos tiempos.

Ahora era un gran honor estar en el parlamento o en la función pública; bajo el viejo sistema tal distinción hubiera sólo traído sospechas sobre un hombre y hecho de él un desvalido objetivo de los periódicos y las habladurías. Los funcionarios no necesitaban robar ahora, siendo sus salarios vastos en comparación con los jornales miserables pagados en los días en que los parlamentos eran creados por acarreadores de carbón, que veían los salarios públicos desde le punto de vista de un acarreador de carbón e imponían el respeto a este punto de vista a sus obsequiosos sirvientes. La justicia era sabia y rígidamente administrada; para un juez, una vez alcanzado su puesto a través de la línea específica de promociones, este era permanente mientras mostrara buen comportamiento. No estaba obligado a modificar sus sentencias en consonancia con el efecto que pudieran tener sobre el ánimo de un partido político gobernante.

El país estaba gobernado principalmente por un ministerio que eliminó la administración que lo creó. Este era el caso también de los jefes de los grandes departamentos. Los funcionarios menores ascendieron a sus elevadas posiciones a través de bien ganadas promociones, y no por un salto desde la maquinaria del partido o las familias necesitadas y amigos de los miembros del parlamento. El buen comportamiento medía la duración de sus cargos.

El jefe de gobierno, el Gran Califa, era elegido por un periodo de veinte años. Cuestioné la inteligencia de ello. Me contestaron que él no podría hacer ningún daño, en tanto que el ministerio y el parlamento gobernaban aquella tierra, y él estaba expuesto a la destitución por mal comportamiento. Este gran cargo había sido por dos veces hábilmente ocupado por mujeres, mujeres tan aptamente preparadas para ello como algunas de las reinas centrales de la historia. Miembros del gabinete, bajo muchas administraciones, habían sido mujeres.

Encontré que el poder de indulto había sido conferido a una Corte de Perdón, compuesta de varios grandes jueces. Bajo el viejo régimen, este importante poder recaía en un sólo funcionario, y habitualmente tenía cuidado de que hubiera una amnistía general a tiempo para la próxima elección.

Pregunté por las escuelas públicas. Estaba repleto de ellas, y de universidades gratuitas, también. Pregunté por la educación obligatoria. Esto fue recibido con una sonrisa, y la observación, "Cuando el hijo de un hombre es capaz de hacerse a sí mismo poderoso y honorable según la cantidad de educación que adquiere, ¿no supone que el padre aplicará la obligación por sí mismo? Nuestras escuelas y universidades gratuitas no requieren ninguna ley para llenarlas."

Había un adorable orgullo de país en la forma de hablar de esta persona que me fastidió. Hacía mucho que yo había olvidado cómo sonaba en la mía propia. Las tonadas nacionales de Gondour sonaban constantemente en mis oídos; así que me alegré de dejar aquel país y volver a mi querida tierra nativa, donde uno nunca oye esa clase de música.