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Sociedad
Planeta y República

por Johnny B. Goode
 

Pórtico Luna

Hace aproximadamente 1.800.000 años apareció sobre la superficie de la Tierra una nueva especie de mamífero que caminaba sobre las patas de atrás y era capaz de manipular su entorno y fabricar rudimentarios utensilios de piedra.

Cualquier observador imparcial hubiera pensado sin duda que esas frágiles criaturas sin garras ni dientes, no especialmente veloces, con poco pelo y sus indefensas criaturas a cuestas eran pasto de los grandes predadores.

Hoy sabemos que son la especie más peligrosa de este planeta.

En efecto, aquellos primeros hombres prosperaron gracias a su mortífera inteligencia hasta que ninguna otra especie pudo competir con ellos y mantener estable su población. Crecieron en número hasta que empezaron a competir entre ellos mismos.

Y la evolución hizo su trabajo.

A los Homo Habilis les sucedieron los Homo Erectus, y a estos los Homo Sapiens Neanderthalensis, y a estos, finalmente, los Homo Sapiens Sapiens; es decir: nosotros (aunque, personalmente, sospecho que el Hombre de Neanderthal no se extinguió del todo y todavía sobreviven algunos ejemplares entre nosotros. Piénsalo, seguro que conoces a alguno.).

Pero lo curioso es que las variaciones entre las distintas especies humanas apenas eran perceptibles a nivel físico, y generalmente, no eran definitivas (El Neanderthal era más corpulento que el hombre de Cromagnon y sin embargo, fue éste último quién sobrevivió.).

No. No fueron las diferencias fisiológicas las que determinaron el curso de la evolución de la especie. Fueron las diferencias tecnológicas. Hachas de piedra, fuego, arcos y flechas...

De hecho, desde la aparición del Homo Sapiens Sapiens, hace unos 90.000 años, la evolución biológica ha sido sustituida por la evolución cultural. En vez de desarrollar escamas, o aletas, o plumas..., los distintos grupos humanos respondían a los cambios en su entorno desarrollando nuevas técnicas, nuevas formas de organización política y económica, nuevas relaciones sociales y nuevas creencias. En definitiva, lo que nosotros llamamos cultura.

Y como la nueva forma de especialización era beneficiosa para la especie, el ser humano siguió prosperando y poblando la Tierra. Y de vez en cuando, dos grupos culturales, dos civilizaciones, chocaban entre sí. Y como las leyes de la selección natural seguían operando, normalmente sobrevivía el grupo mejor adaptado al medio. Pero cada vez, la cultura dominante era más sofisticada y permitía sostener una población mayor y más próspera.

Y así llegamos a la actualidad, cuando la población humana sobre la Tierra es mayor que nunca y hemos alcanzado un nivel de progreso impensable para quien hubiera contemplado a aquellos primeros hombres que se esforzaban por diferenciarse del mono.

Pues bien, todo ello ha sido posible gracias a nuestra cultura actual, la tan denostada civilización occidental-científica-capitalista-consumista. No estoy diciendo que sea perfecta. Sólo que es el resultado de 90.000 años de evolución del Homo Sapiens.

Algunos ilusos dirán que hay otras culturas a parte de la nuestra: la china, la musulmana, la india...

No negaré que existen matices únicos, pero a efectos de evolución de la especie, hace tiempo que todos hemos confluido en una única cultura planetaria. La única que ha demostrado ser capaz de sostener una población de 6.000 millones y en aumento sin derrumbarse en medio del caos. ( Y aún así gran parte de esa población sobrevive pasando grandes privaciones y penurias. Sin embargo, su misma existencia hubiera sido imposible en otras épocas.).

Y tampoco es que lo que nosotros llamamos cultura occidental sea algo tan ajeno al resto del mundo como solemos creer. Cualquier civilización mínimamente importante ha dejado un poso al acervo común. Nuestra civilización es eminentemente científico-tecnológica, pero recoge elementos dispares como la filosofía griega y la judeocristiana; los números arábigos, el cero de la India; la pasta, el papel, la seda y la pólvora chinas; la moderna espiritualidad o moral budista, taoísta o zen... y muchísimas tradiciones, historias y costumbre de las que no has oído hablar jamás pero que están al alcance de cualquiera conectado a Internet. No necesitas saber qué es un Bar mitzhvah para saber que si lo estás leyendo aquí no es ninguna costumbre marciana.

El problema es que la evolución no se ha detenido, y lo que ha funcionado hasta ahora puede dejar de hacerlo en un futuro próximo.

En efecto, sabemos que nuestra civilización ha soportado una población de 6.000 millones de personas. Pero hay vías de agua por todas partes, y si la presión aumenta mucho más, o si el sistema ve mermado su eficiencia, bien pudiera ser que nos ahogáramos todos.

En física hay un principio conocido como entropía y que puede resumirse en que el universo tiende al caos. Si yo sostengo en mi mano un vaso de cristal, un compleja estructura ordenada de moléculas, y lo dejo caer, se romperá en mil pedazos, su estructura ordenada y armónica se convertirá en una sinfonía estridente de fragmentos desiguales. Y si cojo los fragmentos y los vuelvo a tirar, no se volverán a unir para formar un vaso, sino que se romperán todavía más y más. Sólo fundiendo los pedazos (esto es, mediante una importante aportación de energía) podremos reconstruir el vaso.

En mi opinión, el de la entropía es un principio igualmente valido para cualquier sociedad o civilización humana. En efecto, el hombre tiende al caos, pero sólo mediante la cooperación, la organización en sociedades cada vez más complejas, ha podido llegar hasta aquí. Y como el vaso, la civilización es tremendamente frágil, y cualquier percance puede hacerla saltar en pedazos.

Echad un vistazo a los libros de historia y contemplad como a la caída del Imperio Romano le sucedieron 1000 años de oscuridad y decidme después que podemos esperar de la caída de nuestra civilización.

Así pues, como cualquier vuelta atrás es inaceptable (sobretodo para los mil millones que han nacido en los últimos 14 años, la mayoría en el tercer mundo), deberíamos empezar a aportar la energía necesaria para que la entropía no crezca y destruya todo el sistema. Eso significa atacar todos y cada uno de los problemas que podrían estallarnos en las manos: desde la superpoblación, al hambre, el SIDA, las migraciones, la contaminación, la escasez energética, las guerras, las discriminaciones por causa de la raza, sexo u opinión, el crimen organizado...

Y nos guste o no, nuestra cultura está demostrando ser incapaz de afrontar estos retos. Se impone una nueva vuelta a la rueda de la evolución. Necesitamos una nueva forma de organización que se adapte al nuevo medio y la nueva civilización que estamos produciendo. Y puesto que el medio es el planeta entero, la respuesta es la República Planetaria