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La comunión en lo incoveniente

 

Pórtico Luna

Conectamos en directo.

Recuerdo una página web, ya desaparecida, diseñada por mi admirado Dave McKean que lucía un eslogan optimista: "la revolución será digitalizada". La frase que servía de arranque de artemisia.com aparecía como respuesta de los teóricos de la comunicación de masas, que condensaban en la máxima "la revolución será televisada" su visión del futuro cercano.

El uso de la televisión como desencadenante de un replanteamiento mundial de las estructuras sociales había sido, a estas alturas, completamente descartado. Los grandes intereses económicos se habían asegurado de que los medios de comunicación gratuita e instantánea —las radios, las televisiones,...- existieran en un número limitado y gestionado por los legisladores. De este modo, en caso de aparecer una emisora descontrolada, podría ser inmediatamente desmantelada por ilegal. Las cadenas contestatarias que, aun con todo, lograban introducirse en los medios de forma legal a base de insistencia —no les iban a dejar entrar a la primera y de bonitas- eran sistemáticamente compradas. La inversión es fuerte, pero las emisoras, subráyese esto, son escasas. Y en el improbabilísimo caso de que sea incómoda, legal e incomprable, siempre se pueden ajustar las leyes para declararla ilegal. Está todo controlado. Y la verdad es que tampoco nos importa.

El uso de internet nos ha revelado mucho de la posición del receptor. Ahora que el usuario tiene acceso a todo tipo de información, insiste en recurrir a la televisión. El vinculo de unión, la comunión, y sobre todo el conocimiento y dominio de las ideas oficiales que no enfaden a nuestros convecinos convierten las ondas catódicas en el alimento básico de la sociedad contemporánea. Las informaciones tangenciales, las no comunales, son muy poco bienvenidas. El vehículo básico de integración social es el mínimo común múltiplo. Tanto mejor cuanto menor.

Esta estructura condujo a situaciones límite, como el caso del norteamericano Theodore "Unabomber" Kaczynski, que cometió un atentado y segó un buen número de vidas para conseguir que su manifiesto "la sociedad industrial y su futuro" fuera retransmitido. La cuestión es que la asesina campaña de márketing, innecesaria sin la actual estructura de medios, alcanzó los objetivos que perseguía. El caso de Unabomber reveló que la única forma de penetrar en la red de la comunicación global con un mensaje alejado del pensamiento único —algo que ni siquiera el dinero te permite- era por medio del desastre. Porque el público general, de otro modo, no despierta el más mínimo interés.

El segundo aspecto a tener en cuenta es el ámbito de actuación. Es diferente si nuestro objetivo tiene un nivel local, regional, nacional o internacional. En este segundo aspecto ha sido crucial la desaparición del periodismo de investigación como actividad diaria. Durante los últimos años, la gran mayoría de las noticias internacionales se han emitido conservando las imágenes y el montaje de la agencia norteamericana contratada. Y en muchas ocasiones, el comentario era una cómoda traducción del comentarista norteamericano original. Esta situación lleva a una dependencia tremenda con respecto a las agencias de noticias y a los canales de gran distribución. El caso que se dio en la norteamérica de los ochenta, cuando una huelga de prensa tenía como consecuencia que los periodistas televisivos no sabían qué noticias eran de mayor importancia que otras, se produce hoy en sentido contrario. La televisión informativa está por encima de la prensa, y el periodismo impreso —generalmente de mayor incisión- se ve forzado a seguir el tirón de las televisiones a petición de la clientela. De lo que vemos en pantalla es de lo que queremos informarnos. El resto, no nos puede importar menos.

Puestos estos parámetros, las acciones del 11 de septiembre de 2001, cuya motivación real aún no ha sido revelada y que ha llevado a lecturas contradictorias, confusas, apresuradas y a menudo descabelladas, son un sanguinolento pero lustroso ejemplo de las consecuencias que conlleva la desigualdad de la distribución, pero por otra parte ha sido la confirmación de los teóricos mediáticos. Ha habido una emisión que, en contra de la voluntad de los poderes fácticos —que en cuanto salieron de la sorpresa han puesto gran impulso en minimizar el mensaje ajeno y promulgar el propio- ha obligado a la comunidad internacional a replantearse los sistemas socioeconómicos. No digo que cuando se calmen las aguas la situación no vaya a volver al cómodo y provechoso punto inicial. Pero si que pienso que el momento actual ha logrado un cierto cambio de pensamiento, un convencimiento de que la inestabilidad en un rincón del globo puede traer consecuencias funestas en el otro. Una mayor conciencia de acciones sobre las que generalmente preferimos mirar a otro lado.

La revolución ha sido televisada. Y, no podía ser de otra forma, en directo. Miles de millones de telespectadores han recibido un estímulo simultáneo que camina en sentido contrario de las directrices definidas hasta ahora. En contra de nuestra voluntad, todos relacionados, todos interconectados.

Conectados en directo.

 

Raúl Minchinela <abz@posta.unizar.es>