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De paseo por Madrid

 

Pórtico Luna

¿Qué se puede hacer una tarde viernes que nunca termina?. Madrid está que arde, el termómetro ha subido arriba de los 40 grados y el mar está más lejos que un buen gazpacho para quitarse de encima lo pegajoso de la piel.

Lo mejor es buscarse un bar al aire libre y colonizar una mesa. Hacer como que en el bolsillo se tiene los suficientes euros y pedir al camarero, con un aire de quien sabe lo que tiene y lo que quiera, otra ronda igual a esta, la paga mi amigo el croata con cara de gangsterillo de poca monta sentado dos mesas más allá o el africano ese que mira con aire de autosuficiencia como si nunca en su vida hubiera sido esclavo en el sur de los Estados Unidos. La próxima caña sin duda será obsequio del alemán que acaba de llegar y que asegura que el nada tuvo que ver con los nazis, aunque en realidad todos en su país tengan un pasado que los relaciona con la cruz swastica y pretendan negarlo; o del orgulloso francés todo cultura y buenos modales, que nos mira a todos por encima del hombro y se siente culpable por ello.

Ya de regreso a casa pasaré por Casa de América a mirar una de las películas de la muestra de cine canadiense, que anuncia a bombo y platillo la nueva de Atom Egoyan (Ararat), pero antes me detendré en el Chuecatown a mirar los colores del arco iris que iluminan el barrio y las calles más "alegres" de toda España. ¿Cómo es que la capital del imperio terminó como refugio y ciudad "orgullosamente diversa"? Tal vez deberíamos preguntárselo a Almodóvar (aunque sea manchego) y a Alaska o tal vez el generalísimo tenga una vaga idea y pueda decirnos porqué el pueblo español dio ese cambio radical y hoy se abre al mundo de la diversidad sexual.

Pero para llegar al parque de Chueca deberé pasar por Plaza Sol, centro neurológico de la ciudad de los turistas. Ahí, en sus baldosas, la piratería y el comercio ambulante le buscan las cosquillas a la autoridad con sus CD piratas de 2 Euros con los nuevos himnos de verano y sus productos Operación Triunfo, que la televisión española a elevado a dioses y divas del mercado, todo música desechable, como debe ser en este gran mercado de consumo. O con sus bolsas imitación Louis Vuitton y sus abanicos made in china.

Subo por la calle preciados, que en realidad es la calle de los freaks, de los deformados física y grotesca y económicamente que piden compasión y un poco de dinero para comprar leche y comida a los cientos de hijos que cargan a cuestas desde sus pobres países de origen. Ya lo dijo Sartori en su nuevo libro, lo que amenaza al primer mundo es la sobrepoblación de los países no desarrollados, la contradicción está en que eso mismo es lo que lo hace gozar de los beneficiados de la mano de obra barata. También es la calle de los músicos urbanos que siguen empeñados en mantener vivo el espíritu de una revolución que huele a rancia y que ha devenido en un: "patria o muerte, venceremos" que más bien parece un "patria o muerte, nos venciste... Fidel". Si, si, lo sé, espíritu es romántico, la realidad es cabrona.

Sigo caminando y me olvido de citas y demás chaquetas mentales sobre la justa distribución de la riqueza mientras camino por Montera, pues con su oferta internacional de carne, expuesta si pudor ni complejo hace de ella una de las aceras que más se transita en la capital española. Sudamericanas, centroamericanas, africanas, blanquitas de la Europa del este que han huido a los horrores de la guerra, de todo ahí en la calle del placer. La carne del tercer mundo se ofrece a los que puedan pagar sus favores a cambio de euros en tacones altos y miradas más bien tristes o aburridas.

¿Qué se puede hacer una tarde viernes que nunca termina?

dias_extranos@hotmail.com